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La Anábasis de los Diez Mil Volver al principio

En 401 a.C., tres años después de subir al trono el persa Artajerjes II, su hermano menor Ciro se rebeló en su satrapía de Asia Menor, reclutó diez mil mercenarios griegos y marchó contra el Gran Rey, pero fue derrotado en Cunaxa, no lejos de Babilonia. Muertos en combate los jefes griegos y elegidos otros entre los que se encontraba el propio Jenofonte, el resto del ejército retornó a Grecia a través de casi cuatro mil kilómetros de territorio enemigo remontando el Tigris y atravesando Armenia hasta el Mar Negro.
Jenofonte de Atenas (ca. 430-355 a.C.) fue discípulo de Sócrates y participó en la rebelión contra el soberano persa Artajerjes II encabezada por Ciro el Joven, hermano de este último. Desterrado de Atenas por haber combatido contra su patria al lado de Agesilao de Esparta en 394 a.C., tras la derrota de los lacedemonios en Leuctra (371 a.C.) habitó en Corinto, donde murió. Escribió acerca de cuestiones tan diversas como política, economía, equitación o caza, pero sus obras más importantes son la Anábasis -relato de la expedición y el retorno de los diez mil mercenarios de Ciro-, las Helénicas -historia de Grecia entre 411 y 362 a.C. con la que se proponía continuar la de Tucídides- y la Ciropedia -novelización de la vida del persa Ciro el Grande con intención moralizante-, así como obras filosóficas vinculadas a su formación al lado de Sócrates (Apología de Sócrates, Recuerdos de Sócrates, Banquete). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Una vez que los estrategos habían sido detenidos y que los capitanes y los soldados que les acompañaban habían sido ejecutados, en gran apuro se encontraban los griegos, creyendo que estaban a las puertas del Rey rodeados por todas partes de muchas tribus y ciudades enemigas y que ya nadie iba a ofrecerles mercado. Además distaban de Grecia no menos de diez mil estadios y ningún guía tenían para el viaje. Ríos infranqueables se interponían en el camino de regreso a la patria. Y los bárbaros que Ciro trajo consigo los habían traicionado. Se habían quedado solos, sin tener siquiera un jinete aliado, de manera que estaba bien claro que, vencedores, a nadie matarían y, derrotados, ninguno de ellos sobreviviría. Con estas consideraciones y estando desanimados, sólo unos pocos al atardecer probaron la comida, y algunos encendieron fuego, y la mayoría no acudieron al campamento aquella noche. Cada cual se acostaba donde buenamente le cogía la noche, no pudiendo dormir de aflicción, de nostalgia de su patria, de sus padres, de sus esposas, de sus hijos, a los que creían que no iba a volver a ver. Con esta disposición de ánimo descansaban todos.
Había en el ejército un ateniense, Jenofonte, que los acompañaba no como estratego, ni como capitán ni como soldado, sino que Próxeno, que era su amigo desde antiguo, lo había animado a dejar su patria. Y le había prometido que, si iba, le procuraría la amistad de Ciro, cosa que él tenía para sí mismo en mayor estima que su propia patria. En efecto, Jenofonte, después de leer la carta, consultó con Sócrates de Atenas a propósito del viaje. Y Sócrates -temiendo que la ciudad le pudiera reprochar a Jenofonte el convertirse en amigo de Ciro, puesto que, al parecer, Ciro había colaborado resueltamente con los lacedemonios en la guerra contra Atenas- aconseja a Jenofonte ir a Delfos a consultar al dios a propósito del viaje. Fue Jenofonte y preguntó a Apolo a qué dios debía ofrecer sacrificios y plegarias para realizar, de la manera más provechosa y en óptimas condiciones, el viaje que tenía en proyecto y para volver sano, después de haber triunfado en su misión. Y le indicó Apolo los dioses a los que debía ofrecer sacrificios. Y una vez que regresó, contó a Sócrates el oráculo. Y éste, después de escucharlo, le censuró que no hubiese preguntado en primer lugar si era mejor para él, emprender el viaje o quedarse, sino que, habiendo decidido personalmente que debía ir, se limitara a informarse sobre la manera más provechosa de realizar el viaje. Sin embargo, dijo, ya que has preguntado en estos términos, conviene que hagas cuanto el dios te ha ordenado. Jenofonte, después de haber ofrecido así los sacrificios a los dioses indicados por Apolo, se hizo a la mar, y se encontró en Sardes con Próxeno y Ciro, que estaban a punto ya de partir, y entabló relaciones con Ciro. Y mientras Próxeno lo animaba a quedarse, también Ciro se sumaba a este deseo y le dijo que, tan pronto como terminara la expedición, de inmediato lo devolvería a su país. Se decía que la expedición era contra los písidas. Tomaba parte en esta expedición militar, engañado de este modo -no por Próxeno, pues él no sabía que el ataque fuera contra el Rey, ni tampoco ningún otro griego, a excepción de Clearco. Sin embargo, cuando llegaron a Cilicia, parecía ya claro para todos que la expedición era contra el Rey. Pero ya entonces, temiendo las dificultades del camino y contra su voluntad, la mayoría lo siguieron por respeto a Ciro y a los demás. Entre éstos se encontraba también Jenofonte.
A causa de las dificultades existentes, compartía la aflicción de los demás y no podía dormir. Sin embargo, durante un momento en el que consiguió dormir, tuvo un sueño. Le pareció que descargaba una tormenta y que un rayo caía en la casa de su padre y que, por esta causa, resplandecía toda. Muy asustado, se despertó de inmediato y, por una parte, juzgaba el sueño favorable, porque en medio de fatigas y peligros creyó ver una gran luz procedente de Zeus. Pero si consideraba que el sueño procedía de Zeus como Rey, el fuego que brillaba alrededor suyo temía que significara la imposibilidad de salir del territorio del Rey porque muchos obstáculos lo impedirían. Cuál es el significado de un sueño tal, es posible conocerlo por lo que sucedió después del sueño. Y ocurrió lo siguiente. Tan pronto como despertó, se le ocurrió en primer lugar esta idea: «¿Por qué estoy acostado? La noche avanza. Y con el día es lógico que los enemigos vengan. Si caemos en manos del Rey, ¿qué impedirá que nosotros, después de haber visto todo lo más penoso, después de haber sufrido todo lo más terrible, muramos ignominiosamente? Mas, de cómo nos defenderemos, nadie se prepara ni se preocupa, sino que continuamos acostados, como si pudiéramos permanecer inactivos. Por consiguiente, respecto a mí, ¿de qué ciudad espero que acuda el estratego que hará lo necesario?, ¿a qué edad espero llegar? Porque yo, al menos, ya no llegaré a viejo, si hoy me entrego al enemigo».
A continuación se levanta y convoca primero a los capitanes de Próxeno. Cuando estuvieron reunidos, dijo: «Yo, capitanes, no puedo dormir, ni creo que tampoco vosotros, ni puedo seguir acostado a la vista de la situación en la que nos encontramos. Porque es evidente que los enemigos no nos han declarado la guerra antes de haber juzgado que sus preparativos estaban bien dispuestos, mientras que ninguno de nosotros se preocupa de cómo luchar con las máximas garantías de éxito Y, ciertamente, si cedemos y caemos en manos del Rey, ¿qué pensamos que nos ocurrirá? Una persona que, a su hermano, nacido de la misma madre, incluso después de muerto, le cortó la cabeza y la mano y las clavó en una cruz. Y nosotros, que no tenemos ningún protector, que combatimos contra él con la intención de convertirle de Rey en esclavo y matarle si pudiéramos ¿qué pensamos que nos ocurriría? ¿No lo intentaría todo, a fin de, tras habernos inferido los mayores ultrajes, infundir miedo a todos los hombres para que nunca emprendieran una expedición militar contra él? Pues bien, para no caer en sus manos hay que intentarlo todo. Yo, en efecto, mientras se mantenía la tregua, nunca cesaba de compadecernos y de felicitar al Rey y a los suyos, al contemplar la inmensidad y calidad de su tierra, sus abundantes recursos, la cantidad de servidores, de ganado, de oro y de vestidos. Sin embargo, cuando pensaba en la situación de los soldados, faltos de todos estos bienes a no ser que los compraran, y sabía que pocos contábamos con medios para ello, y que los juramentos nos impedían obtener los víveres de otro modo que no fuera comprándolos, tenía más miedo en aquellas ocasiones, reflexionando sobre estas cosas, que ahora tengo a la guerra. Pero ya que aquéllos han roto la tregua me parece que se ha terminado también su abuso y nuestras dificultades. Porque estos bienes se hallan ya en medio, como premios, para los que de entre nosotros sean más valientes. Y son árbitros del certamen los dioses, que, como es natural, estarán a nuestro lado. Pues ésos han perjurado contra ellos. En cambio, nosotros, a pesar de ver bienes en abundancia, nos absteníamos de ellos con firmeza, por fidelidad a los juramentos a los dioses. De manera que, a mi entender, nos es lícito ir al combate con mucha más confianza que aquéllos. Además, tenemos cuerpos más aptos que los suyos para soportar fríos, calores y fatigas. Y contamos también con mejor disposición de espíritu, con ayuda de los dioses. Los enemigos, además, son más vulnerables y fáciles de matar que nosotros, si los dioses, como hasta ahora, nos conceden la victoria. Pero posiblemente también otros se hacen las mismas reflexiones. ¡Por los dioses!, no debemos esperar a que vengan otros a invitarnos a gestas hermosísimas, sino empecemos nosotros a incitar también a los demás al valor. Demostrad que sois los mejores capitanes y más dignos de ser estrategos que los propios estrategos. Y yo, si queréis emprender esta iniciativa, estoy dispuesto a seguiros. Pero si me ordenáis que os guíe, de ninguna manera pongo como pretexto la edad, sino que incluso considero que estoy plenitud de condiciones para apartar los peligros que acechen».

Jenofonte, Anábasis de los Diez Mil, III 1-25, traducción de Ramón Bach, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1991.



Elogio de Atenas: Panegírico de Isócrates Volver al principio

Tres años antes de la creación de la Segunda Liga Ateniense en 377 a.C., Isócrates subraya en su Panegírico (380 a.C.) el derecho de Atenas a ejercer la hegemonía sobre los griegos en función del glorioso pasado de dicha ciudad y llama a los griegos a luchar contra Persia, el bárbaro enemigo por naturaleza de todos los griegos. Con el tiempo su pensamiento evoluciona hasta considerar idóneos para llevar a cabo dicha misión a personajes como Dionisio I de Siracusa o Filipo II de Macedonia. Finalmente será este último quien, en el mismo año de la muerte de Isócrates, se imponga a los griegos tras la batalla de Queronea (338 a.C.), y su hijo Alejandro el que cuatro años más tarde cruzará el Helesponto dispuesto a conquistar Persia.
Discípulo de los filósofos Sócrates y Gorgias y de los historiadores Eforo y Teopompo, Isócrates de Atenas (436-338 a.C.) nació en el seno de una familia acomodada que se arruinó durante la Guerra del Peloponeso, razón por la cual ca. 390 a.C. abrió una escuela y se dedicó a la enseñanza y a la elaboración de discursos forenses. De hecho, jamás pronunció ninguno de los veintiún discursos conservados que se le atribuyen, entre ellos piezas tan señaladas como el Panegírico, pero también el Areopagítico (ca. 354 a.C.), la Antídosis o Sobre el cambio de fortunas (una combinación de discurso forense, autodefensa y autobiografía, redactada por las mismas fechas que el anterior) y el Panatenaico (en 339, a los 97 años de edad). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Si hay que honrar en cada empresa a quienes son más expertos y poderosos, sin discusión nos corresponde tomar la hegemonía que antes tuvimos; pues nadie podría señalar otra ciudad que se haya destacado tanto en una guerra por tierra, como la nuestra se distinguió en los peligros marítimos. Además, si algunos piensan que esta decisión no es justa, sino que las cosas han cambiado mucho, porque el poder no permanece siempre en los mismos, y consideran merecedores de tener la hegemonía como cualquier otra recompensa, o a los que primero gozaron de este honor o a los responsables de los mayores bienes para los griegos, creo que también éstos están de nuestra parte; pues cuanto desde más lejos se examinen estas dos circunstancias, tanto más aventajaremos a los rivales.
Está reconocido, en efecto, que nuestra ciudad es la más antigua, la mayor y la más nombrada entre todos los hombres. Partiendo de tan noble presupuesto, conviene que seamos aún más honrados por lo que sigue. Pues habitamos esta ciudad sin haber expulsado a otros, sin haberla conquistado desierta, ni habiendo reunido mezclas de muchos pueblos; por el contrario, hemos nacido con tanta nobleza y autenticidad como la tierra de la que procedemos, y hemos vivido todo el tiempo sin perderla, siendo autóctonos, y podemos llamar a la ciudad con las mismas expresiones que a los más íntimos. De los griegos, sólo a nosotros está reservado llamar a la misma ciudad nodriza, patria y madre. Es preciso, ciertamente, que quienes están orgullosos con motivo, pretendan justamente la hegemonía, y al recordar con frecuencia sus tradiciones, puedan mostrar que el origen de su linaje es semejante al nuestro.
Tal es nuestra grandeza, que existió desde el principio y fue donada por el destino. De cuántos beneficios hemos sido autores para otros, lo examinaríamos mejor si recorriéramos por orden desde el principio la historia y las hazañas de la ciudad. Descubriremos, en efecto, que ella tiene la responsabilidad de casi todo, tanto en los peligros bélicos como en la restante organización, según la cual convivimos, con la que nos gobernamos y por la que podemos vivir. Pero es necesario elegir de las buenas acciones no las que se olvidaron y silenciaron por su insignificancia, sino las que por su grandeza se comentan y recuerdan entre todos los hombres en todas partes, tanto antes como ahora.
En primer lugar, por medio de nuestra ciudad se consiguió lo que primero precisa nuestra naturaleza; y aunque la tradición haya quedado como algo legendario, conviene, no obstante, relatarla. Al llegar Deméter a esta tierra, cuando estaba errante tras el rapto de Core, fue benévolamente tratada por nuestros antepasados, con unos servicios que no pueden entender sino los iniciados, y les dio dos tipos de recompensas: las más importantes fueron las cosechas, causa de que no vivamos como fieras, y la celebración de los misterios, que dan a los iniciados las más dulces esperanzas para el final de la vida y para toda la eternidad. Nuestra ciudad amó tanto a los dioses y a los hombres que cuando fue señora de bienes tan importantes, no los ocultó a los demás, sino que hizo partícipes a todos de lo que recibió (...)
Por aquella misma época, vio nuestra ciudad que los bárbaros ocupaban la mayor parte del territorio, que los griegos, en cambio, estaban encerrados en un pequeño espacio y que, por la insuficiencia de la tierra, conspiraban entre ellos y hacían expediciones militares contra sí; que unos morían por la falta del sustento cotidiano y otros por la guerra. Estando así la situación, no la miró con indiferencia, sino que envió generales a las ciudades, que reunieron a los más necesitados, se hicieron sus jefes militares y, tras vencer a los bárbaros en la guerra, fundaron muchas ciudades en uno y otro continente, colonizaron todas las islas y salvaron tanto a los que les acompañaron como a los que se quedaron. En efecto, a estos últimos les dejaron tierra suficiente en su patria y a aquéllos les proporcionaron más de la que tenían; pues adquirieron todo el espacio que ahora tenemos. De esta forma dieron las mayores facilidades a los que después quisieron fundar colonias e imitar a nuestra ciudad, pues no tenían que arrostrar peligros por la adquisición de territorio, sino que fueron a habitar el lugar delimitado por nosotros. ¿Quién podría señalar una hegemonía más paternal que ésta, que existía antes de la fundación de la mayoría de las ciudades griegas o más útil que la que puso en fuga a los bárbaros y condujo a los griegos a tal prosperidad? (...)
De los bienes presentes de los hombres, de cuantos no tenemos por los dioses, sino que hemos alcanzado por nosotros mismos, ninguno existiría sin el concurso de nuestra ciudad, y la mayoría se han logrado gracias a ella. Pues encontró a los griegos que vivían sin leyes y habitaban aquí y allá, unos maltratados por tiranías, otros muriendo por falta de gobierno, y los liberó de estos males, siendo señora de unos y modelo para otros. Fue la primera que estableció leyes y creó una constitución (...) En cuanto a las artes, tanto las que son útiles para las necesidades de la vida como las ideadas para agradar, unas las descubrió nuestra ciudad, otras las transmitió a los demás, después de probar su uso. Organizó el resto de su administración con tanta hospitalidad y respeto a todos, que tanto se adapta a los que carecen de fortuna como a los que quieren disfrutarde sus bienes, y tampoco es inútil a los que son dichosos o desafortunados en sus ciudades; por el contrario, hay entre nosotros para unos las más gratas distracciones, para otros el refugio más seguro. Además, como el territorio que ha adquirido cada pueblo no es autosuficiente, sino que carece de unas cosas y tiene excedentes de otras, y como es muy difícil encontrar un lugar donde vender unas e importar otras, nuestra ciudad también ayudaba en estas dificultades; pues estableció como un mercado en medio de Grecia, el Pireo, cuya abundancia es tal, que lo que en otros mercados es difícil de encontrar incluso por separado, todo ello es fácil adquirirlo en él.
Con razón son aplaudidos quienes establecieron las fiestas solemnes porque nos transmitieron esta costumbre de que, después de hacer libaciones y terminar las enemistades existentes, nos reunamos en un mismo lugar y que, tras esto, con invocaciones y sacrificios celebrados en común, nos acordemos del parentesco que existe entre nosotros, nos tratemos unos con otros con benevolencia en el futuro, renovemos los antiguos lazos de hospitalidad y hagamos otros nuevos (...) Y aunque estas reuniones nos producen tantos bienes, ni siquiera en esto se dejó aventajar nuestra ciudad. Pues tiene muchos y bellísimos espectáculos, unos extraordinarios por su coste, otros famosos por su arte; algunos, incluso, distinguidos por ambas cosas (...) Además, se pueden encontrar entre nosotros las amistades más fieles, y relaciones de todo tipo, e, incluso, presenciar competiciones no sólo de rapidez y fuerza, sino también de oratoria, inteligencia y todas las demás ocupaciones, para las que existen los mayores premios (...)
Nuestra ciudad dio a conocer la filosofía, que descubrió todo esto, ayudó a establecerlo, nos educó para las acciones, nos apaciguó, y diferenció las desgracias producidas por la ignorancia y las que resultan de la necesidad, y nos enseñó a rechazar las primeras y a soportar bien las segundas. También honró a la oratoria, que todos desean, envidiando a quienes la dominan (...) Se dio cuenta de que los hombres de origen libre no se reconocen por el valor, riqueza o bienes semejantes, sino que se destacan especialmente por sus discursos, que ésta es la más cierta señal de la educación de cada uno de nosotros y que los que utilizan bien la oratoria no sólo tienen poder en sus propias ciudades, sino que son honrados en las demás. Nuestra ciudad aventajó tanto a los demás hombres en el pensamiento y oratoria que sus discípulos han llegado a ser maestros de otros, y ha conseguido que el nombre de griegos se aplique no a la raza, sino a la inteligencia, y que se llame griegos más a los partícipes de nuestra educación que a los de nuestra misma sangre (...)
Me parece que conviene hablar también de lo realizado por la ciudad contra los bárbaros, especialmente después que hice que mi discurso versara sobre la hegemonía contra aquéllos (...) Después de estallar aquella enorme guerra y sobrevenir al mismo tiempo los mayores peligros, cuando los enemigos se creían irresistibles por su número y los aliados pensaban que su valor era insuperable, los atenienses vencieron a ambos según convino en cada caso, superaron todos los peligros y fueron inmediatamente considerados los más valerosos; no mucho más tarde consiguieron la hegemonía marítima, que les confiaron los demás griegos, sin que lo discutieran quienes ahora intentan quitárnoslo (...)
Al reflexionar sobre estos hechos, es justo indignarse por la situación presente, desear nuestra hegemonía y reprochar a los lacedemonios, porque al principio llegaron a ponerse en pie de guerra con el pretexto de liberar a los griegos, pero al final entregaron a muchísimos de ellos a los bárbaros; porque desterraron a los jonios de nuestra ciudad, de la que los mismos jonios habían emigrado y gracias a la cual se salvaron muchas veces, y porque les entregaron a los bárbaros, cuya tierra ocupan, a pesar de ellos, y contra los que nunca dejaron de pelear (...)
Cuanto más pobres de espíritu sean quienes nos gobiernan, tanto más necesitaremos examinar los demás con la mayor energía de qué forma haremos cesar la enemistad actual. Pues ahora en vano hacemos tratados de paz: porque no hacemos cesar las guerras, sino que las aplazamos, y aguardamos la ocasión en que podamos causarnos algún mal irreparable. Es preciso que, tras deshacernos de estas intrigas, emprendamos aquellas acciones con las que habitaremos las ciudades con mayor seguridad, y tendremos más confianza entre nosotros mismos. Es simple y fácil el discurso que traía sobre esto: no será posible que guardemos una paz estable a no ser que hagamos la guerra en común contra los bárbaros, ni que los griegos estén acordes antes que obtengamos ayuda nosotros mismos y arrostremos peligros contra unos mismos enemigos. Cuando esto ocurra, y desaparezca la dificultad de nuestra vida que rompe las amistades, conduce a los parientes al odio y empuja a todos los hombres a revueltas y guerras, será imposible que no estemos de acuerdo y tengamos una auténtica buena disposición entre nosotros. Por eso, hay que esforzarse lo más posible para que, cuanto antes, desplacemos al continente la guerra que tenemos aquí, en la idea de que podríamos disfrutar de un único bien de nuestras guerras intestinas, siempre y cuando nos decidiéramos a utilizar contra el bárbaro las experiencias aportadas por ellas.

Isócrates, Panegírico (selección), traducción de Juan Manuel Guzmán Hermida, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.



Ascenso de Macedonia Volver al principio

La progresiva expansión de Macedonia durante el reinado de Filipo II impulsa a la ciudad de Olinto a solicitar en 352 a.C. la ayuda de Atenas. A partir de ese momento Demóstenes se convierte en la cabeza visible de la facción antimacedónica y en una serie de discursos advierte a sus conciudadanos atenienses acerca de la necesidad de frenar el avance macedónico. Cuatro años más tarde, Olinto cayó en manos de Filipo.
Político y orador ateniense, Demóstenes (384-322 a.C.) representa la resistencia griega frente al expansionismo macedónico de Filipo II. De los sesenta discursos que se le atribuyen apenas ha llegado hasta nosotros la mitad, entre los cuales destacan los tres discursos Olintíacos y las tres Filípicas, todos ellos pronunciados contra el rey de Macedonia. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

¿Alguno de vosotros, varones atenienses, se hace cargo y observa la manera mediante la cual, siendo débil en sus comienzos, se ha hecho grande Filipo? Primero, tomando Anfípolis, después de eso, Pidna, de nuevo, Potidea, otra vez, Metone, luego pisó el suelo de Tesalia; después de eso, tras haber regulado a su gusto los asuntos de Feras, Págasas, Magnesia y todas las regiones, se marchó a Tracia; luego allí a unos reyes destronó, a otros instauró, hasta que cayó enfermo; de nuevo, en cuanto empezó a mejorar, no declinó hacia la molicie, sino que al punto atacó a los olintios. Y paso por alto sus campañas contra los ilirios, los peonios, contra Aribas y contra cualquier otra parte que podría citarse.
«¿Y para qué nos cuentas eso ahora?», alguien podría decir. Para que comprendáis y os deis cuenta, varones atenienses, de dos cosas: de hasta qué punto es desaprovechado ir desentendiéndose de los asuntos uno tras otro y de la actividad incansable que pone en juego Filipo y es parte de su vida; por causa de ella es imposible que contentándose con sus realizadas empresas guarde reposo. Si él ha decidido que en cada ocasión hay que hacer algo que supere su situación y vosotros, por el contrario, que no hay que afrontar ningún asunto con vigor, considerad en qué punto cabe esperar que eso termine. ¡Por los dioses!, ¿quién es de vosotros tan tonto como para no ver que la guerra de allí vendrá aquí, si nos despreocupamos? Pero, si eso llegara a pasar, tengo miedo, varones atenienses, de que lo mismo que quienes tomando en préstamo a la ligera dinero a gran interés, tras haber vivido en la abundancia un corto tiempo, luego pierden hasta el capital, así también nosotros nos demos cuenta de haber vivido en la molicie pagando por ello alto interés y quienes en todo buscábamos el placer vayamos luego a vernos en la obligación de hacer muchas de esas cosas que no queríamos y corramos el riesgo de perder las posesiones que tenemos en la propia región.
Sí -me podría decir alguien tal vez-, criticar es fácil y cualquiera puede hacerlo, pero revelar lo que hay que hacer en defensa de las circunstancias presentes, ésa es la labor del consejero. Pero yo no ignoro, varones atenienses, que vosotros frecuentemente, si algo no resulta según los planes, no es con los responsables con quienes os enojáis, sino con los oradores que han tratado de los asuntos en último turno; sin embargo, opino que no debo amainar atendiendo a mi propia seguridad cuando se trata de asuntos que creo os incumben.
Sugiero, pues, que de dos maneras debéis prestar ayuda a la situación: salvando las ciudades de los olintios y enviando a los soldados que se encarguen de ello y haciendo daño al territorio de aquél con trirremes y otros soldados. Si os despreocupáis de una de estas dos medidas, recelo que nos resultará inútil la expedición. Pues si mientras vosotros devastáis su territorio, él resiste y consigue hacerse con Olinto, fácilmente, regresando a su patria, la defenderá; y, por otro lado, si vosotros no hacéis más que enviar ayuda a Olinto, y él, viendo que su reino está seguro, se dedica a asediar y acechar la situación, con el tiempo superará a los sitiados. Así que es necesario que la expedición de ayuda sea numerosa y doble (...)
Ahora tenéis posibilidad de elección sobre si vosotros debéis luchar allí o aquél aquí junto a vosotros. Pero si Olinto resiste, vosotros lucharéis allí y haréis daño a la región de aquél, explotando sin miedo ésta que os pertenece y es vuestra propia tierra. Si, por el contrario, Filipo la toma, ¿quién le impedirá la marcha hasta aquí? ¿Los tebanos? Tal vez sea demasiado amargo decirlo (...), con presteza colaborarán en la invasión. ¿Los focenses, entonces? ¿Los que no son capaces de proteger su propia región si no les ayudáis vosotros? ¿Algún otro? Pero, amigo mío, no querrá atacarnos. Sin embargo, sería de lo más absurdo que lo que ahora anda divulgando a riesgo de adquirir reputación de loco, luego, cuando pueda, no lo ponga en práctica. Ahora bien, en cuanto a cuál es la diferencia entre luchar aquí o allí, creo que no necesita mayor razonamiento. Pues si fuera menester que vosotros personalmente estuvierais fuera sólo treinta días y tomarais de los productos de esta región cuanto fuera necesario por estar acampados, y me refiero a una situación en que en nuestras tierras no hubiera ningún enemigo, nuestros labradores sufrirían mayores pérdidas que cuantas sumas habéis gastado hasta ahora en la guerra. Y si ahora viene aquí una guerra, ¿cuánta pérdida hay que pensar que sufriremos? Y a ello se añade la insolencia del enemigo y la vergüenza de nuestra política, pérdida inferior a ninguna otra, al menos para los prudentes.
Así que, contemplando en su conjunto todas esas razones, es necesario que todos prestéis ayuda y rechacéis la guerra a esas regiones; los ricos, para que a precio de un pequeño gasto hecho a favor de los muchos bienes que por su buena fortuna poseen, puedan en el futuro obtener fruto sin miedo; los que están en edad militar, para que, adquiriendo la experiencia de la guerra en el territorio de Filipo, se conviertan en temibles guardianes de su propia patria intacta; los oradores, para que las cuentas que han de rendir de su política les resulten fáciles, pues según el resultado de los sucesos, así serán vuestros juicios acerca de sus realizaciones. Que las cosas vayan bien por todos los motivos.

Demóstenes, Primer Discurso Olintíaco, 12-28, traducción de Antonio López Eire, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1993.




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