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Biografía

Conocemos la vida de Meléndez Valdés gracias al documentado trabajo del hispanista francés Georges Demerson (1971), complementado en los últimos tiempos con la Biografía (1996) de Antonio Astorgano Abajo, autor también de varios artículos matizadores de la misma. Nació en Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo de 1754 en el seno de un hogar campesino. Sus padres, don Juan Antonio Meléndez Valdés y doña María de los Ángeles Díaz Cacho, procedían respectivamente de los pueblos de Salvaleón y Mérida. No era el primer vástago, sino que antes habían venido al mundo: Antonia (1734), Esteban (1739), Vicente (1742), Agustina (1745), Isabel (1752) y, después, Manuel (1756), entre otros. La familia trasladó pronto su residencia a la cercana villa de Almendralejo, tal vez para favorecer la educación de sus retoños, que apuntaban una marcada afición por los estudios. En 1761, cuando el futuro poeta contaba tan sólo siete años de edad, falleció su madre, suceso que marcó de manera inexorable su personalidad, siempre sensible y melancólica, con necesidad de apoyarse en la amistad.

En 1767 se trasladó a la corte para continuar su aprendizaje, siempre bajo la protección de su hermano Esteban y con el deseo de su padre de promocionar las inquietudes de su hijo. Estudió latín y Filosofía durante tres cursos académicos en el Colegio de Santo Tomás, regido por los padres dominicos, que estaba situado en la calle de Atocha. Completó su formación a lo largo de dos años en los prestigiosos Reales Estudios de San Isidro, libres ya de la tutela jesuítica tras la disolución de la Congregación, donde aprendió lengua griega y filosofía moral. En 1772 se trasladó a Salamanca para iniciar su formación superior en la Facultad de Derecho, período investigado por Alarcos García (1926). Al mismo tiempo que tomaba contacto con el mundo de las Leyes, no decreció su atención a los estudios clásicos, ya que participaba en las clases de griego que impartía el padre Zamora.

En época temprana había mostrado su afición por la poesía. Salamanca tenía una larga tradición literaria, y permanecía vivo aún el recuerdo magistral de fray Luis de León y del poeta petrarquista Francisco de la Torre. Participaba asiduamente en las academias poéticas, donde recitaban y comentaban fragmentos de autores latinos y griegos o de los maestros renacentistas. Los propios tertulianos tenían la oportunidad de leer ante el público sus creaciones líricas en las que intentaban conciliar el gusto clásico con la nueva sensibilidad dieciochesca. El agustino fray Diego Tadeo González, de nombre poético Delio, era el promotor natural de aquellas animadas reuniones, en las que también participaron Meléndez (Batilo), fray Juan Fernández de Rojas (Liseno), fray Andrés del Corral (Andrenio) y un selecto grupo de estudiantes, entre los que debemos citar a Iglesias de la Casa (Arcadio), Ramón de Cáseda (Hormesindo) y Juan Pablo Forner (Amintas), que ya había acabado su carrera.

Durante el curso siguiente (1773-1774), Meléndez tuvo que estudiar Historia del Derecho, al tiempo que profundizaba en los libros III y IV de las Instituta de Justiniano. José de Cadalso, por razones de su profesión militar, llegó aquel año a la ciudad del Tormes. El vate gaditano gozaba momentos de esplendor creativo, y aún permanecía vivo en la mente de todos el estreno de su tragedia Don Sancho García (1771), el libro crítico Los eruditos a la violeta (1772) y, recién impresa, su colección de poemas Ocios de mi juventud (1773). Estos éxitos aparecían empañados en parte por la dolorosa experiencia de la muerte de su amiga, la cómica María Ignacia Ibáñez. Su presencia en la ciudad fue determinante para marcar el camino que tomaría la nueva lírica en las creaciones de los jóvenes poetas de la llamada Escuela Poética Salmantina, cuyos caracteres han sido descritos por Real de la Riva (1948) y Fernando Rodríguez de la Flor (1982). Cadalso, cuyo nombre poético era Dalmiro, inició a Iglesias de la Casa y a Meléndez en el cultivo de la poesía anacreóntica. También abrió su mente a la moderna cultura francesa (Vattel , Montesquieu...), que el ensayista gaditano conocía desde su estancia educativa en París, y que despertará el espíritu crítico del futuro fiscal. Les inculcó además una gran afición por los libros, que convirtió al extremeño en uno de los mejores bibliófilos españoles de su época.

La muerte de su padre, en agosto de 1774, le produjo una gran depresión, por lo que estrechó la relación con su hermano Esteban. Se refugió en los versos, en la disciplina escolar y en la lectura. Completó su formación humanística instruyéndose en métrica y mitología clásica. El 23 de agosto de 1775, tras sufrir un riguroso examen público, obtuvo el grado de Bachiller en Derecho. Aquel verano pasó unas merecidas vacaciones en Segovia. En esta pequeña ciudad castellana terminó ganándose el aprecio y la amistad de clérigos e intelectuales que hacían tertulia con su hermano Esteban, que era sacerdote.

Siguiendo los planes oficiales de la universidad salmantina, durante el curso 1775-1776 estudió Leyes de Toro y la Nueva Recopilación. Como consecuencia de su afición humanística, el Rector de la universidad le encargó una sustitución temporal en la cátedra de lengua griega. Inició por esta época la correspondencia con Jovellanos y, atendiendo sus consejos, amplió el ámbito de sus lecturas, tradujo a los autores clásicos y estudió inglés. La intensa actividad que llevaba a cabo resintió su salud, pero no abandonó por esto su afán de formación. Esta situación se complicó con la penosa enfermedad que acechó a su hermano Esteban, al que acompañó en Segovia hasta su fallecimiento, el 4 de junio de 1777, olvidando durante algunos meses su trabajo universitario. La poesía le sirvió de nuevo de refugio, como muestran las dos sentidas elegías en su memoria. Sus amigos, tanto los tertulianos salmantinos como las numerosas amistades que había ido ganando en toda España, sirvieron otra vez de eficaz lenitivo. Se enfrascó en los libros de Derecho regio con la misma entrega, y defendió en debate público la famosísima poética del abate Batteux, cuyos cuatro tomos había leído en francés, ya que aún no disponía de la traducción que en fechas posteriores haría el profesor García Arrieta.

Finalizó sus estudios de Derecho durante el curso 1778-1779 y realizó las prácticas de bufete exigidas en este último año de carrera. En octubre se le expidió el título oficial. Curiosamente, había pasado el año entero dando clase de Letras y explicando los versos del poeta latino Horacio, lo que confirma la profunda formación humanística del jurista extremeño. También la lectura de los escritores ingleses atrajo su atención. El Ensayo sobre el hombre, de Pope, le parecía lleno de verdad filosófica, mientras admiraba la nueva sensibilidad de Young .

El poeta alcanzaría pronto el refrendo público. Hacía tres años que la Real Academia Española de la Lengua había decidido organizar unos concursos de poesía y elocuencia para promover los nuevos temas literarios y el estilo neoclásico entre los escritores noveles. En el de 1780, con el tema clásico de alabanza a la vida rural, Meléndez Valdés obtuvo el premio con Batilo, égloga en alabanza de la vida del campo, que ese mismo año editaría en Madrid. El poeta canario Tomás de Iriarte, cuya composición quedó en segundo lugar en el certamen, aceptó de muy mal grado la resolución, enemistándose con Meléndez contra quien escribió un folleto crítico bajo el título de Reflexiones sobre la égloga intitulada Batilo, asunto que ha sido estudiado por María José Rodríguez Sánchez de León (1987). En su defensa salió su paisano J. Pablo Forner con un libelo apasionado que lleva por título Cotejo de las dos églogas. Ambas composiciones poéticas reflejaban dos maneras diferentes de interpretar la tradición bucólica, y a la Academia le pareció más adecuada la del vate de Ribera del Fresno. Volvería a participar en el concurso de 1785, sin éxito, con el canto épico La caída de Luzbel, en el que apreciamos la atenta lectura de Milton .

En 1781 obtuvo la cátedra de Humanidades en Salamanca, cuyo desempeño repasó Astorgano Abajo (2001). Viajó por entonces a Madrid para visitar a su admirado Jovellanos, promovido desde la Audiencia de Sevilla al empleo de Alcalde de Casa y Corte. Hacía cinco largos años que mantenía correspondencia con el magistrado asturiano, aunque no le conocía en persona. Diez años mayor que él, se acabará convirtiendo en su amigo fundamental. Es posible que esta relación contribuyera a una nueva orientación de su lírica que cambiará la poesía ligera por una lírica de tono clásico y después por una poesía ilustrada, preocupada por razonar sobre temas filosóficos, sociales y morales. El viaje a la capital confirmó, pues, de manera ineludible esta amistad con Jovino, y al mismo tiempo su imagen pública de poeta al ser invitado para recitar en sesión plenaria de la Academia de San Fernando la oda "A la gloria de las Artes".

Cadalso murió en el sitio de Gibraltar (1782), circunstancia que dio lugar a una sentida elegía de Meléndez, en las mismas fechas en que obtuvo el grado de licenciado, mientras que al año siguiente se doctoró en Leyes. Su agradable presencia y su aspecto elegante, unidos a su claro ingenio y a su habilidad poética debieron convertirlo en pieza codiciada de los sueños de las jóvenes salmantinas. Escribe en esta época Las enamoradas anacreónticas o Los besos de amor. Sus versos están llenos de referencias femeninas, imaginarias o reales (Ciparis, Filis, Clori, Fanny, Licoris...). Pero fue una muchacha de Salamanca de familia acomodada, María Andrea de Coca y Figueroa, la que ese mismo año unió su destino al del afamado poeta. El matrimonio no tuvo hijos, lo cual le permitió dedicarse, sin las ataduras de las obligaciones familiares, a sus propias aficiones intelectuales y literarias. Tras la boda, Meléndez pasó a vivir al domicilio de su suegro donde permaneció durante siete años. Este período fue sumamente fructífero en su formación personal afianzándose en las convicciones ilustradas por medio de la lectura. Su actuación universitaria está marcada por su profesional entrega a la enseñanza y por su activa participación en la regeneración de la vida escolar. La creación poética transcurría por nuevos caminos formales y, sobre todo, espirituales. Meléndez había dejado atrás futilidades juveniles y se ocupaba ahora de temas sustantivos en los que reflejaba sus inquietudes ilustradas. Su fama había sobrepasado con creces los estrechos límites de las tertulias de Salamanca y de Sevilla, donde residían sus amigos poetas y sus más devotos admiradores.

El interés de Meléndez por el teatro se hizo patente con los festejos que tuvieron lugar en Madrid en 1784 con motivo del nacimiento de los infantes gemelos, hijos del futuro rey Carlos IV. Se convocó un concurso para representar dos dramas nuevos, estudiado por Cambronero (1895) y Polt (1988). Las normas sobre el tipo de piezas que se solicitaban fueron muy estrictas: originales, en verso. Salvo zarzuelas, sería admitida cualquier obra (tragedia, comedia, tragicomedia, pastoral), aunque "se desea con preferencia dos dramas, que sin faltar a las reglas esenciales del arte, sean susceptibles de extraordinaria pompa y adorno teatral". Otras exigencias formales que recogían las bases (verosimilitud, estilo) dejaban en evidencia que el ayuntamiento buscaba piezas acomodadas a las reglas del arte que sólo los dramaturgos neoclásicos podían ofrecer. A pesar del escaso margen de tiempo que dejaba la convocatoria, apenas tres meses, se presentaron cincuenta y siete obras, según señala el Corregidor Armona y Murga. Ganaron el concurso la tragedia Atahualpa, de Cristóbal Cortés, el drama pastoral titulado Las bodas de Camacho el rico, de Meléndez, y la comedia social Los menestrales, de Cándido María Trigueros.

En realidad Meléndez llevaba trabajando en ella largo tiempo (en junio de 1778 tenía concluida la versión primitiva), aunque halló en el concurso el momento adecuado para presentarla en sociedad. Tuvo que darle los últimos retoques a tenor de las sugerencias del jurado en vistas de su puesta en escena, y se estrenó el 16 de junio en el coliseo de la Cruz por la compañía de Manuel Martínez, acompañada de una loa de Ramón de la Cruz. Ambas fueron editadas en un volumen por la imprenta de Joaquín Ibarra, de Madrid. El juicio sobre la recepción de la comedia ha merecido opiniones muy contradictorias. Parece cierto que hubo algunos problemas con el público popular, que no estaba acostumbrado a las finuras poéticas de Meléndez ni al estilo neoclásico. Sin embargo, permaneció catorce días en cartel, con asistencia del público.

Esta obra, en cinco actos, es un modelo excelente de drama pastoral, que con tanto éxito cultivaba el teatro italiano y francés, pero por el que mostraron escaso interés nuestros dramaturgos. La fuente del argumento es un episodio de la inmortal novela de Cervantes El Quijote (II, cap. 19-22). Construye un drama que, alejándose del realismo de su fuente, enlaza directamente con la tradición bucólica: el Aminta (1580), de Torcuato Tasso; El pastor de Fido (1585), de Batista Guarini; las Arcadias, en especial la de Lope; las Dianas y hasta Las ninfas y pastores de Henares (1587), de Bernardo González de Bobadilla. Buscaba en esta vía el camino hacia la naturalidad y "el sabor a campo". De Guarini le viene al menos la estructura general de la obra: los cinco actos con prólogo y coros. Y también los elementos sobrenaturales, aunque tales usos estaban registrados ya en nuestra narrativa de pastores. Los dramas pastoriles, como las églogas en las que Meléndez fue maestro en su época, tienden a la simplicidad argumental. A pesar del esfuerzo del dramaturgo ocasional por darle algo más de densidad al argumento, predomina la acción interior y el tono lírico. Entre los fragmentos retirados para la representación estaban seguramente los más efusivos y poéticos. Todos ellos fueron recogidos en las ediciones posteriores, y aun añadió algunos otros cuando el texto quedó libre de las exigencias de la puesta en escena. Es sintomático que en la edición definitiva de 1820 retirara las acotaciones escénicas, convirtiéndola en un largo poema pastoral.

Entre los neoclásicos las opiniones sobre este género, y en particular sobre la obra del vate de Ribera del Fresno, estaban divididas. Al margen de la calidad del drama de Meléndez, la estética teatral innovadora no aceptaba con agrado a lo que se apartaba de la tragedia o la comedia realista que pregonaban las poéticas. Algunos críticos la tuvieron como modelo destacado de comedia pastoril; otros, como Iriarte o Moratín, la convirtieron en blanco de sus críticas. Con todo, Meléndez había escrito una excelente comedia pastoral que, a pesar de sus problemas con los rigores normativos de la retórica, contiene emotivos remansos líricos propios de un drama poético. G. Demerson (1971) descubrió un fragmento dramático de Doña María la Brava, esbozo de una futura tragedia.

El mismo editor Joaquín Ibarra publicó a finales de 1785 un hermoso volumen de Poesías que dedicó a su amado Jovino. El éxito fue total: la edición se agotó en breve y el editor realizó tres o cuatro reimpresiones furtivas que contrariaron enormemente a Meléndez y le desanimaron de publicar el segundo tomo que prometía. Durante los años siguientes, Meléndez escribió pocas obras, y además con un nuevo tono. Prefería los temas reflexivos, como la amistad, las bellas artes, el sentimiento estético, la crítica y la sátira. De esta época son la Epístola V "A don Gaspar González de Candamo", la oda filosófica XIX "El deseo de gloria en los profesores de las Artes" (leída en la entrega de premios de la Academia de San Fernando el 14 de julio 1787) o el reflexivo Discurso I "La despedida del anciano", que apareció en el prestigioso periódico madrileño El Censor.

Conservamos una epístola que perteneció a un inédito tomo de Cartas turcas, que apareció anónima en el Diario de Madrid (10-XII-1787), y ha sido estudiada por Sebold (1970), Deacon (1981) y Andioc (1989). El primero que relacionó este escrito con el profesor de Salamanca fue el erudito Juan Sempere y Guarinos en su Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III (IV, 1787), en el que las denomina Cartas de Ibrahim. La autoría de esta obra a Meléndez quedó definitivamente confirmada con el hallazgo de la solicitud de impresión, que, junto a los libros de otros colegas de la universidad salmantina, envió al Consejo el 6 de diciembre de 1788. El objetivo fundamental de esta gestión era la publicación de las Cartas marruecas de Cadalso, que aún permanecían inéditas tras ser denegada su edición en 1778, y que no verían la luz pública hasta su edición en el Correo de Madrid, entre febrero de 1788 y julio de 1789, y que no serían editadas en volumen unitario hasta el año de 1793. Según su declaración, el catedrático de letras humanas había escrito su obra como complemento de la colección de su amigo: "añadiendo un tomo tercero de Cartas turcas, en que, con la misma ficción de un turco viajante, se suple y llena lo que el desgraciado don José Cadalso dejó de decir en sus Cartas marruecas". Esta epístola literaria sigue el modelo estructural e ideológico de las Cartas persas de Montesquieu, que Meléndez había leído hacía largo tiempo. Resulta acertado el estilo, sencillo y natural, pero también lleno de matices de humor y de ironía. No sabemos qué nuevas dimensiones hubiera adquirido el ensayo epistolar de Meléndez si se hubieran conservado cartas con otros temas, como ocurre en el Cadalso de las Cartas marruecas. La ingenuidad del turco provoca contrastes expresivos muy graciosos que el autor estaba dispuesto a explorar.

Permaneció ausente de la Universidad entre enero y junio de 1789, meses en los que se trasladó a Madrid por asuntos personales. Parece que Meléndez acudió a la corte en busca de las influencias que posibilitaran su acceso a la carrera judicial. El nombramiento de Juez de lo Criminal en el Real Tribunal de Aragón avala esta hipótesis. Una vez terminado el curso escolar se trasladó a Zaragoza. La vida en la ciudad del Tormes había transcurrido sin sobresaltos en lo que se refiere a su vida familiar; sin embargo, la convivencia universitaria se había deteriorado debido a los desaires de los profesores conservadores, que no veían con buenos ojos su progresía. El desempeño de su nuevo empleo absorbía por completo su tiempo. Los escasos ratos de ocio los gastó en asistir a las reuniones de la Real Sociedad Económica Aragonesa, tomando parte destacada en las actividades culturales, según se desprende de las investigaciones de Deacon (1995) y Astorgano (1995, 1997). Aquí le sorprendió la Revolución francesa de 1789. Los graves episodios que vivió el país vecino debieron dejarle perplejo y pusieron a prueba la hondura de su confesión ilustrada. Meléndez era un ilustrado no revolucionario y pensaba que las reformas políticas, sociales, económicas y culturales que necesitaba el país podían llevarse a cabo desde la acción del gobierno.

En marzo de 1791 fue nombrado Oidor de la Real Chancillería de Valladolid. La estancia en la ciudad castellana, además de significar un ascenso en su carrera judicial, le aproximaba a sus familiares y amigos salmantinos, y al mismo tiempo a la capital del reino. Pocos meses después, en septiembre, fue visitado por Jovellanos, que volvía de un viaje al País Vasco y permaneció unos días en su casa. El escritor asturiano partió hacia Salamanca, adonde le siguió Meléndez, con el fin de asistir a la apertura solemne del curso de la Universidad el 18 de octubre. A comienzos de noviembre se reintegró a Valladolid.

En enero de 1792 el Consejo de Castilla encomendó a Meléndez un proyecto que acabaría ocasionándole múltiples problemas: reunir en uno solo los cinco hospitales que existían en la ciudad de Ávila. Conocemos las circunstancias de esta empresa gracias a las investigaciones del profesor Demerson, quien descubrió y editó (1964), parcialmente, un Expediente promovido por la ciudad de Ávila [...] sobre lo conveniente que sería reunir en uno General los cinco hospitales que había en ella (1964) que guarda en sus anaqueles el Archivo Provincial de esta ciudad castellana, de donde la saqué para mi edición de Obras Completas (1997). La iniciativa del municipio respondía a los nuevos proyectos reformistas que había puesto en marcha el gobierno de Carlos III en torno al tema de la beneficencia. Meléndez se trasladó a vivir a Ávila para estar más cerca del proyecto. Pronto pudo comprobar que estaba ante un caso difícil en el que tenía enfrente a gran parte del clero. El pleito en el que interviene el magistrado extremeño es un ejemplo fehaciente de las tensiones que vivieron la Iglesia y el Estado en la época de la Ilustración. La defensa de la filosofía regalista imponía la necesidad de deslindar los poderes de ambas instituciones. Por otra parte, comenzaba a desarrollarse una nueva doctrina social sobre la beneficencia: la atención a los pobres y marginados se convertía en una tarea del Estado que entraba en litigio con la tradicional acción caritativa de la Iglesia, fuente de su misión religiosa y motivo también de poder económico. La eficacia, el celo y la paciencia que Meléndez puso en esta difícil empresa al servicio del bien común acabaron sin llegar al puerto definitivo que esperaba el magistrado.

Durante el viaje que hizo a Madrid, aprovechó para promover un nuevo proyecto. Presentó ante el Consejo de Castilla en 1793 la petición para crear una revista que tratara del estado actual, los progresos y adelantamientos de los conocimientos humanos en las naciones cultas. La fundación de esta publicación pretendía llenar el vacío informativo que existía en el país desde que en febrero de 1791 se prohibiera, por Real Orden del gobierno de Carlos IV, la publicación de gran parte de la prensa española y la libre distribución de la extranjera, buscando una defensa contra el contagio revolucionario. El Consejo no denegó abiertamente la autorización, pero reclamó, con aviesa intención, los números que tuvieran preparados para su control. Con el temor de la censura, Meléndez rehusó seguir adelante con este proyecto editorial y regresó a Valladolid hacia finales de verano. La actividad literaria de esta época no es tan abundante como la de sus años salmantinos.

Con motivo del nombramiento en 1794 de su amigo Eugenio Llaguno y Amírola (Elpino) como ministro de Gracia y Justicia, Meléndez compuso una epístola titulada "Al Excmo. Señor Don Eugenio de Llaguno y Amírola en su elevación al Ministerio de Gracia y Justicia", que editó en Valladolid. Por la premura en su composición y en la impresión llegó ante el público con numerosas incorrecciones. Jovellanos se lo recriminó amigablemente, pero sus enemigos aprovecharon la circunstancia para atacarle. Con todo, la prensa de toda España seguía interesada en publicar sus versos y recogió durante estos años abundantes poemas del vate extremeño, como pueden verse en las referencias bibliográficas registradas en otro lugar.

Escribió la oda "El fanatismo" dirigida a Godoy, en la que atacaba la intransigencia y los abusos de las religiones antiguas y modernas, y dos epístolas en las que alababa su política ilustrada. También dedicó al Príncipe de la Paz la segunda colección de sus Poesías, que vio la luz en 1797 en Valladolid, en tres tomos. Esta edición contiene poemas que ya habían aparecido en 1785, pero incluye otros nuevos que reflejan el compromiso del poeta con la sociedad y con sus ideas ilustradas. Por estas fechas fue inmortalizado por Goya en un retrato en el que aparece serio y pensativo, acorde con la situación personal que estaba viviendo, y al año siguiente sería nombrado miembro de la Real Academia Española, mientras que desconozco en qué fecha fue elegido académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y de la de San Carlos de Valencia.

Como ha señalado Astorgano Abajo (1999), el vate extremeño fue nombrado Fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, donde prestó juramento en octubre de 1797. Y, a instancias de Cabarrús, a mediados de noviembre fue ascendido Jovellanos a ministro de Gracia y Justicia, de lo que Meléndez se congratula en la Epístola VIII titulada "Al Excmo. Señor Don Gaspar Melchor de Jovellanos, en su feliz elevación al Ministerio Universal de Gracia y Justicia". En febrero del año siguiente ya estaba asentado en Madrid dispuesto a ejercer su nuevo trabajo. Aunque sólo ocupó el cargo de fiscal durante siete meses, desarrolló una actividad desbordante que llenó el Consejo de dictámenes, discursos y contestaciones. Estos escritos jurídicos tienen un gran interés por el complejo entramado de reflexiones ilustradas, por lo que circularon en numerosas copias manuscritas.

Por razones de su progresía y la proscripción del autor hubo de esperar su publicación hasta el Trienio Liberal bajo el título de Discursos Forenses (Madrid, Imp. Real, 1821), habiendo ampliado su número en dos piezas que han aparecido en mi edición de Obras completas (1997) y otros dos hallados por Astorgano Abajo (1997). En la "Advertencia" que abre el libro, los editores rememoran las circunstancias en las que habían nacido estos documentos legales: el magistrado se estrenó en la Sala Segunda de Alcaldes de Casa y Corte el 28 de marzo de 1798, con grandísimos honores, en el famoso juicio por el asesinato del comerciante madrileño Francisco del Castillo, matado por su mujer en colaboración con su amante, una dura historia que también recogió el pincel de Goya (Astorgano Abajo, 1999). Los textos oratorios tienen varias denominaciones: acusaciones, dictámenes, informes, exposiciones y discursos. Son "Acusaciones" los cinco primeros textos, en los que se enjuicia a inculpados de causas criminales, que fueron variadas: dos asesinatos, dos robos y un incesto. Tienen una estructura muy similar que repite, en términos generales, el modelo que los letrados estudiaban en la retórica civil, sin que esto impida ciertos recursos originales propios de la habilidad creativa del escritor. Abre el discurso una introducción ("exordio") en la que el fiscal hace una divagación reflexiva que servía para situar el caso en su contexto social y para rechazar de plano las alegaciones del letrado defensor. Sigue luego la exposición del caso ("narración" según el arte retórico, que en algún lugar el ponente denomina "historia del hecho"), en la que descubrimos a un Meléndez que domina el arte del relato cuando tiene que describir, casi siempre de manera precisa, las circunstancias del suceso criminal. En el apartado siguiente, denominado en algún lugar "reflexiones y argumento", cabe la relación de los antecedentes criminales del encausado y, sobre todo, la acción de desmontar, punto por punto, el discurso exculpatorio del defensor, a la luz de la legislación vigente, todo lo cual se corresponde con la "confirmación y la confutación" retóricas. Todo ello va sazonado con abundantes reflexiones personales sobre los hechos que enjuicia, no estrictamente jurídicas, sino de índole social, moral, religioso. Termina el alegato acusatorio ("conclusión") con la definición jurídica del caso, siempre clara y segura, que concluye con una breve consideración. Razones de distinta naturaleza nos permiten afirmar que estos documentos son auténticas piezas maestras del género judicial. Sabe combinar la necesaria objetividad propia de cualquier acto jurídico con una implicación personal en el proceso. No pretende dictar una opinión sobre los crímenes de unos reos concretos, sino de emitir un informe jurídico acerca de algún contencioso a propuesta de las autoridades del Consejo. Las reflexiones del jurista en estos escritos desvelan otras preocupaciones de su ideología ilustrada.

En los "Dictámenes" (7, 8, 11) el fiscal da su opinión sobre sucesos públicos que han acaecido o sobre asuntos que están en litigio, mientras que en las "Exposiciones" (12) y en los "Informes" (13, 14) da su parecer sobre una materia sobre la que se le pide asesoramiento. Tengo a los tres "Discursos" conservados como a las piezas más interesantes, porque en ellas el fiscal se explaya con libertad sobre asuntos sociales y literarios, acercando la pieza a su antiguo uso de ensayo reflexivo. En el 6, "Discurso sobre la necesidad de prohibir la impresión y venta de las jácaras y romances vulgares", estudiado por González Palencia (1931), se observa su oposición a este tipo de poesía popular que tenía numerosos seguidores, y reemplazarla por otra que reflejara mejor los nuevos ideales. El "Discurso de apertura de la Real Audiencia de Extremadura", episodio ocurrido el 27 de abril de 1791, ha tenido la fortuna de una reedición independiente por Miguel Ángel Lama (1991) con una excelente introducción, y varios trabajos específicos de J. Demerson (1986) y Astorgano Abajo (1997), es un ajustado estudio sobre la situación social de su amada Extremadura y de los remedios que se deben poner para que su tierra salga de su atraso secular. El "Discurso sobre la mendiguez" (1802), del que sólo se conserva un fragmento, muestra su conocimiento de este grave problema social que el fiscal observa con espíritu ilustrado y con una cierta dosis de humanitarismo innato que guiaba su conducta.

La vocación literaria del magistrado renueva la expresión de los Discursos forenses, convirtiéndolos en unas piezas singulares. El profesor universitario halla razones y ejemplos no sólo en el ámbito del Derecho, sino también en el de la Historia, la Literatura y la Mitología, trazando un discurso culturalista escasamente empleado en otros documentos jurídicos. Encontramos registros variados en el estilo: exacto y preciso en el aparato legislativo del fiscal, con sus notas a pie de página; ajustado y expresivo en la descripción de los casos; irónico e incluso sarcástico en el tratamiento de la personalidad patológica de los criminales; efectista y agresivo en la catarata de preguntas y exclamaciones que anatematizan al reo; llano en las digresiones ensayísticas; cultamente atildado, casi de poeta cuidadoso, en otras ocasiones. Emplea un lenguaje en el que tienen cabida tecnicismos legales (epiqueyas...), cultismos (nefario, inmatura, venero, simulacro, expilador...), vulgarismos que reflejan el mundo criminal, arcaísmos ligados a la antigua legislación (cuasi, foradamiento) de gran eficacia expresiva al igual que las viejas citas legales de las Partidas alfonsíes que tan armoniosamente integra en los escritos. La sintaxis parece más complicada y premiosa, con numerosos incisos que llaman a la precisión, con abundantes correlaciones y paralelismos, pero alejado de la verborrea de los abates gerundios y de los abogados barrocos. En los Discursos forenses brilla el estilo del literato, pero de manera especial se manifiesta la profesionalidad del fiscal, la ideología del hombre ilustrado y las propuestas del reformador de las leyes.

Los excesos de la Revolución francesa provocaron en España una reacción conservadora. Meléndez sufrió en carne propia la fuerza de las garras de la reacción, al parecer dirigido por el marqués de Caballero. El 27 de agosto de 1798 se le ordenó que saliera de la capital con destino a Medina del Campo, donde debería esperar las órdenes del Rey. La caída en desgracia política de Jovellanos, desterrado ya en Gijón, había arrastrado a sus amigos y valedores. Pocos días después recibió una Real Orden que le encomendaba el encargo de supervisar las obras del cuartel que se estaba edificando en esta villa. Esto significaba en la práctica un destierro encubierto. Tuvo que reorganizar su vida, entreteniendo su tiempo con la creación literaria. En marzo de 1801 le trasladaron a Zamora. Meléndez ignoraba que se le estuviera incoando un proceso, apoyado en calumnias y falsos testigos. Siguiendo el consejo de sus amigos, él mismo preparó su defensa, en la que intentó refutar puntualmente cuanto decían en su contra. Hubo que esperar diez meses hasta que un jurado reconociera de manera oficial su inocencia. El 27 de junio de 1802 le fue devuelto su sueldo de Fiscal y se le autorizaba a establecerse donde quisiese. Parece que continuó residiendo en Zamora hasta 1805 dedicado, sobre todo, a la lectura y a poner fin a algunos proyectos sociales en los que estaba embarcado. La actividad literaria fue escasa: una oda titulada "La Creación o La obra de los seis días" y la traducción de la Eneida.

En marzo de 1808 tuvieron lugar los graves acontecimientos del motín de Aranjuez que provocaron la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando VII. El nuevo Rey estaba interesado en atraerse a personalidades relevantes que hubieran sido perseguidas o marginadas por el antiguo gobierno. El extremeño recibió autorización para volver a Madrid y le ofrecieron el cargo de fiscal de los Consejos. Pero el poeta, después de los pasados sinsabores, ya se había acostumbrado a la vida tranquila y permaneció más tiempo del debido en Salamanca, hasta que una nueva orden le condujo a la capital el 9 de abril. A esta época pertenece la primera Alarma española.

Tras la entrada del ejército francés en España se produjeron desórdenes en las principales ciudades como expresión de la indignación popular. La Junta Suprema del Gobierno, en la que Fernando VII había depositado temporalmente el poder, envió a dos magistrados a Oviedo para reconducir la situación: el conde de Pinar y D. Juan Meléndez Valdés. Acosados por la plebe y detenidos, tuvieron que hacer frente a un proceso bajo la acusación de traicionar a la nación, a pesar de que ellos insistieron en todo momento en la finalidad pacífica de su misión. El desenlace fue feliz, ya que las autoridades locales les comunicaron el sobreseimiento de la causa y su inmediata puesta en libertad. Para evitar nuevos incidentes, Meléndez y su acompañante volvieron rápidamente a Madrid. Sería esta época cuando todavía ratificaba su celo patriótico escribiendo la Alarma segunda a las tropas españolas, en la que el poeta animaba al pueblo español a combatir valeroso al invasor.

Las persecuciones de que había sido víctima durante la última década, y la desconfianza con que todavía era observado, le desanimaron para adherirse con mayor celo a la Junta Central. La prueba fehaciente de haberse puesto de parte del francés la encontramos en los legajos del Archivo de la Villa que guardan los juramentos al rey José Napoleón I. No sabemos la sinceridad de esta reconversión o si se vio coaccionado por las circunstancias, como en el caso de otros reconocidos patriotas, al vasallaje ante el vencedor. Lo cierto es que Meléndez permaneció en el Madrid gobernado por el francés y allí desarrolló sus actividades profesionales.

Volvió a los asuntos jurídicos en 1809. Fue nombrado fiscal de la Junta que estaba encargada de dictaminar sobre los Negocios Contenciosos que tramitaba el Consejo Real. Era una de las más altas instancias legales del reino. Esto significaba un compromiso firme de colaboración con el invasor. En noviembre del mismo año se incorporó por decreto al Consejo de Estado. Aquí desempeñó el cargo de Presidente de la Junta de Instrucción Pública, además de participar en otras tareas. Durante estos duros años de agitación política y militar la actividad poética del magistrado estuvo bastante abandonada. Sin embargo, Meléndez retornó pronto a la literatura como miembro de la Comisión de Teatros. Sabemos que compuso al menos dos poemas en alabanza del rey José I: uno referido a su expedición militar a Andalucía en 1810 y otro, de tono elegíaco y menos personal, sobre su viaje a Francia en 1811. Este mismo año se editó en Valencia una selección poética, en dos tomos, titulada Poesías escogidas.

La colaboración de Meléndez con el régimen invasor se premió con puntual generosidad. Fue nombrado caballero de la Real Orden de España, miembro del Instituto Nacional y recibido como miembro de número en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, y pudo leer en 1810 su aplazado Discurso de ingreso en la Real Academia Española. Sin embargo, el avance de las tropas nacionales hacia la capital iba a cambiar de nuevo la inestable fortuna del magistrado, que le abocaría al duro exilio. La retirada del rey José I, en agosto de 1812, arrastró consigo una gran cantidad de tropas, familias francesas aposentadas en España y la cohorte de españoles comprometidos con su régimen. La huida hacia Francia se hizo por el camino real del norte, pasando por Valladolid. Tras la batalla de Vitoria (21 de junio), que significó el último episodio importante de la guerra de liberación, la tropa francesa cruzó la frontera por Hendaya (23 de julio). La retirada fue dura y la salida de España estuvo presidida por un profundo dolor y una emoción no contenida.

No están bien aclaradas las circunstancias del exilio francés. Los biógrafos antiguos, y también Quintana, sitúan la primera estación de su viaje en Toulouse, capital del Languedoc, sin precisar fecha exacta ni duración de su estancia. Luego, siguiendo la ruta con otros fugitivos, hallaría fugaz acomodo en Montpellier, Nîmes, Alais y Montauban, entre otras ciudades. Durante los cuatro años que vivió el poeta exiliado en el país vecino, estuvo constantemente acosado por las desgracias y la mala salud. La última etapa de su peregrinaje tuvo por destino la ciudad de Montpellier. Después de múltiples penalidades, una parálisis le produjo la inmovilidad total del cuerpo, y el día 24 de mayo de 1817 falleció. Fue enterrado, por deseo expreso de su esposa, en una bodega de vinos de una casa de campo, propiedad de un amigo del poeta, desde donde fue trasladado furtivamente a la iglesia del cercano pueblo de Montferrier. Allí descansaron sus restos hasta que, en 1828, fueron inhumados de nuevo en el cementerio municipal de Montpellier. En 1900 retornaron definitivamente a Madrid los despojos del exiliado para reposar en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Isidro, junto con los de sus amigos y compañeros de infortunio Goya y Moratín.

Hacía ya tiempo que Meléndez preparaba una edición de su obra lírica, pero no aparecería hasta más tarde, con la colaboración inestimable de Manuel José Quintana y de Martín Fernández de Navarrete, con el título de Poesías (Madrid, Impr. Nacional, 1820 [1821]), en cuatro volúmenes, donde agrupa la versión última que había dado el poeta a lo que él creía las composiciones dignas de recuerdo, aunque nosotros añadimos en nuestra colección en un "Apéndice" otro grupo de no incluidas en la misma.

Meléndez Valdés es el poeta que ofrece una producción lírica más abundante de su siglo y el que mejor refleja las maneras poéticas y la diversidad de los estilos del Setecientos. El primer género que cultivó fue la oda anacreóntica. Estamos ante una literatura frívola, galante y sensual que refleja las exquisiteces del llamado estilo Rococó, período excelentemente estudiado por John H. R. Polt (1987). Canta la alegría de vivir, los amores gozosos, los placenteros banquetes, los bailes y las danzas en ambiente pastoril, con un leve fondo de paisaje que rememora el locus amoenus clásico. Proceden de la Antigüedad clásica muchos de los símbolos empleados en la expresión de la experiencia amorosa. Las relaciones entre zagales y zagales están sazonadas con cierta dosis de picardía que denota la libertad de costumbres de la época. Entre los caracteres del estilo debemos destacar el uso frecuente de diminutivos y epítetos, mientras que utiliza con moderación las metáforas.

Dentro del mismo estilo, aunque levemente posteriores en el tiempo, escribió Meléndez tres grupos de poemas que tienen entidad propia: "La inconstancia. Odas a Lisi", variaciones sobre un romance de Góngora; "La paloma de Filis", en las que la reflexión poética gira en torno a la paloma de su amada, intermediaria ingenua entre los amantes, y "Galatea o la ilusión del canto", que relata la historia de un enamoramiento fugaz que acaba en fracaso. En Los besos de amor, basado en los Basia del holandés Jean Second, Meléndez Valdés rinde tributo a la poesía erótica, una moda que cautivó a una parte importante del Parnaso, como han señalado R. Haidt (1995) y García García (1997). La suave galantería de las anacreónticas adopta en esta colección un tono de mayor atrevimiento. No cae, sin embargo, en el lenguaje grosero que encontramos en otros autores, ya que utiliza unos términos alusivos con valores poéticos.

El mismo aire gracioso del estilo rococó encontramos en otros géneros poéticos que cultivó a lo largo de su vida literaria. En las letrillas recupera la vena popular con gracia expresiva: "El ricito" o "El lunarcito" pueden pasar por modelos consumados del estilo preciosista. Los idilios retratan el amor y la naturaleza con efusiva sensibilidad, tomando motivos del clásico Teócrito y de otros poetas modernos, como el suizo Gessner. Las endechas, fieles a su espíritu como género, abandonan el sentido gozoso de las odas anacreónticas para teñirse de un cierto sentimiento melancólico, nacido en el desengaño amoroso. Meléndez fue también autor de sonetos y romances a lo largo de toda su carrera literaria. Los más antiguos recuerdan los temas (amorosos, pastoriles...) y el estilo de la poesía rococó, pero acabarán aceptando los asuntos más diversos: líricos, descriptivos, ideológicos.

Tras los consejos que había dado Jovellanos a sus amigos salmantinos sobre el contenido insustancial de su poesía, comenzó Meléndez a interesarse por la poesía Neoclásica, enriquecida con reflexiones morales. Dentro de este estilo encuentran un lugar prominente las églogas, en las que sabe captar el ambiente y la sensibilidad renacentista. Batilo, égloga en alabanza de la vida del campo (1780), Jovino (1778), Mirtilo y Silvio (1797), Aminta y El zagal del Tormes (recogidas ambas en la edición de 1797) son algunas de ellas. Contienen reflexiones: la valoración de la vida campesina, frente al vicio cortesano; la recuperación del concepto clásico de edad de oro..., según han señalado Marco Revilla (1969) y Carnero (2000).

Escribió asimismo algunas elegías, como la dedicada a Filis, compuesta en torno a 1775, o las que poetizan los luctuosos episodios del fallecimiento de su hermano Esteban. En estas composiciones, maduradas y trabajadas a pesar de la dura conmoción íntima, da rienda suelta al dolor, pero a la vez adopta una actitud reflexiva en torno a la temporalidad y al inevitable paso del tiempo. Las silvas, procedentes de la práctica poética del Renacimiento, trasmiten una visión de la naturaleza, aunque predominan las de asuntos amorosos dirigidas a Filis, Clori o Fany. Mantienen un tono mesurado, menos pintoresco, y de adjetivación vistosa. La larga serie de las odas, de influencia horaciana, pertenece a épocas muy diversas (desde 1773 a 1814). Al principio sus motivos amorosos y celebrativos, pero poco a poco van adoptando un tono intimista que reflexiona sobre asuntos como lo mudable de la fortuna, las estaciones y el paso del tiempo, la amistad, la soledad, como la estudiada por Miguel Ángel Lama (1988).

La poesía ilustrada persigue la formación y la utilidad de los lectores, más que el simple desahogo sentimental, como han advertido Rinaldo Froldi (1967) y Caso González (1989). Cambian por completo los valores estéticos: el discurso poético se desnuda de la imaginería con función embellecedora y busca un lenguaje desnudo, preciso, casi prosaico. La pérdida de los valores literarios queda compensada con la densidad del pensamiento. Las epístolas, de ascendencia clásica, arrastran una larga tradición como vehículo de literatura reflexiva. En ellas podemos encontrar las ideas fundamentales de la ideología ilustrada: protección de las ciencias y las artes, la beneficencia, la mendiguez, la política agraria... De fórmula muy similar son los discursos, cuya sola denominación quiere acercar este género poético hacia el ensayo. Estas largas composiciones son poesía filosófica, en las que el poeta reflexiona sobre el ser del hombre, el universo con tono reposado y profundo.

Uno de los grupos poéticos de mayor entidad, por su número y densidad, es el de las odas filosóficas y sagradas dominadas por un tono meditativo. Siguen presentes los pensamientos de Rousseau, Pope, Young , Pascal. Pero también las viejas lecciones laicas del epicureísmo de Horacio o del estoicismo de Séneca y Marco Aurelio. La Biblia y la poesía de fray Luis le sirven de guía para sobrellevar los desconsuelos del destierro, aunque el vate renacentista tuvo una influencia más profunda, como ha señalado Gutiérrez Díaz-Bernardo (1999). Son poemas desgarrados, en los que intenta hacer frente a su desgracia buscando razones morales y religiosas donde anclar su desolación, que encuentra en la amistad, el amor, la virtud, la evasión, el refugio en la naturaleza... Idéntica situación reflejan las elegías morales, redactadas igualmente en la época del destierro. La imaginería lúgubre recuerda a Young: noche oscura, sombras fúnebres, ayes, lágrimas, dolor...

Puede observarse que una parte sustancial de la poesía que escribe Meléndez en los últimos tiempos adquiere un tono sentimental que preludia la mentalidad romántica. No llega, sin embargo, al empleo abusivo de estos recursos como ocurrirá décadas más tarde en pleno auge del Romanticismo. No pocos de los poemas "sentimentales" tienen que ver con temas y lenguaje literario prestado por Garcilaso o fray Luis. Otras influencias, sin embargo, provienen de autores europeos que pertenecen ya al movimiento romántico francés y, especialmente, al inglés, sobre todo a Edward Young, a cuyas Noches, publicadas entre 1742-1745, tuvo acceso en época temprana a invitación de Cadalso.

Cerramos esta revisión de la obra de Meléndez Valdés haciendo una mención a su Epistolario, ya recogido en mi edición de Obras completas (1997), sin que hayamos podido agregar ninguna nueva. Está formado por una colección de medio centenar de cartas. Un buen manojo de ellas fue publicado, mediado el siglo XIX, por Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, en el prólogo que precede a la antología de Poetas líricos del siglo XVIII (Madrid, 1869-75, 3 vols.), aunque algunas de ellas fueron reproducidas de manera fragmentaria con la intención de ilustrar sus explicaciones histórico-literarias. Otras once epístolas fueron editadas por el bibliotecario Manuel Serrano y Sanz en 1897, junto con una gavilla de poemas inéditos que procedían de los fondos recientemente ingresados en la Biblioteca Nacional. El resto de las cartas que forman este escueto epistolario han ido apareciendo tras un largo rosario de humildes descubrimientos (Colford, Alarcos, Ximénez de Sandoval, Demerson, Froldi...), de origen muy diverso. No existen problemas de datación, ya que casi todas conservan la fecha de su redacción.

La mayor parte de ellas fueron escritas en la primera época de la vida del magistrado. La escasez de cartas pertenecientes a épocas posteriores puede deberse a razones de diversa índole. Por un lado, a las múltiples ocupaciones del fiscal, que impedían dedicarse a la reflexión epistolar, según él mismo aclara en alguna ocasión; pero también puede justificarla la necesaria prudencia que debieron mostrar el escritor y los hipotéticos destinatarios en los largos períodos en que estuvo desterrado o exiliado.

Meléndez había hecho de la amistad una piedra fundamental en la que quería fundar el resto de los valores del hombre. Su fina sensibilidad, la blandura de su carácter, necesitaban apoyarse continuamente en estas relaciones amistosas, que iban siempre más allá de la pura experiencia literaria. Van dirigidas a sus amigos: el agustino fray Diego T. González, Jovellanos, Llaguno y Amírola, Cáseda... A pesar de su admiración y cariño por el poeta Cadalso, no conservamos ninguna carta dirigida a él, aunque su nombre aparece citado con relativa frecuencia en las que dirigió a los otros colegas.

Las cartas se convierten en permanente teatro de las actividades intelectuales y poéticas de Meléndez. Ofrecen una reflexión continua sobre las numerosísimas lecturas que alimentaron su afán de formación, ya ordenadas y estudiadas por Demerson: tratados de Derecho, de Historia, ensayos de pensamiento, de Literatura, los autores más granados de la cultura de todos los tiempos y libros de rabiosa actualidad. Meléndez es un hombre cultivado, de amplísima cultura, de inquietudes inacabables. El epistolario resulta de gran interés para conocer el devenir de su biografía y su ideario estético y político.

EMILIO PALACIOS FERNÁNDEZ (UCM )
(con anotaciones de ANTONIO ASTORGANO ABAJO)
12 de mayo de 2004.

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