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Calderón de la Barca
El autor y su obra
BIMICESA
 


UN DISCRETO A VOCES:
ENTREVISTA (IMAGINADA) CON
DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA


Evangelina Rodríguez Cuadros
Catedrática de Literatura
Universidad de Valencia

        La persona (más que la obra) de Calderón de la Barca sigue siendo casi desconocida para el gran público. Su larga vida no produjo demasiados documentos. Y éstos apenas han sido interrogados o interpretados por los eruditos. Sus personajes más conocidos tienen la talla de símbolos o mitos: demasiado altos para raspar en ellos supuestos elementos biográficos (aunque los hay, de modo indirecto). Aquí se pretende imaginar las preguntas que cualquier lector normal de su teatro podría hacerse respecto al dramaturgo cuya larga vida coincide probablemente con el siglo más apasionante de la historia de España. Es una ficción en la que se busca la verosimilitud que pueden aportar muchos hechos documentados, y la humanización que puede suponer dar la voz a quien se ha tenido demasiado tiempo por el representante de la parte más intolerante, pesimista y dogmática de nuestra cultura. Es el Calderón que queda detrás de las cortinas del tablado de su teatro, el anciano que ha visto pasar casi un siglo y que recuerda, sentado en el oscuro gabinete de su casa de la calle Platerías de Madrid, los años y los días. Son los ecos de una biografía del silencio.

PREGUNTA.-

        La suya, don Pedro, es una biografía del discreto…

RESPUESTA.-

        Eso es un tópico, una pereza del conocimiento, un eslogan con éxito de alguno de mis estudiosos. Cuando uno vive (al menos cuando se vive en el tiempo que yo viví) no se van dejando por cualquier sitio datos y anécdotas. Siempre hay excepciones, claro. Quevedo, con su tremendo horror a la intimidad, se pasó la vida prodigando chistes sobre su persona que ahora le pesan como una losa. Y Lope tuvo que escribir para no reventar porque era todo subjetividad vital. Sus cartas colman al más morboso de los filólogos. Pero la mejor verdad de él está en sus versos. Yo no tuve tiempo: los pleitos me tuvieron muy ocupado al principio; y luego tuve que vivir la de los mil personajes que inventé. La mía se parece mucho a la de Miguel de Cervantes, aunque más larga. De él tampoco se sabe mucho y nadie le ha colgado ningún remoquete de misterio. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta donde nació y, como yo, tampoco se sabe muy bien donde han ido a parar sus huesos. Además la biografía de uno está unida a su cotización histórica. Y hasta hace bien poco sólo he interesado como ejemplo de poeta excesivo, huraño defensor de valores de más abajo de los Pirineos y poeta-filósofo de Congresos Eucarísticos. Como si yo hubiera sido el único cura del Siglo de Oro. Entre Tirso, Gracián, Lope, Góngora o yo mismo pudo hacerse, como dijo con sorna don Marcelino (que se hizo famoso poniéndome verde) una democracia frailuna. Pero si se hiciera el esfuerzo de recoger todas las virutas que fui dejando en forma de escritura alguien podría hacer una novela convincente. Desde pleitos y solicitudes, recibos y contratos, algunos avisos del fabulador Pellicer y del más fidedigno Barrionuevo, prologuetes de circunstancias y algunas cartas de cabreo, memoriales a modo de cuadernos de dirección (porque yo fui un profesional del teatro). Y un testamento que, confieso, fue la única pieza que dicté de viva voz y la única que quise interpretar como protagonista.

PREGUNTA.-

        Pero su imagen no sólo la ha construido esa falta de datos sino esa iconografía tan fúnebre y reiterativa de su severo rostro, vestido de sacerdote, mirada amenazante…

RESPUESTA.-

        …Y feo y legañoso, claro. Mire yo fui gloria nacional en mis años tardíos… No tuve la suerte de que don Diego Velázquez, con el que tanto conversé por los pasillos del Alcázar y, a veces, incluso, en su obrador, me hiciera el retrato que alguna vez me sugirió. De joven, un oscuro pintor que me debía un favor me hizo un retrato al óleo que regalé a mi sobrino José cuando me ordené. Lástima, desapareció tras su muerte, en 1658. Don Juan Alfaro me pintó otro retrato poco antes de su muerte, en 1680. Cundieron las copias y una llegó a palacio, estoy hecho un vejestorio. Pero sólo autoricé que se publicará en estampa uno que grabó Pedro de Villafranca en 1676. Lo hice al frente del tomo de mis Autos, en 1677. Consideraba que era el momento, era mi obra más solemne. Tras mi muerte se recogieron en mis ediciones retratos amañados, estampitas de recordatorio en las que se señalaba mi edad en filacterias sostenidas por angelotes. Mi busto se veía rodeado de coronas de laurel y trompetas de las fama. En la estampa grabada por Gregorio Forstman en 1682 se añadió un versículo del Eclesiastés: "La sabiduría del hombre hace brillar su rostro, y sus facciones severas transfigura". Todo un chiste considerando la cara con la que aparezco. Todavía es peor el grabado de Francisco Antonio de Ettenhard en 1684. En cuanto a la estampa de Bernardo García para el primer tomo de la edición de los autos que hizo Pando y Mier en 1717 es ya un sofocante monumento funerario con cornucopias. El retrato que un desconocido pintor del XIX me hizo, allá por 1841, con motivo de uno de los cambalaches de mi tumba es bienintencionado: un anciano cejijunto y de ojos irritados que lleva su vestidura talar, su cruz de Santiago y la medalla de la Congregación de Presbíteros, una vieja gloria nacional posando figuradamente a regañadientes. Es el más digno pero igualmente tópico. Resume y saca en limpio el esquema de mis retratos anteriores. Algo de verdad ahí en ese vejestorio que se asoma a esas orlas. Pero es el final de un camino: hasta don Pedro Calderón fue joven… Cuando aún no era famoso, en los tiempos en que merodeaba por certámenes y justas poéticas compuse un romance que luego extravié… Con el tiempo fue impreso y a esas alturas, cuando me había ganado la fama de formal, nadie quiso creer que pudiera haberlo escrito. De forma burlesca y un tantico exagerada componía mi retrato a petición de una dama:

          Yo soy un hombre de tan
          desconversable estatura
          que entre los grandes es poca
          y entre los chicos es mucha.
          Montañés soy; algo deudo
          allá, por chismes de Asturias,
          de dos jueces de Castilla,
          Laín Calvo y Nuño Rasura;
          hablen mollera y copete:
          mira qué de cosas juntas
          te he dicho en cuatro palabras,
          pues dicen calva y alcurnia.
          Preñada tengo la frente
          sin llegar al parto nunca,
          teniendo dolores todos
          los crecientes de la luna.
          En la sien izquierda tengo
          cierta descalabradura;
          que al encaje de unos celos
          vino pegada esta punta.
          Las cejas van luego, a quien
          desaliñadas arrugas
          de un capote mal doblado
          suele tener cejijuntas.
          No me hallan los ojos todos,
          si atentos no me los buscan
          (que allá, en dos cuencas, si lloran
          una es Huéscar y otra es Júcar);
          a ellos suben los bigotes
          por el tronco hasta la altura,
          cuervos que los he criado
          y sacármelos procuran.
          Pálido tengo el color,
          la tez macilenta y mustia
          desde que me aconteció
          el espanto de unas bubas.
          En su lugar la nariz
          ni bien es necia ni aguda,
          mas tan callada que ya
          ni con tabaco estornuda.
          La boca es de espuerta, rota,
          que vierte por las roturas
          cuanto sabe; sólo guarda
          la herramienta de la gula.
          Mis manos son pies de puerco
          con su vello y con sus uñas;
          que, a comérmelas tras algo,
          el algo fuera grosura.
          El talle, si gusta el sastre,
          es largo; mas si no gusta
          es corto; que él manda desde
          mi golilla a mi cintura;
          de aquí a la liga no hay
          cosa ni estéril ni oculta,
          sino cuatro faltriqueras
          que no tienen plus ni ultra.
          La pierna es pierna y no más,
          ni jarifa ni robusta
          algún tanto cuanto zamba
          pero no zambacatuña.
          Sólo el pie de mi te alabo,
          salvo que es de mala hechura,
          salvo que es muy ancho, y salvo
          que es largo y salvo que suda.
          Este soy pintiparado,
          sin lisonja hacerme alguna;
          y, si así soy a mi vista,
          ¡ay, Dios, cuál seré a la tuya!

        A lo mejor sumando estas exageraciones a las de los otros retratos, saldría el verdadero rostro de Pedro Calderón.

PREGUNTA.-

        Luego es evidente que nació de familia hidalga y que lo tuvo fácil en aquel Madrid en el que nació con el siglo XVII… o, mejor dicho, en el último año del siglo XVI.

RESPUESTA.-

        En aquella España de todos los demonios puede decirse que nací del lado de los que podían pasar sin que se les hiciera la vida imposible. Pero hacía tiempo que la hidalguía era pura cosa de relumbrón. Eso sí, mi padre, Diego Calderón de la Barca, podía presumir de descender de una vieja casa montañesa. Con motivo de las engorrosas pruebas y papelorios que hube de preparar para conseguir ser Caballero de la Orden de Santiago no fue difícil demostrar que desde el siglo XV los Calderones abundaban en pueblos de Cantabria: desde Torrelavega y Cabuérniga a San Vicente de la Barquera. Ya en el siglo XVI mi abuelo, Pedro Calderón ya residía en Boadilla y, desde 1582, en la Calle del Lobo de Madrid. Su nobleza se había burocratizado; fue primero procurador en corte del Rey y después escribano del Consejo y Contaduría mayor de Hacienda; para eso no le hizo falta ni hazañas ni excesivas riquezas: sólo buena letra y práctica en el manejo de expedientes. Con ello consiguió la ejecutoria o título de hidalguía que pudo, junto con el oficio, trasmitir a mi padre ya en 1595, el año que se casó también con una hija de un secretario con ejecutoria, doña Ana Mª de Henao y Riaño. Mi señora abuela, su madre, doña Inés de Riaño y Peralta si que tenía posibles económicos y de ella proviene el capitalito con el que se dotó una capellanía que me estuvo destinada… pero tardé bastante en cumplir esta voluntad, ya lo saben. Pero de esta ascendencia materna provino el acomodo dinerario de la familia. Por mi madre le habría de corresponder en herencia a los Calderones unos 107.104 reales, suma muy respetable para el tiempo. Quede claro que, pese a la adulación que tuve que echar de mi pluma para la realeza a la que serví, siempre aborrecí de los caballeretes hidalgos de farisaica miseria: me vengué de ellos en pesonajes como don Toribio Cuadradillos en Guárdate del agua mansa y, sobre todo, en el Don Mendo de El alcalde de Zalamea. A nuestro modo, al menos mi familia tuvo un oficio. Pero me marearon con el remoquete de la sospecha de mi falta de nobleza por dedicarme a la farándula. En 1653 todavía tuve que escribir, enojado, al Patriarca de las Indias, quien ponía pegas para que yo me hiciera cargo de una Capellanía por el hecho de hacer versos. Le dije bien claro que el ser poeta y escribir comedias era una gala del alma o agilidad del entendimiento que ni alzaba ni bajaba los sujetos y que eso no podía deslucir la mediana sangre en que Dios fue servido naciese.

PREGUNTA.-

        Vd., don Pedro, tuvo muchos hermanos…

RESPUESTA.-

        Los tuve pero no viví más que la fraternal amistad de Diego y José. Diego, el mayor, nació en 1596. A Dorotea, nacida en 1582 y que me sobrevivió un año, la metieron monja en el monasterio de Santa Clara de Toledo antes de cumplir los catorce años. Yo fui el tercero. Nací el 17 de enero de 1600 y me bautizaron en la iglesia del convento benedictino de San Martín. Mi hermano José nació en 1602 y mi hermana Antonia, que nació en 1607, murió con apenas ocho años.

PREGUNTA.-

        Desde 1606 vive la familia en la Calle de las Fuentes… y pronto comenzarían sus estudios…

RESPUESTA.-

        Tenía unos nueve años cuando comencé a asistir al Colegio Imperial que dirigía la Compañía de Jesús. Todo un lujo para la época: lo que aprendí después sólo fue añadidura de aquellas inolvidables clases de gramática y sintaxis latina, poética y retórica. La escuela fue un hogar más feliz y plácido que mi propia casa. No sentía tanto los azotes del maestro, para los que nunca di causa, como por la rechifla de los compañeros que dieron en llamarme Perantón, en razón del día de mi nacimiento. Los jesuitas me enseñaron durante cinco años a nombrar el mundo y organizarlo con el lenguaje; me mostraron el lacónico y convincente estilo de las epístolas ciceronianas y la luminosa fantasía de Ovidio, que me ayudó luego a envolver mi teatro en las locuras mitológicas; me hicieron media los versos virgilianos de sus églogas y de las Geórgicas. Y aprendí a conocer la Naturaleza con Plinio. Me fascinó Séneca que fue una de mis constantes referencias cuando quise hacer tragedias. Casi me parto de la risa cuando supe que Voltaire, no teniendo crítica mejor que hacerme, y seguramente para ponerme por debajo de su Corneille, dijo que no yo no tenía idea de latín. Cuando escribí el poema Psalle et Sile introduje cuarenta y dos citas originales en latín. Y quien lea mis autos sabe que tuve que frecuentar mucha ortodoxia (y heterodoxia) de aquellos años (y no sólo a los aburridos Santos Padres) para confeccionar teatralmente su doctrina. El griego que aprendí con ellos fue suficiente para empezar a entender a San Juan Crisóstomo.

PREGUNTA.-

        Pero entonces muere su madre…

RESPUESTA.-

        En 1610, de sobreparto, como tantas otras pobres mujeres de la época…Pero a mi padre le duró poco la viudez... Comenzaron por entonces los pleitos y desavenencias familiares. Se volvió a casar con Juana de Freyle en mayo de 1614, y le salió la testarudez autoritaria de la que siempre había hecho gala. Por entonces se quería dejar todo atado y bien atado a los hijos. Una funesta manía de todos lo que mandan en España. Mi abuela doña Inés había dejado fundada una capellanía que habría de ocupar mi hermano Diego, que fue el más decidido de los tres y que no quiso ni oír hablar de ser cura. Se marchó a las Américas y por allí anduvo algunos años. Yo era el siguiente destinado y no andaba tampoco en ello. Lo expuse con fingida desvergüenza en el romance que he citado antes y en el que también decía, aludiendo a mi prematura calva:

          Nací en Madrid, y nací
          con suerte tan importuna
          que hasta un Ventura de Tal
          conocí (¡no más ventura…!).
          Crecí, y mi señora madre,
          religiosamente astuta,
          como dando en otra cosa
          dio en que me había de ser cura.
          El de Troya me ordenó
          de la primera tonsura,
          de cuyas órdenes sólo
          la coronilla me dura.

        Luego las cosas habrían de suceder así, pero por otros derroteros. Y a José, que mi padre preparó para covachuelista, como él, le tiró siempre la milicia. El caso es que en su decisión de hacerme cura importó mucho la educación universitaria a la que me encaminó…

PREGUNTA.-

        Y le envía, poco antes de casarse a la Universidad de Alcalá.

RESPUESTA.-

        Emporio, por entonces, de la lógica y la retórica, que era la puerta de cualquier erudición. Poco estuve al principio. En noviembre de 1615 murió mi padre de súbita enfermedad. En sus testamento, para bien o para mal, se empeñó en marcar la vida de sus hijos. A Diego le traspasó el oficio de Secretario que nunca ejerció, aunque pudimos alquilarlo sacándole alguna renta, como era costumbre del tiempo. A mí me dejó más de novecientos mil maravedíes y unas tierras que había en Rejas y Barajas. Pero sus condiciones no nos dejaban más opción que recordarle con más rencor que agradecimiento. Diego había vuelto por entonces de América y trataba el casorio con quien seguramente le habría hecho muy feliz. Se lo prohibió terminantemente so pena de desheredarlo. A mi hermano José y a mí nos ordenaba expresamente no tratar jamás con él pues "a banderas desplegadas ha querido ser afrenta de agüelos y padres; y esto se cumpla inviolablemente": esto escribió en un estilo tan recio y pomposo que ni yo mismo superé en mis versos. A mí me alertaba a que por ningún caso dejara los estudios sino que los acabase para ser buen capellán. Por el testamento supimos que teníamos un hermano bastardo, Francisco, a quien dijo había abandonado por su mala conducta y andaba perdido por el mundo. Apareció más tarde y vivió con nosotros. Nos pusimos en pleito con mi madrastra y en ello estuvimos hasta que en 1618 le pagamos 2700 ducados para que nos dejara en paz.

PREGUNTA.-

        Su padre les dejó como tutor a su tío Andrés Jerónimo de Henao, y se decidió que para el estado eclesiástico lo mejor era enviarlo a estudiar a Salamanca…

RESPUESTA.-

        Sí, porque seguramente se deseaba que acrisolara mi vocación con estudios jurídicos. Y me alegro de aquello: estudiar cánones y derecho natural me ordenó sobremanera la cabeza y me hizo dar buenos paseos por la historia, y no sólo la eclesiástica, que fue entonces cuando leí a Mariana y a Zurita. Salamanca era algo deslumbrante en comparación con la provinciana Alcalá. Axis mundi de la sabiduría se la llamaba todavía. Cinco mil estudiantes ocupaban sus aulas y allí me sobró tiempo para escuchar a los maestros de metafísica, cosmografía, teología moral y dogmática y acudir a la cátedra de Música donde aún resonaban las voces del grande Salinas…El conocimiento hace al hombre: eso es lo que aprendí esencialmente; un anhelo que lo ilustra y lo redime de su fiera condición. Cuánto de eso quise dejar entrever al idear mi Segismundo, monstruo sin horizonte, enseñado por un cortesano que sólo sabía de secretos de estado. Un príncipe que sólo aprende en los libros ausentes de una torre acaba como acaba. Aprendí también que la filosofía y la curiosidad por el lenguaje era el fundamento científico de la poesía. Después se admiró de mí esa penetración intelectual que iba a llamarse enciclopedismo. Lo dijo Goethe que fue un cruce entre romántico e ilustrado. Terminé de Bachiller y con esa licencia de juvenil bachillería me volví a la corte en 1619, queriendo comerme el mundo…

PREGUNTA.-

        Don Juan de Vera Tassis en la relación que hace de su vida dice que ya tenía escrita alguna comedia a los trece años…

RESPUESTA.-

        Exageraciones de las muchas suyas. Poco antes de volver de Salamanca había leído el mejor de los libros posibles: las dos partes del Quijote y, luego, esa locura de novela (donde realmente la inventó) que fue el Persiles del gran don Miguel. Supe entonces que aquello era insuperable y ensayé algún trozo de comedia en su honor, en un Don Quijote que se perdió entre otros mis primeros papeles. . Empecé, como todos, haciendo versos. O, por mejor decir, leyéndolos. De Salamanca me traje unos versillos, algunas octavas y un soneto de pie y cabeza forzados, con los que probé suerte en las justas poéticas que se celebraron en 1620 para solemnizar la beatificación de San Isidro. Una manera de ganarse una fama efímera o unos reales. Por eso pude escribir con guasa aquello de:

          La codicia de un bolsico
          en la literaria justa
          de Isidro, me hizo poeta:
          ¿quién no ha pecado en pecunia?
          con lo cual Bártulo y Baldo
          se me quedaron a obscuras;
          pues, en vez de decir leyes,
          hice coplas en ayunas.

PREGUNTA.-

        Pero tuvo un elogio excepcional, que quedó impreso en la descripción de la justa de aquel año…

RESPUESTA.-

        Y que honró más la generosidad e hipérbole de quien lo escribió que la bondad de aquellos mis primeros lances de pluma. Pero he de confesar que los dedos se me hicieron huéspedes rebuscando en el libro, cuando me lo comentaron, aquellas líneas:

          A Don Pedro Calderón
          admiran en competencia
          cuantos en la edad antigua
          celebran Roma y Atenas.

        Eso había escrito el más grande: Lope de Vega. No hubo otro igual ni en el verso ni en las tablas. Bebí con los ojos el prodigio de sus rimas y me entregué entusiasmado en el Corral del Príncipe a sus comedias. Desde que comenzó a circular por la corte su Arte Nuevo supe que el teatro ya no podría ser nunca el mismo. Aquello era un reto. No tuve más que seguir su recetario lleno de saber y de ironía frente a enfurruñados académicos y moralistas. El y yo lo sabíamos, incluso cuando vivió sus más oscuros años poco antes de su muerte y yo ya le había sucedido, dicen, en el favor del público. Incluso cuando, dicen que envidiosillo de mi éxito, se decidió a escribir la tragedia más grande que se haya hecho en letras castellanas, El castigo sin venganza, aquella que dejó firmada en 1631 con el incontestable "cuando Lope quiere, quiere". Escribió la mejor tragedia de amor. A mi no me dejó más que el rescoldo terrible y sangriento de la honra.

PREGUNTA.-

        Y ¿nadie más habría de influirle?…

RESPUESTA.-

        Lope me enseñó a dar inventar y delinear las pasiones humanas. A decirlas, y a escribirlas en el espacio, me enseñó otro monstruo de la escritura: Góngora que por entonces escandalizaba con el enrevesado atrevimiento del Polifemo y las Soledades. Yo quise convertir aquel lenguaje en imágenes y teatro. Pero todavía me faltaba algún tiempo y algunas calaveradas de duelos…

PREGUNTA.-

        ¿Calderón, el Bachiller que paseaba mohíno por Salamanca con vestidura talar?

RESPUESTA.-

        Hábitos que colgué presto cuando hube llegado a la Corte. Allí pasé más de un buen rato con Diego y José, mis hermanos, bebiéndonos los reales de la herencia de mi padre. Una noche del verano de 1621, volviendo a casa, topamos con una refriega a las puertas del palacio del Condestable de Castilla. Tiramos de espada y (tal vez por nuestra mano pero sin poder asegurarlo) cayó muerto su pariente Nicolás de Velasco. Mi tío echó mano de sus influencias, nos hizo esconder en la casa de Embajador de Alemania y salimos libres a la vuelta del otoño no sin haber pagado 600 ducados al padre del muerto y 3000 reales por los costes del proceso. Tuvimos que vender el oficio de escribano de mi padre para hacer frente a la deuda y a mí me quedó de recuerdo una descalabradura en la sien izquierda. Bien mermada teníamos ya la herencia y tuve que empezar a buscar las sinecuras que me persiguieron, para vivir, la mayor parte de mi juventud. En 1622 me buscan un puesto de escudero o acompañante del entonces joven Condestable don Bernardino Fernández de Velasco. La ociosidad me permitía seguir intentando hacer fortuna con los versos. Aquel mismo año me dieron un trencellín de sombrero que bien valía 30 ducados por ganar el tercer premio en el certamen literario de la canonización de San Isidro y Santa Teresa; y fui el primero en el celebrado en honor de San Ignacio y San Francisco Javier en mi antiguo Colegio Imperial. Aquí me dieron un pomo de plata y cuatro cucharas y tenedores de lo mismo. Como poeta, ya ve, no salía de pobre…

PREGUNTA.-

        Y entonces llega su primera obra conocida y de éxito. Alude a ello en su romance burlesco: "La cómica inclinación / me llevó a la farandula: / comedias hice, si malas / o buenas, tú te las juzgas…"

RESPUESTA.-

        En 1621 había comenzado a reinar Felipe IV, por entonces poco más que un adolescente; y empezó también la fastuoso época del gran Guzmán, el Conde Duque de Olivares. Quiso reunir a todas las Españas en una sola y dar fin a la modorra pacifista de Lerma. Jugar fuerte en Europa. Y deslumbrar dentro y fuera. En junio de 1623 visita Madrid el Príncipe de Gales y el Valido quiere halagar a los ingleses con una obra de circunstancias. Hacía un par de meses que había entregado a la lectura del autor Juan Acacio Bernal una comedia heroica, Amor, honor y poder. Y sucedió que fue seleccionada para representarse, con su compañía, en palacio el 29 de ese mes. La obra me salió aseada y parecía escrita a propósito del peligro de los desafueros de la autoridad monárquica. Poco aprendió de verla el pobre Carlos de Inglaterra. En 1649 acabarían cortándole la cabeza. Pasé de ser un dramaturgo del montón a dramaturgo de corte y corral, que se codeaba y colaboraba con Mira de Amescua, Montalbán, Rojas Zorrilla, Agustín Moreto y el hábil Vélez de Guevara y que se avenía con frecuencia a estrenar piezas en el entonces Salón Dorado del Alcázar o en el cuarto de la Reina. Ocasiones no faltaban si se trataba de ilustrar momentos de regocijo como El sitio de Bredá que estreno en 1625. Y se sucederán después El purgatorio de San Patricio, La devoción de la cruz, Luis Pérez el gallego… Por entonces mi hermano José comenzó su carrera militar sirviendo cinco años en Flandes y en Italia. Me dijo de irme con él. No pude: empezaban a menudearme los compromisos. Pero perdí la oportunidad de ir más allá de nuestras fronteras. Eso que siempre envidié en otros, como Cervantes y el mismo Diego Velázquez que se trajo de Italia otros ojos con que mirar la pintura… Además seguía sirviendo, como caballerizo, al Condestable de Castilla.

PREGUNTA.-

        ¿Y eso le reportaba dineros o importancia?

RESPUESTA.-

        Lo segundo, claro. Lustre de hidalguía venida a menos. Tampoco es que andara mal de dineros: comía y vestía en casa del Condestable y ruaba con un buen caballo; las rentas familiares me evitaban el ir persiguiendo a los cómicos para que me estrenaran. Pero, a decir verdad, lo que aproveché de mi escudería fue las largas horas en la biblioteca de mi patrono que había hecho rica su padre, el Duque de Frías, mecenas, erudito y bibliófilo. Allí eché a la vista toda la literatura que soñar pude.

PREGUNTA.-

        Iba al fin asentando la cabeza…

RESPUESTA.-

        Quisiera decirle que sí, pero era el tiempo de vivir… Yo ya era miembro de la farándula, compadre de los recitantes y farsantas. Una noche, en el Mentidero de los representantes, unas copas de más hicieron que el actor Pedro Villegas se enzarzara a discutir con mi hermano Francisco, a quien habíamos admitido en casa, pese a los reproches de mi padre. Nos encalabrinamos, llamé a la Guardia y el Villegas se puso a correr como alma que lleva el diablo. Todos tras él, dio en refugiarse en el convento de las Trinitarias que allí mismo estaba. Yo iba el primero y no me atuve a nada. Cosas de juventud violar aquella clausura. Pasamos Justicia, amigos y muchedumbre abriendo de par en par las celdas. No hubo rastro del Villegas que se pasaportó a Osuna; pero el escándalo fue mayúsculo. Lope me escribió una dolidísima carta porque entre las monjas vejadas se hallaba su hija Marcela. Tenía razón el maestro por lo que le tocaba. Mas no aquel presuntuoso, fatuo, insaciable hablador sermonario y lúbrico mujeriego que fue Hortensio Paravicino que se permitió desenterrar el suceso ante el Rey en una misa de difuntos. Me vengué en lo que más le dolía. Hice que parodiara el gracioso Brito sobre las tablas uno de sus energuménicos sermones de Berbería con sus emponomios horténsicos, dignos de bufón vinoso. Quiso aún el fraile meneallo todo para que el Rey me castigara, pero sólo padecí días de arresto menor en casa. Aquel año de 1629 se estrenan dos mis obras favoritas. La una, por el éxito portentoso en los corrales, La dama duende. La otra porque quise dibujar por vez primera, de manera íntegra, la dignidad humana y el valor de la tolerancia, El príncipe constante. Y en ella, precisamente, metí la morcilla de los versos contra Paravicino. Con lo que el cretino me debe su fama postrera.

PREGUNTA.-

        Y entonces comienza su imparable ascenso a la fama. Le década de los treinta…

RESPUESTA.-

        Se estaba produciendo un cambio de generación en el teatro y un cambio de gusto. Impactaban cada vez más las emociones visuales y la fama de los trucos teatrales que venían de Italia. Hasta los actores a veces se imponían como tiranuelos marcando los repertorios. Pero, sobre todo, teníamos un estado que cimentaba la conquista de su reputación en la propaganda. El teatro se convierte en una industria del ocio bajo la coartada de las obras pías a las que iban destinados los beneficios de los corrales y en una máquina de esplendor del régimen. Es un teatro institucionalizado que copa todos los espacios y resquicios: casas privadas y palacio, plaza pública y corrales, coliseos en las ciudades de más nervio económico, iglesias y hasta conventos. Yo escribo pensando en esa multiplicidad de públicos y espacios, claro, en sus exigencias y recomendaciones; pero sobre todo ensayo géneros, intento responder en diversos tonos a las preguntas de la vida. Así nacieron La vida es sueño, El alcalde de Zalamea, El médico de su honra, y tantas otras. No paré en diez años. Olivares me requería continuamente…Y fue entonces cuando algunos logramos convencerle de que la nueva era precisaba no sólo un gran valido sino un nuevo palacio para el Rey que inmortalizara su memoria…

PREGUNTA.-

        Y se comienza la construcción del Palacio del Buen Retiro…

RESPUESTA.-

        Que transformó Madrid y marcó un hito en su plano urbano. Olivares compró hectáreas de terreno, allanó y creó colinas y lagos artificiales, plantó árboles, trajo a los mejores ingegnieri a que diseñaran jardines, fuentes y espacios de recreo; elevó estatuas y construyó recónditas ermitas, más de veinte cuerpos de edificios… En 1634 le entrega las llaves al Rey en bandeja de plata y éste le nombra Alcaide perpetuo. La nobleza ha sido esquilmada para llenar el palacio de obras de arte, cuadros y tapices. Y, con diseño de Cosme Lotti, comienza a erigirse el Coliseo para espectáculos teatrales que se inauguraría en febrero de 1640.

PREGUNTA.-

        ¿Quién era ese Cosme Lotti?

RESPUESTA.-

        El primero de los magos que vinieron de Italia. Al menos uno de los primeros. Aunque un tal Fontana ya había construido años antes un teatro portátil en los jardines del Rey. Promovió todos las ciencias de ficción teatral que imaginarse pueden. Y en los mismos aposentos de la Reina llegó a fingir tan bien el oleaje marino en una comedia (un burdo truco de rodillos horizontales cubierto de telas azuladas) que dicen que las damas se marearon… En el estanque construido por Olivares organizó fastuosas representaciones contempladas por los nobles y los Reyes situados en barcazas. Toda una locura para la época. No me extraña que Lope, ya a punto de morir, se asqueara de tales carnavales de artilugios que sofocaban la verdad de los textos. Yo mismo me planté. Cuando en abril de 1635 me pasan sus notas para obligarme a escribir un texto que nada menos que debía seguir la pauta de las tramoyas que él organizaba para la fiesta de San Juan y que había de celebrarse ante los Reyes en el estanque. Era traza de mucho ingenio, pero irrepresentable porque miraba más a la novedad de la invención que al escueto gusto de la representación. Me opuse y marqué yo las apariencias que eran menester. Fue mi primer triunfo de verdad como dramaturgo. El mismo Cosme Lotti atendió meticulosamente mis instrucciones de tramoya cuando en 1636 estrené en el gran patio del Palacio Los tres mayores prodigios, con tres escenarios distintos porque la acción pasaba en Asia, África y Europa. Desde entonces se me tuvo en cuenta en todo, incluso cuando años después llegó el gran Baccio del Bianco, reformó definitivamente el Coliseo y me puso en bandeja un espacio inconmensurable en el que fantasear escenografías, y por vez primera, preocuparme de verdad del acuerdo de las voces y los cantos. Era un lugar prodigioso en el que el Rey dominaba todo, hasta sus espacios reales. El Baccio hizo que en el mismo foro se abriera una ventana para que él, desde el estrado bajo desde el que gustaba contemplar la escena, pudiera poseer con la mirada la perspectiva de los jardines y todos sus lugares de ocio y poderío. Eso me inspiró aquella piececilla de mojiganga, Los sitios de recreación del Rey, que estrené en 1658, cuando el nacimiento de Príncipe Felipe Próspero con el grande aparato escénico del ingeniero Antonio María Antonozzi.

PREGUNTA.-

        Entretener al Rey le convierte en importante. Ese año va ser promovido a Caballero de la Orden de Santiago.

RESPUESTA.-

        Felipe IV fue el primer gran mecenas de España en las artes… No dudo en distinguir a sus artistas con el alto honor que ello suponía… Pero no quiero ni acordarme del engorro burocrático que tales cosas prevenían… Hube de pasar meses buscando testigos por la montaña santanderina, trazando extravagantes árboles genealógicos, dando fe de cosas tan ridículas como que tenía caballo y andaba en él. Me rascaron todo el linaje y la cosa se retrasó peligrosamente hasta 1637 porque hubo que pedir dispensa papal a Urbano VII ya que mis señores abuelo y padre habían sido escribanos que era tanto como decir trabajadores manuales… Me sacó de quicio tamaña estupidez. Años después, un poco a la vuelta de todo, reflejé con amargura irónica esta obsesión por la limpieza de sangre demostrada con pleitos y papeles. Fue en el auto sacramental de Las pruebas del segundo Adán, es decir, Cristo, que tiene que defender la limpieza de su genealogía lo que, a la vista de un tribunal español del tiempo, era poco más que imposible. La cosa me costó un fuerte disgusto con la Inquisición y el auto acabó llamándose Las Órdenes Militares. Pero el año 1636 fue también importante porque, con ayuda de mi hermano José, di a la imprenta el primer tomo de mis obras.

PREGUNTA.-

        ¿Era cosa importante publicarlas?

RESPUESTA.-

        Y tanto. Significaba mi consagración como poeta dramático. Además de que, aunque la impresión nunca fuera aseada en exceso, de alguna manera recuperaba el control de unas piezas considerablemente emborronadas y mutiladas por las compañías de actores, cuando no despiadadamente pirateadas en ediciones no autorizadas o que se basaban en copiones infames. Yo entregaba mi manuscrito a los autores y ordinariamente desaparecían. A mediados del año siguiente, después de estrenarse en Yepes mi comedia, entre auto sacramental y de magia, El mágico prodigioso, salió otro tomo. Fue poco después de entrar al servicio del Duque del Infantado, Rodrigo de Sandoval y Hurtado de Mendoza, nieto del Duque de Lerma…

PREGUNTA.-

        A finales de 1639 aquella época gloriosa parece tocar a su fin…

RESPUESTA.-

        Desde siempre fui un escéptico de la gloria duradera. En El Tuzaní, una tragedia en la que reflejé aquel inmenso error de la expulsión morisca escribí que

No es menester que digáis
          cuyas sois, mis alegrías
          que bien se ve que sois mías
          en lo poco que duráis...

        No era cosa mía, de momento, sino de las vueltas de aquella república de hombres encantados como llamó a España un historiador del siglo. El prestigio de las Españas, en el que tanto esfuerzo había puesto el Conde Duque empezaba a desmoronarse. Ya en 1638 mi hermano José me animó a acompañarle a auxiliar en el Cerco que los franceses del odioso Richelieu habían puesto a Fuenterrabía. Yo ni entré en combate, pero algo de la experiencia saqué a relucir en la obra No hay cosa como callar. Mi hermano José alcanzó el grado de Capitán y resultó gloriosamente herido. Pero lo peor, lo terrible, anidaba en nuestro suelo. El Conde Duque quería un estado moderno, sólido, sin fisuras, aunque se respetaran fueros históricos. Había demasiados intereses en juego y Francia de por medio. Y sucedió el desastre de Cataluña y la falta de habilidad para evitar aquel sangriento Corpus de 1640. La guerra era inevitable. El debate intelectual se sofocó con las soflamas patrióticas. No con poco escrúpulo tomé partido: era mi obligación como caballero de hábito, aunque eso, como tantas otras cosas, haya contribuido al integrismo autoritario con el que se me juzgaría. Me alisté el 28 de mayo de 1640 y serví como coracero bajo las órdenes del Conde-Duque de Sanlúcar. Participé en la toma de Cambrils, Salou y Villaseca, donde salí herido en una mano. Ya ve, como Cervantes. Sólo que aquella no fue la más alta ocasión que vieron los siglos sino el momento más triste de una nación que dejaba de serlo a fuerza de empeñarse en querer ser una y no varias en una. Tampoco a Europa le interesaba. Portugal se separó y aristócratas emboscados crearon las disidencias de Aragón y Andalucía. Todavía en 1642 me alisté de nuevo a las órdenes del Conde de Oropesa, pero en noviembre, hastiado pedí el retiro. Y me concedieron lo que llamaron treinta escudos de entretenimiento al mes. La guerra iba a durar muchos más años. Prácticamente hasta que en 1652 el Rey reconoce los derechos de los catalanes. Cuánta sangre y energía derramada.

PREGUNTA.-

        Fue la causa de la caída de Olivares en 1643…

RESPUESTA.-

        Fue el final de una época y de la cima ascendente de mi vida. A mí me licenciaron por supuestos motivos de salud. Pero mi hermano José se dejó la vida en aquella guerra catalana en 1645, defendiendo un puente junto al Segre. Para colmo, en 1644 muere la reina Isabel de Borbón y dos años después el Príncipe Baltasar Carlos con diecisiete años, frustrada esperanza de la dinastía. Fue una década ominosa. Aquel pobre Rey, casi de mi edad, ofrecía una imagen patética: solo, con dos guerras civiles encendidas, Italia y Flandes revueltas. Diego Velázquez me dijo una tarde en palacio, mientras el Rey contemplaba llorando el retrato que hiciera varios años antes al niño Baltasar Carlos: "Don Pedro, a este pobre hombre, rey, débil y putañero, sólo las artes le siguen siendo fieles". Y, sin embargo, fue contra las artes, y el teatro en concreto, contra los que revolvió su pusilánime desgracia.

PREGUNTA.-

        El Consejo de Castilla decide regular severamente el teatro en 1644, ¿no?

RESPUESTA.-

        Fue peor que todo eso. Es verdad que el beaturrón de Antonio de Contreras logró promulgar unas leyes absurdas y restrictivas, aconsejando comedias de santos en lugar de amoríos que, decía, era el cebo con que se llenaban los patios; mandaba que no hubiera más que representantas casadas, se prohibieron joyas y vestuario que se lucían por extremo; y que no hubiera más que una compañía de título en Madrid. La muerte del heredero acabó por cerrar el corazón del monarca y le cundió la melancolía mística. En octubre de 1646 se cierran definitivamente los teatros y no se volvieron a abrir hasta su nuevo matrimonio en 1649. Aquello arruinó a las compañías; muchos actores buscaron fortuna por Europa y los poetas nos vimos en ayunas de nuestros encargos. Ya se lo he dicho, fue el final de una época y de una generación que se había formado para y con el teatro… Nada iba a ser lo mismo desde entonces.

PREGUNTA.-

        Pero usted tenía recursos, rentas y pensiones…

RESPUESTA.-

        Fueron malos tiempos hasta para eso. Los últimos encargos me habían llegado en 1644, para los autos que aún escribí, en una breve estancia en Toledo. Desde allí firmé los originales de La humildad coronada de las plantas y El socorro general. Me tocó otra vez pleitear para que no se me retirara la pensión en ducados que recibía por mi herida de guerra y la que me procuró la muerte de mi hermano. Hacia 1645, después de estrenar El gran teatro del mundo decidí volver al medio de vivir que me había procurado algún decoro, aparte del teatro y elegí servir al Grande de España Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba. Y a su palacio de Alba de Tormes me retiré hasta 1648. No dejaba nada en la Corte más que miserias y la flor de una esperanza que, a mis años, ya creí no vendría nunca…

PREGUNTA.-

        Eso no se supo hasta años después; que se sepa hasta 1655 no reconocería en un poder notarial que tenía un hijo natural por nombre Pedro José. ¿Por qué nunca dio publicidad a su amores?

RESPUESTA.-

        Y que murió en 1657, sin haberlo disfrutado. Fue la herida más grande de la herencia de una época sombría. Supe de su nacimiento a mi regreso de Alba de Tormes. Publicidad… ¿No andábamos con que la biografía de Calderón era la del silencio? Una vez escribí en una comedia que el amor "ha de ser sabio, solo, solícito y secreto". Entre 1640 y 1648 Madrid era la partida hacia cualquier destierro, incluida la muerte. Un destierro al que desde entonces todos se empeñaban en precederme. Murió ella. Y murió mi hermano Diego en 1647.

PREGUNTA.-

        Y es entonces cuando Calderón se ordena sacerdote.

RESPUESTA.-

        Fue algo más que aquella desolación. Tenía que mantener aquel fruto de lo más limpio que experimenté fuera y dentro de las tablas. Dejé a mi hijo a buen recaudo, cuidado por mis sobrinos. Le traspasé mis treinta ducados de entretenimiento. Y, aunque vi el cielo abierto cuando el Rey se casó y volvieron las fiestas, los nidos de antaño ya no se fiaron a los pajaricos nuevos. Sabía que como cura iba a seguir teniendo los encargos que importaban reales, y más en la beaturrona república que se nos avecinaba con un Rey carteándose todo el tiempo con una monja visionaria. Los autos eran el único teatro que no se había prohibido. Y el testamento de mi abuela y madre aún señalaba la deuda pendiente de aquella capellanía. Así que la reclamé, junto con sus bienes, en 1651. Esa fueron las razones, a más de que, incluso hombre ardido y pendenciero, nunca dejé de tener a Dios por señor poderoso, al que podía servirse con o sin hábitos, sin tramoyas o con ellas. Antes de ordenarme tomé el hábito de la Orden Tercera de San Francisco, porque las cosas hay que hacerlas como es debido.

PREGUNTA.-

        Por entonces se convierte en el autor casi en exclusiva de los autos sacramentales…

RESPUESTA.-

        Diga mejor que yo había creado de verdad el género a la moderna. Ni Valdivieso, ni Mira de Amescua ni el mismo Lope los habían despegado de la fórmula antigua de autos viejos. Poco texto, mucha caricatura diablesca y sermoncico moral, nada de argumento ni acción. Yo casi doblé la extensión del texto, amplié la importancia de la música, tuve plena libertad para idear tramoyas y apariencias y conté toda la teología por medio de una acción trepidante, a veces alegórica y mitológica, a veces de pura aventura… Esa era la parte que entusiasmaba al pueblo. Lo primero contentaba a las autoridades. Y el Rey, bajo palio, se veía adulado untuosamente al transfigurarse en Cristo o en defensor de la fe, mientras bostezaba porque su corazón se quedó en los corrales. Desde 1648 los cuatros autos que se representaban se reducen a dos. Y yo cobraba por cada Corpus 400 ducados del Ayuntamiento más 1400 reales con que me ayudaban a las costas las mismas compañías de cómicos.

PREGUNTA.-

        Después de ordenarse hacia 1651, las cosas parecen que pintaban mejor… Vd. se va a vivir a la calle de Platerías, bien de la dote de su capellanía.

RESPUESTA.-

        Una vivienda modesta y muy estrecha de fachada (17 pies y medio) y un balcón en cada piso. Allí habría de vivir hasta mi muerte. En 1859, amenazando ruina, estuvieron a punto de derribarla; pero Mesonero Romanos que como casi todos los románticos, me quiso bien, dio la murga en unos cuantos artículos y el Ayuntamiento la restauró. Se puso una lápida, el único rastro, que aún se conserva: "Aquí vivió y murió don Pedro Calderón de la Barca". El Rey se había casado en 1649, de puro compromiso para resolver la cuestión sucesoria, con su sobrina Mariana de Austria. Se trajo un cortejo de severos alemanes que nunca entendieron de verdad nada, incluido aquel estirado jesuita, Everardo Nithard, que habría de servirle de valido en la terrible y desventurada regencia…Pero, de momento, se volvió un tantico a las fiestas y regocijos, sobre todo después de la paz con los catalanes y con Flandes. Para la reina Mariana escribí Darlo todo y no dar nada y aquella espléndida La fiera, el rayo y la piedra, que la locura escenográfica de Baccio del Bianco hizo durar, en el Coliseo del Buen Retiro, siete horas. En 1653 se me nombra capellán de los Reyes Nuevos de Toledo, lo que me valía mil escudos al año. Antes de tomar posesión se estrena en palacio una de mis obras favoritas, Las fortunas de Andrómeda y Perseo. Era el teatro total que yo vislumbraba como el futuro del arte. Música y fascinación visual, dioses y máquinas volando. En Toledo estuve unos años, pero sin faltar a mi cita anual de los autos, que escribía y controlaba en los ensayos, además de marcar el diseño de los carros y apariencias.

PREGUNTA.-

        De modo que pasaba de los píos autos a la severidad palaciega…

RESPUESTA.-

        Nada en aquella España había sin mezcla de risa y llanto, misa y carnaval. Lope habló siempre de que lo nuestro era la tragicomedia. La fiesta del Corpus era eso, fiesta. Día espléndido en que Madrid se llenaba de campesinos embobados para mirar en la procesión las tarasquillas y los bailes de negros. Los gremios y vendedores echaban el resto para el adorno de calles. Y era adorno obligado, y hasta lo que más se esperaba en las representaciones, sobre todos las hechas al pueblo, en plaza o palacio, los entremeses y locas mojigangas. Además en palacio pronto hubo quien sustituyera a Olivares en la cosa de divertir al Rey. El Marqués de Liche, hijo del privado Luis Méndez de Haro lo superó con creces y ocasiones hubo en que parecía que volvíamos al despreocupado solaz de otras épocas. Aún residía en Toledo cuando me encargó una gran fiesta para el Carnaval de 1657. Y eché el resto en la égloga piscatoria que llamé El golfo de las sirenas, ópera o zarzuela, como ya entonces gustaban llamar. El de Liche me dio doscientos doblones. Una miseria en comparación con el banquete que se ofreció a la nobleza. Fue una comida de mil platos. Metieron en tierra una tinaja con un becerro, cuatro carneros, cien pares de palomas, cien de perdices, mil pies de puercos y otras tantas lenguas, treinta perniles y quinientos chorizos. Así lo contó, al menos, Barrionuevo, que era un tantico exagerado. Yo no vi ni los relieves, aunque a fe mía que en tales zarandajas me inspiré para escribir poco después mi mojiganga de Los guisados. Anduve pegado a las tramoyas y aparatos del Retiro con lo más escogido de las compañías de Diego y Pedro de la Rosa…

PREGUNTA.-

        Luego hablaba con los actores…

RESPUESTA.-

        ¿No había de hacerlo si de ellos era mi obra en cuanto echaba la firma? Fuimos afortunados: contamos con los mejores comediantes del teatro en España. Aborrecidos o idolatrados nosotros no éramos más que sombras de sus cuerpos cuando se quedaban solos en el tablado. Vi pasar hasta dos generaciones de ellos por los corrales. La firme Bernarda Ramírez y su marido Sebastián de Prado, Escamilla y su hija Manuela, que tantas obras me estrenó, el gran Arias y la Riquelme, María Inés Calderón, La Calderona (que gacetilleros del siglo XIX se empeñaron en hacer mi amante y protegida y que no tuvo más que un amante cuyo nombre es mejor callar incluso ahora); aquel elegante Pablos que Velázquez pintó a instancias mías, con el ademán valiente del mejor recitante y, sobre todo Cosme Pérez, Juan Rana que hizo de Alfeo en El golfo de las Sirenas y se jugó la vida tirándose desde una nube de tramoya. Como yo, aguantó junto al tablado, por fervor del Rey, hasta tan anciano, que en las últimas funciones debían entrarle en una silla.

PREGUNTA.-

        Pero lo que escribía se alejaba cada vez más de la realidad, de aquellas pasiones inmediatas de las comedias o tragedias de los primeros años…

RESPUESTA.-

        En este centenario he leído con curiosidad algunos titulares de periódico que proclaman eso de que "Calderón se mantiene moderno". ¡Calderón fue moderno, por eso se mantiene! Dispuse de medios insospechadamente modernos para construir otro teatro, para refundar la comedia nueva. Autos y comedias mitológicas se olvidaban del tiempo y del espacio; obligaban a los actores a dar lo mejor de sí; era teatro de ideas y de impacto visual; se abría las nuevas corrientes europeas del teatro total, lo que habría de ser la ópera. Ahí esta La púrpura de la rosa de 1660, en la que bien claro expresé que había de ser

          todo música, que intenta,
          introducir este estilo
          porque otras naciones vean
          competidos sus primores.
          Y El laurel de Apolo y Eco y Narciso

PREGUNTA.-

        En 1663 se establece definitivamente, de nuevo, en Madrid.

RESPUESTA.-

        Sí, y a poco el Rey me hizo el privilegio de hacerme su capellán de honor… Ese mismo año doy a la estampa la tercera parte de mis comedias. A fuer de vanidad ya nadie me discutía ser el primer dramaturgo de España. El licenciado Tomás de Oña, en la aprobación del tomo, me hizo casi sonrojar al escribir aquello de que "bien merece don Pedro Calderón, entre los españoles, la antonomasia que Homero entre los griegos y Virgilio entre los latinos". Ya se sabe las exageraciones de esas aprobaciones de circunstancias, pero con todo…

PREGUNTA.-

        Ya todo habrían de ser honores hasta el final de sus días…

RESPUESTA.-

        Ni por pienso. Todavía habrían de venir malos tiempos para el teatro. Pero yo ya tenía, y mucho, con qué vivir. El 17 de septiembre de 1665 muere, a los sesenta años, Felipe IV. Y ahí estaban otra vez los moralistas y el Consejo de Castilla que no pararon hasta conseguir que la Reina Madre Mariana decretase la prohibición de representar comedias hasta la mayoría de edad de Carlos II. ¡Y tenía cuatro años! La Villa de Madrid comprendió que aquello podía ser la ruina definitiva de las obras que atendían con sus beneficios. Pero no dieron su brazo a torcer hasta 1667. Y para entonces, se había producido otra diáspora de actores y los corrales, especialmente el de la Cruz, quedaron en un estado lamentable. El Ayuntamiento, escaso de recursos, durante cuatro años no costeó autos sacramentales. Y a mí eso me costaba perder 5800 reales al año.

PREGUNTA.-

        Pero todavía aceptará obras de encargo de la propia Reina…

RESPUESTA.-

        Cuando se reanudan las representaciones estreno en Sevilla El monstruo de los jardines… Pero lo más del tiempo ya me dediqué a reformar o retocar algunas de las hechas para representar en fiestas de palacio. Fue ocasión de escenificar aún con mayor atrevimiento El laurel de Apolo en 1678 o La púrpura de la rosa en 1680. Para el cumpleaños de Carlos II escribí en 1678 Las armas de la hermosura y con motivo de la visita de la reina María Luisa de Orleans Psiquis y Cupido al año siguiente. Luego estaban los autos, cuando se reanudaron en 1670. Y la publicación de mis obras…En 1677 se falsea descaradamente una Quinta Parte… Aquello me llenó de cólera y decidí sacar impresos un tomo de mis autos con un prólogo en el que por vez primera hablaba claro y denunciaba los hurtos y pirateos de tantas de mis comedias…Hubiera querido proseguir la tarea, sacar en limpio mis comedias todas. Tuve en 1680 la oferta del patrocinio del Duque de Veragua, al que llegué a enviar la memoria de todas las obras que tenía originales o en copia. Pero ya no hubo tiempo.

PREGUNTAs.-

        Son sus últimos años, los últimos años de una gloria nacional…

RESPUESTA.-

        A la que nunca faltaban necesidades. Desde los años setenta ya no eran mis fuerzas la que eran… Casi no escribía, pero componía de memoria con soltura y dictaba al Licenciado Jerónimo de Peñarroya, que había sido actor y tenía exquisito criterio…El nuevo Rey, de tan tristes destinos, me estimaba… En 1679 se me hizo una rara merced. Recibí una cédula del Mayordomo Mayor de palacio, en su nombre, en la que hablaba de mis servicios de tantos años, de mi crecida edad y de mis cortos medios, por lo que me concedía una ración de cámara en especie. Hablando claro: que me reservaban la comida en palacio. Paniaguado de lujo. Unos criados me la traían a diario. Me enterneció el detalle. A aquel Carlos II que iba a cerrar tristemente una monarquía le quise legar un mensaje, que no se si entendió, en mi obra La estatua de Prometeo que compuse sobre 1670. El saber, la tolerancia, la estimación de las ciencias como regla de oro de gobierno… Morí antes de conocer el desastre final de la cuestión sucesoria y de la tonta utopía de mi ancianidad. Mi teatro había llenado las horas muertas de los Reyes en su palacio. Pero no había logrado llenar apenas su cabeza, si es que la tenían…La última de las obras que escribo para la corte será, precisamente, una loca fantasía caballeresca hecha para el domingo de Carnaval de 1680: Hado y divisa de Leónido y Marfisa.

PREGUNTA.-

        No irá a presumir a ahora de descreído, crítico o rebelde…

RESPUESTA.-

        Ni ahora ni nunca. Fui hijo de la iglesia y de la monarquía hispánica. Adulé a los reyes como el que más, canté la conquista de las Indias en La aurora en Copacabana y no dudé en celebrar la Inquisición en los autos sacramentales: a fin de cuentas para su Consejo se hacían representaciones expresas. No fui un revolucionario. Pero tampoco un loco sanguinario que se dedicaba a organizar misas negras inmolando a mujeres casadas con seres enfermizos adoradores de la honra. Un hombre que vive, en el siglo que me tocó a mí vivir, ochenta y un años tiene tiempo, demasiado, para ser también un escéptico.

PREGUNTA.-

        O un cínico vanidoso, don Pedro, a juzgar por ciertas disposiciones testamentarias sobre su propio entierro…

RESPUESTA.-

        El domingo 25 de mayo de 1681 estaba escribiendo los pliegos finales del auto La divina Filotea y me sentí enfermo. Moría como un hombre de teatro: cumpliendo con su oficio. Y quise que me enterraran con la dignidad del sacerdocio pero con el decoro y apostura de quienes mejor podían entender mi voluntad. Por eso quise que mi féretro fuera llevado a hombros, a cuerpo descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi malgastada vida para ser enterrado en la capilla de San José de la parroquial de San Salvador. No pedí exceso de pompa ni músicas, pero sí ir envuelto en el hato de vestuario que acompañó al teatro de mi vida: el manto capitular de Santiago, vestiduras talares, el hábito de San Francisco y la correa de San Agustín. Pedí doce sacerdotes, doce niños de la doctrina y doce de los Desamparados de acompañamiento. Y me hubiera gustado que me hubieran llevado a hombros algunos de los grandes comediantes que aún quedaban en la Cofradía de la Novena, pero no hubiera sido bien visto. Al cabo, fueron ellos los únicos que se preocuparon de darme honras fúnebres gastando por ello hasta 546 reales. Y bien pagué a los curas la función: dejé como herederos de mi hacienda, a excepción de algunas mandas sentimentales para criados, familia lejana y amigos fieles como Jerónimo de Peñarroya y su hija, a la Congregación de Presbíteros de Madrid…

PREGUNTA.-

        La herencia en especie no fue poca. Nada menos que uno de los que tasaron sus bienes muebles, pinturas, láminas y obras de artes el pintor Claudio Coello…

RESPUESTA.-

        A quien admiré y con quien hablé con gusto de mi gran pasión por la pintura tras la muerte de maese Diego Velázquez. A su instancia y a favor del pleito que los pintores sostuvieron largos años para reivindicar su arte como liberal y no mecánica había escrito yo un memorial en 1676. Poca pintura pudo encontrarse en Platerías y toda ella, a más de grabados de no mala factura, de piedad. Sí que reuní objetos de plata labrada, única inversión segura y que me estaba permitida por mi rango en aquel tiempo. Calderón no murió pobre si es eso lo que quiere saber…

PREGUNTA.-

        No, interesa más saber por qué se citan tan pocos libros en su testamento; por qué, igual que se tasaron sus obras de arte, no se hizo lo mismo con la biblioteca de Calderón de la Barca…

RESPUESTA.-

        Porque en cierta manera no había tal. Me abastecí de la biblioteca de palacio y, sobre todo, de la de los señores a los que serví. De algo me tenía que valer andar de escudero y esas zarandajas sin pegar palo al agua en aquellos palacios. La tasación la mandaron hacer los herederos y no apreciaron los pocos que tenía. Sí que dejé dicho en el testamento que se entregaran algunos de materia eclesiástica a amigos; los del Padre Diana a Jerónimo de Peñarroya, por entonces Capellán de la Cofradía de la Novena, que tanto me había ayudado. Y el que más usé en los últimos tiempos, el Theatrum vitae humanae al predicador Alonso de Cañizares. En cuanto a lo demás, los muchos papeles personales y manuscritos de mis obras, los había prometido en vida a Juan Mateo Lozano, cura de San Miguel… y es mejor no meneallo…Dejé con él comunicado la forma en que había de usar de ellos. Y no lo hizo. Fue la última burbuja de tantos silencios a los que, al parecer, estaba condenada mi biografía…

PREGUNTA.-

        Fue enterrado en la Parroquia del Salvador, pero después sus huesos dieron muchos tumbos…

RESPUESTA.-

        Como suele suceder en una nación que olvida a las glorias vivas y no las deja en paz estando muertas. En 1841 el estado ruinoso de la iglesia lleva al Ayuntamiento a derribarla. De modo que se advirtió antes a la Congregación de Presbíteros que trasladaran mis restos. Me llevaron a la iglesia sacramental de San Nicolás en una urna cineraria con carretela enlutada. Todo un lujo. Pero una vez más, fueron los actores los que más se lucieron. Al pasar por delante del Teatro del Príncipe, actores y actrices cantaron echando flores y coronas de laurel y hasta Julián Romea se adelantó con un lucido recitado. Pero en 1869 se decide construir una gran panteón de hombres ilustres, con cuya excusa, mis cenizas y la de otros muchos famosos se conducen, otra vez en cabalgata, a la iglesia de San Francisco el Grande Atocha. No se habían preparado sarcófagos y allí nos dejaron a todos amontonados. En 1874 a la vista de que el Panteón era un espejismo se decide devolverme a la Sacramental. Y lo hacen en una comitiva que atraviesa Madrid bajo un aguacero espantoso. A los cinco años la Congregación de Presbíteros pide permiso al gobierno para trasladarme a su iglesia donde permanecen hasta que edifican otra nueva en la Calle de San Bernardo en 1902. Fue el traslado más emocionante. De nuevo recibí el homenaje de los actores que me esperaban en lo que ya era Teatro Español, en la Plaza de Santa Ana…

PREGUNTA.-

        Justo donde se había erigido en 1880 su estatua…

RESPUESTA.-

        Sí, a cargo del escultor Juan Figueras. Y allí permanezco, mirando de hito en hito el teatro que ahora se levanta donde estuvo el del Príncipe, sostenido por ménsulas y un pedestal de cuatro frentes con mi nombre y la alegoría de las letras y las armas. Muchos años después, cerca dispusieron otro monumento a un poeta: el de Federico García Lorca. Me alegré mucho; le tenía la estima de haberme apreciado y llevado mis obras por pueblos en una camioneta. Y murió joven, merced a las bondades inquisitoriales de quienes se enfrascaron enseguida en secuestrarme para sus Congresos Eucarísticos…A veces, en las noches claras del Madrid de los Austrias, ambos nos sentamos en los aledaños del Español y hablamos de Segismundo y de don Perrimplín, de mi Céfalo y de su Cristobita, de su Bernarda y de mi don Gutierre…A veces bajamos hasta el Casón del Buen Retiro y le cuento aquellas tremolinas del Baccio y del Lotti y los tablados sobre el estanque. Y él me dice que exagero, que tendría que haber visto Nueva York y Harlem y el cine y los aeroplanos en al aire. Y como son cosas que ignoro, porque nunca salí de estas Españas, se ríe y me dice: "Claro, don Pedro, es que usted es un clásico…". Yo entonces me quedo más tranquilo.

 


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