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Culturas y civilizaciones> Hispania romana
Textos
Polibio es, probablemente, nuestro mejor informante sobre los acontecimientos
que precedieron a la segunda Guerra Púnica. Cronista habitual de las
guerras de los Escipiones en los avatares bélicos del siglo II a.C.,
tuvo acceso a pormenores históricos que escaparon a otros autores y llegó
a relatar con cierto detalle los dos puntos de vista, el romano y el cartaginés,
en los prolegómenos del conflicto. ... Aníbal ... nadie de allá del Ebro se atrevió fácilmente
a afrontarle, a excepción de Sagunto. Pero Aníbal, de momento,
no atacaba en absoluto a la ciudad, porque no quería ofrecer ningún
pretexto claro de guerra a los romanos hasta haberse asegurado el resto del
país; en ello seguía sugerencias y consejos de su padre, Amílcar. Polibio, Historias 3, 14, 9 a 3, 15, 13. Edición de Manuel Balasch en Ed. Gredos, Madrid, 1981, fragmentos de las pp. 288-289.
Cuentan Diodoro y Polibio que Hasdrúbal fundó una ciudad en la
costa y la bautizó con el mismo nombre que la patria púnica del
norte de Africa. La nueva ciudad, cuya fundación puede datarse en torno
a los años 229/228 a.C., ocupó un lugar privilegiado desde el
punto de vista topográfico que permitía controlar la periferia
y disponer de un buen puerto para las comunicaciones con el norte de Africa.
Carthago Nova se convertiría en el centro político del dominio
púnico en la Península Ibérica. Está situada hacia el punto medio del litoral español, en un golfo orientado hacia el Sudoeste. La profundidad del golfo es de unos veinte estadios y la distancia entre ambos extremos es de diez; el golfo, pues, es muy semejante a un puerto. En la boca del golfo hay una isla que estrecha enormemente el paso de penetración hacia dentro, por sus dos flancos. ... En el fondo del golfo hay un tómbolo, encima del cual está la ciudad, rodeada de mar por el Este y por el Sur, aislada por el lago al Oeste y en parte por el Norte, de modo que el brazo de tierra que alcanza al otro lado del mar, que es el que enlaza la ciudad con la tierra firme, no alcanza una anchura mayor que dos estadios. El casco de la ciudad es cóncavo; en su parte meridional presenta un acceso más plano desde el mar. Unas colinas ocupan el terreno restante, dos de ellas muy montuosas y escarpadas, y tres no tan elevadas, pero abruptas y difíciles de escalar. La colina más alta está al Este de la ciudad y se precipita en el mar; en su cima se levanta un templo a Asclepio. Hay otra colina frente a ésta, de disposición similar, en la cual se edificaron magníficos palacios reales, construidos, según se dice, por Asdrúbal, quien aspiraba a un poder monárquico. Las otras elevaciones del terreno, simplemente unos altozanos, rodean la parte septentrional de la ciudad. De estos tres, el orientado hacia el Este se llama el de Hefesto, el que viene a continuación, el de Altes, personaje que, al parecer, obtuvo honores divinos por haber descubierto unas minas de plata; el tercero de los altozanos lleva el nombre de Cronos. Se ha abierto un cauce artificial entre el estanque y las aguas más próximas, para facilitar el trabajo a los que se ocupan en cosas de la mar. Por encima de este canal que corta el brazo de tierra que separa el lago y el mar se ha tendido un puente para que carros y acémilas puedan pasar por aquí, desde el interior del país, los suministros necesarios. Polibio, Historias 10, 10. Edición de Manuel Balasch, Ed. Gredos, Madrid, 1981, pp. 361-363.
El año 133 a.C. caía Numantia bajo la presión romana tras
un largo asedio que ponía fin a lo que la historiografía conoce
como las guerras celtibéricas (154-133 a.C.). Publio Cornelio Escipión
Emiliano, el vencedor de Cartago, al frente de un ejército consular de
cerca de 25.000 hombres, culminaba así uno de los episodios más
largos de la conquista de Hispania y abría la Meseta y los territorios
interiores a los romanos. El asedio fue sobredimensionado en las fuentes y convertido
en ejemplo de la capacidad de resistencia de los sitiados y de la fortaleza
militar del general romano. Como en otros relatos similares de aquellos años,
la leyenda y la realidad se combinan hasta oscurecer la fidelidad del relato,
consiguiendo así hacer más notoria la victoria romana frente a
un enemigo tan valeroso. Numancia, así como en riqueza fue inferior a Cartago, Capua y Corinto,
en fama, por su valor y dignidad fue igual a todas y, por lo que respecta
a sus guerreros, la mayor honra de España. Pues, ella sola, que se
alzaba junto a un río, en una colina medianamente empinada, sin murallas
y fortificaciones, contuvo con cuatro mil celtíberos, durante once
años, a un ejército de cuarenta mil, y no sólo lo contuvo,
sino que lo golpeó con notable dureza y le impuso infamantes tratados.
Por último, una vez que ya hubo constancia de que era invencible, fue
necesario recurrir al que había destruido Cartago. Floro, Epítome de Livio, 34 [II, 18], 1-4. Ed. de Isabel Moreno, Epítome de la Historia de Livio, Ed. Gredos, Madrid 2000, pp. 198-199.
A partir de Sertorio avanzó significativamente la ciudadanía otorgada de modo individual (viritim); no era graciosa donación, sino recompensa a cambio de colaboración y adhesiones a los generales rivales de la guerra civil. Esta política de concesión de privilegios jurídicos como parte de un sistema de recompensas por el apoyo en las guerras de conquista formó parte del sistema habitual de relaciones establecido por Roma con las comunidades locales de Hispania y sería empleado por casi todos los generales que intervinieron en las guerras. En este marco, Dion Cassio relata los favores otorgados por César en Hispania al término de la batalla de Munda (45 a.C.). (Juan Manuel Abascal). Después de esto ocupó Munda y las otras ciudades ... impuso tributos, tanto que no respetó siquiera los exvotos depositados en el templo de Hércules de Gades. A algunas ciudad les quitó una parte de su territorio; a otras les impuso un aumento de impuestos; de este modo se comportó con las ciudades que se le habían opuesto. A las que le habían apoyado de cualquier manera, les concedió tierras y las eximió de impuestos, e incluso a algunas les dio también el derecho de ciudadanía romana. A algunas poblaciones les otorgó el rango de colonias de Roma, pero tampoco este privilegio se les daba a cambio de nada. Dión Cassio, Historia romana 43, 39, 4-5. Versión propia sobre la edición italiana de G. Norcio (1995).
La monumental Historia Natural de Caio Plinius Secundus, con sus 37
volúmenes, parece la obra de toda una vida de alguien de no hizo otra
cosa más que viajar y escribir. Sin embargo, su autor desempeñó
a lo largo de su vida diversos cargos en el Estado romano, en la administración
civil y en la militar, conoció y leyó una gran parte de las obras
geográficas aún conservadas en su tiempo y murió antes
de cumplir los sesenta años, lo que puede dar idea de su incesante actividad.
Plinio había nacido a mediados del reinado de Tiberio, en torno al año
23 ó 24 d.C. en el norte de Italia,
y su curiosidad por presenciar de cerca la famosa erupción del volcán
Vesubio el año 79 d.C. acabó
con su vida. Elogiado por su sobrino homónimo, el Plinio el Joven amigo
del emperador Trajano, Caio Plinius Secundus consagró todo el tiempo
que le dejaban libres sus ocupaciones al estudio y a la escritura, contándose
entre sus costumbres la de hacerse leer textos mientras se bañaba y comía
o el desplazarse en litera para aprovechar mejor el tiempo en trabajar. Las primeras islas que hay a lo largo de estos mares son las Pitiusas, llamadas
así en griego por la piña de sus pinos: ahora ambas se llaman
Ebusus y constituyen una ciudad federada, estando separadas por un angosto
estrecho. Su contorno es de cuarenta y seis mil pasos y distan de Dianium
setecientos estadios, la misma distancia que había por tierra a Dianium
desde Carthago Nova. A esa misma distancia de las Pitiusas, mar adentro, se
encuentran las dos Baleares y, frente al río Sucro, Colubraria. Plinio, Historia Natural, 3, 11, 76-78. Versión de Juan Manuel Abascal a partir del texto latino (FHA VII, Barcelona, 1987, 27-28) y de las traducciones de Bejarano (FHA VII) y de A. Fontán et al. (Ed. Gredos, Madrid, 1998).
Fruto de la conquista romana de la Península Ibérica es el proceso
de transformación experimentado por sus habitantes, los cuales, de un
modo paulatino y comenzando por las regiones que se vieron afectadas en primer
lugar por la presencia romana, literalmente, y desde la perspectiva oficial
dominante a comienzos del Principado, «se convirtieron en romanos».
Este fenómeno, tradicionalmente denominado «romanización»,
presenta en realidad múltiples facetas derivadas de la interacción
cultural existente entre romanos e indígenas, matices que son simplificados
por Estrabón en beneficio de una imagen homogeneizadora del dominio romano.
Con la prosperidad del país les llegó a los turdetanos la civilización y la organización política; y, debido a la vecindad, o, como ha dicho Polibio, por el parentesco, también a los celtas, aunque en menor medida, porque la mayoría viven en aldeas. Sin embargo los turdetanos, en particular los que habitan en las proximidades del Betis, se han tornado por completo al carácter de los romanos y ni siquiera recuerdan ya su propia lengua. La mayoría se han convertido en latinos y han recibido colonos romanos, de modo que poco les falta para ser todos romanos. Las ciudades mixtas que se fundan en la actualidad, como Pax Augusta entre los célticos, Emérita Augusta entre los túrdulos, Cesaraugusta junto a los celtíberos y algunos otros asentamientos, muestran a las claras la transformación de los citados modos de vida. Todos los iberos que muestran este cáracter son llamados estolados, y entre éstos se cuentan incluso los celtíberos, que antaño fueron tenidos por los más fieros de todos. Estrabón, Geografía, III 2, 15, traducción propia a partir de la publicada por María José Meana, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1992. |
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