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Las provincias de Hispania en Plinio Volver al principio

El libro III de la Historia Natural de C. Plinius Secundus (cf. la introducción a la Descripción de las Islas Baleares) determina en su comienzo las tres partes que, al decir de Plinio, forman el orbe: Europa, Asia y Áfirca. Como el mismo naturalista indica, la descripción geográfica del mundo a la que se dedica este libro comienza por el occidente mediterráneo, por las columnas de Hércules como denomina al estrecho de Gibraltar, a la que sigue un orden lineal hacia oriente.
Antes de entrar en la pormenorizada descripción de la Península Ibérica, Plinio nos resume a grandes rasgos la división administrativa romana de la Hispania del siglo I d.C., caracterizada ya con los grandes accidentes geográficos y recordándonos que en la antigüedad las grandes cadenas montañosas y los grandes ríos constituyeron habitualmente límites administrativos. Plinio convierte a los Pirineos y a Sierra Morena (montes Oretanos) en límites septentrional y meridional de la Tarraconense, del mismo modo que los hoy llamados Montes de Toledo limitarían la Lusitania. Sólo dos grandes ríos aparecen en esta parte del relato; el Guadiana (antiguo Anas), que separa en la segunda mitad de su recorrido Lusitania de la Baetica, llamó la atención del naturalista por su peculiar trazado en tierras manchegas, con grandes lagunas como las de Ruidera cerca de su nacimiento en las tierras de Laminium (Alhambra, Ciudad Real) y con tramos subterráneos como los que terminan en los llamados «ojos del Guadiana». El segundo es el Guadalquivir (antiguo Baetis) que da nombre a la provincia Baetica, a la que Plinio como otros autores antiguos asociaron con razón a la riqueza agrícola. (Juan Manuel Abascal).

En este espacio [el Mediterráneo occidental], la primera de las tierras es la Hispania llamada Ulterior o Baetica; a continuación, desde el límite de Murgi a las cimas del Pirineo, se extiende la Citerior, también llamada Tarraconensis. En sentido longitudinal, la Ulterior se divide en dos provincias, ya que por el costado septentrional de la Bética se extiende la Lusitania, separada de ella por el río Anas. Éste, que nace en el territorio Laminitano de la Hispania Citerior, unas veces se convierte en lagunas, otras se encaja en desfiladeros y en otras se oculta bajo tierra para resurgir después, hasta desembocar en el Océano Atlántico.
La Tarraconense, por su parte, pegada al Pirineo y contigua a toda su vertiente, se extiende transversalmente desde el mar Ibérico hasta el océnao Gálico, y está separada de la Bética y de la Lusitania por el monte Solorio, por las sierras Oretanas y Carpetanas y por la de los Astures.
La Bética, llamada así por el río que la corta por la mitad, supera a las demás provincias gracias a la riqueza de sus cultivos y a una genuina y extraordinaria fertilidad.

[Plinio, Historia Natural, 3, 2, 6. Versión de Juan Manuel Abascal a partir del texto latino (FHA VII, Barcelona, 1987, 22) y de las traducciones de Bejarano (FHA VII) y de A. Fontán et al. (Ed. Gredos, Madrid 1998)].



Elogio de la ciudad de Bilbilis en Hispania Volver al principio

Nacido en Bilbilis (Cerro de Bámbola, cerca de Calatayud, Zaragoza) durante el reinado de Calígula (37-41 d.C.), Marcial fue testigo de excepción de la vida diaria en Roma a lo largo del siglo I d.C. Hasta su muerte en los primeros años del siglo II d.C. cuando había cumplido los 65, repartió su atención entre la capital del Imperio en la que vendía sus poemas como medio de vida y la Bilbilis natal, que en sus obras representa la paz, la vida sencilla y, al mismo tiempo, placentera en la Celtiberia alejada del bullicio de la urbe. Su afilada ironía desfila en los catorce libros de los Epigramas, que le darían una justa fama en su tiempo, a la vez que su Libro de los Espectáculos le acercaría a la Roma de los emperadores flavios (69-96 d.C.), pues la obra fue escrita para conmemorar los juegos de inauguración del Coliseo flavio, la obra inconclusa de Vespasiano que abriría al público su hijo Tito.
En el elogio de Bilbilis, sólo una de las referencias a su patria natal que podemos encontrar en sus obras, Marcial contrapone la agitación diaria de la vida romana con la serenidad que reina en la Celtiberia, las preocupaciones de quien tiene que ganarse la vida en Roma con la apacible existencia bilbilitana. Por la referencia a sus treinta años de estancia romana, Marcial debió escribir este texto en los últimos años del siglo I d.C. (Juan Manuel Abascal).

Mientras vagas inquieto y al azar, Juvenal, por la ruidosa Subura o subes al Aventino al templo de la soberana Diana; mientras empapado de sudor bajo tu toga que sacude al aire vas jadeante por los palacios de los poderosos y te fatigan el Celio mayor y el menor, a mí después de muchos inviernos de desearlo me acoge y me hace aldeano mi Bílbilis, orgullosa de su oro y de su hierro. Aquí, descansando, cultivo con ligero trabajo el Boterdo y Platea; ¡mira qué nombres a cuál más ordinario éstos de mi tierra celtíbera!; gozo de un sueño hondo y prolongado que muchas veces no interrumpe la hora tercera, y ahora es cuando me repongo por completo de cuantas vigilias he sufrido a lo largo de treinta años. Aquí desconozco la toga: si la pido me dan un vestido cualquiera que yace en una destartalada silla. Cuando me levanto me espera una fogata que alimentan apiladas carrascas del vecino monte y que la granjera rodea de múltiples ollas. Acude el cazador, el que precisamente se desea tener en el espeso bosque. El colono, aun imberbe, reparte a cada esclavo su menester y me pide licencia para cortarles el pelo.
Así me gusta vivir; así quiero morir.

Marcial, Epigramas XII, 18. Traducción de José Torrens, Ed. Iberia, Barcelona, 1976, pp. 348-349.



Vespasiano y la concesión del derecho latino a Hispania Volver al principio

Uno de los más controvertidos pasajes de la Historia Natural de Plinio (cf. la introducción a la Descripción de las islas Baleares) es una lacónica frase colocada tras la referencia a la riqueza minera de Hispania en su libro III. La contundencia sin matices de su afirmación abriría una de las grandes polémicas historiográficas de nuestro tiempo, protagonizada por quienes han querido interpretar al pie de la letra su texto y quienes han querido introducir los matices que Plinio habría silenciado. El naturalista afirma rotundamente que Vespasiano concedió a toda Hispania el derecho latino, es decir, que las ciudades hispanas que aún no tenían rango de colonia o de municipio se habrían convertido durante su reinado en municipios de derecho latino, lo que en la práctica, de ser así, habría supuesto un cambio radical para varios cientos de ciudades en una fecha que se viene situando entre los años 73 y 74 d.C. Los partidarios de una interpretación restrictiva del texto perfieren pensar que sólo afectó a aquellas ciudades que ya estaban en condiciones de recibir este privilegio o que se habían hecho merecedoras de ello; estas ciudades, repartidas por las tres provincias hispanas, habrían justificado esa expresión generalista de Plinio que, en todo rigor, podía hablar de «toda Hispania» para indicar precisamente que la medida no había tenido como destinatarios únicamente a los habitantes de un territorio. (Juan Manuel Abascal).

En los años en que la República sufrió las turbulencias de los desórdenes políticos, el emperador Vespasiano Augusto concedió a toda Hispania el derecho latino.

Plinio, Historia Natural, 3, 3, 30.



Las elecciones locales en el municipio de Irni Volver al principio

La lex Irnitana es uno de los grandes textos legislativos de época flavia conservados en Hispania, referido al ordenamiento interno del municipio de Irni, al que debe su nombre.
Nos ha llegado en un conjunto de placas de bronce descubiertas en 1981 en El Saucejo (alrededores de Sevilla), antigua ubicación del municipio de Irni, desconocido por Plinio. Es, por lo tanto, uno de los pequeños enclaves beneficiados por el Edicto de Latinidad de Vespasiano.
De la ley de Irni se conservan 6 tablas y un buen número de fragmentos. Tuvo probablemente 10, sumando en total unas 1.500 líneas de texto ordenadas en 97 capítulos y una nota adicional que incluye el decreto de Domiciano y la rúbrica de los magistrados que recibieron la ley en el municipio. Como se indica al final de ésta, fue firmada por Domiciano el 9 de abril del año 91 y llegó a Irni el 10 de octubre de ese año en forma de rollo dispuesto a ser grabado en bronce.
Los capítulos 52-55 contienen parte de la normativa que rige las elecciones locales de carácter anual que permitían designar a los magistrados de la ciudad. Sus grandes semejanzas con las modernas elecciones hacen de estos pasajes un texto sumamente curioso, en el que además se nos instruye sobre los requisitos de los candidatos y la mecánica a seguir el día de las elecciones. (Juan Manuel Abascal).

52. Rúbrica: Sobre la celebración de comicios.
De los dos dunviros que actualmente hay, así como de los dos dunviros que en el futuro haya en este municipio, el de mayor edad o, si éste estuviera impedido de celebrar comicios por alguna causa, el otro de ellos, celebre, conforme a la presente ley, los comicios para nombrar, o suplir los dunviros, así como los ediles y los cuestores. Asimismo, deberá hacerse la votación según la distribución de curias de que se ha tratado antes, y hágase votar por tablilla. Los así nombrados, estarán en la magistratura que por el sufragio de votos hayan conseguido durante un año o, cuando hayan sido nombrados para suplir a otro, durante la parte que quede del mismo año.
53. Rúbrica: En qué curia han de votar los íncolas.
Quienquiera que en ese municipio convoque comicios para nombrar dunviros, así como ediles y cuestores, saque a suerte una de las curias en la que voten los íncolas que sean ciudadanos Romanos o Latinos, y tengan éstos facultad de votar en esa curia.
54. Rúbrica: Con quiénes se puede contar como candidatos, para las elecciones en los comicios.
Quien deba convocar los comicios cuide de que se nombren primeramente los dunviros para presidir la jurisdicción entre aquella clase de personas libres de nacimiento que se dice y determina en la presente ley; a continuación, los ediles y los cuestores, entre aquella clase de personas libres de nacimiento que se dice y determina en la presente ley; no pudiéndose contar (para las elecciones) en los comicios el candidato al dunvirado que sea menor de 25 años, ni los que hubieran tenido ese cargo en el quinquenio anterior; así tampoco el candidato a la edilidad o la cuestura que sea menor de 25 años o quien, si fuera ciudadano romano, estuviere en aquella situación que no le permitiría entrar en el número de los decuriones y conscriptos.
55. Rúbrica: Sobre la votación.
El (dunvir) que convoque los comicios en virtud de la presente ley llame por curias a los munícipes para que voten, de modo que lo haga para todas las curias con un solo llamamiento, y que las curias, cada una en su propio recinto, voten por tablilla. Asimismo, cuide de que haya junto a cada cesta de cada curia, para custodiarla y hacer e! escrutinio de los votos, tres personas nombradas entre los munícipes de este municipio, que no pertenezcan a aquella curia, y de que, antes de hacerlo, jure cada una de ellas que hará de buena fe el recuento y declaración de los votos. No impida que los que soliciten el cargo pongan ellos unos vigilantes junto a cada cesta. Estos vigilantes, tanto los nombrados por quien convoque los comicios, como por los que solicitan el cargo, cada uno de ellos vote en la cesta de la curia en que haya sido puesto, y que sus votos sean tan conforme a derecho y válidos como si hubiese votado cada uno de ellos en su propia curia.

Lex Irnitana, cap. 52-55. Traducción de Álvaro D'Ors, AHDE 54, 1984, pp. 550-551.



Legado de Lucio Cecilio Optato a Barcelona Volver al principio

El legado testamentario de Lucio Cecilio Optato es una de las mejores inscripciones romanas de Hispania. Nacido seguramente a comienzos del siglo II d.C., Lucio Cecilio Optato murió entre los años 161 y 169 d.C., después de haber desempeñado el rango de centurión en dos legiones distintas. Su paso por el ejército dejó en él una honda huella, hasta el punto de que en su testamento aún quiso mantener vivo el recuerdo de las viejas celebraciones castrenses que había conocido en su estancia leonesa como centurión de la legión VII Gemina. Buena prueba de ello es el día fijado para que en Barcino (Barcelona) se celebraran espectáculos y se entregara aciete a la población; el 10 de junio era el aniversario de la legión VII Gemina, el día en que en los campamentos legionarios leoneses se erigían pedestales en honor de Júpiter y de los emperadores reinantes para conmemorar la entrega de las insignias a la unidad. Acostumbrado durante muchos años a convertir ese día en una fiesta, el difunto quiso que su dinero sirviera para mantener una conmemoración que los agraciados con el regalo difícilmente podrían identificar; para aquellos barceloneses de la segunda mitad del siglo II d.C., el 10 de junio podía ser una magnífica jornada festiva a cargo del dinero de un difunto, pero pocos sabrían que Lucio Cecilio Optato había decidido seguir honrando a Júpiter y a su antigua unidad militar de los años de juventud, incluso después de muerto, usando como instrumentos para ello a los habitantes de Barcino. (Juan Manuel Abascal).

Lucio Cecilio Optato, hijo de Lucio, de la tribu Papiria, centurión de la legión VII Gemina Felix y centurión de la legión XV Apollinaris, licenciado con todo honor por los emperadores Marco Aurelio Antonino y Aurelio Vero Augustos, admitido por los barcinonenses entre sus ciudadanos inmunes y elevado a los honores edilicios, duunviro en tres ocasiones, flamen de Roma, de los emperadores divinizados y de los Augustos, que hizo un legado a la ciudad de Barcino en estos términos: «doy, lego y deseo que se entreguen 7.500 denarios, de cuyos intereses al 6 % quiero que se celebre todos los años el día 10 de junio un espectáculo de púgiles por valor de 250 denarios, y que el mismo día se suministre en las termas públicas aceite para el pueblo por un importe de 200 denarios. Quiero que se emplee este obsequio en la forma indicada con una condición: que mis libertos, así como los libertos de mis libertos y libertas a quienes correspondiere el honor del sevirado, sean dispensados de todas las cargas de dicho sevirado. Y si a alguno de ellos se le exigiera el pago de tales cargas, dispongo que los citados 7.500 denarios sean entregados a la ciudad de Tarraco, a fin de que en la ciudad Tarraco se celebren los espectáculos con las mismas condiciones expresadas más arriba». (Puesta) en el lugar fijado por decreto de los decuriones.

Inscripción del foro de Barcino (Barcelona). CIL II 4514 (IRC IV, 45 e IRB 35). Traducción de Juan Manuel Abascal sobre las versiones previas de Mariner, Fabre, Mayer y Rodà.



Las ciudades y el control de su territorio en Dión de Prusa Volver al principio

Las leyes locales de las ciudades del mundo romano, como sabemos ahora por la ley de Irni, dejaban en manos de duunviros y decuriones el control de los límites del territorio ciudadano y de sus campos; una comisión designada por la asamblea local realizaba la inspección anual comprobando el mantenimiento de los mojones y revisando las modificaciones en el régimen de tenencia de las tierras a los correspondientes efectos fiscales; en estas visitas se comprobaba el mantenimiento de los lugares de paso tradicionales, la correcta utilización de los cursos de agua, y se valoraban las necesidades de nuevas infraestructuras.

Sobre este control del territorio ciudadano hay precisas referencias en el delicioso discurso Euboico de Dión de Prusa, escrito a fines del siglo I d.C. En una parte del relato, un recaudador de impuestos recorre por cuenta de la ciudad el ager publicus, llegando a una aldea enclavada en él a fin de recaudar el tributo de campesinos y cazadores; uno de éstos, que desconoce las prácticas fiscales en la ciudad y que no tiene con qué pagar lo que se le pide, es obligado a trasladarse a la ciudad y a comparecer en el tribunal ante los magistrados; allí se le presenta como un hombre que explota la propiedad pública desde hace años, al tiempo que se le acusa de no haber pagado nada por el disfrute de esas tierras durante mucho tiempo. (em>Juan Manuel Abascal).

... se presentó un hombre a pedirnos dinero, como si nosotros tuviésemos algo, dando órdenes de seguirlo hasta la capital. Pero nosotros no teníamos dinero, además le juré que no poseíamos nada... Yo le seguí hasta la ciudad, pues manifestaba que era necesario que uno de nosotros fuera con él y diera explicaciones sobre el particular.

Vi, pues, como la primera vez, numerosos y espléndidos edificios y, en la parte exterior, una sólida muralla, y elevadas construcciones de forma cuadrada adosadas a ella, así como una gran cantidad de barcos atracados en el puerto... Entonces mi guía me conduce frente a unos magistrados y les dice riéndose: «He aquí al hombre contra el que vosotros me habéis enviado, pero realmente no tiene nada, a no ser su melena y un chozo de troncos muy resistentes»...

Algunos se subían a la tribuna, otros se levantaban de su sitio y se dirigían a la multitud, unos con pocas palabras, otros con largos discursos. A unos los escuchaban largo tiempo, pero a otros, al contrario, malhumorándose con ellos en cuanto comenzaban a perorar, no les permitían siquiera emitir la menor palabra.

... Un individuo tomó entonces la palabra: «He aquí, ciudadanos, a uno de esos hombres que explotan nuestra propiedad pública desde hace muchos años... Y aprovechan con sus ganados nuestras montañas para pasto, las ponen en cultivo, cazan y construyen numerosas viviendas, plantan viñas y gozan de innumerables ventajas, sin haber dado jamás a nadie el precio de sus tierras y sin haber recibido jamás esas tierras como un regalo del Estado».

Dión de Prusa, Discurso VII, 21-27 (fragmentos). Edición de Gaspar Morocho, en Dión de Prusa, Discursos I-XI, Madrid, Gredos, 1988, 351-353.





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