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Su obra

Acercamiento a la realidad poética de Nancy Morejón

Por Carmen Alemany Bay
Universidad de Alicante

Nancy Morejón, mujer que nació como poeta en los primeros años de la Revolución, es una escritora atenta a la realidad de su país, pero sobre todo a dos circunstancias que se han convertido en piezas claves de sus versos: la femineidad y la negritud. Desde estas dos condiciones la autora creará una poesía cargada de intuición, y también una poesía nacida de la experiencia y enriquecida con un lenguaje en el que se combinan lo coloquial y lo hermético; las formas de la tradición oral unidas a imágenes oníricas con toques surrealistas. La mezcla de lenguajes sugerentes, pero sobre todo, de elementos temáticos dará como resultado una poesía de la que Nicolás Guillén afirmó: «Pienso que su poesía es negra como su piel cuando la tomamos en su esencia íntima y sonámbula. Es también cubana (por eso mismo) con la raíz enterrada muy hondo hasta salir por el otro lado del planeta, donde se le puede ver sólo en el instante en que la tierra se detiene para que la retraten los cosmonautas». O bien, como ha dicho el uruguayo Mario Benedetti, los versos de Nancy Morejón nacen de una «conciencia memoriosa»(1), conciencia que se ha reforzado con la recuperación de lo negro, lo folklórico, lo revolucionario -que de todo esto hay en su poesía.

Nacida en La Habana en 1944 publicó tempranamente sus poemas en la Novísima poesía cubana (1962), junto con autores como Miguel Barnet, Isel Rivero, Belkis Cuza Malé, etc.; autores jóvenes que en aquellos años pretendían escribir una poesía que no refrendase los logros de la Revolución; sino una poética de carácter más autónomo, sin asignarle una función social, que se alejase de la cercanía de los acontecimientos históricos que recientemente se habían vivido en la isla. Esta actitud de los poetas de «El Puente» -conocidos por este nombre porque la antología fue publicada por la editorial así llamada- les llevó a serias críticas que nacerían de los sectores más radicalmente revolucionarios y de algunos miembros de la revista El Caimán Barbudo, aparecida en el 66.

En este contexto, y al mismo tiempo en que se vieron publicados sus poemas en la citada antología, sale a la luz su primer libro, de título bastante simbólico, Mutismos. Desde el convencimiento personal y de grupo de que la poesía no es sólo el reflejo de la realidad más circundante, estos versos primerizos se cargan de símbolos que le dan a su poesía un toque existencialista, y a veces algo hermético -o así es como fue calificado en su momento. La autora dialoga consigo misma y con actitud contemplativa se plantea cuestiones a las que no da respuesta -o no quiere manifestarla-, para ofrecer unos versos que recalan en un conocimiento sobre sí misma y en un entorno en el que tienen cabida la frustración,

hubo guerras y más guerras del hombre sin su tierra luchas y más luchas
niños macilentos
pero a pesar de todo
hay algo más

Desde ese yo aún no experimentado, que se vislumbra en algunas composiciones, la autora va dejando entrever las líneas poéticas que desarrollará en próximos poemarios: «Hay que pensar que -dirá Nancy Morejón- era un primer libro escrito prácticamente entre la infancia y la adolescencia, y no hay porque tratar sus insuficiencias formales, ni hay por qué declarar que es un libro hermético; es, sencillamente, un libro donde fallan ciertos elementos formales, pero donde hoy celebro la audacia y la valentía de darse a conocer (Bejel, 230)»(2).

Pasará poco tiempo desde la publicación de este libro para que Nancy Morejón vaya fijando su manera de crear y se abra a diferentes y diversos modelos poéticos. Su método de escritura, ya desde el comienzo, tiene bastante de rapto poético, de inspiración en éxtasis («la poesía me viene sola como un pájaro»), sin descartar la existencia de «duendes», como decía su admirado Federico García Lorca.

Pero no será sólo este autor español el que Nancy Morejón considerará como un guía, sino muchos de los poetas del 27, entre los que destaca a Rafael Alberti (de quien admirará las imágenes de Sobre los ángeles), Jorge Guillén y Pedro Salinas. También, y sin salir del ámbito de la poesía española, el noventayochista Juan Ramón Jiménez, quien es una referencia muy presente en la poesía cubana desde su estancia en la isla. Sus conocimientos de la poesía española no serán inferiores a los de la francesa, en especial los simbolistas franceses.

Lógicamente, otras voces poéticas hispanoamericanas ampliarán su acervo cultural. Indispensables son nombres de la poesía contemporánea como Rubén Darío, Vicente Huidobro, César Vallejo o Pablo Neruda. Pero el más importante, y de quien aprenderá entre otras cosas su amor a la lengua española, será el cubano Nicolás Guillén. De él también aprendió la conciencia de la negritud, y gracias al ejemplo guilleniano han sido posibles composiciones como «Mujer negra», «Negro» o «Amo a mi amo»(3). A este respecto, Antonio Olliz-Boyd señala que «Nancy Morejón identifies in an ethno-cultural sense with Guillén ; she acquiesces to and acknowledges his influence by using similar themes»(4). La misma Nancy, en una entrevista realizada por Gabriel A. Abudu, explicitará de qué manera Guillén se hace presente en su obra: «However, I do not belive that this influence or presence of Guillén is formal. It is a presence which has more to do with the thematics, with the focus, due to Guillén´s ideological stance. I do believe that Guillén was ahead [of his time in the use] of colloquialism, which attracted my generation»(5).

Otros referentes cubanos se añaden al ya señalado, el de otro poeta de la negritud, Emilio Ballagas, o las voces origenistas de José Lezama Lima y Eliseo Diego; pero será la tradición popular cubana la que de manera latente permanecerá en los versos de Nancy Morejón: «El toque de esas rumbas nacía asimismo de los cueros y hierros que usaban los diablitos ñáñigos (íremes) en sus apariciones callejeras del Día de Reyes o en sus ceremonias funerarias. La energía de esas sonoridades laten en poemas como "Elogio de Nieves Fresneda", "Los ojos de Eleggua"»(6).

Estos conocimientos poéticos que la autora poco a poco irá adquiriendo harán posible una obra como Richard trajo su flauta y otros argumentos (1967) que le abrirá las puertas de la poesía cubana. Pero antes, nos ofrecerá Amor, ciudad atribuida (1964), versos en los que Morejón empieza a desplegar un amplio abanico de imágenes oníricas y aparentemente arbitrarias: «la boca del poeta está llena de hormigas (el guerrillero, la loca que deambula, la medusa, la flauta/ china)». Pero sobre todo será la ciudad, al igual que el amor, un tema inexcusable en la poética de la autora cubana: «Nací y me crié en el barrio habanero de Los Sitios, en donde aprendí desde pequeña a relacionarme con mi ciudad -tema constante de mis poemas»(7). Su ciudad literaria será una ciudad vivida, no como sucesión o aglutinación de objetos a la manera vanguardista sino como un espacio que respira, que es afable y que con sus luces, sus olores, sus voces, se convierte en objeto de inspiración para la autora. Todos estos elementos se confabulan con las palabras para resaltar una de las combinaciones más originales de su poesía: la ciudad y la luz. Como ella misma ha manifestado, «la luz es muy importante para mí» o «la luz me determina muchísimo»; es por eso que la autora prefiere los días de luminosidad para escribir ya que la noche no le ofrece las matizaciones o percepciones que le da la luz del día.

Con Richard..., libro en el que se incorporan los poemas de Amor, ciudad atribuida, Nancy Morejón desarrollará vías temáticas que pervivirán hasta los poemas de hoy. Será su atención a aquello que le rodea y, sobre todo, como muestra inequívoca de identidad lo relacionado con el entorno familiar, el arranque para reivindicar la historia de sus antepasados homenajeados en poemas como «La cena», «Presente Ángela Domínguez», «Adiós para los desvelados», etc.

Desde las páginas de este libro observamos cómo sus composiciones reflejan con asiduidad que la estructura formal del poema viene determinada por el contenido; no hay esquemas métricos fijos sino que se arranca de la disposición rítmica que le proporcionan la sintaxis y la constitución de los versos para conseguir el tono enunciativo que casi siempre pretende:

todos pedíamos su presencia alrededor de la mesa caoba
el oro del hogar se derrumbó sobre sus hombros
misteriosamente
maravilloso estar entre nosotros Richard
con esa flauta sola («Richard trajo su flauta», VIII)

La obra, cargada de reflexiones sobre la ciudad de La Habana («albañiles carretoneros improvisados pescadores/ caminan bajo el sol/ junto a toda la costa de La Habana», «Puerto de La Habana»), supone un retroceso evidente del hermetismo y, al mismo tiempo, en sus versos se empieza a denotar cierta afinidad con el proceso revolucionario.

Sin embargo, el éxito de este libro se vio empañado por determinadas directrices político-culturales que a comienzos de la década de los 70 impusieron el silencio a las voces de muchos jóvenes intelectuales; es el caso de Nancy Morejón, que tuvo que esperar hasta el 79 para que Parajes de una época viese la luz. La autora, ante esta cuestión, argumenta que «lo importante es escribir, no publicar», y constata, «por eso, la palabra escritura me importa tanto». En cualquier caso, al igual que han hecho recientemente muchos intelectuales cubanos, destaca lo negativa que fue la etapa del Quinquenio Gris (1970-1975) para el panorama literario cubano.

Con Parajes de una época, Nancy Morejón nos ofrecerá uno de los textos más leídos y aplaudidos de la autora, «Mujer negra», por la intensidad y la realidad que se respira en cada uno de sus versos:

Su Merced me compró en una plaza.
Bordé la casaca de su Merced y un hijo
macho le parí.
Mi hijo no tuvo nombre.
Y Su Merced murió a manos de un
impecable lord inglés.
Anduve.

El poema, junto con otros pertenecientes a libros posteriores como «Negro» o «Amo a mi amo», rememoran la epopeya histórica de la esclavitud y, sin duda, éste será uno de los grandes descubrimientos poéticos de la autora: ver la esclavitud desde la mirada femenina. Como ella misma ha manifestado: «No conozco ninguna obra de mujer en donde por ejemplo se reflejara o por lo menos se analizara la experiencia histórica de la esclavitud o siquiera de la violación de los derechos civiles o de la sexualidad de la mujer»(8).

No sólo por los temas presentes en el libro, sino por la presencia de una voz más revolucionaria, más involucrada en el presente de su país, Parajes de una época inaugurará una nueva etapa en la poética de Nancy Morejón como podemos ver en la evocación que se hace de la figura de Camilo Cienfuegos en el poema «Mitologías»:

Habrá lluvias de octubre en su sombrero alón.
Pero, ¿dónde encontrar su barba fina,
acorralada entre esas aguas frías e imprevisibles?
¿Cómo apretar su firme mano
ebria de pensamiento y ebria de acto?
¿Dónde posar sus ojos,
aves anidadas del héroe?

En Parajes, como subraya Efraín Huertas, «La poeta dicta, se dicta sus propios poemas, se siente dueña y personaje de una Revolución, y al trabajo suma la luminosidad, la gracia de su poesía»(9).

Las metáforas y las imágenes se alían y confabulan en composiciones como «El sueño de la razón produce monstruos», casi un arte poética, que se completará con «Desilusión para Rubén Darío»; otros poemas aluden a la intervención de los Estados Unidos en Vietnam -tema que se hará presente en estos años en la obra de otros poetas cubanos. La denuncia del imperialismo será retomada en un libro del 84, Cuaderno de Granada, en el que se condena la intervención de los del Norte en la isla de Granada.

En 1982 llegará Octubre imprescindible, cuyo título y, en buena medida, contenido remiten al octubre de la Revolución rusa de 1917, pero también a la muerte del héroe cubano Camilo Cienfuegos . El claro contenido ideológico no impide que la autora aúne mediante una introspección sutil lo íntimo y lo social, sin huir de las referencias explícitas a la épica del comunismo como «Obrera del tabaco»: «En su poema, había astucia militante, lánguida/ inteligencia./ En su poema, había disciplina y asambleas»; o versos tan entrañables y tan propios de la autora como los que aparecen en la composición «El hogar»:

El hogar sin recursos, de telaraña,
el hogar poco: el amargo,
el escaso, el sufrido, el penado,
el sin juguetes toscos o lujosos,
el sin lumbre para encender el fogón de carbones.
Es tan sólo un hogar para ahogar.

Este mismo año aparecerá también Elogio de la danza, obra breve en la que habla del mundo de la danza y se destacan, sobre todo, dos figuras internacionalmente conocidas: Alicia Alonso («asida entre la luz y el mundo») y Nieves Fresneda. Para Morejón la danza es como un cuadro, algo estético de lo que se pueden extraer bellísimas imágenes en donde cada paso es como un paisaje de una ciudad. Pero el libro se compone además de textos como «Descubrimientos» que reflejan el sentimiento de reserva hacia la creación ajena al compromiso: «ahogaría un caballo con tus ojos/ tan partidarios del engaño». Pero en las composiciones de este volumen también, a juicio de Gerardo Fulleda León, «an emotion always flows, along, with a certain halo of anxiety in which we perceive that shreds of being are hesitantly given to us, and we must complement them with our own sensitivity»(10).

Otro momento decisivo en la trayectoria poética de Nancy Morejón fue la publicación de Piedra pulida (1986). La autora, con claridad, desde Cuaderno de Granada hasta estos nuevos poemas, ha depurado el estilo y la forma; sin duda, hay una vuelta al hermetismo que presidió sus primeras composiciones. Los versos enfatizan la relación entre su pensamiento más íntimo y la palabra y hay una vuelta a la reflexión sobre sí misma que supone también incorporar lo más próximo, como en el entrañable poema «Madre». En esta composición la autora rinde homenaje a la figura materna, figura siempre presente en su poesía y en su pensamiento, porque como ha subrayado Nancy Morejón más de una vez, sirviéndose de las palabras de Virginia Woolf, «Detrás de cada escritora está el fantasma de su madre». Y así nos la describe Nancy Morejón:

Ella no tuvo el aposento de marfil,
ni la sala de mimbre,
ni el vitral silencioso del trópico.
Mi madre tuvo el canto y el pañuelo
para acunar la fe de mis entrañas,
para alzar su cabeza de reina desoída
y dejaros sus manos, como piedras preciosas,
frente a los restos fríos del enemigo.
(«Madre»)

Los versos de Piedra pulida suponen una síntesis de todo lo acumulado en más de veinte años en los que el bagaje poético y cultural hacen que su poesía sea un sortilegio de sugerentes imágenes abstractas que depuran y agrandan la pureza de su lenguaje.

De especial significación, por lo novedoso dentro de la poesía no sólo cubana sino también la latinoamericana, es el libro Baladas para un sueño (1989). A través de ocho composiciones Nancy Morejón se adentra en el África contemporánea, concretamente en Sudáfrica y en la figura del líder negro Nelson Mandela, a quien recordará en su encierro en la emotiva «Balada de la cárcel de Robben». El título sin duda hace alusión a otro presidio célebre en la literatura, «La balada de la cárcel de Reading», texto escrito por Oscar Wilde en cautiverio; pero los versos de Nancy suenan así:

Mandela, junto al cantar de olas y aves,
abrió los surcos en la tierra
y los regó con agua de su boca.
Sin salir de su celda,
todo lo ve, todo lo toca,
todo lo vuelve flecha contra el viento candente
de sus amargos carceleros.

África se convierte para la autora, en boca de otras voces poéticas, en el país de sus antepasados y de sus sueños y, sin concesiones, su poesía se abre, en una de las composiciones, a la más fina ironía:

EPITAFIO PARA UNA DAMA DE PRETORIA

Sobre una idea del poeta Countee Cullen

Siempre pensó que aún resurrecta
dormiría la mañana
hasta que tres ángeles negros
le hicieran bien la cama
y, sobre todo, el desayuno.

Otros poemas como «Baas (Amo)» nos remiten a temas sobre la esclavitud ya presentes en Richard... y, sobre todo Piedra pulida. Bellísimas baladas que son un alegato contra la política del apartheid.

Con Paisaje célebre (1993), esa vuelta al hermetismo presente en Piedra pulida permanecerá en su escritura combinada, ahora, con elementos coloquiales. Las composiciones de este libro no huyen de reflejar la situación de Cuba pero sin renunciar -como siempre- a lo más personal, que en su caso consiste en indagar en su pasado o en las imágenes de su infancia, como en el poema «Pogolotti»:

Antes de ser el nombre de un pintor,
de un gran pintor cubano,
Pogolotti, en mi infancia,
era una rústica ruta de malezas
que conducía a una casona alta.

Pero lo más significativo de este nuevo libro es que cada poema se convierte en una imagen por sí misma; cada composición es un paisaje -interior o exterior- que para la propia autora se convierte en algo para ser rememorado, o en cualquier caso inolvidable en poemas como los «Restos del Coral Island» o «Mujer con pescado»; y en ese trasfondo de luces y claroscuros presente en los versos siempre hay una verdad cotidiana que anuncian las palabras:

El universo de Hemingway y el de la negrita son
diferentes
pero han trascurrido en un mismo escenario
terrestre donde lo que cuenta
es el deseo de vivir
a pesar
de
(«Dibujo»)

Desde este universo personal, desde estos paisajes vividos, la obra se abre con el poema que da título al libro y con unos versos que sin duda tienen que ver mucho con la más reciente poesía latinoamericana: «Ver la caída de Ícaro desde la bahía de/ azules y verdes de Alamar». La autora invoca la caída de Ícaro para concluir con el verso: «Es el atardecer y necesito las alas de Ícaro».

Muchos de los poemas de Paisaje célebre pasarán a formar parte de otro libro, El río de Martín Pérez y otros poemas (1996), un bellísimo volumen publicado por la editorial Vigía en el que el poema axilar es, precisamente, «El río de Martín Pérez». El motivo del río sirve para evocar paisajes cotidianos y pensamientos íntimos. A través de la metáfora de las dos orillas, la voz poética explicita su deseo de atravesar, de ir hacia esos otros espacios en los que va a encontrar sus orígenes; y como apunta Aitana Alberti: «En este ´río de aguas ningunas´, leve arañazo en La Habana profunda (...) Nancy Morejón ha hallado el eterno presente de sus orígenes mitológicos en medio de la cotidiana algarabía»(11):

río de mi pobreza líquida
río de mi fortuna sólida
y de mi lengua cortada en dos;
libro de mi familia sudorosa y diezmada,
río de nuestras hambres
y de nuestra intranquilidad

En cuanto a la poesía última de Nancy Morejón, este mismo año aparecerá La quinta de los molinos, libro del que ya la autora ha adelantado algunos poemas. En ellos se insiste en aspectos y temas ya intuidos en su poesía anterior, pero ahora observados desde el prisma de la ensoñación; no en vano «La quinta de los molinos» es un lugar que conocen bien los habaneros, una tierra de nadie en una ciudad, La Habana, que ya en su poesía anterior había adquirido la categoría de ciudad literaria. Este espacio singular le sirve de referente para evocar el lugar escondido de la memoria, porque desde aquí la autora accede a fragmentos de su pasado; y entre ellos aparece la figura del padre, convocado desde la distancia y el recuerdo, en el poema «Nexus»: «Felipe Morejón Noyola,/ marino ágil y negro fiel/ de estirpe indescifrable,/ cargando sacos vacíos/ mientras bordeaba la Alameda de Paula».

Por los poemas que conocemos, se trata de una poesía más contemplativa en la que la autora reafirma su fe en la palabra -en la belleza de ésta- y está presente su interés por los problemas latentes de la sociedad cubana; «Mujeres» es un buen ejemplo de poema en el que se reflexiona sobre la prostitución en la isla.

En definitiva, y como conclusión de la realidad poética de Nancy Morejón, podemos reafirmarnos en que sus palabras y sus versos se empeñan en revitalizar y recoger sus raíces africanas, en las que tienen cabida otros temas como el esclavismo o la violación de los derechos humanos. Temas que se especifican en otros como la marginación que ha sufrido la mujer negra a lo largo de la historia.

Poesía, como ha dicho la crítica, en la que se aúnan la negritud, la feminidad y la revolución, pero también lo familiar. Y como trasfondo de estos temas aparece lo revolucionario, donde la palabra adquiere una dimensión épica en la que el yo equivale a un nosotros aglutinador de una colectividad con la que se quiere comunicar más directamente, sin demagogias ni contrasentidos. De este modo, lo cotidiano se convierte en imprescindible y los acontecimientos diarios y sus rituales son elevados a materia artística.

La voz poética de Nancy Morejón, cargada de sentido y contenido, se perfila a través de una vertiente cultural en la que siempre está presente lo simbólico, como la intención de detener el tiempo, de hacerlo perdurable para encontrar lo bello y dar significado a lo irracional. A partir de la conjunción de tradición y de cultura, podemos entender la presencia en su poesía de un lenguaje hermético -consecuencia del valor intrínseco que adquiere la palabra-, y de un lenguaje coloquial, determinado por el tradicionalismo oral que se instala en muchas de sus composiciones. El resultado de conjugar todos estos elementos es el de una poesía que, como un hermoso paisaje, un impactante cuadro o un perfecto paso de danza se detienen y se fijan en la memoria durante muchos años; así ocurre con la poesía de Nancy Morejón.



1. Vid., Mario Benedetti, «Nancy Morejón, conciencia memoriosa» en El ejercicio del criterio: Obra crítica 1950-1994, Madrid, Alfaguara, 1996. Reproducido en Granma Internacional, 50, 15 de diciembre de 1991, p. 5; en El País, 13 de octubre de 1991 y en el prólogo a Richard trajo su flauta y otros poemas, Madrid, Visor, 1999, pp. 7-11.

2. Emilio Bejel, «Entrevista a Nancy Morejón», Escribir en Cuba. Entrevistas con escritores cubanos: 1979-1989, Río Piedras, Universidad de Puerto Rico, 1991, p. 230.

3. La referencia a los poemas las tomamos de Botella al mar, Zaragoza, Olifante, 1996; y de Richard trajo su flauta y otros poemas, Madrid, Visor, 1999. Hay dos libros que no aparecen en las citadas antologías y cuando citamos algunos de sus versos lod hemos tomado de las siguientes ediciones: Baladas para un sueño, La Habana, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1989 y El río de Martín Pérez y otros poemas, Matanzas (Cuba), Ediciones Vigía, 1996.

4. Antonio Olliz-Boyd, y Gabriel A. Abudu, «Piedra Pulida: Nancy Morejón´s Tribute to Nicolás Guillén», en Miriam DeCosta-Willis (ed.), Singular Like a Bird. The Art of Nancy Morejón, Washington, Howard University Press, 1999, pp. 259.

5. Gabriel A. Abudu, «An interview», ibid., p. 41.

6. Nancy Morejón, «Las poéticas de Nancy Morejón», en Afro-hispanic Review, Departament of Romance Languages University of Missouri-Colombia, 15, 1, Spring 1996, p. 8.

7. Ibid., p. 8.

8. Ibid., p. 7.

9. Efraín Huerta, «Prólogo» a Poemas de Nancy Morejón, UNAM, México, 1980, p.13.

10. Gerardo Fulleda León, «An Aesthetic and Human Provocation», en Singular Like a Bird. The Art of Nancy Morejón, p. 76.

11. Aitana Alberti, «Suelto va el río», ABC literario, Madrid, 12 de julio de 1996.


 
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