Rafael Azcona - Página principal Estudios críticos

El País Semanal, 17 de octubre de 1999

Azcona. Escritor de tomo y lomo.

     Logroño, 1926. Literato. Guionista y maestro de guionistas. Discreto y buena persona hasta la santidad. Hombre invisible durante décadas. Ha retratado en películas inolvidables el ser de la España negra. Hoy lo hace en un libro de relatos cortos titulado Estrafalario.

     «Rafael Azcona es una de las personas más brillantes, generosas e inteligentes que he conocido. Por eso y por muchas razones más, Rafael Azcona es un seductor. De hombres y de mujeres. Lo ha sido siempre, lo sigue siendo y lo será hasta el fin de sus días». Quien esto afirma tan rotunda y razonablemente es Josefina Aldecoa, y lo cierto es que pocas veces una cita sirve tan admirablemente para tantas cosas: para arrancar esta entrevista que pretende acercar al lector al Azcona escritor, del que la próxima semana se editará su Estrafalario (Alfaguara), volumen que recopila tres novelas cortas publicadas por primera vez en los años cincuenta (El pisito, Los muertos no se tocan, nene y El cochecito); para que no quepa la menor duda del cariño y admiración que siente Josefina Aldecoa por el entrevistado, y, por último, para comprobar el acierto de la descripción al leer las respuestas.

     A todo lo dicho se podría añadir sin rubor que Azcona (Logroño, 1926) es también uno de los escasísimos seres humanos que ha alcanzado la santidad en vida, y sin necesidad de hacer milagro alguno o dejarse trocear por los infieles. En un gremio tan mezquino y envidioso como es el de los creadores resulta poco menos que imposible conocer a alguna persona que hable mal de él. Y eso, a mi juicio, es la santidad. Y de esta forma aquel joven autodidacta que llegó a Madrid desde Logroño en busca de la gloria literaria, que recaló en pensiones de mala muerte, que descubrió el placer de la charla en los cafés, que se convirtió en el maestro de los guionistas españoles, que a fuerza de discreción y modestia llegó a estimular la leyenda de su inexistencia, resurge ahora a la luz como siempre quiso ser: un escritor de tomo y lomo que se pasea por el mundo con la Guindilla de Oro 1999, distinción que concede anualmente el Centro Riojano en Madrid y que es la única de las muchas recibidas que lleva en su solapa.

     ¿Qué es lo que motiva el que más de 40 años después de haber sido escritos se animara a publicar, y repasar un poco, estos tres relatos que ahora edita Alfaguara y por qué lo titula Estrafalario?

     Porque esos relatos tienen como escenario la estrafalaria España de los años cincuenta. En cuanto a su reedición, es cierto que durante este casi medio siglo me he resistido a reeditar nada de lo que había escrito. Esos textos fueron publicados en colecciones de humor, y el humor a palo seco dejó de interesarme hace ya mucho tiempo. Pero la cariñosa tenacidad de Juan Cruz me animó a revisarlos, y ya puesto a ello, he intentado devolverles lo que perdieron al aparecer en aquellas colecciones y en tiempos de censura y de autocensura, que también castran lo suyo.

     Usted siempre ha señalado entre sus preferencias literarias a gentes como Baroja y Kafka. Hay una veneración por lo que podríamos llamar, por una parte, la descripción de una realidad, en el caso de Baroja, o la introspección personal, que es el caso de Kafka. Pero distantes, por lo menos Baroja, no tanto quizá Kafka, de ese sentido del humor del que nunca ha renegado, pese a que en él subyace también una profunda desesperación del ser humano.

     Esto de la lectura es un poco como la comida: hay autores y platos, seguramente exquisitos, pero que a uno se le indigestan. En cambio, de otros se repite siempre, un poco como cuenta Camba que hacia cuando le servían en la mesa algo que le gustaba: lo tomaba de primero, de segundo, y de postre. En cuanto a Baroja, nadie como él, leído en mi adolescencia, me ha hecho disfrutar del placer de la lectura. ¿Kafka? Qué tío a la hora de asomarte a lo que de irrisoria tiene la condición humana. ¿Sabes? No desespero de adaptar al cine El castillo.

     ¿Y los poetas?

     Para no entrar tampoco aquí en lo canónico, que doy por consabido. Antonio Machado; luego, Neruda.

     En esto encaja un poco también con lo que Josefina Aldecoa, en el prólogo de Estrafalario y citando una frase muy hermosa de García Hortelano, destaca como un rasgo de toda su generación: su condición de autodidactas. A usted le gusta Baroja, Kafka, Neruda, Machado.... es decir, hay una manera de seleccionar autores muy personal, muy autodidacta.

     Por fuerza, Yo -lo digo con pesar- dejé la escuela a los 14 años para ponerme a trabajar. He sido, lo soy, un lector empedernido, pero mis lecturas han sido siempre caóticas, saltando de un autor a otro sin otra guía que los gustos de esos mismos autores.

     ¿Hilvanaba de uno a otro a través de los propios textos?

     Pues sí, y en consecuencia-mis lagunas de lector no son lagunas, son agujeros negros, sobre todo en los años de mi adolescencia. La literatura alemana, por ejemplo: como en el colegio nos obligaban a celebrar las victorias de Franco con gritos de «Heil Hitler!» y «E'vivva Mussolini!», yo, confundiendo el culo con las témporas, me resistía a leer a los autores alemanes e italianos. Los leí después, claro, pero ya no fue lo mismo.

     En ese sentido también es curioso cómo en una época tan difícil y dura como la posguerra en España, con tanta mezquindad, tanta mediocridad instalada en el poder y tanta represión mental, surge, sin embargo, un núcleo de amigos que coinciden en su amor por la lectura, y del que saldrán una buena parte de lo mejor de la literatura de la segunda mitad de este siglo: los Aldecoa, Ferlosio, Martín Gaite, Caballero Bonald, Fernández Santos...

     Pero ellos habían pasado todos por la universidad.

     Ya, y usted conecta con ellos a través de los cafés. En el Café Comercial.

     Es que durante una temporada yo vivo en ese café: en cuanto me levanto escapo de mi inhóspita habitación realquilada y me voy al acogedor Comercial hasta la hora de comer; como, vuelvo al café, y allí me quedo hasta que lo cierran.

     También vivió en el Varela...

     Sí, eso fue antes. Y después frecuenté el Gijón. pero ya como mero cliente.

     En uno de los relatos que se incluyen en el volumen que ahora se publica hay una serie de referencias, muy claras también, al Sésamo, que no era precisamente un café.

     No. Sésamo emulaba -o remedaba- a las caves parisinas de la época.

     Lo curioso es que quien recomienda ese local a la protagonista de El pisito es una criada. Le dice que es un sitio muy moderno.

     Bueno, en Sésamo las barbas se veían por la noche, pero por la tarde en el local se bailaba. No digo que como en La Gran Vía -«Yo soy un baile de criadas y de horteras»- pero por ahí andaba la cosa.

     Por cierto, en los tres relatos -Los muertos no se tocan, nene; El pisito y El cochecito- la figura de la doméstica es fundamental.

     En la España de entonces había criada en todas las casas, yo creo que hasta en la de los económicamente débiles. Claro: la criada era muy barata y servía para todo, incluso para la iniciación sexual de sus señoritos, a poco que la chica bajara la guardia.

     En Los muertos no se tocan, nene todos los varones de la casa frecuentan el cuarto de la doméstica.

     No me lo he inventado. Tampoco a la señora que antes de dejar salir a la suya la tarde del domingo, le pega en las partes pudendas uno de aquellos parches porosos que aliviaban los resfriados y el reuma: la señora en cuestión no quería correr el riesgo de tener que echarla a la calle si la muchacha le volvía preñada.

     Sí. En otro pasaje, cuando la señora de la casa sorprende a su marido achuchando a la criada, lo que menos se le ocurre es echar a la sirvienta. A quien castiga es a su marido, un brigada de la Remonta: lo manda un mes a dormir al cuartel.

     Claro. Porque la sirvienta es muy trabajadora y además no le sisa en la compra.

     Aunque el tema prioritario de esta entrevista es la literatura, no puedo por menos que hacer referencia a sus relatos de los años cincuenta, con esos personajes en los que las pequeñas miserias se alternaban con las pequeñas grandezas, y vincularlos de alguna manera a lo que después harían los cineastas italianos, los neorrealistas.

     En Umberto D., de Vittorio de Sica, hay una escena inolvidable, con la criadita preparando el desayuno en la cocina.

     Creo que hay una coincidencia del paisaje humano: el que usted describe en sus relatos y el que, luego, utilizan cinematográficamente los italianos. Supongo que, al fin y al cabo, la literatura es una manera de expresar lo que el autor entiende por vida...

     Hombre, yo, modestamente, me quedo con la realidad. Y la realidad tiene poco que ver con aquel cine de teléfonos blancos y felices idilios anterior al neorrealismo. Quizá como reacción a tanta mentira, en la comedia italiana posterior al neorrealismo no hay un polvo bien echado, y eso, aunque pueda ser exagerado, está más cerca de la realidad.

     Bueno, eso pasa también en sus relatos: el idilio puede ser maravilloso si se queda en platónico, pero alcanza la condición de desastre si se llega a la carne.

     Lo que si parece cierto, digan lo que digan los exégetas del sexo, es que el lector y el espectador prefieren leer y ver lo que cuesta llegar a la cama, a leer y ver lo que pasa en la cama. De no ser así no se explica por qué no son best sellers las novelas pornográficas o por qué no están llenos hasta los topes los cines X.

     Dejemos al servicio doméstico y pasemos a la industria y al comercio. Hablemos de la siniestra oficina del almacén de ultramarinos y coloniales de El pisito.

     La oficina del inventor de una porquería alimenticia llamada Higalmendra, sí.

     El más servil de los escribientes, el más impresentable, el que se arrastra más a los pies del patrón cuando entra, es, al mismo tiempo, el que más proclama la revolución. En cuanto se da la vuelta el dueño, saca la bandera.

     Pobre hombre. De joven lo echaron del seminario por tocar La Marsellesa en el armonio el día del Corpus, o algo así... ¿Qué quieres, que siga siendo un héroe? No puede, está casado, cargado de hijos, le duelen los pies... Curioso: a nadie se le ocurre pedirle a un gordo que corra los 100 metros lisos en 10 segundos; en cambio, en el plano moral, se te puede exigir no digo ya la heroicidad, sino la santidad.

     Ya. En toda su literatura...

     Literatura, poca.

     Y en todo su trabajo cinematográfico está claro que no cree en los héroes.

     No es que no crea: es que no me gusta que me los pongan como ejemplo. Ya comprendo que esto que digo implica una prudente cobardía y un modesto cinismo. Pero es evidente que la figura del héroe se explota para llevar a la gente al sacrificio, desde el estajanovismo sin sueldo hasta la guerra sin cuartel.

     Implica además otra cosa desde mi punto de vista, y mal que le pese: una concepción de la vida, del día a día, en la que hay un clarísimo y admirable componente femenino. Es decir, ¿qué es lo que haría una gran mayoría de lectores masculinos y viriles? Identificarse con Gary Cooper. Usted se identifica con Pepe Isbert, que lo que quiere es un cochecito motorizado para poder irse al campo con sus amigos paralíticos...

     Me interesa más el problema que se le plantea a Pepe Isbert en El cochecito que el que debe resolver Gary Cooper en Solo ante el peligro, sí.

     Para mí, esa manera de analizar la vida desde muy a pie de tierra siempre ha sido uno de los valores de la mujer. Es decir...

     La mujer es realista.

     Pese a que usted tiene fama de misógino...

     Yo creo que esa fama me viene por haberme ocupado, sobre todo en el cine, de un tipo de mujer fruto del nacional-catolicismo. Dice García Sánchez que entre la mentalidad de su abuela y la de su hija hay más diferencia que entre la física de Newton y la de Einstein. No exagera. Me acuerdo: en aquella España, cuando en la calle mirabas a una mujer a los ojos, bien podía suceder que ella llamara a un guardia. Imagínate cuando uno descubre a las primeras turistas, que cuando las mirabas te sonreían y seguían su camino tan tranquilas.

     Es más, en sus relatos, en estos que estamos comentando ahora...

     Son más tontos los hombres.

     Pues sí. El inventor y fabricante de Higalmendra, por ejemplo...

     Ese que dices, aparte de imbécil, era un patrono de la época. Y los patrones de la época...

     El matrimonio, como fundamento de la familia, esa institución sagrada, tampoco parece merecerle respeto.

     No, no, Yo creo que lo único que tiene de malo el matrimonio, o sea, la vida en pareja, es la convivencia. En cuanto a la familia, base de la sociedad, ya es otro cantar: la familia genera al notario y al registrador de la propiedad, por lo que parece que el mundo no cambiará mientras la familia exista. Eso no quiere decir que no haya familias encantadoras: al protagonista de El pisito, por ejemplo, le hubiera gustado mucho pertenecer a la de su compañero de oficina: el cura rebotado tiene una mujer que canta mientras cocina y una cuñada que, aparte de tocar la guitarra, está buenísima. Todo, en Semana Santa.

     Cambiemos de tema y hablemos de la muerte, presente en esos tres relatos. ¿Qué pasa con el humor negro?

     Ese es otro sambenito que me han colgado. Lo que son negras son las situaciones en que se ven los personajes. En cuanto a la muerte, a mí siempre me ha parecido una cosa obscena, sobre todo cuando se la rodea de pompa y de esplendor. Personalmente, si hubiera una compañía de seguros que me garantizara que apenas un médico certificara mi defunción, la compañía se iba a ocupar de hacer desaparecer mis restos a la máxima celeridad posible, yo me aseguraría y no me importaría que los arrojaran a la basura.

     Bueno, hay un personaje en Los muertos no se tocan, nene, que toda su obsesión es pronunciar una frase rotunda antes de morir. Una frase digna de ser escrita en bronce y que pase a la posteridad.

     El personaje del bisabuelo, un jefe de administración municipal de segunda clase, o algo por el estilo.

     Ese. Bueno, pues la dice, pero en un hilo de voz, porque está en las últimas, y lo que su hijo cree oír es un vulgar y vergonzoso: «Patata, patata».

     Y el moribundo, pobre imbécil, consciente del equívoco, en lugar de morir en paz y gracia de Dios, palma cabreadísimo.

     Quizá el centenario que aparece en ese mismo relato sea más afortunado: en su testamento ante notario ha dejado dicho que su última voluntad es que a su entierro asistan de diez a doce mil personas.

     De diez a doce mil personas y un montón de curas. Porque la Iglesia luce mucho en estos casos. Y, claro, que como lo ha dicho ante notario...

     Hablando de Iglesia. Hace dos o tres semanas Manolo Rivas escribía en este mismo diario que, según usted, en caso de duda, lo conveniente es hacer lo contrario de lo que diga la Iglesia.

     Dejemos aparte los diez mandamientos. Pero en lo demás... Coño, el nuevo catecismo dice que la pena de muerte puede ser lícita. Muy bien, pues yo, sin pararme a pensar, digo que no, que nunca, que en ningún caso. Es curioso: la defensa de la pena de muerte ha dado lugar a ocurrencias extraordinarias, y por asociación de ideas acabo de acordarme de lo que dijo un senador americano, Donovan se llamaba, no sé si católico, pero desde luego sin sombra de ironía. Dijo el tío: «¿Qué habría sido del cristianismo si Jesús, en lugar de ser condenado a la muerte en la cruz, hubiera sido condenado a ocho o diez años, y además hubiera salido a los tres por buena conducta?».

     No fastidie.

     Lo tengo documentado, como suele decir Manolo Vicent: lo leí en un libro que se titula Las 766 estupideces más grandes que se han dicho nunca. Y abundo en lo dicho: acabo de leer en la prensa que el Papa asegura que «ciertos comportamientos sexuales podrían provocar cáncer». Entonces, uno deja de comer -porque también hay alimentos que producen cáncer- y deja de copular. Y así uno va al cielo, que, por cierto, ya ha dicho también el Papa que no existe.

     Volvamos a su relato Los muertos no se tocan, nene, que a mí me parece espléndido. Hay también una parodia muy graciosa de los muy diferentes estilos de necrológicas en la prensa... Y, sin duda, un canto a la prensa local...

     Sí, las hace el chico que aspira a ser poeta y, claro, quiere que la prensa de su pueblo se ocupe de él.

     O sea, su alter ego.

     No. Yo jamás he escrito nada sobre mí ni sobre mi vida. Yo me he ocupado de los otros.

     Ese chico, ese aspirante a poeta, hace los versos a cuenta de una pasión platónica, pero a quien le mete mano es a la criada.

     Yo supongo que los poetas, si se masturban, no lo hacen nunca a la salud de su musa, sino a la de algo más carnal e inmediato. A la musa no se la mancilla.

     Neruda, en un poema, habla de su amada haciendo sus necesidades y...

     En el Tango del viudo, un hermosísimo poema de amor. Y no mancilla a la amada. Si no recuerdo mal viene a ser algo así: «Y por oírte orinar / en el fondo de la casa / un hilo de miel trémula y delgada...». Precioso.

     Bien, vale. Viajemos un poco. Creo que para usted hay tres puntos geográficos deslumbrantes, cada uno por sus razones. Uno podría ser Italia, y, preferentemente dentro de Italia, Nápoles; otro es el Ampurdán, y otro, Nueva York. ¿Por qué le fascinan Nápoles, el Ampurdán y Nueva York?

     Nápoles es el lugar donde he visto más claro, con más fuerza, con más humor y con más belleza la capacidad del hombre para sobrevivir a lo que sea. En el Ampurdán se come muy bien, que es una cosa importantísima. y al alcance de la mano tienes el Mediterráneo por si te quieres bañar, Barcelona por si te aburres del campo, Francia para el caso de que haya que salir pitando. Nueva York. Puestos a escoger una ciudad -y yo creo que la ciudad es una de las mejores invenciones de la humanidad-, ¿por qué no la más ciudad de las que conozco? De acuerdo, será todo lo dura que se quiera, pero está viva, es estimulante. El otro día he leído que decía alguien, un cantante, creo...

     David Bowie.

     Decía que en Nueva York hay una especie de zumbido que te anima a vivir.

     Bien. Volviendo a Madrid y a otro de sus relatos... En El pisito, el protagonista vive en una pensión sórdida, con un callista de mucho cuidado...

     Es que el Madrid de aquel tiempo estaba lleno de pensiones de ese tipo y de letreros de gabinetes de callistas. Hombre: yo he visto en una pensión a un callista haciéndole la fimosis sobre la mesa de la cocina a un opositor a Correos. «¡No toques, que se infecta!», le pedía el callista a una huéspeda, chica de alterne en Casablanca, que pretendía aliviar los dolores del operado. ¿Y los huevos? Me refiero a los de gallina: con una pajita la cocinera sorbía un poco de yema y luego la expelía sobre la clara, un poco más allá, y así de un huevo hacía dos.

     Con ese panorama de la pensión, lo que está más que justificado es el ansia de llegar cuanto antes al café y pasar allí las horas muertas.

     ¡Hombre!, claro, naturalmente.

     Café en el que además había un cúmulo de personajes, completamente atípicos y disparatados, una fauna imposible de...

     La creaba la perversidad del régimen, empeñado en estupidizar al personal. Yo no creo en el buen salvaje, claro, pero sí que somos mejorables. Por ejemplo: tú sacas a un tío de una taberna con el suelo lleno de serrín y de colillas, y lo llevas a un salón del palacio de Liria, y seguro que si no encuentra un cenicero se echa la ceniza en la mano para no estropear la alfombra. Pero, claro, si sometes al personal a una dieta de NO-DO y de ejercicios espirituales todo el año, el personal degenera, y si no echa mano del escepticismo, hasta puede suicidarse por inmersión metiendo la cabeza en una palangana.

     Y así llegamos a una palabra que podría definir su carácter: el escepticismo. Pasa la vida, pasan los momentos álgidos y los depresivos, y lo que, al parecer, se produce es una decantación hacia el escepticismo, hacia la no creencia en nada que sea trascendente.

     Lo malo es que yo, de lo que soy verdaderamente escéptico, es de mi escepticismo. Me falla mucho, ¿sabes? Por culpa de los sentimientos, claro.

     Quizá por eso empezó a escribir haciendo versos.

     Seguro. Un amor. A estas alturas ya no recuerdo si fue imposible, contrariado o sencillamente idiota. ¿Sabes que todavía, cuando se me resiste la prosa, me entretengo con una especie de escritura automática a medias con mi Macintosh?

     O sea, que sigue escribiendo poesía.

     Versos, para ser más exactos. Pero luego los borro.

     Por favor, venga un poema.

     Pues mira, me acuerdo de una cosa que encontré la otra noche en la carpeta de «Impuestos». Todavía no comprendo cómo llegó a esa carpeta.

     Venga esa cosa.

     Pues ahí va: «Hay palabras que no se dejan desplumar. / Amor, sin ir más lejos. Años y siglos al calor de la lumbre, / de los libros, o del vicio, ahí estamos, desplumándola, / bebiendo sopa en familia, / veneno en soledad, / vinagre en un burdel. / Un día se nos echará a volar / y dejará en nuestras manos una pluma. / Parker, en el mejor de los casos».

     Escéptico, no cabe duda.

     Pues sí.

     Y eso que lleva en la solapa, ¿qué es?

     La Guindilla de Oro que me concedió el Centro Riojano. Una especie de denominación de origen. Esta guindilla y el pasodoble Rafael Azcona, que me hizo mi amigo Carmelo Bernaola, son dos galardones de los que me siento muy orgulloso.

     ¿Y los premios?

     Hombre, los premios; cuando están dotados económicamente, son muy de agradecer. Lo malo es que se hacen públicos, cuando deberían ser secretos.

     No le entiendo.

     Sí. Conviene tomar precauciones para no despertar envidias.

ÁNGEL SÁNCHEZ HARGUINDEY