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> Crónicas sobre el conjunto arquitectónico de Segobriga


Crónicas desde Segobriga (16). Carta a Aurelio Pyrro
Juan Manuel Abascal Palazón


[Publicado originalmente en El Día de Cuenca, 17 de diciembre de 2004, página 20.]


Estela funeraria

Estela funeraria para el cenotafio de Aurelio Pyrro, muerto en Roma,
en la necrópolis de Segobriga (comienzos del siglo III de nuestra era)

     Aún no he acabado de entender lo que te pasó y cuando pregunto casi nadie sabe darme una versión completa; ayer en el foro me dijeron que habías muerto en Roma hace unos días y que tu madre ha organizado un funeral para colocar un cenotafio en tu memoria. Al menos podremos pasar junto a tu estela cuanto vayamos a la necrópolis y te recordaremos.

     Lo último que supe de ti era que dejabas Segobriga para buscar mejor suerte en Italia y luego dijeron que te habías establecido en Roma. Pero Roma está llena de griegos y con tu nombre, Aurelio Pyrro, serías uno más entre todos ellos. Quizá al final te sonrió la fortuna, aún no lo sé, pero me cuesta creer que junto al Tíber sean más hermosos los crepúsculos que los que vemos cada día desde las termas.

     Desde que nos dejaste hace unos años la ciudad no ha cambiado mucho, pero no la hubieras conocido si hubieras vuelto, aunque supongo que esto ya importa poco. En los últimos años los magistrados apenas han puesto interés en arreglar los daños que van sufriendo los edificios, sobre todo el viejo teatro que construyera Octavio, y el paso del tiempo va siendo visible en muchos rincones. Basta con que te diga que la otra tarde tuve que reprender a unos niños que jugaban con una de las letras de bronce de la inscripción del suelo del foro; se habían roto sus pernios y jaleaban mientras la golpeaban insistentemente con el pie de un lado a otro de la plaza; como se van perdiendo cada vez más letras, dentro de poco ya ni podrá leerse el nombre de Spantamico, por otra parte tan extravagante y tan poco romano; decía mi padre que era un indígena que vivió en la ciudad hace más de dos siglos, pero quizá es sólo una leyenda.

     En las termas, en donde estoy ahora sentado escribiendo esta carta, ha llegado la época en la que se puede estar por la tarde en la palestra con una temperatura agradable; los días son más largos a medida que avanza la primavera y se nos van olvidando las nieves del invierno, que tan fuertes han sido este año. Ahora es cuando se puede disfrutar de verdad del foro y cuando da pereza recluirse en casa.

     De vez en cuando me he acordado de ti al releer a Marcial este invierno. Él también conoció bien la vida en Roma pero tuvo tiempo de volver a su Bilbilis natal para disfrutar allí de los últimos años de su vida. Al echar madera a la lumbre de la cocina no puedo evitar recordar sus epigramas e imaginar las incomodidades de una ciudad tan grande. Los pocos paisanos que han estado en la ciudad vuelven maravillados de su grandiosidad, pero ninguno quisiera establecerse en ella. Los que hemos nacido en ciudades pequeñas acabamos anteponiendo el terruño a todas las ventajas de las grandes urbes.

     ¿Recuerdas cuando adolescentes soñábamos con salir de Segobriga y recorrer el Imperio?; ¿recuerdas la fascinación que nos producían los ropajes de los extranjeros que nos visitaban? Después de tantos años nuestras vidas corrieron caminos diferentes: tú marchaste a Roma y cumpliste tus sueños, mientras que yo sólo he hecho un viaje largo para visitar a mi tío en Tarraco el año en que ocupó el flaminado provincial; alguna vez, cada varios años, surge la oportunidad de ir a Valeria o a Toletum por los negocios de mi familia, pero cada vez me cuesta más animarme a subir al caballo o resignarme a ir dando tumbos en un carruaje por las maltrechas calzadas que nos rodean.

     Me dice Sempronio, que está a mi lado ahora, que tu madre estuvo esta mañana en su taller para encargar una gran estela con tu nombre y poder colocarla en la necrópolis. Cuando traigan de Roma la urna con tus cenizas, si es que al final vienen a Segobriga, nos acercaremos a visitar tu sepultura. Pero por ahora, y me perdonarás por ello, celebrar ritos junto a un cenotafio vacío me sigue pareciendo absurdo. Le he dicho a Sempronio que se esmerara con la inscripción de tu monumento, pero ya sabes que tiene la manía de trabajar de pie y de no dibujar primero las letras, con lo que es previsible que vuelvan a salirle inclinadas las líneas y que nos cueste leerlas; en eso las cosas han cambiado bien poco desde tu partida.

     Dentro de un rato se cerrarán las termas y tengo que terminar mi carta; aún antes de retirarme a casa pasaré por el foro, donde seguro que en todos los corros se habla de ti y esta noche, durante la cena, honraré tu recuerdo abriendo de nuevo alguno de los ajados libros que hablan de Roma, aquellos que te llenaron de pájaros la cabeza y que nos separaron para siempre.




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