Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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Los «Pueblos del Mar». Los filisteos Volver al principio

En el templo funerario de Ramsés III en Medinet Habu se grabaron relieves y textos alusivos a las grandes batallas libradas por este faraón de la XX Dinastía durante su reinado (1192-1160). Una de estas batallas tuvo lugar contra los «Pueblos del Mar», un conjunto heterogéneo de pueblos cuyas naves atacaron y destruyeron los más importantes centros del Mediterráneo oriental, coincidiendo con los momentos finales de la Edad del Bronce. La victoria de Ramsés III evitó su entrada en Egipto.
Entre los Pueblos del Mar mencionados en Medinet Habu están los «Peleset», identificados con los Filisteos, que se asentaron en la costa sur del levante mediterráneo y se encontraban en las comunidades que protagonizaron la vida de esa región durante la Primera Edad del Hierro. A ellos se atribuye generalmente el nombre de Palestina que recibe la región.
La historiografía actual tiende a localizar el origen de los Filisteos en el Egeo, en donde los grandes centros micénicos han sufrido destrucciones, una identificación que la arqueología parece constatar (Pilar González-Conde).

Los países extranjeros conspiraron en sus islas. Repentinamente, los países se pusieron en movimiento y se diseminaron en <son de guerra>. Ninguna tierra podía sostenerse frente a sus armas, desde Kheta, Kode, Karkemish, Arzawa y Alasiya en adelante, siendo amputadas de una vez. <Levantaron> un lugar en Amor. Asolaron a su gente y su tierra fue como lo que nunca había existido. Avanzaban hacia Egipto mientras la llama se preparaba ante ellos. Su confederación la formaban los peleset, tjeker, shekelesh, denyen y weshesh. [Estos] países estaban unidos y pusieron sus manos sobre los países hasta el círculo de la tierra, con los corazones llenos de confianza y seguridad: ¡Nuestros propósitos triunfarán!
Pero el corazón de este dios, el señor de los dioses, hizo que estuviera preparado y dispuesto para atraparlos como aves salvajes; él me proporcionó la fuerza y motivó que mis planes se realizaran. Salí adelante, iniciado en estas cosas maravillosas.
Organicé mi frontera en Djahi, preparé frente a ellos a príncipes, jefes de guarniciones y maryannu. Hice equipar las bocas de los ríos como una poderosa muralla, con naves de guerra, de transporte y barcas con la tripulación [completa], pues las ocupaban de proa a popa valientes guerreros cargados con sus armas. Las tropas consistían en hombres escogidos de Egipto. Eran como leones rugiendo en las cimas de las montañas. La fuerza de carros se componía de corredores, de hombres entrenados, de todo guerrero de carro bueno y capaz. Los caballos estremecían cada parte de su cuerpo, dispuestos a aplastar a los pueblos extranjeros bajo sus cascos. Yo era como el valiente Montu, firme frente a ellos para que pudiesen ver la lucha cuerpo a cuerpo de mis brazos. Yo, el Rey del Alto y del Bajo Egipto, Usermaatre Meri-Amón, hijo de Re, Rameses, gobernador de Heliópolis. Yo, yo soy el que actúa, el intrépido, consciente de su fuerza, el héroe que salva su ejército el día del combate.
De aquéllos que llegaron a mi frontera, su simiente ya no existe, su corazón y su alma desaparecieron para siempre jamás. Aquéllos que vinieron juntos por mar, el fuego todo estuvo delante de ellos en las bocas de los ríos y una empalizada de lanzas los rodeó en la playa. Fueron rechazados y tendidos en la orilla, muertos y amontonados de proa a popa de sus barcas. Todos sus bienes fueron arrojados al agua.
He hecho que los países se arredren [incluso] al mencionar Egipto; y cuando pronuncian mi nombre en su tierra arden. Desde que me senté en el trono de Horakhti y la Serpiente-diadema se colocó en mi frente como Re, no he permitido que los países extranjeros contemplaran las fronteras de Egipto a <... entre ellos>. En cuanto a los Nueve Arcos, he arrebatado sus tierras y añadido sus fronteras a las mías. Sus príncipes y sus gentes han venido a mí con plegarias. Yo llevo a cabo los proyectos del Señor del todo, augusto, divino padre, señor de los dioses.

Versión de Federico Lara, El Egipto Faraónico, Madrid, Ed. Istmo, 1991, pp. 179-180



Los «Pueblos del Mar». El ataque a Alasiya y Ugarit Volver al principio

A finales del siglo XIII y comienzos del XII a.C., el Mediterráneo oriental soportó una serie de ataques que culminaron con la destrucción de los principales centros costeros y cuyo protagonismo se atribuye a los Pueblos del Mar. El término agrupa a diversos pueblos, cuya actuación conjunta no ha podido ser totalmente aclarada, pero que aparecen en diferentes archivos bajo denominaciones particulares, como los «Peleset» o los «Ahhiyawa».
En los archivos de Ugarit (al norte de la franja Sirio-Palestina) se encontraron, entre otros documentos, dos textos que se refieren a la amenaza sufrida en todo el Mediterráneo oriental. El primero es una carta del rey de Alashiya (Chipre) al rey de Ugarit en la que le insta a defenderse ante el enemigo que se acerca. En el segundo, probablemente la respuesta, el monarca de Ugarit se consigna el daño ya irreparable que las naves enemigas han producido en su reino.
En toda la región se multiplicaron los ataques, que afectaron a la costa de Anatolia, al levante mediterráneo e incluso al delta del Nilo (aquí Ramsés III los expulsó), provocando las destrucciones de lugares como Biblos o Ugarit. El panorama siguiente en la región es el cambio en los centros de poder, la constatación de la presencia de nuevos pueblos y el comienzo de la Edad del Hierro (Pilar González-Conde).

Carta del rey de Alashiya (Chipre) al rey Hammurabi II de Ugarit
«Esto dice el rey a Hammurabi rey de Ugarit. Salud, que los dioses te conserven sano. Lo que me has escrito "se ha divisado en el mar al enemigo navegando". Bien, ahora, incluso si es cierto que se han visto barcos enemigos, mantente firme. En efecto, acerca de tus tropas, tus carros ¿dónde están situados? ¿Están situados a mano o no? ¿Quién te presiona tras el enemigo? Fortifica tus ciudades, establece en ellas tus tropas y tus carros y espera al enemigo con pie firme».

Respuesta del rey de Ugarit Hammurabi II al rey de Alashiya (Chipre)
«Al rey de Alashiya. Mi padre, esto dice el rey de Ugarit su hijo. Me postro a los pies de mi padre. Salud a mi padre, a tu casa, tus esposas, tus tropas, a todo lo que pertenece al rey de Alashiya, mucha, mucha salud. Mi padre, los barcos enemigos ya han estado aquí, han prendido fuego en mis ciudades y han causado grave daño en el país. Mi padre, ¿no sabías que todas mis tropas estaban situadas en el país hitita, y que todos mis barcos se encontraban aún en el país de Lukka y todavía no han regresado? De este modo, el país está abandonado a su propia suerte... Que mi padre sepa que siete barcos enemigos han venido y ocasionado gran daño. Si en adelante hay más barcos comunícamelo para que pueda decidir qué hacer (o "saber lo peor").»

Versión de Jaime Alvar, Akal, Historia del Mundo Antiguo 7. Los Pueblos del Mar y otros movimientos de pueblos a fines del II milenio, Madrid, Ed. Akal, p. 28



Destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor II Volver al principio

Durante la campaña emprendida en 598 a.C. contra los territorios occidentales, Nabucodonosor II (606-562 a.C.) arrasó Judea y conquistó Jerusalén (597 a.C.). El templo fue saqueado, el rey Joaquim y parte de la población deportados a Babilonia, y Sedecías instalado en el trono por el vencedor. Sin embargo, nueve años después, instigado por Egipto y desoyendo los consejos del profeta Jeremías, Sedecías se levantó contra Babilonia. La respuesta de Nabucodonosor no se hizo esperar: puso sitio a Jerusalén en enero de 588, y en julio del año siguiente entró en la ciudad, arrasó el templo y deportó a Babilonia a la mayor parte de la población. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

El año noveno del reinado de Sedecías, el día diez del mes décimo, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino con todo su ejército contra Jerusalén, acampó ante ella, y levantaron contra ella ingenios en derredor. La ciudad estuvo cercada hasta el año undécimo del reinado de Sedecías. El día nueve del cuarto mes del año undécimo de Sedecías era grande el hambre en la ciudad, y no había ya pan para la gente del pueblo. Entonces abrieron brecha en la ciudad, y toda la gente de guerra huyó de noche por el camino de la puerta entre los muros, cerca del jardín del rey, mientras los caldeos tenían cercada la ciudad. Los huidos tomaron el camino del Arabá; pero el ejército de los caldeos persiguió al rey y le dio alcance en los llanos de Jericó, y todo su ejército se dispersó, dejándole. Apresaron al rey y le llevaron al rey de Babilonia, a Ribla, y le sentenciaron. Los hijos de Sedecías fueron degollados en su presencia; a Sedecías le sacaron los ojos, y cargado de cadenas de bronce, le llevaron a Babilonia.
El día séptimo del quinto mes -era el año diecinueve del reinado de Nabucodonosor en Babilonia- Nebuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, entró en Jerusalén, quemó el templo de Yavé, el palacio real y todas las casas de Jerusalén. Todo el ejército de los caldeos, que estaba con el jefe de la guardia, demolió las murallas que rodeaban a Jerusalén. Nebuzardán, jefe de la guardia, llevó cautivos a los que habían quedado en la ciudad, de los que se rindieron al rey de Babilonia, y al resto de la gente, fuera de algunos pobres que dejó como viñadores y labradores.
Los caldeos rompieron las columnas de bronce que había en la casa de Yavé, las basas, el mar de bronce que había en la casa de Yavé, y se llevaron el bronce a Babilonia. Se apoderaron de los ceniceros, las tenazas, las palas, los cuchillos, las tazas y todos los utensilios de bronce con que se hacía el servicio.
El jefe de la guardia se apoderó también de los braseros, las copas y todo cuanto era de oro y de plata. Las dos columnas, el mar, las basas que Salomón había hecho para la casa de Yavé; todos los utensilios de bronce tenían un peso incalculable. La altura de una columna era de dieciocho codos, y tenía encima un capitel de bronce de tres codos de altura, y en derredor del capitel había trenzados y granadas, todo de bronce; y lo mismo la otra columna. El jefe de la guardia prendió a Serayas, sumo sacerdote; a Sofonías, el segundo sacerdote, y a los tres guardias del atrio; y de la ciudad, a un eunuco que tenía a sus órdenes la gente de guerra, a cinco hombres de los consejeros del rey que fueron encontrados en la ciudad, al secretario del jefe del ejército encargado del alistamiento y a sesenta más del pueblo que se hallaban en la ciudad. Nebuzardán, jefe de la guardia, los apresó y los llevó a Ribla, al rey de Babilonia. El rey de Babilonia les dio muerte en Ribla, en tierra de Jamat. Así fue llevado cautivo Judá lejos de su tierra.

2 Reyes 25, 1-21, traducción de Eloíno Nacar, Alberto Colunga, Sagrada Biblia, Madrid, 1977 (1.ª ediciónn 1969).


Circunnavegación de África Volver al principio

De acuerdo con la noticia proporcionada por Heródoto, el primer viaje que consiguió rodear toda el África fue realizado por navegantes fenicios encargados de dicha empresa por el faraón saíta Necao (609-594 a.C.), casi dos mil años antes de que los portugueses doblasen el cabo de Buena Esperanza. Carecemos de informaciones que confirmen dicha hazaña, pero, tal como han apuntado diversos autores modernos, no deja de ser significativo lo apuntado a propósito de la posición del sol cuando éste es contemplado desde el hemisferio austral.
Denominado tradicionalmente el «padre de la Historia», Heródoto (ca. 485-425 a.C.) nació en Halicarnaso, en la costa suroccidental de Asia Menor, viajó a Egipto, Fenicia, Mesopotamia y Escitia, y residió en la Atenas de Pericles, donde formó parte en 444/443 a.C. de la expedición destinada a fundar la colonia panhelénica de Thurios en Magna Grecia. Dedicando cada uno de los nueve libros que la componen a una de las Musas redactó su Historia, una obra inacabada que alcanza desde la época mítica hasta la Segunda Guerra Médica (479 a.C.), centrada en el enfrentamiento entre Europa y Asia, y salpicada de excursos de carácter etnográfico referidos a las tierras por las que viajó su autor. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

En ese sentido, es evidente que Libia está rodeada de agua por todas partes, salvo por el lado en que confina con Asia; que nosotros sepamos, el rey de Egipto Neco fue el primero que lo demostró, ya que, tras interrumpir la excavación del canal que, desde el Nilo, se dirigía al golfo arábigo, envió en unos navíos a ciertos fenicios, con la orden de que, a su regreso, atravesaran las Columnas de Heracles hasta alcanzar el mar del norte y llegar de esta manera a Egipto. Los fenicios, pues, partieron del mar Eritreo y navegaron por el mar del sur. Y cuando llegaba el final del otoño, atracaban en el lugar de Libia en que, en el curso de su travesía, a la sazón se encontraran, sembraban la tierra y aguardaban hasta la siega. Y, una vez recogida la cosecha, reemprendían la navegación, de manera que, cuando habían transcurrido dos años, en el tercer año de travesía, doblaron las Columnas de Heracles y arribaron a Egipto. Y contaban -cosa que, a mi juicio, no es digna de crédito, aunque puede que lo sea para alguna otra persona- que, al contornear Libia, habían tenido el sol a mano derecha.
Así fue como se conoció por vez primera el contorno de Libia; y posteriormente han sido los cartagineses quienes lo han confirmado.

Heródoto, Historia, IV 42, 2 - 43, 1, traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.





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