Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Culturas y civilizaciones

> Hispania


Introducción histórica
Juan Manuel Abascal Palazón
(Universidad de Alicante)

     Según Estrabón, la primera ciudad de Iberia fue Gadir, que habría sido fundada por gentes de Tiro poco después de la Guerra de Troya. La tradición literaria antigua sitúa esta fundación en torno al año 1104 a.C., una fecha imposible de mantener hoy con criterios arqueológicos, pues las más antiguas evidencias de una colonización oriental estable en Hispania sólo llegan a finales del siglo IX o comienzos del VIII a.C.

     En los años en que las fuentes antiguas sitúan la primera presencia de colonos mediterráneos en Hispania, aún conocida entonces como Iberia, en el suroeste de la Península Ibérica se había desarrollado una cultura de bases mineras, agrícolas y ganaderas que conocemos con el nombre de Tartessos. Su fuerza residía en el importante control de los recursos naturales del territorio y de las rutas comerciales, lo que permitió una concentración del poder que daría lugar a la creación de una monarquía respaldada por una aristocracia que se convertiría luego en interlocutora de los nuevos colonos llegados a la Península Ibérica. La cultura tartéssica se extendería luego a gran parte del mediodía peninsular, caracterizándose por el influjo orientalizante de su cultura material; entre sus logros se encuentra la llamada escritura tartéssica, que hizo su aparición hacia el año 700 a.C. y cuyos testimonios más antiguos proceden de Huelva y Medellín.

     Entre los siglos VIII y VII a.C. los fenicios conducidos por el oráculo de Tiro establecieron en el sur de la Península Ibérica un gran número de factorías comerciales costeras. Las desembocaduras de los ríos de Granada, Málaga y Cádiz vieron crecer este tipo de emplazamientos caracterizados por la presencia de almacenes e instalaciones pensadas para el comercio, con embarcaderos próximos y con una fácil comunicación terrestre hacia las tierras del interior peninsular. Su función era básicamente comercial y sirvieron para dar salida hacia los mercados mediterráneos de los minerales y los recursos de Iberia, al tiempo que facilitaron la llegada a los establecimientos indígenas de las manufacturas orientales que pronto permitirán hablar de una orientalización de las culturas indígenas del sur de la Península Ibérica. El prototipo de estos centros, aunque no el más antiguo, es Toscanos, en la desembocadura del río Vélez (Málaga), establecido hacia el año 725 a.C.

     También el mundo griego mostró interés por participar en la comercialización de los recursos naturales de Hispania. Además de noticias aisladas como la del viaje de Coleos de Samos a Tartessos hacia el año 630 a.C., sabemos que algunos productos del ámbito griego venían en barcos fenicios. Sin embargo, la presencia real de colonos se restringió a la costa de Gerona, y no es anterior al año 600 a.C.; en torno a esa fecha los colonos procedentes de Massalia (Marsella) fundaron la palaiapolis de Emporion, situada en lo que es hoy Sant Martí d'Empùries, junto a L'Escala (Girona); más de un siglo después se fundaría la colonia de Rhode (Rosas, Girona). La presencia helénica no se limitaría a las fundaciones coloniales, pues sabemos que la fachada mediterránea de la Península Ibérica dispuso de puntos de comercio sin forma urbana que darían lugar a algunos topónimos griegos.

     Mientras en la costas del sur y levante se multiplicaban los contactos con las gentes venidas del mundo fenicio y griego, en la Península Ibérica fue tomando forma un complejo mosaico étnico de culturas indígenas. En muchas de ellas es visible una fuerte tradición céltica de procedencia europea que se manifiesta en los nombres de sus dioses, en las costumbres, en la cultura material, etc.; estas etnias ocuparon las amplias tierras del interior de Hispania, el norte cantábrico, el noroeste y la mitad septentrional de la actual Portugal. Denominados habitualmente en la bibliografía como pueblos de tradición indoeuropea en Hispania, entre ellos se encuentran los Celtíberos, Carpetanos, Vettones, Vacceos, Astures, Vascones, etc., por citar sólo algunos. La actual Andalucía y el Levante estaría poblada por las culturas indígenas que habían tenido un contacto directo con los colonizadores o que habían recibido sus influjos comerciales; así, en el mediodía peninsular el antiguo solar tartéssico sería ocupado por los Turdetanos, mientras que en el Levante mediterráneo encontraremos las diferentes culturas ibéricas, con importantes diferencias entre ellas de sur a norte.

     A partir del año 237 a.C. Hispania entró en la historia de Roma de forma indirecta. Cartago, vencida por Roma en la Primera Guerra Púnica, trasladó en ese año a Hispania un contingente militar que, sucesivamente dirigido por los miembros de la familia de los Bárquidas (Amílcar, Asdrúbal, Aníbal), permitió a los cartaginenses crear un amplio dominio en Hispania, principalmente restringido a la actual Andalucía; el objetivo de esta ocupación fue la puesta en explotación y aprovechamiento de los importantes recursos minerales peninsulares, principalmente la plata del área de Cartagena y de las estribaciones de Sierra Morena. La aventura bárquida en Hispania, cuyo epílogo fue la Segunda Guerra Púnica, se prolongó durante 30 años y finalizó en el 206 a.C.

     A raíz de la presencia cartaginesa, y en el marco de su naciente expansión ultramarina, el estado romano puso sus ojos en Hispania a finales del siglo III a.C. Las tropas desembarcadas en la Península Ibérica el año 218 a.C. al mando de los Escipiones desalojarían de Hispania a los cartagineses el año 206 a.C., abriendo las puertas a la conquista y a la ocupación romana del territorio peninsular durante varios siglos. La vieja Iberia pasó a llamarse Hispania en la documentación oficial de los nuevos ocupantes y el territorio conquistado fue dividido en dos provincias, Citerior y Ulterior, cuyos límites fueron variando hasta la época de Augusto.

     Desde el año 206 a.C. Hispania asimiló progresivamente la cultura romana en todas sus manifestaciones, de modo que la lengua latina, la arquitectura, la religión o los hábitos cotidianos se fueron afianzando en el territorio y sustituyeron progresivamente a los elementos de las culturas locales. Este proceso conocido como romanización fue una lenta y gradual asimilación que empezó, naturalmente, en las zonas inicialmente conquistadas por Roma, es decir, el levante y el mediodía peninsular; entre los siglos II y I a.C. llegó paulatinamente a las tierras interiores de Hispania y a amplias zonas del norte y el noroeste.

     La presencia de Roma produjo importantes cambios en la estructura urbana de Hispania. Muchas de las antiguas ciudades se transformaron para adaptarse a los modelos romanos, mientras que el importante proceso de promoción de nuevos municipios y colonias, especialmente con César y Augusto, hizo que el número de ciudades organizadas con instituciones romanas creciera de forma importante.

     Principalmente desde Augusto (27 a.C. - 14 d.C.), pero ya antes en algunas ciudades, el derecho romano se extendió a todos los ámbitos de la vida pública de Hispania y las costumbres cotidianas de los romanos se generalizaron en la vida privada. Al mismo tiempo, las transformaciones urbanas y la progresiva construcción de templos, termas o teatros permitieron a los habitantes de las ciudades vivir en un marco físico adecuado a las nuevas pautas culturales. Esta renovación urbana fue acompañada de una progresiva extensión de los privilegios de ciudadanía, que experimentó un fuerte crecimiento en época de Vespasiano (69-79 d.C.).

     Desde la época de Augusto, Hispania estuvo dividida en tres provincias: Tarraconense o Citerior, con capital en Tarraco (Tarragona), Baetica con capital en Corduba, y Lusitania, con su capital en Augusta Emerita (Mérida). Cada una de estas provincias fue subdividida en conventus, destinados a facilitar las relaciones entre administradores y administrados, de los que hubo 14 en Hispania. Con pequeñas alteraciones, esta fue la estructura vigente durante el Principado, es decir, entre Augusto y el siglo III d.C.

     Hispania fue para Roma una importante fuente de recursos económicos. La riqueza minera permitió la exportación de cantidades importantes de plata, cobre, cinabrio sin depurar e incluso oro. Los campos hispanos, principalmente de la Baetica, suministraron importantes cantidades de aceite que llegaban regularmente al puerto de Ostia; el trigo de las grandes extensiones cerealistas de la Meseta tenía también como destino frecuente Italia, etc. La conquista realizada por Roma entre los siglos II y I a.C. se había traducido a partir de Augusto en explotación económica al amparo de la pax romana, que garantizaba a los conquistadores el aprovechamiento de la riqueza de los territorios conquistados.

     Una parte de la elite local prerromana de Hispania supo encontrar en este nuevo marco romano las posibilidades de su propia promoción personal, ocupando primero las recién creadas magistraturas locales en sus respectivas ciudades; algunos de sus hijos y descendientes se abrirían más tarde camino en la administración romana, llegando a ocupar puestos de responsabilidad en la administración del estado o en el ejército. Al mismo tiempo, gentes venidas de otros territorios se establecerían en Hispania para aprovechar sus riquezas naturales o para tomar parte activa en su exportación. Algunas de estas familias asentadas en Hispania experimentaron una rápida progresión social y política, hasta el punto de que tuvieron ascendencia hispana emperadores como Trajano o Adriano.

     Tras las sacudidas que experimentó el estado romano en los años centrales del siglo III d.C., a finales de esa centuria se llevaron a cabo importante reformas a las que no fue ajena Hispania. Una nueva reorganización territorial dio lugar a la creación de nuevas provincias y a la modificación sustancial del sistema de gobierno de cada una de ellas. Hispania entraba en el siglo IV d.C. con cinco provincias y formaba con Mauritania la diocesis Hispaniarum. Casi cinco siglos después de la conquista romana, había cambiado el mapa político y el territorio se había poblado de asentamientos rurales de grandes dimensiones habitados por una aristocracia hispano-romana procedente de los medios urbanos. A mediados de este siglo IV d.C., el mundo romano caminaba inevitablemente hacia su fragmentación mientras Hispania se transformaba progresivamente a pocas décadas ya de la presencia de los vándalos en sus fronteras.




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