Página principalBiblioteca Virtual

Biografía

Introducción de Domingo Miliani


Evolución intelectual de Uslar Pietri

     Arturo Uslar Pietri nació en Caracas el 16 de mayo de 1906, hijo mayor del matrimonio entre el general Arturo Uslar y la señora Helena Pietri.

     Su infancia y adolescencia estuvieron enmarcadas por la provincia venezolana: Los Teques, Maracay, Cagua. Desde 1915 conoció a un compañero que ejercería en él influjo importante y con quien habría de compartir el crecimiento intelectual: Carlos Eduardo Frías.

     Hay una incidencia particular que podría explicar en cierto modo la actitud de Arturo Uslar Pietri en sus días juveniles, con respecto a los acontecimientos políticos encabezados por los universitarios contra Juan Vicente Gómez. Su abuelo materno, el médico y general Juan Pietri, fue amigo personal del dictador. Estuvo entre quienes lo impulsaron a actuar contra Cipriano Castro, en 1908. Cuando Gómez asumió la Presidencia, el general Pietri formó parte del Consejo de Gobierno, primero como Ministro de Hacienda y luego como Vice-Presidente de la República, en el desempeño de cuya responsabilidad murió en 1911 (1). Uslar era entonces un niño de 5 años; esos vínculos de familia y la condición militar de su padre debieron pesar sobre el joven que desde 1923 cursaba Ciencias Políticas en la Universidad Central. Su conducta en las acciones estudiantiles fue, pues, muy discreta, de modo particular en las protestas de 1928, cuando estaba apenas a un año de obtener su título de Abogado. En cambio, desde temprano se definió en él la vocación literaria. Como alumno de secundaria en el Colegio San José de Los Teques empezó a escribir primeras páginas. Ya en 1922 había publicado un texto, «La lucha» en Billiken. Sus colaboraciones se hicieron frecuentes también en El Universal y El Nuevo Diario (2).

     Lector temprano de modernistas y simbolistas, Eugenio de Castro, Gómez Carrillo, Rémy de Gourmont, Darío, Lugones, Herrera y Reissig, Horacio Quiroga, Valle Inclán, su escritura inicial estuvo señalada por esas tendencias.

     A partir de 1925 cambian las perspectivas: contactos intelectuales con otros jóvenes universitarios, nuevas fuentes de lectura; los realistas rusos: Andreiev, Gogol, en especial el libro común de aquellos estudiantes: Saschka Yegulev. Además la Revista de Occidente, editada en Madrid por Ortega y Gasset, y una especie de breviario para el aprendizaje de las nuevas estéticas: Literaturas europeas de vanguardia, de Guillermo de Torre (3).

     Desde 1925 en adelante se incrementa la producción y publicación de textos. Fue abundante la escritura de poemas que sólo recogería en libro ya en plenitud de su carrera literaria: Manoa, (1972). Los primeros cuentos empiezan a difundirse por la misma época (4). La vida de aquel escritor de 20 años estaba delimitada. Antes de que estallase la pequeña escaramuza intelectual contra válvula, Uslar había publicado un texto dramático reimpreso luego en la revista: «E ultreja» (5). En 1927, un año antes de redactar el manifiesto editorial de válvula, había publicado un ensayo teórico sobre vanguardismo (6). El intelectual ostentaba familiaridad con principios de la filosofía de Spengler. Estrenaba prosa enérgica y el poder dialéctico de argumentación que no ha abandonado al ensayista. Cita a Góngora junto a Goya, Whitman, Mallarmé, Wilde, Lautréamont, Rimbaud, Marinetti, Cocteau, Picasso, Tzara, Huidobro. No le es ajena la inclinación hacia los problemas de la plástica, tan palpable en el conjunto de su obra. Lo más sorprendente es que aquel ensayo de juventud está escrito para refutar puntos de vista reticentes sobre las vanguardias, expuestos nada menos que por César Vallejo. Cobra relieve singular una cita extensa, si se piensa que fue esgrimida como argumento en aquellos días de agrio debate a lo largo de toda América:

               
Pero ha habido sin embargo hombres superficiales que han tomado la vanguardia como una excentricidad de artistas ociosos, como un aspecto de la antigua manía bohemia de epatar a los burgueses, localizándola como propia del grupo que por mayores facilidades de medio y ubicación ha podido vocearla más, colocados sobre esta falsa base han intentado gritar que las nuevas generaciones de América son plagiarias del arte moderno europeo.
Uno de éstos es César Vallejo, sudamericano, quien enrostra a las gentes jóvenes del continente tamaña vaciedad. Bien se ve que no se ha tomado el trabajo de saber que pertenecemos a una cultura, en todo el ancho sentido que encierra el puñado de letras, y que un fenómeno de ella ha de arropar a todos los hombres que la constituyen con las necesidades de las fuerzas fisiológicas, sin que puedan decirse plagiarios los unos de los otros, pero sí con el derecho de llamar desertores o rezagados a los que no tienen el valor de colocarse en su momento histórico.

La vanguardia no es ni individual, ni nacional, es un fenómeno de nuestra cultura que cae sobre todos y que estamos en el deber de ponerle los hombros para que se apoye.
     Así de maduramente razonaba quien apenas unas semanas después asumiría el papel de ductor ideológico-literario del famoso manifiesto con que se abría válvula. Pero más que en esta última página de combate, en el ensayo de 1927 existe y se exhibe un conocimiento preciso del acontecer literario hispanoamericano por parte de Uslar Pietri. Consideraba precursores de las nuevas modalidades a Darío y Herrera y Reissig, afirmación que la crítica más reciente ha corroborado. Sabía también de la trascendencia que la obra de José Juan Tablada tuvo para el momento germinal de nuestra vanguardia, «cuyos entretenimientos no palidecen ante los Caligrammes de Apollinaire». En otros párrafos recuenta su familiaridad con la evolución de las vanguardias hispanoamericanas, de las cuales menciona: estridentismo mexicano, vedrinismo antillano, nativismo uruguayo de Silva Valdés, creacionismo de Huidobro y la polémica de éste con Reverdy. Semejantes evidencias en un ensayo previo a la aparición de válvula plantean una rectificación. El propio Uslar Pietri, en repetidas ocasiones ha sostenido que por aquellos años de su iniciación literaria era muy poca y fragmentaria la información manejada por él y sus compañeros (7). De ser así, no por fragmentaria puede colegirse que dicha información estética no hubiera conectado claramente el movimiento venezolano con lo que estaba sucediendo en otras partes del continente. El mejor testimonio lo aporta Uslar. De los textos polémicos reseñados antes a propósito de válvula, si se excluyen las tres notas bien meditadas que publicó Gabriel Espinosa, no se halla ninguna otra página tan medulosa y con manejo más rico de conceptos que el ensayo de Uslar Pietri, producido, insistimos, antes de que se publicara la revista.

     Con lo anterior creemos que puedan disiparse las sospechas de parcialidad por preferencias personales cuando se afirma que fue Arturo Uslar Pietri la figura decisiva, por conciencia y actuación, en lo que a estremecimiento literario representó el año 1928 en la vanguardia venezolana. Y más, su papel intelectual estuvo en todo caso a la altura de quienes en otro terreno, el político, desplegaron un frente capaz de conmocionar un país aletargado por depresiones de toda especie.

     Entre enero y septiembre de 1928 Arturo Uslar Pietri llena un indisputable primer plano intelectual, tanto por sus intervenciones en el escándalo y la polémica de válvula como por la aparición de su primer libro de cuentos.

     En 1929, doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, se marcha a Europa. Lleva investidura de funcionario diplomático en la Legación de Venezuela ante el gobierno francés y representante ad honorem en la Sociedad de Naciones. Se le ha reprochado innumerables veces el desempeño de esas funciones cuando sus compañeros de aulas universitarias estaban prisioneros o en el exilio. Seguimos creyendo que este criterio puede tener validez histórica para juzgar su conducta política de juventud, pero no como expediente para negar su obra. Además, vistos los hechos desde una perspectiva contemporánea y en contraste con la actitud posterior de muchos protagonistas estudiantiles de 1928, se pueden considerar los hechos sin que medien resentimientos de grupo. Para efectos de la historia literaria, aun así, este criterio resulta estrecho a la hora de valorar obras. En esos mismos años, Julio Garmendia desempeñaba también modestísimos cargos diplomáticos y otro tanto ocurría con Enrique Bernardo Núñez, para citar sólo a aquéllos no involucrados en la cohorte oficial de modernistas y positivistas, plegados incondicionalmente al régimen. En los casos de Garmendia y Núñez, como en el de Uslar, la excepcional calidad de la obra legada diferencia campos. Se hace innegable.

     En Europa, Uslar Pietri tuvo oportunidad de afirmar como experiencia lo que en Caracas había sido vislumbre asimilada en páginas de libros y revistas donde se hablaba de nuevas modalidades culturales. El gusto por la pintura se acentúa. Lee con avidez a Breton, Eluard, Maurois, Mauriac, Giono, Michaux, Céline. Frecuenta las tertulias surrealistas de La Coupole. Se actualiza en las controversias generadas a partir del Segundo Manifiesto Surrealista y las ácidas disensiones provocadas entre Breton y sus seguidores, que advienen en detractores. No hace, pues, ni más ni menos, que otros hispanoamericanos con quienes entabla contacto inmediato: Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Luis Cardoza y Aragón, Max Jiménez. Conoce intelectuales europeos que estaban en primera línea de las transformaciones literarias: Rafael Alberti, Robert Desnos, Max Darieux, Jean Cassou, Adolphe de Falgairolles, George Pillement, Curzio Malaparte, Massimo Bontempelli y otros (8).

     Continuos viajes amplían su visión de Europa. Recorre Italia, España, Inglaterra. Lo estimulante para él, sin embargo, sigue siendo la convivencia con la capital francesa:

               
Hace veinte años yo era muy joven y vivía en París. Estaba entregado a esa ciudad como con una fascinación mágica. Su color, su olor, las formas de su vida, me parecían el solo color, el solo olor, las únicas formas de vida apetecibles y dignas de un hombre verdaderamente culto. A veces me ocurría sonar que me había marchado y me despertaba, en mitad de la noche, con el sobresalto de una pesadilla. Cuando salía a algún corto viaje, el regreso me parecía una maravillosa fiesta (9).
     En cuanto a escritura, el cambio más notable operado en el novel cuentista de Barrabás y otros relatos fue su incursión afortunada en la novela, quizá la más afortunada. Fue inducido tal vez por la amistad de dos latinoamericanos que lo animaron, con quienes intercambió experiencias y lecturas de originales: Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias. Este último residía en Europa desde 1923. Luego de un corto paso de cinco meses por Inglaterra se había radicado en París. Cursaba con George Reynaud algunas materias relacionadas con las culturas mayenses de Mesoamérica. Tomaba conciencia a fondo del contexto cultural de su propio ámbito nativo, irónicamente desde Francia. Es la famosa búsqueda de una perspectiva de distancia, que los novelistas contemporáneos latinoamericanos han revivido. Asturias ampliaba un cuento, «Los mendigos políticos», para convertirlo en El Señor Presidente. En 1930 había publicado en Madrid sus Leyendas de Guatemala, que tanto admiraron a Paul Valery.

     Carpentier, por su parte, se ocupaba de preferencia en asuntos musicales y de radiodifusión en la emisión francesa, mientras escribía su novela ¡Ecué-Yamba-O!, editada en Madrid en 1933.

     En los tres escritores había común preocupación por las nuevas técnicas literarias, particularmente algunas aportadas por el surrealismo, notoria presencia en la obra producida por ellos en aquellos años parisinos. Además, había un común desvelo por estremecer los gastados esquemas académicos del español:

               
En esa época hablábamos de un modo inagotable de literatura, de lo que estábamos haciendo, de lo que había que hacer, de lo que estaban haciendo los demás, con un verdadero amor delirante de la palabra, que era muy curioso. A veces nos daban las dos de la mañana elucubrando sobre palabras y dándole vueltas a giros idiomáticos. Yo me acuerdo, anecdóticamente de una cosa... ¿Usted recuerda la frase con que comienza El Señor Presidente? Yo me la sé de memoria porque se la oí a Miguel Ángel ochocientas veces. Dice: «¡Alumbra lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!» Y después añade «maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz». Ese «maldoblestar» es producto de algo muy gracioso. Un día estábamos hablando del empobrecimiento general del español; se había empobrecido pero había sido muy rico en los comienzos. Luego había caído en una pobreza retórica y dramática muy grande. Yo le decía que una de las cosas que revelaban la riqueza inicial del castellano y de la libertad con que lo usaban, algo que luego se perdió, eran los libros que hizo publicar Alfonso X El Sabio y, particularmente, la General Estoria y las Siete Partidas. Leyendo las Siete Partidas uno se quedaba asombrado de cómo usaban la lengua; la riqueza, variedad y propiedad con que la usaban de una manera creadora, espontánea, con una especie de juego del valor de las palabras y le decía yo a Miguel Ángel una frase que había encontrado leyendo las Siete Partidas -ya no recuerdo en qué punto-; allí, en lugar de decir «de cualquier naturaleza que fuese», dice: «de cualnaturaquier que fuese». Miguel Ángel se impresionó mucho y de ahí salió el «maldoblestar» que escribió luego en El Señor Presidente (10).
     Con la fruición de penetrar la raíz misma de su instrumento expresivo, el intelectual de 24 años emprende la redacción de Las lanzas coloradas. Un modo de ir a los orígenes de la conciencia nacional en agraz, en el período emancipador, sin caer en los esquemas de la novela histórica galdosiana.

     Nuestro parecer es que en las tres novelas nombradas -¡Ecué-Yamba-O!, Las lanzas coloradas y El Señor Presidente- se estaba operando una verdadera transformación en la narrativa hispanoamericana de los 30. De ellas, la primera en ser editada fue la de Uslar Pietri; la de más tardía aparición, El Señor Presidente. En las tres se hallan delineados los rasgos que posteriormente se darían en llamar «realismo mágico», término introducido en la teoría literaria hispanoamericana por el mismo Uslar Pietri. Los tres autores, asiduos partícipes en las tertulias del surrealismo francés, procuraban alejarse de aquellos códigos, sin desconocer sus aportes, más bien estudiaban sus postulados para proyectarlos sobre la realidad artística de Hispanoamérica. Con los años, Alejo Carpentier hablará de «lo real maravilloso americano», como nivel diferencial del maravilloso surrealista (11). Y Uslar, parafraseando la expresión aplicada por Franz Roh al campo de las artes plásticas de los años 20, pondrá a circular el concepto de «realismo mágico» (12).

     En París, Uslar no sólo maduró con la asimilación de nuevas técnicas que se imponían a través de Breton y que tuvieron largo expediente de antecesores, sino que también reafirmó sus convicciones hispanoamericanas, al igual que sus otros dos compañeros más próximos. Un americanismo mágico fue el resultado, algo que más tarde evolucionó hasta generar la versión mágica del realismo. Esto es indicio de que la aceptación de algunos cánones surrealistas obedeció a estudio crítico, a discernimiento y reflexión. No fue un simple contagio de modas y modos de escribir. Más tarde los tres escritores -Asturias, Carpentier, Uslar- fueron desechando la cadena de prejuicios -favorables o adversos- sobre el regionalismo y volvieron los ojos a la realidad neocontinental con otra óptica más moderna, en busca de temas propios que permitieran un tratamiento nuevo o maravilloso de lo real, como reiteradamente lo ha venido proponiendo Carpentier.

     Los tres escritores radicados en el París de 1931 no estaban ajenos, por lo demás, a la fuerte manifestación de un antiimperialismo literario e ideológico que estaba vigente entre los escritores de toda América y que estimulaba en Europa la incansable combatividad de Henri Barbusse. La literatura de combate fue más violenta en Asturias, más doctrinaria en Carpentier, atenuada por una visión artística del mundo en Uslar. Asturias había fundado en París la Asociación General de Estudiantes Latinoamericanos junto con el uruguayo Carlos Quijano. En diversas formas exteriorizaban su solidaridad con las luchas antiimperialistas de Sandino en Nicaragua (13). Carpentier funda y es jefe de redacción de la revista Imán, patrocinada por Elvira de Alvear. Ya para entonces, el novelista cubano escribía en la revista Carteles de La Habana sobre la nueva visión -maravillosa- de lo americano (14).

     Aquel año de 1931, Uslar Pietri había concluido Las lanzas coloradas. Viaja a Madrid para editar la novela en las prensas de Zeus. Con ella alcanzaría consagración en el ámbito de la lengua española. La obra es seleccionada entre las mejores del mes en Madrid, por un jurado que integraban Azorín, Ramón Pérez de Ayala, José María Salaverría, Enrique Díez-Canedo, Pedro Sáinz Rodríguez y Ricardo Bajeza.

     Los años siguientes transcurren entre viajes. Periódicamente va a Ginebra, como delegado de Venezuela ante la Sociedad de Naciones. Conoce Marruecos acompañado por Miguel Ángel Asturias. En febrero de 1934 emprende regreso a Venezuela.

     El país vivía entonces los estertores de la dictadura gomecista. El viejo cacique andino había reasumido directamente la presidencia en 1932. La bonanza fiscal procedente del auge petrolero había permanecido y se incrementaba año tras año. El país se había remozado materialmente en algunos aspectos.

     El 17 de diciembre de 1935 muere «oficialmente» Juan Vicente Gómez. El país grita y desborda su júbilo. Eleazar López Contreras asume provisionalmente la Presidencia. Quedaba cerrado así el siniestro período de 27 años de dictadura, que Eustoquio Gómez -pariente del dictador- y el Coronel Tarazona, habían pretendido alargar mediante la liquidación física de López Contreras, en una conjura que resultó fallida. El Presidente de transición termina contando con el apoyo de la mayoría y la adhesión casi inmediata de numerosos intelectuales.

     Uslar se incorpora, desde el momento de su regreso, a la vida cultural del país. Ingresa en la Facultad de Derecho de la Universidad Central como profesor de la primera cátedra de Economía Política. En lo literario, ya afirmado, tanto por la consagración que le valió Las lanzas coloradas, como por la traducción de algunos cuentos suyos a otras lenguas, rápidamente volvió a entrar en contacto con antiguos compañeros de faenas intelectuales. Seguido por Pedro Sotillo, Julián Padrón, el fotógrafo Alfredo Boulton (Bruno Pla) funda la revista El Ingenioso Hidalgo. El primer número circuló en marzo de 1935. Allí publicó su ensayo «Pies horadados», donde se interna en la reflexión sobre el mito y su proyección literaria. Ideológica y estéticamente, otra revista entró en polémica con El Ingenioso Hidalgo. Se trataba de la Gaceta de América, dirigida por Inocente Palacios y donde colaboraron, entre otros, escritores marxistas como Miguel Acosta Saignes. La Gaceta consideró la revista donde escribía Uslar, como un tanto arte-purista en materia intelectual. El señalamiento se originó a propósito de ciertos artículos firmados por Julián Padrón. Uslar sale a responder en una apostilla titulada «Asteriscos». Allí la prosa se muestra madura, ponderada en la adjetivación. Expone sus ideas discrepantes con discreta lucidez. En el texto vuelve a insistir sobre la idea del conocimiento mágico, en tanto categoría válida del arte, más allá de su utilitarismo:

               
El conocimiento no es sino la noción de nuevas relaciones entre las cosas. A él se llega por los métodos científicos, pero hay cierta categoría de fenómenos, de parentescos, de aproximaciones, a los que el científico aún hoy no puede aspirar. Éste es el dominio del poeta. Un conocimiento mágico, una iluminación inesperada; en la materia de los más bellos versos se vislumbra una noción que todavía no podemos catalogar, ni definir, pero por donde el espíritu, en cierto modo, entra en posesión de un reino que está casi más allá de nuestros medios. Es en este sentido que todo verdadero poeta es metafísico (15).
     Uslar estaba, pues, inserto ya en la nueva tradición de una estética del mito y de lo mágico, cuyas elaboraciones posteriores al surrealismo invadían el escenario intelectual de Europa y América Latina. No es fortuito que el propio Gallegos, tan aferrado al realismo, produjera y editara aquel año una novela arraigada en la sustancia mítica de nuestra región guayanesa: Canaima (1935); como tampoco el que la atmósfera literaria venezolana se fuera impregnando de aires metafísicos abrevados en los poetas alemanes -particularmente Hölderlin y Novalis- cuyas lecturas están presentes en el grupo Viernes, que irrumpirá con clara actitud surrealista a partir de 1936.

     En agosto del mismo 1935 circuló el tercero y último número de El Ingenioso Hidalgo. En él aparece otro ensayo importante de Uslar: «Interludio a la novela». Su teoría del conocimiento mágico queda reiterada: «...el arte es muy otra cosa que una receta eficaz, es más bien un equilibrio inverosímil, una calidad que se revela a la intuición, un conocimiento adventicio e inesperado, una relación mágica» (16). Por ello estima que la novela difícilmente logra esa jerarquía artística. Su conceptuación apunta, posiblemente a un hecho: su inclinación dominante hacia el cuento, vocación inicial ratificada con los años y de cuya producción su novelística llega a distar abismos en calidad y elaboración. Transcribo sus ideas por parecerme de enorme vigencia, próximo a cuanto en aquellos años planteaba Malraux, a propósito de la novela y de las formulaciones teóricas de Vladimir Weidlé -Les abeilles d'Aristée (1935)- a propósito del realismo mágico o realismo del mito. Son planteamientos que numerosos teóricos han reactualizado en nuestros días.

               
En la novela caben, y sobre todo deben caber, todas las partes y maneras del hombre: el sexo y el sueño, el lirismo y la matemática, el estudio y la aventura, la construcción y el delirio. Tiene de su abuelo el poema épico la manía de relatar alguna ejemplar aventura; de la ciencia, su compañera e instigadora, el prurito de la observación de la realidad; de la vida, su materia, el riesgo de caer en lo trivial o en lo absurdo; de la palabra, su vehículo, el peligro de estancarse en literatura vacua. Por todo ello si no es el género más artístico, es, sin duda, el género más difícil de lograr artísticamente.
     Según tal concepción, el arte se introduce en la novela «subrepticiamente» por caminos «ordinarios», como una carnada que el lector debe aceptar dentro del juego que se le propone. El sentido lúdico del arte es tal vez lo de mayor originalidad en aquella breve nota:

               
Toda obra de arte se inicia con un gesto que tiene mucho de pueril. El autor se propone y propone a sabiendas o no, armar momentáneamente un juego que distraiga al espectador de la circunstancia viva que lo rodea naturalmente. Su gloria y su desgracia residen en ese juego que ha de hacer aceptar para tornarlo luego en más que vida. Muchos se le rezagan en el embobamiento infantil que cubre lo profundo de la obra. Para el novelista esa condición es mucho más cruel y precisa por estar más ligado a lo ordinario y absurdo que ningún otro, y por tener que alzar el vuelo con mayor lastre de realidad.


     Recuérdese que quien reflexionaba de este modo era un escritor de 29 años. Recién llegado de París, entraba en la vida literaria venezolana con una densidad cultural que no ha dejado de aportar, desde entonces, valiosos planteamientos aun en sus contradicciones. Si su vocación dominante era la literatura, el reconocimiento nacional a la calidad del cuentista se presentó ese año 1935, cuando obtuvo con su texto «La lluvia» el primer premio de un concurso promovido por la revista Elite. Se trata de uno de sus trabajos narrativos más antologados y traducidos. Unos meses después editó su tercer libro: Red. Cuentos (1936).

     Cuando el país superaba a medias las convulsiones sociales surgidas a raíz de la muerte de Gómez y el régimen de López Contreras, ya afianzado, se orientaba hacia una persecución sistemática contra organizaciones populares de izquierda, Uslar desempeñó modestos cargos en el Ministerio de Relaciones Exteriores, mientras dedicaba la mayor parte de su tiempo a la docencia universitaria.

     En 1938 figura, al lado de otros catedráticos, entre los fundadores de la Facultad de Economía de la Universidad Central. Para entonces era Director de Política en el Ministerio de Relaciones Exteriores, cargo que deja para desempeñar el de Director del Instituto de Inmigración y Colonización. Había ingresado en la vida pública. Y también en la política. En el seno del poder alternaban posiciones paradójicas. De una parte se había configurado un sector eminentemente cerrado, proclive a un gomecismo residual. De la otra, un sector liberal más progresista. El segundo se aglutinó en torno al Partido Agrario Nacional, que proclamaba pequeñas reformas. Entre los fundadores estaba el nombre de Arturo Uslar Pietri, al lado de personalidades políticas relevantes que desempeñarían, después de López Contreras, funciones de importancia. Entre ellas destacaban Manuel R. Egaña, J. González Gorrondona, e intelectuales como Ramón Díaz Sánchez, Manuel Felipe Rugeles, Julio Morales Lara y el eminente pediatra Pastor Oropeza. Representaban todos inteligencias de la burguesía progresista liberal. Sus buenas intenciones duraron poco.

     En medio de una nueva conmoción bélica que puso en expectativa al mundo entero, la situación política de Venezuela se complicaba. La ilegalización de las fuerzas de izquierda y el clima general de descontento ocupaban el escenario nacional. En el poder, el gabinete de Eleazar López Contreras hacía crisis. El afamado científico venezolano, Enrique Tejera, renunció al Ministerio de Educación. Fue reemplazado por Uslar Pietri, quien se convirtió en el ministro más joven del nuevo equipo ejecutivo. Su actuación fue brillante y se le reconoció una voluntad de modernizar las anticuadas estructuras pedagógicas del país, a pesar de que aún eran exiguos los recursos asignados a esta área vital de la nación. En el desempeño de sus funciones redactó una Ley de Educación conocida como Ley Uslar Pietri o Ley del 40, cuya modernidad fue indiscutible.

     En 1941 asume la Presidencia de la República el general Isaías Medina Angarita. Hay unanimidad en admitir que se trató de un régimen de amplias libertades, caracterizado por el libre juego de opiniones y de organizaciones políticas. En el gabinete del nuevo gobernante, Arturo Uslar Pietri tuvo figuración desde el comienzo. Primero, fue Secretario de la Presidencia de la República y se le atribuyeron condiciones de ser el gran consejero presidencial en las medidas de distensión política. Luego actuó como Ministro de Hacienda y, finalmente, para el momento en que fue derrocado aquel militar admirable en su sentido libertario, Uslar sería su Ministro de Relaciones Interiores.

     Medina introdujo medidas de liberalización ideológica, legalizó las organizaciones de izquierda, mantuvo un amplio clima de amnistía. En el momento de ser derrocado no había un solo prisionero político en las cárceles venezolanas. La importancia de Uslar como figura descollante en esos momentos en que se liquidaban las ejecutorias del caudillismo andino en nuestra política, la significa Ramón J. Velásquez en la siguiente forma:

               
Por otra parte, Arturo Uslar Pietri ya para 1942 se ha convertido en la gran figura del régimen. A Uslar Pietri se le asigna entonces el papel de sumo inspirador de los grandes cambios de estilo en el gobierno, al tiempo que sus enemigos lo acusan de atizar la división entre los generales López Contreras y Medina Angarita. Para los ya reducidos grupos regionalistas, Uslar es antiandino y para los conservadores es un peligroso aliado de los comunistas.
Correspondan o no estos elogios y estas acusaciones a la verdad, es lo cierto que Uslar Pietri, desde Miraflores, tendió un puente entre la mayoría de los escritores, poetas y artistas y el gobierno, y abrió el camino de los representativos de la generación del año 28 que no quisieron aceptar la jefatura de Rómulo Betancourt (17).
     En realidad, a partir de aquella época, la equidad demostrada por Uslar Pietri en materia política le ha granjeado respeto hasta de sus más encarnizados adversarios.

     El 18 de octubre de 1945, Medina Angarita fue derrocado por un golpe cívico-militar al que se le quiso imprimir nuevamente el sentido de una «Revolución». En él se habían confabulado políticos como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gonzalo Barrios, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Luis Augusto Dubuc, Luis Lander, Alejandro Ávila Chacín, en connivencia con militares de graduación intermedia: Mario Vargas, Carlos Delgado Chalbaud, Luis Felipe Llovera Páez, Marcos Pérez Jiménez y otros. Se constituyó en seguida una junta «Revolucionaria» de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt. Los funcionarios del medinismo son hechos prisioneros. Entre ellos Arturo Uslar Pietri, quien comparte una celda de la Escuela Militar con el general Eleazar López Contreras. Entonces el escritor sabe del exilio, de la persecución, de la enajenación de sus bienes, medida ésta adoptada por un Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa que gozaba de poderes extraordinarios otorgados por la Junta Revolucionaria de Gobierno.

     A fines de noviembre Uslar es «extrañado» del país con los ex presidentes López Contreras, Medina Angarita y otros altos representantes del régimen depuesto. Reside en Estados Unidos. En ausencia se le juzga bajo acusación de haberse apropiado 1.400.000 bolívares. Le son confiscados sus bienes (18). Desde Nueva York, en marzo de 1946, escribe una carta pública a Rómulo Betancourt, donde se defiende por el atropello contra su dignidad, puesta en entredicho en un juicio que, por lo demás, fue arbitrario, como lo demostró el tiempo.

     En Estados Unidos, Uslar Pietri se dedica al ejercicio de la docencia en la Universidad de Columbia. Enseña nuestra literatura a los estudiantes de español. Producto de sus cursos es el volumen Letras y hombres de Venezuela. Colabora, además, semanalmente en el diario El Nacional de Caracas, actividad que mantiene en forma ininterrumpida hasta hoy. Por aquellos años sostiene una valiente posición crítica sobre asuntos políticos y económicos, desde su perspectiva ideológica.

     Mientras tanto, Venezuela se abocaba a un proceso de elecciones populares directas, las primeras del presente siglo, la única reivindicación permanente concedida por la Junta de Rómulo Betancourt. Rómulo Gallegos es electo Presidente de la República. Su mandato será efímero. Los mismos militares que habían echado del poder a Medina Angarita, acechaban en la sombra. El 24 de noviembre el novelista fue derrocado, puesto en prisión y lanzado fuera del país. La conjura se expandía en un corto mandato de Carlos Delgado Chalbaud, quien sería asesinado por sus propios compañeros para abrir cauce sangriento a otra dictadura: la de Marcos Pérez Jiménez.

     En Norteamérica, la actividad intelectual de Uslar se intensifica. Concluye su segunda novela: El camino de El Dorado (1948) con la cual le es concedido en Venezuela el Premio Arístides Rojas. Era el reconocimiento nacional a un gran ausente. Además termina y publica un tercer volumen de cuentos: Treinta hombres y sus sombras (1949), conjunto de extraordinaria calidad renovadora. Por último, concluye y edita en Chile una serie de ensayos bajo el título de Las nubes, cuyas páginas están cargadas de inquietantes reflexiones sobre nuestro devenir cultural. La plenitud llegaba.

     En julio de 1950 regresa a Caracas. Se integra en la docencia superior, en la Universidad Central de Venezuela y el Instituto Pedagógico Nacional. La brillantez de sus exposiciones sobre literatura venezolana no demoraron en granjearle prestigio y simpatía. Combina esta labor con actividades de la empresa privada. Con su amigo de infancia, Carlos Eduardo Frías, trabaja en una compañía publicitaria, que dirige hasta 1963. Dirige también el Papel Literario de El Nacional, en cuya tarea destacó por su receptividad y amplitud frente a nuevos valores literarios.

     El asesinato de Carlos Delgado Chalbaud, perpetrado en 1950, había sumido a Venezuela en umbrosa situación política. Gradualmente cesó el libre juego de los partidos. Los sindicatos, clausurados primero, se oficializaron bajo el control de la dictadura. Una inmigración anárquica provoca el desempleo y el descontento general. La ciudad sufre una metamorfosis endemoniada dentro de una improvisación arquitectónica que desfigura su ya maltrecho rostro. Uslar mantiene una conducta mesurada.

     No obstante, en su columna periodística deja traslucir, entre líneas, observaciones críticas valiosas. La censura de prensa no permitía que nadie fuera más explícito. Quien lo intentaba estaba expuesto a sufrir la misma suerte de una figura que, por la valentía de sus mensajes, debió salir expulsada y terminó padeciendo atropellos físicos en el exilio: Mario Briceño Iragorry.

     El proceso represivo se agudizó a partir del desconocimiento de elecciones libres convocadas y realizadas en noviembre de 1952. El ganador había sido el partido URD, donde convergía todo el descontento y el rechazo unánime contra el régimen de Pérez Jiménez.

     Los campos de concentración y las cárceles, la tortura y la persecución, los atentados y las liquidaciones físicas de dirigentes democráticos campean nuevamente en la escena venezolana.

     La labor cultural de Uslar Pietri comienza a difundirse desde 1952 a través de un programa de televisión denominado «Valores Humanos». Su marginamiento de la vida política del país será prolongado, casi hasta vísperas de la caída de Pérez Jiménez. El régimen dictatorial entra en descomposición y crisis a mediados de 1957. La resistencia clandestina se organiza de manera unitaria. Insurge una Junta Patriótica donde convergen sectores políticos y clases sociales sin excepción. Las protestas estudiantiles y sindicales se intensifican. El 1 de enero de 1958 emerge un primer movimiento militar de la Fuerza Aérea. Los grupos económicos y religiosos apoyan las sacudidas que desde distintos ángulos cristalizan en un gran movimiento nacional. El 10 de enero aparece en la prensa un manifiesto firmado por numerosos intelectuales. Entre ellos está Uslar Pietri. Los firmantes son detenidos en la Cárcel Modelo de Caracas. El 23 de enero de ese año el país queda liberado del dictador y se restituyen las libertades públicas.

     En el quinquenio de 1952 a 1957 la tarea de escritura es fecunda para Uslar. Desde 1950 en que editó De una a otra Venezuela, sus ideas liberales, proclives a la defensa de la libre empresa, son discutidas con calor pero también con respeto hacia un hombre consolidado ya de manera indiscutible en la historia intelectual. Alterna la crítica con los ensayos de temas económicos, sociales o literarios. Así van sucediéndose ininterrumpidamente sus libros: Apuntes para retratos (1952), Arístides Rojas (1953), Breve historia de la novela hispanoamericana (1954), El otoño en Europa (1954), Pizarrón (1955). Las academias lo incorporan como Individuo de Número: en 1955, la de Ciencias Políticas y Sociales. Su discurso relativo al problema petrolero hace recordar al hombre que muchos años antes había acuñado una frase: «Hay que sembrar el petróleo». La polémica no se hace esperar. En 1958 es sucesivamente recibido por las Academias de la Lengua y de la Historia.

     El retorno a la normalidad política del país lo inserta nuevamente en actividades públicas. En 1958 es electo Senador Independiente. Llegó a constituir la inteligencia parlamentaria llamada a la toma de grandes decisiones. Es la década de los 60, de turbulencia política inusitada. En efecto, entre 1959 y 1964, durante el ejercicio presidencial de Rómulo Betancourt, Venezuela vive una de sus más tremendas crisis político-sociales. La división de Acción Democrática y la aparición del Movimiento de Izquierda Revolucionaria como desprendimiento de aquella organización en el poder, señalan una tormenta política inminente. En 1961, el Partido Comunista de Venezuela emite, a través de su Secretario General, Jesús Faría, la tesis de que hay que prepararse para la toma del poder por cualquier vía, sin descartar la lucha armada. La Revolución cubana ilumina esperanzas revolucionarias con su ejemplo insoslayable. Se veía entonces la vía armada como salida para solucionar los problemas sociales y económicos, la dependencia económica y política, vigentes a lo largo de todo el siglo. La respuesta oficial del partido de gobierno fue la persecución y las provocaciones contra los grupos de izquierda. Aquello generó una cadena de convulsos movimientos que culminaron con el allanamiento de inmunidad parlamentaria ejercida contra los líderes del Partido Comunista y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Las guerrillas proliferaron en la ciudad y el campo. Dos levantamientos armados de carácter militar tuvieron como escenario las ciudades de Carúpano y Puerto Cabello. Esta última fue teatro de una masacre ordenada personalmente por el Presidente Constitucional y Comandante en jefe del Ejército: Rómulo Betancourt.

     En 1963, dentro de un clima de gran agitación, el país se preparaba para una nueva contienda electoral. Las coaliciones de partidos y los frentes originan numerosas fórmulas. El nombre de Arturo Uslar Pietri, respaldado por su enorme prestigio intelectual y por su irreductible oposición contra Acción Democrática participará en la campaña como candidato a la Presidencia de la República. Inicialmente se le consideró como el más llamado a constituir una candidatura de unidad nacional. Ramón J. Velásquez refiere así aquella circunstancia:

               
Además de su nombre como literato y humanista, había sido la principal figura política en el gobierno de Medina Angarita. (...) Además había sido el primer político que utilizó la televisión como medio para llegar al gran público con el sistema semanal de charlas sobre los grandes personajes del mundo. Y era un vocero del más duro e intransigente antiacciondemocratismo. El AVI desilusionado por la respuesta de Acción Democrática podría respaldar u empresa, así como los numerosos sectores nacionales que simpatizaron con Medina Angarita y también el Partido Comunista que recordaba las excelentes relaciones mantenidas durante su gestión como consejero político del Presidente Medina. En su primera presentación como posible candidato presidencial de la oposición, Uslar criticó severamente al gobierno de Betancourt por «no haber sabido liberar al país del proceso de divisionismo y violencia imperante y por no resolver ninguno de los problemas nacionales, poniendo en peligro la estabilidad del sistema democrático» (19).
     El sectarismo de unos, la soberbia de otros y el señalamiento de las izquierdas de que Uslar Pietri era un representante de las oligarquías financieras nacionales y transnacionales hicieron fracasar la posibilidad de un entendimiento en torno a una candidatura unificadora de los sectores más progresistas del país, en aquellas circunstancias de una democracia que, de representativa se había ido tornando represiva.

     Frustrada la idea de una candidatura única de oposición, coyuntura propicia a la derrota de Acción Democrática, Uslar mantiene su condición de candidato respaldado por un movimiento que organizara Ramón Escovar Salom bajo el nombre de Frente de Unificación Nacional (FUN), de donde saldría más tarde el partido FDN (Frente Democrático Nacional). Sectores independientes, el movimiento Agrarista de Ramón Quijada (grupo disidente de Acción Democrática y de una subdivisión llamada ARS) y algunos otros grupos reiteraron el apoyo a Uslar Pietri.

     Ese mismo año, dentro de las acciones insurreccionales, un grupo guerrillero urbano asalta el Museo de Bellas Artes. Roba unos valiosos cuadros que formaban parte de la exposición «Cien años de pintura francesa». La acción, que procuraba efectos publicitarios para el diezmado movimiento guerrillero venezolano, manifestó la voluntad de entregar dichas obras en manos de una persona de comprobada honradez. Eligió, justamente, a Arturo Uslar Pietri. Aquel gesto dejó disipada, de una vez por todas, cualquier sospecha de apropiación indebida con que se le había acusado a raíz del derrocamiento de Medina Angarita.

     Concluidas las elecciones del 1 de diciembre de 1963, Uslar Pietri resultaba favorecido con una alta cifra de votos (469.240), por sobre la figura de Wolfgang Larrazábal, quien había sido el carismático líder del retorno a la democracia en 1958. Alcanzó, pues, un cuarto lugar, superado sólo por el candidato triunfante -Raúl Leoni-, Rafael Caldera y Jóvito Villalba. Era además un tenso proceso donde las izquierdas insurrectas habían proclamado una fallida política de abstención militante. Por lo demás, Uslar logró aglutinar electores de clases contrapuestas: los sectores marginales de la capital, la clase media y los grupos económicamente más fuertes de Caracas.

     Triunfante Raúl Leoni, para el ejercicio de su mandato buscó y logró una alianza triple en el poder: Acción Democrática -su partido-, URD y los sectores que habían apoyado a Uslar Pietri. Este fenómeno se conoce históricamente como gobierno de Amplia Base. Uslar invita a los distintos grupos que lo habían secundado en su campaña electoral para que se unifiquen. Funda un nuevo partido, del cual será presidente: Frente Nacional Democrático. Por primera vez su nombre asume públicamente una connotación de líder partidista. Esta actitud le fue recriminada por el hecho de que su candidatura presidencial había nacido con signo independiente. Su comportamiento amplio y tolerante, sus esfuerzos por lograr una política de pacificación y de retorno a la legalidad para los grupos de izquierda, fueron el balance en favor de aquella participación breve en el gobierno de amplia base. Esto le fue reconocido unánimemente, al igual que sus sinceras gestiones por conseguir la inmediata libertad de los numerosos prisioneros políticos que Betancourt había legado al gobierno de Leoni como lastre muy incómodo. Solicitaba, además, la revisión de cuantiosos juicios militares seguidos a civiles que habían participado en las luchas insurreccionales. Poco éxito habrían de obtener sus planteamientos. Las guerrillas prosiguieron sus actividades, por lo menos en tres estados del país: Lara, Falcón y Trujillo. Del lado oficial, las torturas y la represión se mantuvieron inmodificadas; el enorme aparato represivo montado por Betancourt permaneció incólume. Sólo a fines de 1964 se atenuó el enfrentamiento con la medida de conmutación de penas de prisión por exilio, para los dirigentes revolucionarios en armas.

     Aquel experimento tripartita de gobierno duró poco tiempo. En marzo de 1966 Uslar Pietri anuncia públicamente el retiro de su partido político, en carta al presidente Leoni. ¿Razones? El poco éxito alcanzado en el cumplimiento del programa común y la carencia de consenso en las decisiones políticas. En realidad, su propio partido estaba conmovido por contradicciones y divergencias internas que habrían de concluir en la disolución de la militancia en varios grupos. El primero de ellos acompañó a Ramón Escovar Salom. Se avecinaba un nuevo proceso electoral. Uslar entra en alianza con otras fuerzas dentro de un Amplio Frente de Oposición promovido por Miguel Ángel Capriles, secundado por Wolfgang Larrazábal y Jorge Dáger, entre otros. El amplio frente resultó estrecho. Un sector era partidario de lanzar la candidatura presidencial de Miguel Ángel Capriles. El otro, dentro del cual se insertó Uslar, proponía respaldar la candidatura de Rafael Caldera, quien habría de resultar el nuevo triunfador. Posteriormente, Uslar, Miguel Otero Silva y otros integraron un nuevo frente llamado de la victoria, que respaldó la candidatura de Miguel Ángel Burelli Rivas. Eran momentos dramáticos para el partido de gobierno, que nuevamente se escindió por divergencias en la elección de su candidato. De un lado afloró el Movimiento Electoral del Pueblo, cuyo candidato presidencial fue Luis Beltrán Prieto Figueroa. Lo que restaba de Acción Democrática acompañó en la derrota la candidatura de Gonzalo Barrios. Las nuevas elecciones expresaron el eclipse político de Arturo Uslar Pietti. Volvería a ser electo al Congreso Nacional, pero su partido entraba en franco declive hasta la disolución posterior. Uslar renuncia a la Secretaría General de su grupo, cargo que entrega a Pedro Segnini La Cruz. Queda como asesor político, solamente. Retorna de manera predominante a su labor intelectual que, por lo demás, en los últimos cinco años, había quedado reducida a una mínima producción. En efecto, si se revisa su bibliografía entre 1962 y 1967, se observará que publica dos novelas integrantes de una trilogía titulada El laberinto de fortuna. Ellas fueron: Un retrato en la geografía (1962) y Estación de máscaras (1964). Ambas novelas dejaron mucho que desear en lectores acostumbrados a la impecable escritura literaria del autor. No ocurrió así, en cambio, con el cuarto volumen de cuentos, Pasos y pasajeros (1966) de excelente elaboración.

     En la ensayística, entre 1958 y 1962, aportó tres libros de importancia: Venezuela, un país de transformación (1958), Materiales para la construcción de Venezuela (1959), Del hacer y deshacer de Venezuela (1962). Publicó además una serie de textos sobre la educación, bajo título La universidad y el país (1961) destinado a encender polémicas un tanto ácidas. Como se ve, los años de mayor actividad en la vida política fueron de escaso incremento literario para su obra.

     En 1969, Caldera toma posesión de la Presidencia de la República. Uslar actúa como parlamentario. La política de pacificación del nuevo gobernante fue recibida con alguna reticencia por ciertos sectores parlamentarios, especialmente el derrotado partido Acción Democrática. La legalización de los partidos de izquierda comienza con el retorno a la vida abierta de un maltrecho Partido Comunista. El MIR propone acogerse a la legalidad y pide que sea Uslar Pietri el vocero de su decisión ante el gobierno. Nuevamente su nombre está señalado por el respeto a su amplitud de ideas y a la tolerancia de puntos de vista contrarios al suyo.

     En el mismo período de gobierno de Rafael Caldera, Uslar Pietri pasa de la vida política al periodismo, como director del diario El Nacional. Mantiene el prestigioso periódico en una línea de eclecticismo y objetividad informativa y continúa escribiendo semanalmente su columna. De esa labor sólo habría de retirarse con otro cambio de poder, operado con el triunfo aplastante de Carlos Andrés Pérez para la Presidencia de la República. En ese mismo tiempo se retira del Congreso con un memorable discurso. Publica dos nuevos volúmenes de ensayos: En busca del nuevo mundo (1969) y La vuelta al mundo en diez trancos (1971). Durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez es designado representante de Venezuela ante la UNESCO, un organismo donde su claridad de ideas, la asombrosa cultura y, sobre todo, su gran ponderación lo llevaron a desempeñar altísimas responsabilidades hasta ahora, cuando regresa al país, para continuar incansablemente su trabajo de escritor, sin desligarse de la institución internacional donde han transcurrido sus últimos años.

     Desde el punto de vista de la evolución de sus ideas literarias, aquel joven escritor que había convulsionado el ambiente intelectual venezolano de los años 20 con sus textos doctrinarios sobre la vanguardia, particularmente a través de válvula y de su muy meditado ensayo de 1927, mantuvo a lo largo del tiempo una definida voluntad de universalizar nuestros temas contextuales. No fue la suya una prolongación de cosmopolitismos asimilados de la estética modernista. La diferencia entre ambos conceptos fue aprendida por Uslar en sus lecturas de Guillermo de Torre, quien dedicó unas líneas de clarificación del problema en sus Literaturas europeas de vanguardia:

               
Mientras lo cosmopolita es solamente general, lo universal es general y local; y esta característica es lo que hace (...) que una obra literaria (...) de valor universal pueda ser gustada con plenitud de entusiasmo tanto en su medio nativo, por virtud de las cualidades locales que posee, como por un medio exótico, merced al valor de amplia universalidad que irradia (20).
     Esa conciencia de universalidad le permitió reelaborar la materia local para proyectarla más allá de su ámbito, especialmente en sus cuentos y en Las lanzas coloradas. La difusión que su obra narrativa llegó a alcanzar entre los países de América Latina y la gran acogida que ha tenido en España, se complementa con las numerosas traducciones a otras lenguas, que esas obras han conquistado por derecho propio. No obstante, en el momento en que aquellas ideas y propósitos incursionaban en el estrecho cauce literario del país, sonaron a provocación e irreverencia contra la mitificación del criollismo. Hasta su tercer libro de cuentos, esa posición ideológico-estética rigió la escritura narrativa de Uslar. El cambio de perspectiva hubo de producirse por la década de los 60.

     En 1967, Caracas congregó un numeroso conjunto de escritores y críticos. Se reunían en un Congreso del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, convocado en la capital venezolana con motivo de ser concedido por primera vez el Premio Internacional de Novela «Rómulo Gallegos» al escritor peruano Mario Vargas Llosa. Por esos días, Uslar es centro de polémica literaria por dos planteamientos, uno sobre «La muerte de la crítica»; otro, relativo al «vasallaje intelectual» de Venezuela, donde pareció que regresaba intencionalmente a un nacionalismo estético, antítesis conceptual de sus posiciones a lo largo de todo un camino luminoso de creación universalista. Sin embargo, la repercusión en su obra narrativa no fue tan absoluta. Su libro Pasos y pasajeros (1966) mantenía la misma línea de expansión temática y expresiva donde hábilmente se escamotea el localismo. No es que la materia estuviese ubicada en un ámbito geográfico diferente al nacional. Por el contrario: su arraigo histórico y espacial continuaba bien fincado en nuestros contextos. Pero la destreza del narrador supo ubicar el desarrollo en una dimensión válida para cualquier marco referencial de sus lectores y ése es uno de los grandes secretos de su éxito internacional como cuentista.


[Extraído del prólogo a Arturo Uslar Pietri, Las lanzas coloradas y cuentos selectos, Argentina, Biblioteca Ayacucho, 1987, pp. XXXIII-XLIX]


1.       Sobre éste y otros aspectos de la vida política de Uslar, cf. Alfredo Peña: Conversaciones con Uslar Pietri. Caracas, Editorial del Ateneo de Caracas, 1978. Las precisiones crono-bibliográficas se consignan en el Apéndice final de este volumen.
2.       Alfredo Peña menciona este primer artículo publicado el 22 de marzo de 1922, año V, N.º 19 de Billiken. Igualmente cita como aparecidos en 1923 los siguientes trabajos: «El silencio del desierto», «El retorno de Pan», en El Universal; «Las casonas», en el mismo diario y un poema titulado «Nada es».
3.       Datos suministrados por el propio autor en cuestionario que le remití desde México en 1965.
4.       Alfredo Peña enumera una amplia lista de los primeros trabajos entre 1925 y 1927.
5.       Apareció primero en Cultura Venezolana, N.º 83, septiembre de 1927; luego fue reproducido en el único número de válvula.
6.       «La vanguardia, fenómeno cultural». El Universal, 10 de diciembre de 1927, N.º 6674, p. 5.
7.       Remito especialmente a la entrevista publicada en El Nacional de Caracas, el 16 de mayo de 1976, con motivo de los 70 años del nacimiento del escritor. Esas mismas ideas las reitera en su texto «Mi primer libro», que precede al volumen conmemorativo de Barrabás y otros relatos. Caracas, Monte Ávila, 1978; cf. particularmente las pp. 28-29.
8.       Las informaciones sobre estos contactos intelectuales fueron referidas por Uslar Pietri en el cuestionario citado antes (v. nota 3 de este trabajo) y utilizadas en el libro Uslar Pietri, renovador del cuento venezolano. Algunas fueron reiteradas o ampliadas por él en entrevista del 16 de mayo de 1976 (v. nota 7).
9.       «El faro de la torre Eiffel». Obras Selectas, p. 888.
10.       Entrevista en El Nacional del 16-5-76.
11.       Cf. Tientos y diferencias, México, UNAM, 1964. Especialmente el ensayo «De lo real maravilloso americano».
12.       El crítico alemán Franz Rob había publicado en 1925 una obra titulada Nach expresionismus. Fue vertida al español, el mismo año, por Fernando Vela y editada bajo sello de la Revista de Occidente con el título Realismo mágico. Post-expresionismo. El término «realismo mágico» fue utilizado por Arturo Uslar Pietri para caracterizar el cuento venezolano, inserto en su libro Letras y hombres de Venezuela. La primera edición es de México, Fondo de Cultura Económica, 1948. Luis Leal considera que ésta fue la primera vez que la designación se aplicó a la literatura hispanoamericana. Cf. su ensayo: «El realismo mágico en la literatura hispanoamericana». Cuadernos americanos, México, julio-agosto, 1967, N.º 4, pp. 230-235.
13.       Cf. Guiseppe Bellini. La narrativa de Miguel Ángel Asturias. Buenos Aires, Losada, 1969; p. 20.
14.       Cf. Klaus Müller-Bergh. Alejo Carpentier. Estudio Biográfico-crítico. Nueva York-Madrid, Las Américas-Anaya, 1972; p. 26.
15.       «Asteriscos». El Ingenioso Hidalgo, junio de 1935, N.º 2, p. 2.
16.       «Interludio a la novela», Ibid., agosto, 1935, N.º 3, p. 1.
17.       Ramón J. Velásquez. «La evolución política de Venezuela en el último medio siglo». En: Venezuela Moderna. Medio siglo de Historia. 1926-1976. Caracas, Fundación Eugenio Mendoza, 1976; p. 44.
18.       Cf. al respecto Alfredo Peña, op. cit., donde Uslar, por primera vez, rememora con detalles aquel incidente.
19.       Op. cit., p. 240.
20.       G. de Torre, Literaturas europeas de vanguardia, pp. 369-370.



Página mantenida por el Taller Digital Marco legal Página principal Enviar correo