Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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La sociedad homérica Volver al principio

La más antigua épica griega, representada por la Ilíada y la Odisea, ha sido atribuida a Homero, una figura de cuya existencia histórica a menudo se ha dudado. Enmarcados en el contexto de la Guerra de Troya, los episodios de la cólera de Aquiles y del regreso de Odiseo a su hogar en Ítaca delatan, con sus reiteraciones y contradicciones, una procedencia oral que quedaría fijada por escrito hacia el siglo VIII a.C., ya fuese por la mano de un único autor identificable con el citado Homero o tal vez por un grupo de ellos. De un modo u otro, la sociedad reflejada en los denominados Poemas Homéricos refleja la existencia de una clara distancia entre el pueblo común y los considerados «mejores», una aristocracia de jefes guerreros que participan en la asamblea con derecho a hablar y entre los cuales uno destaca como primus inter pares que asume la distribución de los bienes conquistados en la guerra. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Él, por su parte, yendo al encuentro del Atrida Agamenón recibió su ancestral cetro, siempre inconsumible, y con él fue por las naves de los aqueos, de broncíneas túnicas. A cada rey y sobresaliente varón que encontraba, con amables palabras lo retenía, deteniéndose a su lado: «¡Infeliz! No procede infundirte miedo como a un cobarde; sé tú mismo quien se siente y detenga a las demás huestes. Pues aún no sabes con certeza la intención del Atrida. Ahora nos prueba, mas pronto castigará a los hijos de los aqueos. ¿No hemos escuchado todos en el consejo qué ha dicho? Cuida de que su ira no cause daño a los hijos de los aqueos. Grande es la animosidad de los reyes, criados por Zeus. Su honra procede de Zeus, y el providente Zeus lo ama».
Mas al hombre del pueblo que veía y encontraba gritando, con el cetro le golpeaba y le increpaba de palabra: «¡Infeliz! Siéntate sin temblar y atiende a los demás, que son más valiosos. Tú eres inútil y careces de coraje: ni en el combate nunca se te tiene en cuenta ni en la asamblea. De ninguna manera seremos aquí reyes todos los aqueos. No es bueno el caudillaje de muchos; sea uno solo el caudillo, uno solo el rey, a quien ha otorgado el taimado hijo de Crono el cetro y las leyes, para decidir con ellos en el consejo».
Así recorrió como caudillo el campamento. A la asamblea de nuevo se precipitaron desde las naves y las tiendas entre ecos, como cuando la hinchada ola del fragoroso mar en una gran playa brama, y el ponto retumba.
Todos se fueron sentando y se contuvieron en sus sitios. El único que con desmedidas palabras graznaba aún era Tersites, que en sus mientes sabía muchas y desordenadas palabras para disputar con los reyes locamente, pero no con orden, sino en lo que le parecía que a ojos de los argivos ridículo iba a ser. Era el hombre más indigno llegado al pie de Troya: era patizambo y cojo de una pierna; tenía ambos hombros encorvados y contraídos sobre el pecho; y por arriba tenía cabeza picuda, y encima una rala pelusa floreaba. Era el más odioso sobre todo para Aquiles y para Ulises, a quienes solía recriminar. Mas entonces al divino Agamenón injuriaba en un frenesí de estridentes chillidos. Los aqueos le tenían horrible rencor y su ánimo se llenó de indignación. Mas él con grandes gritos recriminaba a Agamenón de palabra:
«¡Atrida! ¿De qué te quejas otra vez y de qué careces? Llenas están tus tiendas de bronce, y muchas mujeres hay en tus tiendas para ti reservadas, que los aqueos te damos antes que a nadie cuando una ciudadela saqueamos. ¿Es que aún necesitas también el oro que te traiga alguno de los troyanos, domadores de caballos, de Ilio como rescate por el hijo que hayamos traído atado yo u otro de los aqueos, o una mujer joven, para unirte con ella en el amor, y a la que tú solo retengas lejos? No está bien que quien es el jefe arruine a los hijos de los aqueos. ¡Blandos, ruines baldones, aqueas, que ya no aqueos! A casa, sí, regresemos con las naves, y dejemos a éste aquí mismo en Troya digerir el botín, para que así vea si nosotros contribuimos o no en algo con nuestra ayuda quien también ahora a Aquiles, varón muy superior a él, ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder. Mas no hay ira en las mientes de Aquiles, sino indulgencia; si no, Atrida, ésta de ahora habría sido tu última afrenta».
Así habló recriminando a Agamenón, pastor de huestes, Tersites. A su lado pronto se plantó el divino Ulises y, mirándolo con torva faz, le amonestó con duras palabras:
«¡Tersites, parlanchín sin juicio! Aun siendo sonoro orador, modérate y no pretendas disputar tú solo con los reyes. Pues te aseguro que no hay otro mortal más vil que tú de cuantos junto con los Atridas vinieron al pie de Ilio. Por eso no deberías poner el nombre de los reyes en la boca ni proferir injurias ni acechar la ocasión para regresar. Ni siquiera aún sabemos con certeza cómo acabará esta empresa, si volveremos los hijos de los aqueos con suerte o con desdicha. Por eso ahora al Atrida Agamenón, pastor de huestes, injurias sentado, porque muchas cosas le dan los héroes dánaos. Y tú pronuncias mofas en la asamblea. Mas te voy a decir algo, y eso también quedará cumplido: si vuelvo a encontrarte desvariando como en este momento, ya no tendría entonces Ulises la cabeza sobre los hombros ni sería ya llamado padre de Telémaco, si yo no te cojo y te arranco la ropa, la capa y la túnica que cubren tus vergüenzas, y te echo llorando a las veloces naves fuera de la asamblea, apaleado con ignominiosos golpes».
Así habló, y con el cetro la espalda y los hombros le golpeó. Se encorvó, y una lozana lágrima se le escurrió. Un cardenal sanguinolento le brotó en la espalda por obra del áureo cetro, y se sentó y cobró miedo. Dolorido y con la mirada perdida, se enjugó el llanto. Y los demás, aun afligidos, se echaron a reír de alegría. Y así decía cada uno, mirando al que tenía próximo: «¡Qué sorpresa! Ulises es autor de hazañas sin cuento por las buenas empresas que inicia y el combate que apresta; mas esto de ahora es lo mejor que ha hecho entre los argivos: cerrarle la boca a éste, un ultrajador que dispara palabrería. Seguro que su arrogante ánimo no le volverá a impulsar otra vez a recriminar a los reyes con injuriosas palabras».

Homero, Ilíada, II 185, 277, traducción de Emilio Crespo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1991.



Las dos ciudades del escudo de Aquiles Volver al principio

En este fragmento de La Ilíada se describen los relieves que Hefesto labró en el escudo que fabricó para el héroe griego Aquiles. El relato, como acertadamente ha planteado Di Donato, contrapone dos ciudades o épocas de la misma ciudad: una pacífica y otra en conflicto. En la primera ciudad se destacan algunos elementos fundamentales de la comunidad cívica como el matrimonio o la acción de la justicia. Llama la atención la escena en la que los hombres reunidos en el ágora se disponen a juzgar los asuntos públicos, para dar sentencias rectas en el círculo sagrado. Se ve la tensión social primigenia entre el individuo y la colectividad, en una comunidad que finalmente asume el conflicto. En la otra ciudad vemos el conflicto sin encauzar que desemboca en la guerra, en la muerte, contrapuesta a la pacífica estampa descrita con anterioridad. (Jaime Molina Vidal).

478     Fabricó en primerísimo lugar un alto y compacto escudo
primoroso por doquier y en su contorno puso una reluciente orla
480     de tres capas, chispeante, a la que ajustó un áureo talabarte.
El propio escudo estaba compuesto de cinco láminas y en él
fue creando muchos primores con su hábil destreza.
Hizo Figurar en él la tierra, el cielo y el mar,
el infatigable sol y la luna llena,
485     así como todos los astros que coronan el firmamento:
las Pléyades, las Híades y el poderío de Orion
y la Osa, que también denominan con el nombre de Carro,
que gira allí mismo y acecha a Orion,
y que es la única que no participa de los baños en el Océano.
490     Realizó también dos ciudades de míseras gentes,
bellas. En una había bodas y convites, y novias
a las que a la luz de las antorchas conducían por la ciudad
desde cámaras nupciales; muchos cantos de boda alzaban su son;
jóvenes danzantes daban vertiginosos giros y en medio de ellos
495     emitían su voz flautas dobles y fórminges, mientras las mujeres
se detenían a la puerta de los vestíbulos maravilladas.
Los hombres estaban reunidos en el mercado. Allí una contienda
se había entablado, y dos hombres pleiteaban por la pena debida
a causa de un asesinato: uno insistía en que había pagado todo
500     en su testimonio público, y el otro negaba haber recibido nada,
y ambos reclamaban el recurso a un arbitro para el veredicto.
Las gentes aclamaban a ambos, en defensa de uno o de otro,
y los heraldos intentaban contener al gentío. Los ancianos
estaban sentados sobre pulidas piedras en un círculo sagrado
505     y tenían en las manos los cetros de los claros heraldos,
con los que se iban levantando para dar su dictamen por turno.
En medio de ellos había dos talentos de oro en el suelo,
para regalárselos al que pronunciara la sentencia más recta.
La otra ciudad estaba asediada por dos ejércitos de tropas
510     que brillaban por sus armas. Contrarios planes les agradaban:
saquearla por completo o repartir en dos lotes todas
las riquezas que la amena fortaleza custodiaba en su interior.
Mas los sitiados no se avenían aún y disponían una emboscada.
Las queridas esposas y los infantiles hijos defendían el muro
515     de pie sobre él, y los varones a los que la vejez incapacitaba;
los demás salían y al frente iban Ares y Palas Atenea,
ambos de oro y vestidos con áureas ropas,
bellos y esbeltos con sus armas, como corresponde a dos dioses,
conspicuos a ambos lados, en tanto que las tropas eran menores.
520     En cuanto llegaron adonde les pareció bien tender la emboscada,
un río donde había un abrevadero para todos los ganados,
se apostaron allí, recubiertos de rutilante bronce.
Dos vigías suyos se habían instalado a distancia de las huestes
al acecho de los ganados y de las vacas, de retorcidos cuernos.
525     Éstos pronto aparecieron: dos pastores les acompañaban,
recreándose con sus zamponas sin prever en absoluto la celada.
Al verlos, los agredieron por sorpresa y en seguida
interceptaron la manada de vacas y los bellos rebaños
de blancas ovejas y mataron a los que las apacentaban.
530     Nada más percibir el gran clamor que rodeaba la vacada,
los que estaban sentados ante los estrados en los caballos,
de suspensas pezuñas, montaron, acudieron y pronto llegaron.
Nada más formar se entabló la lucha en las riberas del río,
y unos a otros se arrojaban las picas, guarnecidas de bronce.
535     Allí intervenían la Disputa y el Tumulto, y la funesta Parca,
que sujetaba a un recién herido vivo y a otro no herido,
arrastraba de los pies a otro muerto en medio de la turba
y llevaba a hombros un vestido enrojecido de sangre humana.
Todos intervenían y luchaban igual que mortales vivos
540     y arrastraban los cadáveres de los muertos de ambos bandos.

Homero, La Ilíada, XVIII, 478-540. Traducción de Emilio Crespo Gúemes, Homero, La Ilíada. Biblioteca Clásica Gredos, 150. Madrid, 1991, 481-483.



El mito de las edades Volver al principio

Hesíodo, el poeta griego autor de Teogonía y Trabajos y días, se presenta como una fuente de información fundamental para la comprensión de los orígenes políticos de Grecia; la configuración de su derecho; la articulación del mito y la creación de la religión en Grecia; la concepción del tiempo histórico y, especialmente, para entender el contexto social conflictivo en el que se desarrollaron las primitivas ciudades-estado griegas del siglo VIII a.C., la conocida stasis de la polis arcaica. En un ambiente cultural aristocrático (s. VIII a.C.), en el que el symposion y la poesía cumplen un papel primordial, la obra de Hesíodo nos muestra un complejo panorama social caracterizado por el enfrentamiento, los pleitos, las deudas, el empobrecimiento campesino y, en definitiva, la inestabilidad de la polis.
El mito de las edades refleja la primitiva concepción griega del tiempo histórico que, en el plano mítico, revisa el pasado de la humanidad como una sucesión de etapas en degradación. Partiendo de la estirpe de oro, que disfrutaba de unas óptimas condiciones de vida, se van sucediendo distintas edades en decadencia (plata, bronce, héroes y hierro). La estirpe de hierro se asocia al presente del autor (último cuarto del siglo VIII a.C.) y su negro futuro vaticina un final en el que la humanidad, abandonada a su suerte por los dioses, habitará un mundo de sufrimientos y maldad, visión extraordinariamente apocalíptica. Este mito, con claros precedentes orientales, postula una visión del tiempo histórico en decadencia, que sitúa su referente de perfección en el pasado más remoto, en los orígenes, por lo que sólo la vuelta al pasado o la renovación del ciclo permite albergar esperanzas. Este planteamiento conservador ha sido dominante en la Historia, como podemos observar en la propia Biblia, y sólo se verá contrapesada con la configuración de la idea de progreso que se consolida a partir de la Ilustración. (Jaime Molina Vidal).

Ahora si quieres te contaré brevemente otro relato, aunque sabiendo de las edades bien -y tu grábatelo en el corazón- cómo los dioses y los hombres mortales tuvieron un mismo origen.
Al principio los Inmortales que habitan mansiones olímpicas crearon una dorada estirpe de hombres mortales. Existieron aquellos en tiempos de Cronos, cuando reinaba en el cielo; vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria; y no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino que, siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas ajenos a todo tipo de males. Morían como sumidos en un sueño; poseían toda clase de alegrías, y el campo fértil producía espontáneamente abundantes y excelentes frutos. Ellos contentos y tranquilos alternaban sus faenas con numerosos deleites. Eran ricos en rebaños y entrañables a los dioses bienaventurados.
Y ya luego, desde que la tierra sepultó esta raza, aquéllos son por voluntad de Zeus démones benignos, terrenales, protectores de los mortales [que vigilan las sentencias y malas acciones yendo y viniendo envueltos en niebla, por todos los rincones de la tierra] y dispensadores de riqueza; pues también obtuvieron esta prerrogativa real.
En su lugar una segunda estirpe mucho peor, de plata, crearon después los que habitan las mansiones olímpicas, no comparable a la de oro ni en aspecto ni en inteligencia. Durante cien años el niño se criaba junto a su solícita madre pasando la flor de la vida, muy infantil, en su casa; y cuando ya se hacía hombre y alcanzaba la edad de la juventud, vivían poco tiempo llenos de sufrimientos a causa de su ignorancia; pues no podían apartar de entre ellos una violencia desorbitada ni querían dar culto a los Inmortales ni hacer sacrificios en los sagrados altares de los Bienaventurados, como es norma para los hombres por tradición. A éstos más tarde los hundió Zeus Crónida irritado porque no daban las honras debidas a los dioses bienaventurados que habitan el Olimpo.
Y ya luego, desde que la tierra sepultó también a esta estirpe, estos genios subterráneos se llaman mortales bienaventurados, de rango inferior, pero que no obstante también gozan de cierta consideración.
Otra tercera estirpe de hombres de voz articulada creó Zeus padre, de bronce, en nada semejante a la de plata, nacida de los fresnos, terrible y vigorosa. Sólo les interesaban las luctuosas obras de Ares y los actos de soberbia; no comían pan y en cambio tenían un aguerrido corazón de metal. [Eran terribles; una gran fuerza y unas manos invencibles nacían de sus hombros sobre robustos miembros.] De bronce eran sus armas, de bronce sus casas y con bronce trabajaban; no existía el negro hierro. También éstos, víctimas de sus propias manos, marcharon a la vasta mansión del cruento Hades, en el anonimato. Se apoderó de ellos la negra muerte aunque eran tremendos, y dejaron la brillante luz del sol.
Y ya luego, desde que la tierra sepultó también esta estirpe, en su lugar todavía creó Zeus Crónida sobre el suelo fecundo otra cuarta más justa y virtuosa, la estirpe divina de los héroes que se llaman semidioses, raza que nos precedió sobre la tierra sin límites.
A unos la guerra funesta y el temible combate los aniquiló bien al pie de Tebas la de siete puertas, en el país cadmeo, peleando por los rebaños de Edipo, o bien después de conducirles a Troya en sus naves, sobre el inmenso abismo del mar, a causa de Helena de hermosos cabellos. [Allí, por tanto, la muerte se apoderó de unos.]
A los otros el padre Zeus Crónida determinó concederles vida y residencia lejos de los hombres, hacia los confines de la tierra. Éstos viven con un corazón exento de dolores en las Islas de los Afortunados, junto al Océano de profundas corrientes, héroes felices a los que el campo fértil les produce frutos que germinan tres veces al año, dulces como la miel, [lejos de los Inmortales; entre ellos reina Cronos.
173 b Pues el propio > padre de < hombres > y < dioses le libró, y ahora siempre > entre ellos goza de respeto como < benigno. Zeus a su vez > otra estirpe creó < de hombres de voz articulada, los que ahora > existen sobre < la tierra fecunda.]
Y luego, ya no hubiera querido estar yo entre los hombres de la quinta generación sino haber muerto antes o haber nacido después; pues ahora existe una estirpe de hierro. Nunca durante el día se verán libres de fatigas y miserias ni dejarán de consumirse durante la noche, y los dioses les procurarán ásperas inquietudes; pero no obstante, también se mezclarán alegrías con sus males.
Zeus destruirá igualmente esta estirpe de hombres de voz articulada, cuando al nacer sean de blancas sienes. El padre no se parecerá a los hijos ni los hijos al padre; el anfitrión no apreciará a su huésped ni el amigo a su amigo y no se querrá al hermano como antes. Despreciarán a sus padres apenas se hagan viejos y les insultarán con duras palabras, cruelmente, sin advertir la vigilancia de los dioses —no podrían dar el sustento debido a sus padres ancianos aquellos [cuya justicia es la violencia—, y unos saquearán las ciudades de los otros]. Ningún reconocimiento habrá para el que cumpla su palabra ni para el justo ni el honrado, sino que tendrán en más consideración al malhechor y al hombre violento. La justicia estará en la fuerza de las manos y no existirá pudor; el malvado tratará de perjudicar al varón más virtuoso con retorcidos discursos y además se valdrá del juramento. La envidia murmuradora, gustosa del mal y repugnante, acompañará a todos los hombres miserables.
Es entonces cuando Aidos y Némesis, cubierto su bello cuerpo con blancos mantos, irán desde la tierra de anchos caminos hasta el Olimpo para vivir entre la tribu de los Inmortales, abandonando a los hombres; a los hombres mortales sólo les quedarán amargos sufrimientos y ya no existirá remedio para el mal.

Hesíodo, Trabajos y días, 106- 201. Traducción de Aurelio Pérez Jiménez, Hesíodo, Obras. Biblioteca Básica Gredos, Barcelona, 2000, 70-74.



Las colonizaciones Volver al principio

El fenómeno colonizador se plasma en la fundación de ciudades independientes que nacen como estados soberanos allí donde una expedición de hombres libres, dirigida por un magistrado jefe, llega a un lugar cuyas condiciones geográficas, estratégicas, climáticas, etc. resultan favorables para el establecimiento. Impulsados desde la metrópoli por la falta de tierras, el aumento de población, calamidades, guerras o razones políticas, los griegos se extendieron de este modo a lo largo del Mediterráneo y el Mar Negro en un fenómeno característico de los siglos VIII y VII a.C.
Denominado tradicionalmente el «padre de la Historia», Heródoto (ca. 485-425 a.C.) nació en Halicarnaso, en la costa suroccidental de Asia Menor, viajó a Egipto, Fenicia, Mesopotamia y Escitia, y residió en la Atenas de Pericles, donde formó parte en 444/443 a.C. de la expedición destinada a fundar la colonia panhelénica de Thurios en Magna Grecia. Dedicando cada uno de los nueve libros que la componen a una de las Musas redactó su Historia, una obra inacabada que alcanza desde la época mítica hasta la Segunda Guerra Médica (479 a.C.), centrada en el enfrentamiento entre Europa y Asia, y salpicada de excursos de carácter etnográfico referidos a las tierras por las que viajó su autor. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Teras, hijo de Autesión, nieto de Tisámeno, bisnieto de Tersandro y tataranieto de Polinices, se disponía a partir de Lacedemonia para fundar una colonia (...) En la isla que en la actualidad recibe el nombre de Tera, la misma que antes se llamaba Caliste, vivían unos descendientes del fenicio Membliarao, hijo de Pecilas. Resulta que Cadmo, hijo de Agenor, cuando regresaba a Europa, arribó a la isla que en la actualidad se llama Tera. Y al arribar a dicho lugar, ya fuera que el terreno le agradara o que, por algún otro motivo, le viniera en gana hacer lo que hizo, el caso es que en esa isla dejó a varios fenicios y, entre ellos, a Membliarao, uno de sus parientes. Estas gentes habitaron la isla llamada Caliste por espacio de ocho generaciones antes de que Teras llegara procedente de Lacedemonia.
Pues bien, tomando consigo gente de las tribus, Teras se dispuso a partir hacia dicha isla con la intención de formar una misma comunidad con sus habitantes y sin ánimo alguno de expulsarlos, sino ansiando ganarse su amistad sinceramente. Y como, por su parte, los minias que habían escapado de la prisión estaban asentados en el Taigeto y los lacedemonios tenían el propósito de matarlos, Teras intercedió para que no se produjera una carnicería y se comprometió a sacarlos personalmente del país. Los lacedemonios se mostraron de acuerdo con esta proposición y Teras partió con tres trieconteros para reunirse con los descendientes de Membliarao, aunque no se llevó a todos los minias, sino sólo a unos pocos (...) Y por su parte la isla recibió la denominación de Tera en honor de su colonizador (...)
Grino, hijo de Esanio, que descendía del susodicho Teras y que era rey de la isla de Tera, llegó a Delfos llevando consigo una hecatombe ofrecida por su ciudad. Le acompañaban varios conciudadanos suyos y, entre ellos, Bato, hijo de Polimnesto, que pertenecía a la familia de Eufemo, uno de los minias. Pues bien, cuando Grino, rey de los tereos, estaba consultando al oráculo sobre otras cuestiones, la Pitia le respondió que fundara una ciudad en Libia. Entonces el rey le respondió en estos términos: «Yo, Señor, ya soy demasiado viejo e incapaz para llevar a cabo la empresa; impón, pues, esta tarea a cualquiera de los jóvenes aquí presentes». Y al tiempo que decía estas palabras, señalaba a Bato.
Por el momento eso fue todo. Pero, posteriormente, una vez de regreso, hicieron caso omiso del oráculo, pues no sabían en qué parte de la tierra se encontraba Libia y no se atrevían a enviar una colonia a un destino desconocido (...) Despacharon emisarios a Creta para que se informase de si algún cretense o algún meteco había llegado hasta Libia (...) De Tera, primeramente, zarparon unos exploradores (...) Los de Tera decidieron enviar, de cada dos hermanos, al que la suerte designase, y que hubiese expedicionarios de todos los distritos, que eran siete; su jefe, a la par que rey, sería Bato. Así pues, enviaron a Platea dos penteconteros (...)
Resulta que, cuando Bato se hizo un hombre, se dirigió a Delfos para formular una consulta sobre su voz; y, a su pregunta, la Pitia le dictó la siguiente respuesta: «Bato, a preguntar por tu voz has venido; pero el Soberano Febo Apolo te envía a Libia, tierra de pingües rebaños, a fundar una colonia» (...) Entonces él le respondió en los siguientes términos: «Señor, yo he acudido ante ti para formularte una consulta a propósito de mi voz; tú, en cambio, me respondes hablándome de otras cosas, de unos imposibles al ordenarme que funde una colonia en Libia; ¿con qué medios? ¿con qué colonos?» (...)
Dado que los de Tera ignoraban la causa de sus desdichas, despacharon emisarios a Delfos para que consultaran al oráculo sobre los males que les aquejaban. Por su parte la Pitia les respondió que todo iría mejor si iban con Bato a colonizar Cirene en Libia. Tras esta respuesta, los tereos enviaron a Bato con dos penteconteros (...) Colonizaron una isla situada en la costa libia, cuyo nombre, como ya he indicado anteriormente, es Platea (...) En dicha isla vivieron por espacio de dos años (...) El dios no los eximía de fundar la colonia hasta que acabaran llegando a la mismísima Libia. Y, al arribar a la isla, recogieron al que habían dejado allí y colonizaron un paraje de Libia propiamente dicha, situado en frente de la isla, cuyo nombre era Aciris, paraje al que por dos lados encuadran hermosísimos sotos, así como un río que corre por el flanco restante.

Heródoto, Historia, IV 147-157 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.



La Tiranía Volver al principio

En la Arqueología o introducción a su Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides repasa la historia de los griegos anterior a su propia época y dedica por ello un breve pasaje a las tiranías, un fenómeno característico del mundo griego entre los siglos VII y VI a.C. al que este historiador volverá más tarde refiriéndose ya concretamente al caso de Atenas. Producto de la crisis de los sistemas aristocráticos, el tirano se hace con el poder mediante la fuerza y el apoyo de las capas populares y, alejado de la valoración peyorativa que posteriormente se atribuirá a dicha denominación, se erige en defensor de la población con medidas como el reparto de tierras, la protección de los pobres y la potenciación de las construcciones públicas.

El historiador ateniense Tucídides (ca. 460-396 a.C.) es universalmente conocido por su Historia de la Guerra del Peloponeso, relato incompleto en ocho libros, se interrumpe en los sucesos del año 411, del enfrentamiento protagonizado durante el último tercio del siglo V a.C. por Atenas y sus aliados de un lado y Esparta y los suyos de otro. Elegido estratega en 424 a.C., sin embargo el fracaso ante Anfípolis provocó su marcha al exilio, de donde retornó a Atenas una vez finalizada la guerra en 404. Con la perspectiva que le proporciona todo ello, interpreta los hechos en función del contexto, los actores y sus motivaciones, razón por la cual ha sido considerado el creador de la Historia en el sentido moderno del término. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Por lo que respecta a los tiranos, todos los que estaban establecidos en las ciudades griegas, mirando sólo por sus intereses, tanto por su seguridad personal como por el engrandecimiento de su propia casa, gobernaban las ciudades con la máxima prudencia posible, y no llevaron a cabo ninguna empresa digna de mención, salvo alguna guerra particular contra sus vecinos respectivos. Los tiranos de Sicilia, en cambio, llegaron a los niveles más altos de poder. Así, por motivos de todo tipo, Grecia se vio obligada durante mucho tiempo a no realizar nada notable en común y a que las empresas de cada una de sus ciudades carecieran de audacia.
Pero después que los tiranos de Atenas y los del resto de Grecia, regida también antes en muchos sitios por tiranías, es decir, la mayoría de los tiranos y los últimos si exceptuamos los de Sicilia, fueron derrocados por los lacedemonios (pues Lacedemonia, después de su fundación por los dorios, que la siguen habitando actualmente aunque fue, de los que conocemos, el país que sufrió disensiones internas durante más tiempo, sin embargo desde muy antiguo tuvo buenas leyes y siempre se vio libre de tiranos, con lo que son unos cuatrocientos años o unos pocos más los que han pasado hasta el final de nuestra guerra desde que los lacedemonios tienen la misma Constitución, y por esto se han hecho poderosos y han impuesto su criterio en las otras ciudades), después de la expulsión de los tiranos de Grecia, como decía, no muchos años después, tuvo lugar la batalla de Maratón entre los medos y los atenienses. (...)
En realidad, el conjunto de sus acciones [i.e., de Hiparco, hijo de Pisístrato, tirano de Atenas] de gobierno tampoco resultó molesto para la mayoría, sino que ejerció su autoridad sin despertar odios; ciertamente estos tiranos dieron pruebas de virtud e inteligencia durante mucho tiempo, y, exigiendo a los atenienses tan sólo la vigésima parte de sus productos, embellecieron magníficamente su ciudad, llevaron a término las guerras y sufragaron los sacrificios de los templos. En general la ciudad siguió gobernándose según las leyes preexistentes, con la excepción de que siempre se cuidaban de que uno de ellos estuviera presente en las magistraturas.

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, I 17-18 y VI 54, 5-6, traducción de Juan José Torres, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1990.





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