Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Culturas y civilizaciones

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Introducción histórica
M.ª Pilar González-Conde Puente
(Universidad de Alicante)

     El valle del Nilo constituye una arteria de vida en el noreste del continente africano, rodeada a oriente y occidente por terrenos desérticos en los que las posibilidades de supervivencia y desarrollo eran casi inexistentes en la Antigüedad. Esta característica condicionó la vida de los antiguos egipcios, cuya cotidianeidad mantenía el ritmo que le imprimía la crecida anual del río. Los viajeros que llegaban allí, quedaban impresionados por las peculiaridades geográficas de la región, que ya en el siglo V a.C. permitieron a Herodoto describirla como «un regalo del Nilo». Así pues, no es extraño que uno de los primeros objetivos de las comunidades egipcias fuese el control del agua, y el establecimiento de una red de canales que permitía distribuirla para su mejor aprovechamiento.

     A lo largo del IV milenio, Egipto sufrió una serie de transformaciones que impulsaron el desarrollo de las comunidades que vivían junto al Nilo. El proceso fue más precoz en el norte, avanzando luego hacia el sur a lo largo del valle. En el delta, en donde el fenómeno urbano tenía mucha vitalidad, a mediados del IV milenio ya existía una infraestructura para el control de la irrigación, lo que produjo un considerable desarrollo de sus comunidades.

     Hacia el 3200 se inició un proceso de unificación política, no bien conocido aún. En el norte, las ciudades se agruparon, al parecer, en torno a Buto, mientras en el sur ocurría lo mismo con Hieracómpolis. Era el germen del estado faraónico, que culminaría con la conversión de Egipto en un estado unificado desde el delta en el norte hasta la primera catarata en el sur, gobernado por un monarca que ostentaba el título de «señor de las dos tierras» (Alto y Bajo Egipto).
La egiptología divide tradicionalmente a los reyes egipcios en dinastías, siguiendo a Manetón (siglo III a.C.), aún cuando en algunos casos no hubo un verdadero cambio familiar. Aunque los primeros reyes parecían proceder de Tinis, muy pronto la capital se estableció en Menfis, desde donde, en el siglo XXVII, una monarquía ya de marcado carácter teocrático regía los destinos del país. El faraón se convirtió en «hijo de Re», el dios solar de Heliópolis (el gran centro religioso vinculado al poder político). Los faraones del imperio antiguo (dinastías III a VI) serían recordados como modelo de monarcas autocráticos, un proceso que culminó en la dinastía IV, cuando Egipto se había convertido ya en un estado fuerte, con una administración central organizada y muy burocratizada, que controlaba los poderes locales.

     Sin embargo, el propio sistema, que permitía la existencia de una numerosa elite privilegiada en su régimen jurídico y fiscal, frente a una población con dificultades para la supervivencia, provocó una crisis económica y social que minó el poder de la elite cortesana y de la propia corona, en favor de los grupos privilegiados locales. La crisis desembocó en una división política (I período intermedio) y desde diferentes puntos se intentó restablecer la unidad del estado.
Finalmente, una familia de Tebas tomó el poder en el sur, y progresivamente se hizo con el control de todo el país. Se iniciaba así, a finales del III milenio, el imperio medio (dinastías XI y XII), un período en el que el país experimentó un considerable desarrollo económico. Tras la crisis, se fortalecieron las fronteras y se restablecieron las rutas de comercio y los contactos con el exterior. Esto era fundamental para un país que, a lo largo de su historia, tuvo una gran demanda de productos extranjeros: madera de Biblos; cobre y turquesas del Sinaí; oro, animales y pieles de Nubia; incienso y otros productos del sur del Mar Rojo (País del Punt). Toda esta oferta peligraba en momentos de inestabilidad, cuando no estaba garantizada la circulación de mercancías.

     El despegue económico de Egipto afectó también a la agricultura, con la desecación parcial del lago Moeris, que convirtió a la zona de El Fayum en una nueva cantera de tierras cultivables. La región se vio relanzada económicamente y recibió una importante presión demográfica procedente de otras regiones del país. Su creciente importancia estratégica hizo que la corte se trasladara desde Tebas hasta allí, aunque no fue definitivo.

     En el siglo XVII, Egipto sufrió de nuevo una profunda crisis política (II período intermedio), complicada esta vez por la actuación de poblaciones extranjeras. Las fuentes hablan de los Hiksos, semitas venidos de oriente que se asentaron pacíficamente en el Delta y que respondían al vacío de poder estableciendo una monarquía con capital en Avaris. La historia posterior (sobre todo de época ramésida) se encargaría de crear una imagen de hostilidad, y de reinventar una entrada traumática en el país que probablemente no respondía a la realidad.

     La reacción contra los Hiksos salió de Tebas, cuya elite conseguía ahora a un tiempo expulsar por la fuerza a estos reyes extranjeros y devolver el protagonismo a la ciudad, reconstruyendo el estado faraónico. A partir del siglo XVI, el imperio nuevo (dinastías XVIII-XX) inició una nueva etapa en la historia política del antiguo Egipto. La expulsión de los Hiksos y la restauración de una monarquía única permitieron devolver la estabilidad al país. Las rutas de comercio se reabrieron, y desde Tebas se inició la explotación de unos extensos territorios que iban a abarcar desde la cuarta catarata en el sur hasta el río Orontes en Asia. La política oriental incluyó algunas campañas militares como la toma de Meggido por Tutmosis III (dinastía XVIII) y la conversión en protectorado de algunos territorios del levante mediterráneo. Frente a la amenaza que suponían los Hititas, Egipto pactó con Mitanni, pero la desintegración de este estado desde el siglo XIV, hizo que los faraones buscaran nuevos aliados. Tras la batalla de Qadesh (en el siglo XIII, bajo Ramsés II) en la región del Orontes, la situación no quedó del todo aclarada para las aspiraciones imperialistas egipcias, culminando unos años más tarde con un tratado de paz y mutua colaboración con la corte de Hattusa.

     El control de este importante estado con capital en Tebas significó la creación de una administración mucho más compleja, para controlar no sólo los territorios egipcios sino también los que habían sido conquistados. La expansión exigió también transformaciones internas, como la creación de un gran ejército profesional, del que hasta entonces carecía el país, y la llegada de prisioneros de guerra que, transformados en mano de obra esclava, aportaban un nuevo carácter al proceso productivo.

     Desde finales del siglo XIII a.C., la inestabilidad provocada en el Mediterráneo oriental afectó también a Egipto. Las fuentes egipcias hablaban de algunas naves que, pertenecientes a los que se han llamado «Pueblos del Mar», pusieron en peligro a las ciudades del delta, y que fueron vencidas por Ramsés III (dinastía XX) a comienzos del siglo XII a.C., tal y como se perpetuó en las paredes del templo de Medinet Habu. La victoria impidió que la destrucción en el delta fuera mayor, pero Egipto perdió ya casi definitivamente su papel internacional. Nuevos pueblos aparecían ahora asentados en diferentes lugares de la costa del Mediterráneo oriental, como los «Peleset» (Filisteos), mencionados en las fuentes egipcias, que se establecieron en la llanura de Gaza, transformando las relaciones entre las comunidades de la región. Egipto perdió el control de los territorios orientales.

     Desde finales del II milenio (III período intermedio), ninguna autoridad política egipcia conseguirá la unidad del estado. La región del delta, que siempre había tenido una población más cosmopolita, vivió iniciativas políticas de individuos de origen libio que reclamaban para sí la representación de esta monarquía milenaria, pero que no fueron capaces de controlar casi más que el territorio del Bajo Egipto. Mientras tanto, en el sur, algunos señores nubios reclamaban la autoridad sobre el valle.

     Todo el Próximo Oriente se encontraba, por entonces, bajo dominio de los Asirios, que habían establecido un imperio de control político y tributario sobre muchos territorios, incluso sobre Egipto. Una dinastía de Sais (dinastía XXVI), en el delta, iniciada con Psamético I, se libró del yugo asirio y extendió su poder por todo el valle.

     Desde el siglo VI a.C., Egipto se convirtió ya en provincia de sucesivos estados. En 525 a.C., el rey persa Cambises lo incorporó a su imperio como una de las satrapías más occidentales. En 332 a.C., Alejandro Magno lo conquistó como parte de su gran imperio oriental, y fundó Alejandría, que desde entonces se convirtió en la capital del estado. A su muerte, el país quedaba bajo el gobierno de los Lágidas. El año 31 a.C., una descendiente de esta dinastía helenística, la reina Cleopatra VII, se vio implicada en las luchas de los últimos momentos de la república romana. Aliada con Marco Antonio, ambos fueron vencidos por Augusto el 31 a.C. y Egipto se convirtió en provincia romana.





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