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Su obra - Catálogo - Tenerife, la isla bifronte    Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
 


Tenerife, la isla bifronte


Tenerife quiere decir la isla de nieve, y se le dio este nombre a la mayor de las Afortunadas porque era la única donde la nieve se encontraba. Naturalmente, sólo en el pico del Teide; pero allí los hielos eran y siguen siendo de una límpida y permanente blancura.
        Otros nombres tuvo también y otras etiologías de los nombres, entre ellos el de Nivaria, que por igual insiste en referirse a aquella poca nieve suya, la cual, al parecer, impresionaba sobremanera a los antiguos moradores de la isla florida.
        Nieve y flores la visten todo el año, y así ella funde en su regazo inviernos y veranos, haciendo de ellos una sola estación de finos aires y delgada luz.
        Su historia es para cantarla en metro heroico, y aunque algunos lo han intentado, la verdad es que no tuvieron aliento bastante para lograrlo. De manera que si hay poetas sin poesía, ésta es una poesía sin poeta.
        Fue la isla de Tenerife la última en rendirse al conquistador. Casi un siglo había transcurrido desde que aquél hollara victorioso tierras del Archipiélago, y ya al final sólo ella resistía indómita, rodeada de lanzas españolas.
        Cuando cayó lo hizo altivamente, con un final digno de su epopeya. En el trance tremendo no le faltaron reyes, caballeros, ni adalides que la defendiesen risco a risco, hasta que, acorralados en el último, se precipitaron desde la cima, en homérico salto, hacia la muerte.
        Tampoco le faltó su paloma de paz en forma de gentil princesa, ni los desposorios románticos de la hija del último Mencey con el capitán de Castilla, el capitán bizarro y triunfador, que rinde el corazón primero que la espada.
        No bastó, pues, la fuerza para someter la isla bravía, y fue también necesario, requerido, el amor...
        No sé ahora si amor en símbolo o sustancia, en promesa o realidad, en verdad o leyenda...Pero no importa; el amor es siempre una tan grande y misteriosa fuerza, que, a semejanza de ciertas fórmulas mágicas, obra su poder casi tan sólo de invocarse...
        De todos modos - y hasta admitiendo que sólo haya sido de palabra- fue prudencia invocarlo en la ocasión, que fuerza sin amor, aunque someta, ni dura para siempre ni es fecunda.
        Fecunda y duradera fue la unión del conquistador español y la infantina guanche; tanto, que dura todavía; y como las cualidades de ambas razas eran en realidad muy similares, sucedió que, al fundirse las dos, aquellas cualidades se fortalecieron, y el canario resulta con frecuencia un español más español que el de allende los mares.
        La sobriedad ibérica llega a ser muchas veces en el hijo de las Islas, frugalidad espartana. El tesón aragonés se vuelve allí de piedra, inconmovible como un risco.
        La diligencia con que vascos y celtas labran su tierra no es diligencia en el campesino canario: es lucha y agonía, resuello de gigante, abnegación. Si el brazo del uno es fuerte, el del otro es heroico.
        No faltan, claro está, los defectos comunes a ambas razas y hasta, por la misma razón, acentuados en la isleña, pero como éstos son, aquí y allá, menos que las virtudes, me siento absuelta de extenderme en ellos.
        También difieren en algunas cosas: la sangre guanche, más ligera, no deja de poner su veta clara, y así, la densidad de aquella otra, como la del Cid Campeador y los Siete Infantes de Lara, resulta muy desvanecida en estos españoles soleados, ya cara al Mundo Nuevo, en pleno Atlántico.
        Españoles pasados por agua se llaman ellos, insinuando acaso esta levedad de su estilo; por agua y por sol y por muchos tamices de horizontes...
        Pero, eso sí, españoles siempre, como lo fue desde el principio la princesa Dácil, signada, bautizada, desposada por amor español.
        Pero si el hombre de las Islas es siempre un español de las Españas, el paisaje de las Islas sigue siendo un paisaje anárquico, diferente a todos los paisajes del mundo.
        Este de Tenerife me impresiona extrañamente; mucho he viajado ya en mi vida y, sin embargo, no encuentro en mi memoria un poco de tierra para compararlo.
        El cielo es azul como el de Cuba, pero de Cuba ya no hay más que el cielo, aunque muchas gentes crean, no sé por qué razón -tal vez por su hermandada condición de islas-, que ambos países guardan semejanza.
        El mar no es el mar manso del Mediterráneo, ni los otros que amarran los europeos a sus puertos; más bien recuerda nuestro golfo de Méjico cuando empiezan a soplar los Nortes, pero más verde, más metálico... Es un mar verdiazul anillado de espuma. La luz del sol, aun en verano, suele atenuarse por unos como largos velos de neblina que flotan rotos en el aire.
        No baja la temperatura del grado diez, ni sube del veintiséis o veintiocho, generalmente, no obstante, y aunque ellos nieguen este aserto, en apretando agosto yo he sentido allí algunos días un calor quizá más fuerte que el de Cuba: es cuando sopla el siroco africano. Convengo, sin embargo, en que estos días son muy pocos, y aun para pasarlos cuenta la Isla con dos o tres hermosos sitios de veraneo, a más de una carretera de circunvalación que la ciñe como un cinturón de plata.
        Por ella hemos salido esta mañana dispuestos a recorrerla en toda su extensión, es decir, hasta volver al punto de partida, que es la ciudad de Santa Cruz, capital de la ínsula.







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