Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Culturas y civilizaciones

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Introducción histórica
Martín Almagro-Gorbea
(Universidad Complutense de Madrid)

     La Península Ibérica en la Antigüedad
     La Península Ibérica, conocida como Iberia por los griegos y como Hispania por los romanos, constituye la más occidental de las tres grandes penínsulas de Europa que se adentran en el mar Mediterráneo, el Mare Nostrum, de los romanos.
     Esta situación, que la convertía en el finis terrae del mundo conocido en la Antigüedad, ha contribuido a darle a lo largo de toda su historia una marcada personalidad, acentuada por las claras diferencias que ofrece de Este a Oeste, desde el Mediterráneo al Atlántico, y las todavía más apreciables de Sur a Norte, desde la soleada Costa del Sol y la semidesértica Almería hasta las montañosas y húmedas regiones septentrionales. Si a estas circunstancias geográficas añadimos su diversidad morfológica, pues predominan las tierras silíceas al Occidente, las calizas en las regiones mediterráneas y las cuencas sedimentarias en la Meseta y en los valles del Ebro y del Guadalquivir, se comprende su marcada diversidad, que permite considerarla como un auténtico «microcontinente».
     A esta variabilidad geográfica interna se debe añadir el factor que supone su situación en el Suroeste de Europa, abierta al mundo atlántico y al mediterráneo, así como al de más allá de los Pirineos, sin olvidar su proximidad al Norte de África, de la que sólo la separa el Estrecho de Gibraltar.
     Esta situación explica las diversas corrientes culturales y, en parte, también étnicas, que afectaron a la Península Ibérica en este periodo crucial del final de su Prehistoria, justo cuando aparecen las primeras alusiones a ella en textos escritos y se produce un incesante aumento cualitativo y cuantitativo de sus contactos con el exterior. Dichas corrientes contribuyeron a enmarcar su desarrollo cultural dentro de otros ámbitos culturales más o menos próximos, en los que más o menos parcialmente quedaba integrada.
     En el último milenio a.C., tres grandes corrientes culturales afectan a las distintas regiones de la Península Ibérica, actuando de distinto modo según su más o menos favorable situación geográfica y la capacidad de asimilación de su substrato cultural. Una es de tipo atlántico, explicable por la proximidad de las formas de vida y mentalidad de todas las regiones ribereñas atlánticas del Occidente de Europa. Estas semejanzas se remontan al menos a la neolitización megalítica, con contactos que se incrementan a partir del Campaniforme y a lo largo de la Edad del Bronce, favorecidos por el intercambio de metales, aunque en cada región dieron como resultado formas culturales propias. El influjo atlántico resulta evidente en las regiones occidentales de la Península, en las que cabría incluir la Andalucía Occidental y parte de la Meseta. Tales regiones eran precisamente las más metalíferas y estaban habitadas por poblaciones de carácter indoeuropeo muy primitivas, probablemente con raíces comunes en todas esas regiones atlánticas.
     Otra corriente etnocultural es la llegada a través de los Pirineos, especialmente por los pasos occidentales. Por esta vía penetran desde fines del II milenio a.C. los llamados Campos de Urnas, que se extendieron, progresivamente, por Cataluña, el Valle del Ebro y la parte septentrional de la Comunidad Valenciana, aportando importantes cambios en la cultura material y en la organización social, así como en el campo lingüístico, pues por esta vía, que actúa de forma intermitente desde el Bronce Final hasta la conquista de las Galias por César, han debido penetrar las poblaciones conocidas como celtas.
     Finalmente, está el Mediterráneo, cuna de la civilización, gran crisol de culturas y vía de contacto entre todas sus poblaciones ribereñas. Este mar, por el que ya había llegado la domesticación de plantas y animales en el Neolítico, se convierte progresivamente en la principal vía de entrada de estímulos culturales, pues por ella llegaron los pueblos colonizadores de la Antigüedad, como fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos. Desde el Bronce Final, a fines del II milenio a.C., se constatan viajes exploratorios de gentes del Oriente del Mediterráneo y del Egeo que proseguían unos primeros contactos de época micénica, abriendo las vías de navegación y nuevas formas de intercambio en un mundo entonces alejado y desconocido. Siguiendo estas tradiciones «precoloniales», a partir del siglo VIII a.C. llegó la colonización fenicia, bien documentada en las costas meridionales de la Península desde la desembocadura del río Segura en Alicante hasta la del Tajo en Portugal, aunque su foco principal debe considerarse Cádiz. Los fenicios introdujeron el hierro, el torno de alfarero, los pesos y medidas, la arquitectura urbana, el policultivo mediterráneo (asociación de trigo, vid y olivo), la idea de ganancia, monarquías sacras, etcétera, contribuyendo estos contactos a la aparición de una nueva organización social, jerarquizada y basada en nuevas concepciones religiosas, que explican el origen de la cultura tartésica.
     Tras los fenicios, en torno a fines del siglo VII a.C., hizo su aparición el comercio griego del Asia Menor, inicialmente de Samos, como indica el fabuloso viaje de Kolaios a Tartessos. A partir del siglo VI, los griegos de Focea, pequeña ciudad jonia que hacia el 600 a.C. había fundado Massalia (Marsella) y Emporion (Ampurias), desde estas colonias fueron extendiendo sus redes comerciales y su influjo cultural por todas las costas levantinas y del Sureste peninsular para alcanzar Tartessos, penetrando desde allí hacia la Andalucía oriental. Tras la profunda crisis colonial que supuso en el siglo VI a.C. la conquista de Tiro y Focea por Babilonia y Persia y tras el enfrentamiento entre griegos y púnicos en el Mediterráneo occidental, poco a poco surgió la presencia hegemónica de los púnicos de Cartago, lo que obligó a los focenses, sus rivales en Occidente, a aliarse a Roma desde fechas muy tempranas. Los púnicos controlaban las costas meridionales de Hispania y, desde Ibiza, sus principales vías de acceso, heredando la tradición comercial y cultural del mundo fenicio, hasta que, en su enfrentamiento a Roma, en la segunda mitad del siglo III a.C., bajo el dominio de los Bárquidas, emprenden en la Península Ibérica una política imperialista de tipo helenístico, hecho que tuvo una amplia repercusión en el mundo indígena y que fue la causa determinante de la presencia de Roma en Hispania.
     En efecto, aunque estos contactos coloniales tenían una finalidad básicamente económica, pues se basaban en las grandes ganancias que producía la adquisición de materias primas peninsulares, como oro, plata, estaño, cobre y, seguramente, esclavos, a cambio de objetos elaborados, como cerámicas, vasos de bronce, marfiles tallados, joyas y tejidos, adquiridos por las elites locales, este tipo de comercio daría lugar progresivamente a instalaciones coloniales que permitirían un contacto más estrecho con el mundo indígena, contribuyendo a su progresiva aculturación y, al mismo tiempo, a la inclusión de estas alejadas regiones del finis terrae en la economía mundial dirigida por los grandes imperios de Oriente, a los que los fenicios servían de suministradores de materias primas. Pero, además, estos distintos procesos coloniales, dada la superioridad cultural del mundo colonial, dieron lugar a un continuo proceso de aculturación, al actuar sobre el mundo indígena como un fermento que estimulaba su propio desarrollo, tanto más acentuado cuanto más estrecho fueran los contactos y mayor fuera la capacidad de asimilación. Gracias a este proceso, las zonas de desarrollo más favorable, como Tartessos y el área meridional del mundo ibérico, al alcanzar un nivel cultural mayor, acabaron por convertirse en focos de aculturación de las poblaciones limítrofes, especialmente de las situadas más al interior, contribuyendo de este modo poco a poco a difundir las nuevas formas de vida urbana que suponía este proceso de «mediterraneización». En consecuencia, se fue acelerando la tendencia al desarrollo de todos los pueblos, en la esfera económica, social e ideológica, según su capacidad y sus propias pautas, pero también siguiendo una tendencia general, ya que su final lógico no era otro que aproximarse a mayores niveles de civilización, cuya culminación representa Roma en la Antigüedad.
     Pero, paralelamente, los contactos crecientes con el mundo colonial y el citado desarrollo del mundo indígena ayudan a comprender los complejos fenómenos de etnogénesis a los que se ha hecho referencia, pues los distintos influjos coloniales, al actuar de distinto modo según las zonas geográficas afectadas y la mayor o menor capacidad receptora del substrato, contribuyeron a reforzar la personalidad de las diversas formaciones étnicas, aunque todas ellas ofrecían, como se ha señalado, características comunes y una tendencia general hacia formas de vida cada vez más desarrolladas y próximas al mundo urbano.
     Este factor geográfico se refleja en el complejo proceso de etnogénesis que ofrece la Península Ibérica a lo largo del I milenio a.C., en el que se formaron los diversos pueblos prerromanos a los que se enfrentarían los romanos. De este modo se explica que, a la llegada de Roma, Hispania ofreciera una mayor diversidad étnica y cultural que cualquier otra región europea, sin excluir la misma Italia o los Balcanes, dado su claro gradiente de diferenciación cultural de Norte a Sur y de Este a Oeste. Esta diferencia del desarrollo se comprende por la mayor o menor apertura al Mediterráneo y a sus vivificantes influjos culturales, acentuada por la diversidad geográfica, apenas uniformada por la gran Meseta Central que actuaba como área de contacto y que, al mismo tiempo, generaba tendencias centrífugas hacia las regiones periféricas, más abiertas al exterior, dada su mayor fuerza demográfica y su posición central, lo que explica su papel en la transmisión de estímulos culturales. Además, la interacción continua entre unos grupos y otros dio como resultado un cuadro que debería aproximarse bastante más a un «mosaico» étnico que a espacios homogéneos delimitados por fronteras definidas como las que se utilizan para expresar los supuestos territorios étnicos, pues en numerosas zonas, si no en la mayoría, predominarían fenómenos de interetnicidad, no sólo en sentido espacial, sino también en el social y cultural, que resultan aún más difíciles de determinar. Además, dicho proceso, acentuado por el influjo de fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos, coincide con la citada evolución general hacia formas de vida urbana, cuya culminación definitiva fue la incorporación de toda Hispania a la órbita de Roma.
     Dentro de este marco, geográfico e histórico, el complejo mosaico etno-cultural de las gentes de Hispania podría agruparse, a grandes líneas, en tres grandes troncos, cuyas características hay que valorar para comprender las distintas etapas y los procesos diferenciados de contacto, enfrentamiento y asimilación por Roma.
     Uno está constituido por los pueblos de tradición cultural predominantemente mediterránea, como los Tartesios y sus herederos los Turdetanos más las poblaciones que hoy día conocemos como Iberos, que ocupaba las zonas meridionales y levantinas, las más abiertas al Mediterráneo y a sus corrientes civilizadoras. Estas gentes eran los más cultos y civilizados, especialmente la Turdetania, en la actual Andalucía, como acertadamente señaló Estrabón (III,1,6 y 2,1), lo que facilitó su pronta e intensa romanización, facilitada en buena parte por su anterior sometimiento al imperio bárquida.
     Otro tronco étnico y cultural lo representan las gentes celtas, que, junto a los iberos, constituían la principal población de Hispania, como refiere el celtíbero Marcial (10,65: ex Hiberis et Celtis genitus). Habitaban especialmente las regiones centrales de Hispania, en torno al Sistema Ibérico, pero estaban relacionados con los pueblos del norte y del occidente extendidos hasta el Atlántico, regiones hacia las que tendían a expandirse. Estos celtas eran afines a la población de todo el Occidente de Europa, incluida el Norte de Italia, la Gallia Cisalpina, siendo considerados por Roma como su antagonista «bárbaro» desde el siglo IV a.C., cuando llegaron a conquistar la Urbe. Estas gentes, de estirpe indoeuropea y de tradición guerrera, a la llegada de Roma, estaban en pleno proceso expansivo hacia zonas periféricas, favorecido por su estructura gentilicia clientelar de ideología guerrera. Este hecho, junto a su escaso desarrollo cívico, explican su enorme capacidad de resistencia, en la que tanto destacaron Celtíberos y Lusitanos, en una lucha desigual entre este mundo indígena y el emergente imperio colonial romano. Sin embargo, los pueblos del Norte, como Galaicos, Astures y Cántabros, mostraban aun menor nivel de desarrollo, dada su ancestral estructura pregentilicia basada en clases de edad, lo que explica su ruda oposición a Roma y su capacidad de resistencia, siendo, por el mismo motivo, muy refractarios a la romanización.
     Finalmente, en valles de las montuosas zonas próximas al Pirineo Occidental, vivían vascones y otros pueblos afines de origen no indoeuropeo, más bien relacionados con el mundo ibero y aquitano, aunque en proceso de celtización. Su aislamiento y pobreza característicos explican su marginalidad, lo que permitió la pervivencia de este substrato que apenas llegó a romanizarse.
     Roma se impuso lentamente, tras un formidable esfuerzo bélico de casi dos siglos, sobre este complejo mosaico de culturas y pueblos, en muchos casos aún insuficientemente conocidos. Por ello, la romanización representa la última consecuencia, alcanzada no sin resistencia, del proceso de «mediterraneización» o tendencia general hacia formas de vida urbana iniciado mil años antes con la llegada de fenicios, griegos y púnicos y que culminó en la asimilando toda Hispania al Imperio Romano, cuya labor civilizadora contribuyó a unificar gentes y culturas y a alcanzar nuevos horizontes de desarrollo histórico.

     Las regiones meridionales y orientales: Tartesios e Iberos
     Las regiones meridionales de la Península Ibérica han sido siempre una de las más ricas de Europa en recursos naturales, tanto agrícolas y ganaderos como minerales, lo que facilitó siempre su desarrollo demográfico y cultural. Desde el Calcolítico, en el III milenio a.C., ya aparecen poblados que centralizan el territorio, así como fuertes jerarquías evidenciadas por tumbas monumentales. A fines del II milenio, a partir del Bronce Final, coincidiendo con la fecha de la mítica fundación de Cádiz hacia el 1100 a.C., los contactos «precoloniales» desencadenaron un marcado impulso cultural que cristalizó en el mundo orientalizante de Tartessos. A partir del siglo VIII a.C., el asentamiento de colonias y factorías fenicias por toda la costa meridional impulsó el desarrollo indígena y su sociedad alcanzó pronto un nivel urbano, formándose pequeñas ciudades-estado regidas por reyes de tipo sacro. Su fastuosidad y riqueza, que documentan joyas y objetos suntuarios aparecidos en tumbas como las de Aliseda (Cáceres) o La Joya (Huelva) y en palacios, como el de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz), dio a Tartessos una fama de país fabuloso, de lo que se hacen eco relatos semilegendarios conservados en la Biblia y en algunas noticias de los historiadores griegos.
     Tartessos desaparece de la Historia a fines del siglo VI a.C., al no resistir las tensiones surgidas en el ámbito colonial entre fenicio-púnicos y griegos, siendo sustituida sus monarquías sacras por aristocracias gentilicias. Sus sucesores fueron los Turdetanos, que ocupaban las mismas tierras de Andalucía Occidental, siendo afines a ellos otros pueblos, como los Túrdulos de las áreas montañosas o los Bastetanos que habitaban las depresiones penibéticas de Granada. Los Turdetanos, al llegar los romanos, eran los más desarrollados de Hispania. Según Estrabón (III,1,15), escritor griego de tiempos de Augusto, «la riqueza del país hace que los Turdetanos sean civilizados y desarrollados políticamente», pues «son considerados los más cultos de los iberos, puesto que conocen la escritura y, según sus tradiciones ancestrales, incluso tienen crónicas históricas, poemas y leyes en verso de más de seis mil años de antigüedad» (Estrabón, III,1,6), siendo «sus ciudades extraordinariamente numerosas, pues se dice que llegan a doscientas» (Estrabón, III,2,1). Este hecho lo han comprobado las investigaciones arqueológicas, ya que en estos territorios la densidad de núcleos urbanos era mucho mayor que en el resto de Hispania, alcanzando también mayor tamaño, pues los mayores ofrecen hasta 50 hectáreas, como Carmo (Carmona, Sevilla), Corduba (Córdoba) o Castulo (cerca de Linares, Jaén), lo que refleja que representaba la sociedad más desarrollada de la Hispania prerromana. Esta sociedad estaba organizada en ciudades-estado dirigidas por aristocracias gentilicias que ofrecían las formas culturales más refinadas de la Hispania prerromana, aunque con amplias capas de la sociedad sometidas a servidumbre para beneficiar los importantes recursos mineros, como la plata de Sierra Morena, y agrícolas, entre los que destaca el policultivo mediterráneo de olivo, vid y trigo, seguramente introducido en el periodo orientalizante.
     Su mayor grado de desarrollo, su mayor capacidad de asimilación y su proximidad a las colonias fenicias, especialmente de Cádiz, explican el fuerte influjo púnico y oriental que siempre mantuvo su cultura, tradición que perduró mucho después de la conquista romana y que se evidencia tanto en sus cerámicas y objetos habituales como en sus creencias o en su urbanismo, de casas con terraza apelmazadas en callejuelas irregulares y estrechas que, a través de la dominación árabe, ha perdurado hasta nuestros días.
     Integrados en el imperio de los Bárquidas hasta el final de la II Guerra Púnica, se sublevaron inicialmente contra los romanos, pero fueron pronto sometidos. Su desarrollo y capacidad de asimilación cultural explican que Estrabón (III,2,15) ya señale que en su época «especialmente los que habitan cerca del Betis (el río Guadalquivir), han asimilado el modo de vida romano y ya no recuerdan su propia lengua, (...) de modo que poco falta para que todos sean romanos». Este gran desarrollo de la Betica, como los romanos llamaron a esta favorecida región, y su tradición de apertura cultural fueron la clave de su temprana e intensa romanización, por lo que son muy escasos los testimonios conservados de su lengua prerromana. Por ello, no es casualidad que de esta región procediera el primer personaje no itálico que alcanzó el rango de Senador en Roma, así como el primer cónsul romano de origen no itálico; también Trajano, el primer emperador surgido de las elites provinciales, era originario de Italica (Santiponce, Sevilla), siendo la Betica, igualmente, la patria de Séneca y de otros afamados escritores de la edad de plata de la literatura latina.
     La difusión de estímulos culturales desde Tartessos hacia el Sureste peninsular y el paralelo influjo de los fenicios desde la costa dio lugar a la aparición de una cultura orientalizante en dichas zonas a partir de fines del siglo VII a.C., pero, a partir del siglo VI, se produjo una asimilación progresiva de influjos culturales greco-focenses de Ampurias, originándose lo que actualmente se conoce como «cultura ibérica», extendida entre todos los pueblos situados en las regiones mediterráneas desde la Alta Andalucía y el Sureste hasta más allá de los Pirineos, pues sus influjos se extendieron hasta el Rosellón, penetrando igualmente en el Valle del Ebro y el Sureste de la Meseta.
     Esta extensa región, de casi 1000 km de longitud, estaba habitada por numerosos pueblos de orígenes o substrato cultural muy diferentes. Las áreas meridionales, en las que destacan Bastetanos y Oretanos, eran afines al mundo tartésico, tal como evidencia el monumento de Pozo Moro, su tipo de escritura e, incluso, algunos topónimos. Por el contrario, las zonas septentrionales muestran un indudable substrato de la Cultura de «Campos de Urnas», que pudiera considerarse como afín al mundo celto-ligur. Además de este doble origen, los influjos púnicos predominaron en el Sureste, frente a los griegos extendidos desde Ampurias, última colonia griega de Occidente. De este modo se comprende la gran diversidad étnica y cultural existente entre los Bastetanos, de la Andalucía Oriental, los Oretanos, a caballo de Sierra Morena entre La Mancha y el Alto Guadalquivir, los Contestanos de la zona alicantina, los Edetanos de las llanuras de Valencia, los Ilergavones en la desembocadura del Ebro, los Ilergetes y Sedetanos en el interior, y otros grupos menores que habitaban por Cataluña, como Laietanos, Ausetanos, Indiketes, etcétera, hasta los Sordones y Elysices que ya habitaban al Norte de los Pirineos.
     Esta variedad cultural y étnica se refleja en su cultura y en su sistema político, pues las ciudades eran mayores entre los pueblos ibéricos meridionales, indicando su mayor desarrollo urbano y cultural, mientras que los septentrionales, de mayor tradición guerrera, carecen de grandes poblados hasta el siglo IV a.C., aunque a partir de esa fecha resulta evidente una creciente helenización, proceso que, en general, tendió a ir borrando diferencias entre unos pueblos y otros. De su escritura, derivada de la Tartésica, y de su lengua, que aún no se ha logrado interpretar, pero que se considera de origen aparentemente no indoeuropeo, cada día se conocen más testimonios. La presencia de topónimos muy extendidos por todo el mundo ibérico, como los nombres de ciudad que empiezan por Ili-, como Ilerda (Lérida) Iliturgi (Mengíbar, Jaén), así como la generalización de un mismo sistema de escritura desde Alicante hasta más allá de los Pirineos, han hecho suponer que se hablaría una misma lengua ibérica por todo el mundo ibérico, aunque también es posible que esta aparente unidad sea más aparente que real, pues debieron existir variedades lingüísticas actualmente imposibles de determinar.
     A la llegada de Roma, los iberos estaban en estados de base étnica, cuya capital generalmente era una ciudad epónima, como Basti (Baza, Granada) entre los Bastetanos, Oretum (Granátula de Calatrava?, Ciudad Real), entre los Oretanos, e igualmente entre los Edetanos, Ausetanos, Indiketes, etcétera. Estos territorios estaban dirigidos generalmente por reyes, régulos y príncipes más o menos poderosos de origen aristocrático gentilicio, de ideología más o menos guerrera que, en ocasiones, también daban nombre de su pueblo, como Edecón, rey de los Edetanos. Estas pequeñas monarquías, progresivamente, irían cayendo en la órbita de los Bárquidas, como Indíbil y Mardonio entre los Ilergetes, perdurando alguna de ellas hasta mucho después de la conquista romana, pues un rey denominado Indo, todavía aparece citado con sus tropas en plena guerra entre Pompeyo y César (De bell. Hisp. 10). Pero también existía alguna ciudad-estado regida por magistrados electos y senados aristocráticos, como Sagunto, que fue, además, la primera ciudad ibérica en acuñar moneda con su tesoro público, probablemente por ser la más helenizada como vieja aliada de la focense Emporion y, a través de ella, de Roma, lo que ayuda a comprender su enfrentamiento y destrucción por Aníbal el 218 a.C.
     Las principales poblaciones ibéricas cabe interpretarlas como pequeñas ciudades, aunque fuera de la Bética raramente alcanzan las 10 hectáreas de extensión, siendo sus casas de piedra con terrazas de barro. Todas las poblaciones estaban fortificadas por murallas, lo que supone un estado de guerra habitual entre sus elites dirigentes, incluso las pequeñas aldeas dependientes de poblaciones mayores, existiendo en muchas zonas pequeñas torres para la vigilancia y defensa del territorio. La población estaba estructurada en clanes, al menos las familias aristocráticas, de las que dependía el resto de la población, sometida por medio de un sistema clientelar muy extendido a una situación próxima a la servidumbre, existiendo también esclavos, en gran parte fruto de las frecuentes guerras y enfrentamientos.
     La economía ibérica era agrícola y ganadera, pero existía una larga tradición de comercio y intercambio en beneficio de las elites, lo que explica el desarrollo de su peculiar escritura, de origen tartésico, y de sistemas de pesas y medidas y, finalmente, de la moneda, elementos que fueron tomando del mundo colonial, púnico y griego, aunque, tras la conquista, cada vez se hacen más evidentes los influjos romanos. También floreció el artesanado, creando esculturas, cerámicas, joyas y otros objetos suntuarios, que normalmente se consideran como creaciones del Arte Ibérico y que denotan la personalidad y el gusto estético del artesanado de todos estos pueblos al servicio de sus elites sociales. Más complejo es analizar su religión. Muy influenciada por el mundo tartésico y fenicio-púnico en las regiones meridionales, como evidencia el monumento de Pozo Moro o las cerámicas de Elche, en la zona septentrional, por el contrario, predominan pequeños santuarios domésticos familiares, de los que, poco a poco, surgen los primeros templos de carácter urbano, ya en fechas próximas a la aparición de Roma. Sus divinidades eran de origen ancestral, relacionadas con la fecundidad y la defensa del territorio y su población, y cada vez se fueron adaptando más y más a las del mundo colonial, hasta el punto de que, en los últimos siglos a.C., parece posible identificar en las zonas meridionales el culto a divinidades púnicas como Tanit-Juno y Melkart y a divinidades griegas, como Artemisa y Herakles, en las septentrionales.
     Esta tendencia bien acentuada al desarrollo urbano, gracias a la creciente apertura al mundo colonial mediterráneo, explica que la presencia de Roma se dejara sentir indirectamente en las zonas litorales del Levante ya desde el siglo IV a.C. a través de sus aliados, los focenses. Pero con el desembarco de los ejércitos romanos el 218 a.C., tras algunos episodios de resistencia durante la II Guerra Púnica y algunos años después, el proceso fue ahogado definitivamente por el Cónsul M. Porcio Catón, quien pacificó definitivamente todo el mundo ibérico el 195 a.C. Tras su integración en la órbita de Roma, se produjo un auge sin precedentes de esta cultura, pero también supuso su progresiva desaparición, absorbida bajo la creciente romanización, plenamente afirmada hacia el cambio de era.

     Los pueblos de la Meseta: Celtíberos y pueblos afines
     La Meseta constituye una gran unidad geográfica, que actúa como lugar de encuentro de las diversas culturas y etnias periféricas, por lo que en ella se refleja en buena medida la gran diversidad peninsular. Pero, a medida que fue avanzando el I milenio a.C., resulta cada vez más evidente la llegada de diversos influjos mediterráneos, proceso que se conoce como iberización y que, desde el Sur y el Este, poco a poco fue penetrando hacia el interior transformando los substratos precedentes.
     En efecto, en las áreas meridionales de la Meseta Sur, los Bastetanos se extendían hasta las llanuras de Albacete, mientras que los Oretanos habitaban a caballo de Sierra Morena entre la Mancha y el Alto Guadalquivir. Estas poblaciones deben considerarse ibéricas aunque, en algunos aspectos, parecen haberse celtizado, probablemente en época tardía, pero compartían raíces culturales y habían recibido fuertes influjos tartésicos desde el periodo orientalizante, que prosiguieron dada su afinidad con los Turdetanos.
     Por el contrario, en la zona occidental del Valle del Ebro y en las altas tierras en torno al Sistema Ibérico y el Este de la Meseta, de más de 900 metros de altura, habitaban los Celtíberos, gentes celtas según evidencia su substrato étnico y su cultura. En estas zonas, a partir del siglo VII a.C., se observa la aparición de influjos mediterráneos como el uso del hierro, junto a otros elementos culturales y religiosos, como el rito de incineración, el culto al hogar doméstico y un urbanismo basado en casas de medianiles comunes alineadas en torno a una calle o espacio central. Todos estos elementos parecen haber llegado con penetraciones de gentes originarias de los Campos de Urnas procedentes del Valle del Ebro, lo que parece indicar que los Celtíberos y los iberos septentrionales compartían ciertas raíces comunes. Como dichas zonas internas carecían de contacto directo con el mundo colonial, su desarrollo cultural fue siempre más lento que en el mundo ibérico y, en gran medida, dependiente de éste.
     Estas gentes celtibéricas asentadas en las altas tierras del interior peninsular mantuvieron la tradición pastoril de las poblaciones del substrato occidental atlántico de la Edad del Bronce pero sus jerarquías gentilicias controlarían las relaciones con las zonas costeras, lo que tendería a reforzarlas, introduciéndose de este modo el uso del hierro y de otros elementos, como el torno de alfarero, éste generalizado sólo más tarde. A partir del siglo VII a.C., los Celtíberos habitan en pequeños poblados amurallados de tipo castro, que controlaban sus pequeños territorios, muy aptos para el pastoreo, explotados de manera comunitaria. Aunque algunos elementos ibéricos, como el torno de alfarero, penetran en estas zonas desde fechas muy tempranas, quizás ya en el siglo VI a.C., en su personalidad siempre destacó una fuerte componente guerrera, evidenciada por las armas que aparecen depositadas como ajuar en las sepulturas más ricas. En efecto, la asimilación del hierro para el armamento, que aprovechaba la riqueza y calidad del mineral del Sistema Ibérico, y el carácter fuertemente jerarquizado de pastores-guerreros, tan adecuado a su sistema socio-económico de ganadería trashumante, explican el creciente desarrollo de su organización social guerrera de tipo gentilicio y clientelar. Ésta se fue imponiendo a lo largo del tiempo, dada su eficacia y su tendencia expansiva, primero hacia las zonas más próximas, como el Valle del Ebro o la Carpetania y, posteriormente, hacia regiones mucho más apartadas, aunque con una clara preferencia hacia las áreas pastoriles septentrionales y occidentales, las más afines dado su substrato cultural céltico y su economía ganadera. Por estos motivos, a la llegada de Roma, estas gentes estaban en pleno proceso de expansión hacia otras áreas por medio de racias más o menos esporádicas que acabarían dando lugar a alcanzar el control de territorios cada vez más amplios en los que se asentaban llevando a cabo un auténtico proceso de «colonización». Esta fuerza expansiva, basada en su espíritu guerrero y su eficaz organización clientelar, explican su impresionante enfrentamiento a Roma, que sólo pudo someterlos tras guerras de inusitada dureza, que se prolongaron durante casi un siglo.
     La yuxtaposición de elementos ibéricos y célticos que ofrecían los Celtíberos es la clave de su indudable personalidad, pues, aunque eran celtas desde un punto de vista étnico, como evidencia su lengua y su organización social e ideológica, manifestaban, al mismo tiempo, una fuerte iberización en sus formas culturales. Esta característica, ya percibida en la Antigüedad, explica la denominación de «Celtíberos» que les dieron los escritores clásicos. Aunque, inicialmente, significaba «los Celtas de Iberia», paulatinamente sirvió para aludir a la personalidad étnica de estos pueblos, cuyo mestizaje cultural los diferenciaba de otras poblaciones célticas de más allá de los Pirineos, aludiendo a esta doble raíz el mismo Marcial, quien, como originario de Bilbilis, la celtibérica Calatayud, se definía como hijo de Celtas e Iberos.
     Aunque puntualmente también ofrecen influjos nordeuropeos, originarios de la Cultura de La Tène desarrollada por las poblaciones célticas norpirenaicas, especialmente en la adopción de ciertos tipos de fíbulas o broches y de largas espadas rectas, a partir del siglo IV a.C. la iberización se acentúa, seguramente por la creciente presencia de mercenarios celtibéricos en los ejércitos reclutados para sus guerras por griegos y púnicos y, también, por los turdetanos. Esta actividad, tan acorde con la ideología guerrera de sus elites y su sistema de vida, en buena medida basado en la guerra y las racias, se fue desarrollando de modo paralelo al evidente incremento demográfico que evidencian sus poblados y necrópolis y que era resultado de la asimilación paulatina de elementos mediterráneos, cuya llegada y asimilación favorecían dichos contactos, por lo que este proceso iba aumentando la interrelación entre los celtíberos y las poblaciones mediterráneas, aproximándolos cada vez más hacia las formas de vida civilizada.
     A partir de mediados del siglo III a.C, la creciente presión cartaginesa, especialmente tras las expediciones de Aníbal por la Meseta, se observa una tendencia general a la aparición de grandes oppida o ciudades fortificadas que controlaban un territorio cada vez más extenso y jerarquizado, dentro del cual quedaban incluidos no sólo los pequeños castros anteriores como poblados subordinados, sino en ocasiones etnias enteras sometidas a las elites de las más poderosas, como, por ejemplo, los Titos, dependientes de los Belos de la ciudad de Segeda (Apiano, Iberia 6). Este proceso favoreció la formación de auténticas ciudades-estado, que ofrecían un cierto carácter étnico, contribuyendo, al mismo tiempo, a la difusión de formas de vida cada vez más urbanas, que alcanzan su máximo desarrollo en el momento de su enfrentamiento a Roma a partir de inicios del siglo II a.C. Pero, al mismo tiempo, se observa un incremento de la asimilación de estímulos ibéricos, como el urbanismo ortogonal, bien documentado en la ciudad de Numancia. De estos elementos, tal vez lo más destacable sea el empleo generalizado de la escritura ibérica para sus pactos y documentos oficiales como han puesto en evidencia las leyes de bronce descubiertas en Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza), que denotan el marcado desarrollo urbano de los Celtíberos, seguramente los más civilizados de todos los Celtas. Igualmente, es muy significativa la adopción de la moneda, hecho ya ocurrido bajo el dominio romano, aunque sus tipos reflejan siempre una tradición ideológica propia, símbolo de las elites que controlaban y administraban sus ciudades: una cabeza del héroe o divinidad protectora de la ciudad por el anverso y, por el reverso, el héroe a caballo atacando lanza en ristre.
     Este desarrollo, unido a su capacidad de organización social basada en fuertes jerarquías guerreras de carácter ecuestre apoyadas en clientelas gentilicias cada vez más numerosas, como el príncipe celíbero Allucio, que acudió en ayuda de Escipión con 1400 jinetes de sus clientes (Tito Livio, 26,50), explican su fuerza política y su capacidad de resistencia frente a un enemigo muy superior, como era Roma, a la que tuvo en jaque durante casi 100 años. Sin embargo, tras la caída de Numancia el 133 a.C., la romanización fue imponiéndose poco a poco. A este proceso contribuyó poderosamente su creciente inclusión en el sistema clientelar romano, especialmente durante las Guerras Civiles del siglo I a.C., como evidencia el que Sertorio, en su enfrentamiento a las elites de Roma, se apoyara especialmente en los Celtíberos, incluso creando en Osca (Huesca) una escuela para educar a la romana a los hijos de las elites celtibéricas, cuyas casas, como la descubierta en La Caridad (Teruel), eran ya auténticas villas romanas, siendo interesante señalar que, aunque no de forma general, Estrabón (III,2,15), hacia el cambio de era, ya consideraba a los Celtíberos como togatoi, eso es, como gente civilizada que vestía y vivía a la romana.
     Además de los Celtíberos, en las zonas más occidentales de la Meseta habitaban otros pueblos más o menos afines. En general, ofrecían menor desarrollo cultural que los Celtíberos al quedar más alejados del Mediterráneo, por lo que su cultura mantenía elementos más arcaicos originarios de su substrato indoeuropeo extendido por las regiones del Bronce Final atlántico, del que debía proceder una estructura comunal agraria que llamó la atención en la Antigüedad (Diodoro 5,34,3).
     El más importante e estos pueblos tal vez fuera el de los Vacceos, que habitaban en las llanuras sedimentarias del Duero. A la llegada de Roma, habitaban grandes oppida de hasta 100 Ha de extensión, dirigidos por elites ecuestres que resaltaban su estatus y riqueza por medio de torques, brazaletes, fíbulas y otras joyas como las aparecidas en tesoros como los de Palenzuela (Palencia) o Arrabalde (Zamora), siendo de destacar su caballería, pues podían llegar a formar ejércitos de varios miles de jinetes. Hacia el Suroeste, a caballo del Sistema Central, habitaban los Vettones, relacionados con los Vacceos y Lusitanos. Dicho pueblo era de carácter pastoril, como evidencian sus grandes castros en zonas montañosas y sus «verracos» o figuras de toros y cerdos dispuestas para señalar sus territorios de pasto y como defensa mágica del ganado, aunque su mayor proximidad a la vía de la Plata que recorría las regiones interiores del Occidente de Hispania los hacía más abiertos a los estímulos llegados desde el mundo tartésico y turdetano. Finalmente, también cabe hacer referencia a otros grupos menores, como Turmogos y Pelendones, habitantes, respectivamente, de las zonas septentrionales de Burgos y Soria, cuyo carácter era más serrano y retardatario.
     Todos estos pueblos, frecuentemente asociados a los Celtíberos en su enfrentamiento a los romanos, al llegar éstos, ofrecían un proceso de creciente celtiberización, bien por estar sometidos a elites ecuestres celtibéricas, bien por ir adoptando un sistema de vida parecido basado en clanes guerreros gentilicios como mejor forma de contrarrestar la capacidad expansiva celtibérica, hasta que, a partir del siglo II y en la primera mitad del I a.C., fueron cayendo en la órbita política de Roma.

     Las regiones atlánticas: Lusitanos, Galaicos, Satures y Cantabros
     Las regiones atlánticas del occidente y del norte de Hispania, desde el centro de Portugal hasta Galicia, Asturias y Cantabria, resultaban las regiones más apartadas de los estímulos mediterráneos, por lo que mantenían formas de vida mucho más arcaicas, totalmente extrañas al mundo entonces civilizado que representaba Roma, lo que explica su mayor resistencia y su menor capacidad de adaptación al fenómeno de la romanización.
     Este hecho se explica por su aislamiento geográfico y su lejanía en el finis terrae del mundo entonces conocido, por lo que apenas habían llegado hasta ellos avances culturales como el uso del hierro, el urbanismo de casas cuadradas, la organización jerarquizada del territorio o la estructura de clanes y clientelas, elementos que sí se documentan entre los pueblos de la Meseta, especialmente entre los Celtíberos, desde antes de mediados del I milenio a.C.
     De todos estos pueblos cabe destacar a los Lusitanos, que dieron nombre a la Lusitania, la provincia más occidental del Imperio Romano. Se extendían por las regiones atlánticas desde el centro de Portugal y las zonas occidentales de la actual Extremadura española hasta la Gallaecia, nombre que los romanos dieron a su zona más septentrional (Estrabón III,3,3), que corresponde al norte de Portugal y la actual Galicia. Relacionados con ellos estaban los Vettones y Vacceos, más abiertos al influjo celtibérico, y los Astures y Cántabros, que habitaban las regiones septentrionales de la Meseta Norte y la Cordillera Cantábrica.
     Todos estos pueblos ofrecían una estructura socio-económica muy primitiva. La sociedad estaba organizada por sexos y clases de edad, con duros ritos de iniciación para ser admitidos como guerreros que documentan sus saunas semihipogeas. Igualmente, conservarían la explotación colectiva de la tierra de los primitivos indoeuropeos, como dorios, germanos y eslavos, costumbre parcialmente conservada en algunas tradiciones comunales de la Península Ibérica casi hasta la actualidad, pero que debe considerarse anterior al desarrollo de las diferencias de clase surgidas al organizarse la sociedad en clanes gentilicios. Vivían en casas chozas redondas en pequeños aldeas fortificadas o «castros», que controlaban su pequeño territorio circundante. Las mujeres heredaban la casa y la tierra pues Justino (44,3,7) indica que «se ocupan de la tierra y la casa mientras que los hombres se dedicaban a la guerra y las racias», división de roles característica de primitivas sociedades de pastores-guerreros, como los Celtíberos más antiguos o los Celtas de Irlanda. Esta forma de vida generaba creciente inestabilidad y favorecía la expansión ocasional de pequeños grupos a gran distancia, según comenta Diodoro (5,34,6): «los que en edad viril carecen de fortuna y destacan por su fuerza física y valor ... con las armas se reúnen en las montañas, forman ejércitos y recorren Hispania amontonando riquezas por medio del robo». Esta forma de vida perduró hasta plena conquista romana, siendo una de las principales preocupaciones de los romanos, que consideraban a estos grupos como simples latrones o bandoleros, como denominaban a Viriato y a otros caudillos semejantes. Estrabón (III,3.6) también describe su arcaico armamento, con un pequeño escudo redondo y cóncavo, puñal y lanzas, documentado en las esculturas de «guerreros lusitanos», seguramente jefes carismáticos heroizados, a los que se vinculaban con pactos personales de carácter sacro, caudillos que, ya en época tardía, llegaron a movilizar ejércitos de miles de hombres, como Viriato, Púnico y otros. Además, estos pueblos ofrecían otras costumbres no menos extrañas para el mundo civilizado, como hacer sacrificios humanos, cortar las manos a los prisioneros, comer gran parte del año bellotas, usar mantequilla en vez de aceite y beber cerveza en vez de vino.
     De todas formas, la Arqueología muestra que, en los siglos últimos antes de la era, estos pueblos estaban alcanzaban cada vez mayor desarrollo, en parte debido a un creciente influjo «celtibérico», evidenciado por la aparición de clanes gentilicos y la dispersión de ciertos antropónimos y etnónimos, pero el proceso fue interrumpido por la aparición de Roma. Su conquista supuso un gran esfuerzo, pues, dado su escaso desarrollo cultural, aunque no podían formar grandes ejércitos estables, ofrecieron gran resistencia al no estar acostumbrados a formas de vida civilizada. Por consiguiente, Roma tuvo que «crear» en estas zonas las primeras ciudades al no existir ninguna organización territorial supralocal, lo que explica la perduración del carácter disperso del hábitat y la alta proporción de elementos indígenas conservados en áreas rurales hasta fechas muy avanzadas del Imperio Romano, habiéndose mantenido algunas de estas creencias y formas de vida prerromanas durante la Edad Media e, incluso, hasta nuestros días.

     La zona pirenaica: los Vascones
     Las regiones apartadas y montañosas de los Pirineos Occidentales mantuvieron formas de vida también muy primitivas, en parte semejantes a las señaladas en las zonas montañosas atlánticas, pero con la particularidad de que, al conservar una estructura cerrada poco permeable a los cambios, mantuvo elementos de un substrato étnico preindoeuropeo, por tanto de origen muy antiguo, que debe relacionarse con el actual mundo vasco. En efecto, en época prerromana, desde el Garona como límite de la Aquitania en el Suroeste de Francia hasta el Valle del Ebro, se hablarían lenguas que es difícil relacionar con las actualmente conocidas. Aunque se ha planteado su supuesta proximidad al ibérico, al bereber o a algunas lenguas caucásicas; este hecho más bien refleja el alejamiento de todas ellas respecto a las lenguas indoeuropeas, aunque el influjo de éstas se perciba desde fechas muy antiguas, seguramente desde el II milenio a.C.
     En el I milenio a.C., resulta evidente la celtización de la Aquitania y la iberización cultural del Valle del Ebro, al mismo tiempo que elites celtibéricas parecen dominar las riberas de dicho río, proceso interrumpido por Roma, que encontró en los Vascones su aliado perfecto para contrarrestar la expansión celtibérica por esas zonas y frenar de este modo su creciente poderío.
     Por ello, contrasta la diferente actitud ante los romanos de Vascones, Autrigones, Carisios, Várdulos y Cántabros. Los Bascones, aliados naturales de Roma contra los Celtíberos, mantuvieron sus ancestrales formas de vida al margen de la romanización en sus zonas montañosas, especialmente en la zona pirenaica occidental, la más impenetrable, hasta cristianizarse ya en plena Edad Media, lo que explica el interés que ofrecen los elementos de su peculiar lengua y cultura llegados hasta nuestros días. Por el contrario, en las áreas más abiertas, como el Valle del Ebro, los Vascones, al igual que Autrigones, Carisios, Várdulos, pueblos más o menos celtiberizados previamente que ocupaban el territorio del actual País Vasco y la parte septentrional de Burgos, fueron romanizados como los restantes pueblos circundantes. Sin embargo, los Cántabros, pueblo montañés de estirpe indoeuropea con formas de vida muy primitivas, fueron quienes ofrecieron la última y más enconada resistencia a Roma, hasta el punto que el mismo Augusto y con principales generales tuvo que participar en las terribles luchas para intentar dominarlos en su casi inaccesible territorio, lo que sólo se consiguió tras una auténtica guerra de exterminio que duró 20 años, ya que no estaban acostumbrados a ningún tipo de organización civilizada.

     Conclusión: la Romanización
     Hispania, en época prerromana, ofrece un complejo cuadro etno-cultural como resultado de uno de los procesos de etnogénesis más interesantes de la Historia, siguiendo una tendencia general en su evolución hacia formas de vida urbana, pero con estadios muy diferentes según las diversas regiones. Este proceso explica el mosaico de pueblos y culturas que Roma encontró a su llegada, con el que tuvo que enfrentarse hasta vencerlas no sin resistencias, primero militarmente, y, después, culturalmente al irse imponiendo de forma paulatina pero inexorable la romanización, como una forma de vida más organizada de la sociedad humana.
     A pesar de la aparente diversidad que supone dicho mosaico de culturas y pueblos, muchos aún insuficientemente conocidos, se evidencia una clara evolución general hacia estructuras sociales cada vez más civilizadas, hecho que explica en gran medida tanto los distintos procesos de etnogénesis como las unidades étnicas resultantes, en las que, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre unas y otras, éstas muchas veces resultan ser más aparentes que profundas, si se analizan en conjunto con una perspectiva amplia y global para obtener una visión de síntesis válida.
     Con ciertas tendencias variables según las diversas regiones, en la Hispania Prerromana se advierte un progreso general hacia un desarrollo cultural cada vez mayor, marcado por la aparición de elites rectoras desde los primeros contactos pre-coloniales, por su afianzamiento a lo largo de la Edad del Hierro al beneficiarse de los contactos con el mundo colonial con la introducción progresiva de nuevas fórmulas económicas, políticas e ideológicas para estructurar unas sociedades que resultan cada vez más complejas, que, finalmente, abocaron en una creciente tendencia, cada vez más inspirada en el helenismo, hacia formas de vida urbana. La última consecuencia y materialización de este proceso fue la inclusión de todos los territorios y pueblos hispanos en el Imperio Romano. Éste, con su gran labor civilizadora, unificó en gran medida territorios y gentes, permitiendo, en consecuencia, nuevas formas de desarrollo, comunes a amplias áreas del mundo civilizado.
     Pero estos procesos incluyeron también paralelamente interesantes fenómenos de convivencia y de intercambios étnicos y culturales y, seguramente, casos de fagocitación, absorción y extinción de unos grupos por otros en un proceso de «selección cultural» en el que se irían imponiendo los más potentes o culturalmente más eficaces. En todo caso, es interesante comprender la importancia que tuvo la presencia y el influjo del mundo colonial de fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos, gracias a cuya presencia se fue abriendo un marco histórico cada vez más amplio y con mayor capacidad de evolución. Pero dichos contactos, aunque también supusieron fenómenos de desculturización de las poblaciones indígenas y, evidentemente, de destrucción en algunos casos, alcanzaron, finalmente, una muy eficaz simbiosis cultural, esencial para el proceso de nuestra evolución cultural, pues sin el contacto con Fenicia, Grecia y Roma difícilmente se comprende el proceso histórico de las gentes que habitaron posteriormente la Península Ibérica.
     Por ello, este proceso de etnogénesis que finaliza con la presencia de Roma, al margen de su originalidad histórica irrepetible, ha contribuido a enriquecer la variedad cultural de las diversas regiones, dándoles, al mismo tiempo, una profunda unidad. En consecuencia, constituye un valioso punto de reflexión, humana e histórica, al ser una experiencia única de incalculable interés por su contribución a la formación de los pueblos y gentes que actualmente habitamos la Península Ibérica y por haberles dado una enriquecedora capacidad de asimilación y de difusión de influjos culturales, como posteriormente ha demostrado la Historia.

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