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> Crónicas sobre el conjunto arquitectónico de Segobriga


Crónicas desde Segobriga (10). Antonio Tavira, prior de Uclés
Juan Manuel Abascal Palazón


[Publicado originalmente en El Día de Cuenca , 22 de octubre de 2004, página 17.]

     El 17 de octubre de 1789 abandonó el monasterio de Uclés una comisión presidida por su prior, Antonio Tavira, de la que formaban parte otros clérigos del monasterio y el archivero del mismo, Juan Antonio Fernández. Su destino eran las ruinas de Cabeza del Griego, en término de Saelices, donde hacía más de veinte años se habían producido algunos descubrimientos casuales y donde los manuscritos conservados en el monasterio señalaban la presencia de los restos de una ciudad romana. Allí se encontraron con Vicente Martínez Falero, que mostró a los visitantes los restos de la lápida sepulcral del obispo Sefronio, recuperada a los pies del cerro de Cabeza del Griego. A todas luces, aquélla era la evidencia del enterramiento de un obispo visigodo y abría las puertas a nuevos hallazgos de innegable interés para la historia eclesiástica de Hispania.

     Antonio Tavira dispuso que había que realizar cuanto antes una excavación en aquel lugar y ofreció financiar la mitad del coste de tales trabajos, que se iniciaron de forma inmediata y se prolongarían durante varios meses. Había comenzado a excavarse la basílica hispano-visigoda de Segobriga, que tanto eco tendría en la literatura científica de los siguientes dos siglos.

     Toda la aventura había empezado unos años antes, cuando el navarro Juan Antonio Fernández, a quien precedía una cierta experiencia en actividades similares, había sido trasladado a Uclés para ordenar el archivo de la orden de Santiago, actuación que repetiría años más tarde con los de otras órdenes; allí coincidió con Antonio Tavira que, tras este priorato de Uclés, ocuparía sucesivamente los obispados de Canarias y Salamanca. Ambos eran personajes de una desbordante inquietud por la historia y el estudio de la eclesiástica en particular, que supieron apreciar el interés de los documentos que iban apareciendo en el archivo del monasterio y canalizaron su empuje hacia esta intervención arqueológica.

     Estamos muy bien informados de lo que ocurrió entre ese 17 de octubre y los primeros días de enero del año siguiente. Fernández quedó en Saelices a cargo de la excavación por cuenta de Tavira, y se hizo cargo de registrar minuciosamente los descubrimientos hasta conseguir redactar un auténtico diario de las excavaciones en el que figuran día a día todas las novedades que se iban produciendo.

     Durante semanas, Fernández fue recuperando fragmentos de inscripciones, objetos de época romana reaprovechados en la construcción del edificio basilical y llego incluso a abrir la cripta del recinto, donde le esperaba la más grande de las sorpresas.

     Fue un 14 de diciembre de 1789. Tavira había acudido a ver la excavación acompañado del párroco de Saelices, de su alcalde y de algunos clérigos, ansiosos por contemplar los crecientes avances de los trabajos. Su visita coincidió con los trabajos en la cripta de la basílica, donde los trabajadores acababan de descubrir lo que parecían unos sarcófagos aún intactos. Tras la oportuna limpieza, pudo verse que los fragmentos de las lápidas que los cubrían contenían parte de unas largas inscripciones que mencionaban a algunos obispos; al retirar estos fragmentos y para sorpresa de todos los presentes, se descubrieron los cadáveres de quienes, según todos los indicios, habían sido los obispos Sefronio y Nigrino, titulares del obispado segobrigense en época visigoda.

     La emoción del descubrimiento hizo que se recogieran los huesos y se depositaran en un arca de madera en la iglesia de Saelices; el médico de la localidad extendió una certificación describiendo con detalle los restos exhumados; Fernández redactó aquella misma tarde, en su celda de Uclés, un acta notarial que firmarían todos los testigos en que se relataba la sucesión de los acontecimientos; días más tarde, el conde de Floridablanca había sido informado ya por el propio Tavira para que lo pusiera en conocimiento del rey; y, en poco más de un mes desde el hallazgo, ya se discutía sobre la santidad de los obispos allí enterrados.

     Antonio Tavira nos abrió las puertas del mundo visigodo en Segobriga; Juan Antonio Fernández se ocupó de que todo lo ocurrido en aquellos agitados meses finales de 1789 llegara hasta nosotros con la fidelidad de un relato científico. Ambos se ganaron, con todo derecho, un puesto destacado en la historia de la arqueología española.


Lápida

Reproducción de la lápida del obispo Sefronio en la basílica hispano-visigoda de Segobriga



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