Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Conjuntos arqueológicos

> Castulo (Linares, Jaén)


Presentación
José María Blázquez Martínez y M.ª Paz García-Gelabert

     En el año 1851 Pascual Madoz escribía acerca de la ciudad oretano-romana de Castulo, situada a 5 km. de Linares, siguiendo la carretera que conduce hacia Torreblascopedro: «Una ciudad tan poderosa y célebre se halla reducida hoy al cortijo de Cazlona, residuo de su antiguo nombre. El Ilm. Sr. D. Francisco Pérez Bayer visitó este sitio, en el viaje que hizo a Andalucía hacia 1782, y dice: que a la derecha del río Guadalimar hay un molino que se llama de la Caldona. Desde este molino comienza a elevarse un mediano collado y como a un tiro de bala se divide en dos, que distan entre sí unos 100 pasos, dejando en medio un pequeño arroyo (San Ambrosio). En el collado de la derecha se eleva una gran torre de hormigón y alrededor hay otras dos torres y ruinas y cimientos de otras que muestran haber habido allí recinto de ciudad o fortaleza. En el collado de la izquierda hay una ermita de Santa Eufemia, bastante capaz, con su atrio y una pequeña hospedería. Toda esta ermita por dentro y fuera y el atrio están encastrados de inscripciones romanas y en la circunferencia de la ermita hay una selva de trozos de columnas y capiteles, festones y volutas de varios órdenes, lisas, estriadas de varios bustos y tamaños…». Restos de un antiguo esplendor que incluso en nuestros días han desaparecido.

     He ahí Castulo en el siglo XVIII. Pero Castulo fue importantísimo centro neurálgico de un nudo de comunicaciones. Contaba en su área de aprovisionamiento con una tierra óptima, abundante en puntos de agua, la vega del río Guadalimar. Y muy fundamental, estaba situada en el corazón de una región tradicionalmente minera, en la zona de Linares-La Carolina-Santa Elena-Bailén, productora de hierro, cobre, plomo y plata. Por tanto, por su situación geográfica, llegó a ser uno de los principales núcleos de distribución y aprovisionamiento de artículos materiales y difusión de valores culturales.

     Las investigaciones, prospecciones y excavaciones llevadas a cabo en el yacimiento, lo fueron ininterrumpidamente desde 1969 hasta 1983, y después más esporádicamente, hasta 1991, fecha en que cesaron por cuestiones administrativas ajenas al proceso de investigación.

     Las prospecciones de superficie en las terrazas del Guadalimar han aportado útiles líticos asignables al Paleolítico Superior. Y fruto de las excavaciones arqueológicas sistemáticas ha sido el aislar importantes monumentos, muy destrozados por la labor esquilmadora de los furtivos de todos los tiempos. Conjuntamente con el análisis de los textos, ha llegado a conocerse una parte de la historia de la ciudad, cuyo hábitat en el Bronce Final estaba atomizado en pequeños núcleos. Uno de ellos es el poblado orientalizante de la Muela, extramuros al sur, de lo que después fue el oppidum oretano, al pie del cerro del mismo nombre, cuyos primeros estratos se datan en el s. VIII a. C. En la pequeña porción excavada de lo que es una extensa y compleja aldea, se han hallado, entre otros rasgos, un taller de fundidores y un santuario, cuya conexión con la civilización fenicia, por las características estructurales formales, es clara. Santuario que pudo tener la función, como lugar sagrado, de centro neutral de intercambio de géneros, extraídos de la riqueza del subsuelo de la región. Los alrededores del yacimiento, especialmente las terrazas fluviales, situadas entre los cerros que ocupa la ciudad antigua, y el río Guadalimar, han aportado, hasta la fecha, un rico conjunto de materiales arqueológicos, relacionados con la penetración de los influjos de la colonización semítica hacia tierras del interior.

     La presencia fenicia, tal vez a través de intermediarios hispanos procedentes de la zona onubense, después la cartaginesa, e indirectamente la de los comerciantes griegos, produjo importantes transformaciones económicas y sociales. El periodo orientalizante trazó las bases de una sociedad urbana, la oretana, que se desarrolló plenamente a partir de la segunda mitad del siglo V a. C. y sobre todo en el siglo IV a. C., hasta la crisis producida por las conquistas cartaginesa y romana. Esta fase ha sido estudiada a través de las necrópolis, porque del oppidum oretano apenas hay algún que otro cimiento bajo los de cuño romano. En los alrededores del oppidum había al menos seis necrópolis, con la datación indicada arriba. Debió producirse un considerable aumento demográfico, generado por la riqueza que proporcionaba el comercio, aumento reflejado en las vastas necrópolis, parcialmente excavadas, y muy expoliadas. Un núcleo denso se encuentra en la zona oeste, separado del recinto de la ciudad por la vaguada del arroyo de San Ambrosio. Y en esta área las necrópolis, concretamente la del Estacar de Robarinas y Los Patos, se levantaron en terrenos sacralizados desde épocas pasadas, terrenos consagrado por ritos ancestrales muy arcaicos, y no funerarios, siglo VIII a. C. Sus huellas, en los estratos inferiores a los de enterramiento oretano, consisten en numerosos restos de fuegos, huesos de animales cremados, platos, fuentes y cuencos modelados a mano, con las superficies exteriores pintadas post-cocción, predominantemente con pigmentos rojos, con a veces complicados diseños geométricos. Los terrenos donde se asentaron las tumbas oretanas del Estacar de Robarinas siglos más tarde fueron reutilizados como cementerio romano. Igualmente en la zona oeste se encuentra la necrópolis de Molino de Caldona. Al este, a 300 m. aproximadamente del oppidum, se localiza la necrópolis de Baños de la Muela, aprovechándose para algunas tumbas los paramentos de las viejas casas del Bronce Final del poblado de la Muela. Cercana a esta necrópolis se encuentra la de Casablanca. Y al noreste del recinto amurallado se levantan varios túmulos principescos, destacando entre ellos el denominado de los Higuerones. Y finalmente hacia la misma orientación, un poco desviada hacia el oeste la necrópolis del Estacar de Luciano. En las necrópolis reseñadas hay una extensa variedad de tumbas, desde las de cámara, pasando por las tumulares rodeadas con empedrado tumular, hasta las de cista, o simple depósito del resultado de la cremación en urnas que luego eran enterradas. Los ajuares igualmente son diversos, siendo proporcionales, en cuanto a grado de complejidad, a la de la superestructura funeraria.

     En el año 206 a. C. P. Cornelio Escipión se apoderó de Castulo, sin que mediaran largos cercos o batallas. E inmediatamente comenzó la explotación de las riquezas, naturales de la zona, afluyendo rápidamente, entre contingentes de itálico y romanos, ciertas cantidades de publicanos, procedentes del sur de Italia para explotar las minas. Durante la Baja República y Alto Imperio, Castulo gozó de enorme prosperidad económica y social, conocida a través de las monedas, de la epigrafía y de los restos de edificios públicos. Es posible que, ya a partir de César, Castulo poseyera una incipiente organización político-administrativa. Plinio (NH, 3.25) designa a los castulonenses como Caesa(i Iu)uvenales. Desde Augusto la organización administrativa parece que está adaptada al modelo romano, configurándose como municipio latino. En cuanto a monumentos, Castulo pudo tener un circo, o bien un anfiteatro, y con seguridad un teatro, -sus ruinas se encuentran en superficie junto a la muralla al norte-, en las proximidades de unos grandes depósitos de agua pertenecientes a la infraestructura de abastecimiento de agua a la ciudad. Poseía varios complejo termales, anchas calzadas e importantes puertas de acceso, al exterior de las cuales, o a los pies de la muralla (ésta con base oretana, y alzado bajoimperial), se levantaron necrópolis, o enterramientos individuales, concretamente la llamada de la Puerta Norte fue muy extensa. Un importante conjunto recreativo es el llamado complejo arquitectónico del Olivar, situado hacia el centro de la ciudad, cuya excavación aún incompleta, ha sido la última llevada a cabo por nosotros, año 1991. Consta el conjunto, hasta el momento, de amplios patios y avenidas porticadas o abiertas, pavimentadas con losas, termas, natatio, letrinas subterráneas, y un complejo sistema de hipocausta y conducciones de agua. En este conjunto se hallaron cimientos oretanos y fases, que hacia arriba, llevan a la época augustea, y hacia abajo, hasta la época visigoda.

     La presencia visigoda en Castulo está bien atestiguada por numerosas reutilizaciones de edificios privados y públicos romanos, y por enterramientos. En una necrópolis, situada en la zona alta de la ciudad, al norte, se aprovecharon casas de época republicana, en cuyas paredes aún podían verse estucos, y para construir los sarcófagos emplearon piezas arquitectónicas del cercano teatro. Otras necrópolis se hallan en las faldas de cerro enfrentado a las murallas, al norte.

     Y finalmente, durante la época de dominio de Hispania por los musulmanes, en Castulo se instalaron algunos grupos, aprovechando las casas existentes, a manera de alquerías, y levantaron una fortaleza, de la cual permanece un torreón, que dominaba la vega del Guadalimar.

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