Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Culturas y civilizaciones

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Introducción histórica
M.ª Pilar González-Conde Puente
(Universidad de Alicante)

     En la segunda mitad del IV milenio, concurrieron, en el sur de Mesopotamia (hoy Irak), una serie de circunstancias que desembocaron en el nacimiento del urbanismo. Las condiciones geográficas de la zona alentaron el desarrollo de las comunidades humanas asentadas allí, que ejercieron desde muy pronto el control de los recursos hídricos de los ríos Tigris y Eúfrates, y supieron beneficiarse de la actividad comercial de las grandes rutas caravaneras que atravesaban la región. Algunos núcleos de población se convirtieron en ciudades de considerable importancia, como Uruk, Ur, Larsa, Isin, Kish, Umma, Lagash, Nippur..., gobernadas por monarcas locales cuyos intentos de hegemonía sobre los territorios circundantes provocaron rivalidades y enfrentamientos armados.

     Los protagonistas de este proceso fueron los Sumerios, un pueblo con cuya presencia coincidieron algunas de las grandes transformaciones del Próximo Oriente: la ciudad, el templo, las monarquías de poder divino y la escritura cuneiforme.

     En fechas muy cercanas a la de estas transformaciones de Mesopotamia, las comunidades del valle y del delta del Nilo en Egipto iniciaron el uso de la escritura jeroglífica y avanzaron hacia un proceso de unificación política que desembocaría en el nacimiento del estado egipcio; sus primeras dinastías dejarían un recuerdo imborrable en la historia del territorio al desarrollar algunos de los mayores proyectos arquitectónicos de la Antigüedad; pirámides, templos y tumbas irían jalonando durante centurias la historia de las dinastías egipcias, mientras el estado se convertía en el III milenio en una de las grandes potencias militares de Oriente y una monarquía teocrática dirigía sus destinos.

     Mientras tanto, en Mesopotamia se asentaron poblaciones semitas. A partir del último cuarto del III milenio, los Acadios serían los responsables de la formación del primer estado territorial creado en el curso bajo del Tigris y del Eúfrates.

     En el II milenio, el Próximo Oriente se convirtió en el territorio de formación y expansión de grandes imperios. En el alto Tigris, los Asirios formaron desde el siglo XVIII un gran imperio que controlaba el comercio hasta el interior de Anatolia. Mientras tanto, la dinastía amorita (semitas occidentales) de Hammurabi se expandía por todo Summer y Akkad. En el siglo XVI, los Hititas (indoeuropeos) comenzaron la expansión desde su capital en Hattusa. En el alto Eúfrates, el estado de Mitanni comenzó su formación y expansión, frenando durante dos siglos las ambiciones territoriales de Hititas y Asirios. Egipto, que iniciaba entonces su política asiática (Dinastía XVIII, Imperio Nuevo), se convirtió en el más firme aliado del nuevo estado en construcción.

En el siglo XIV, un rey llamado Suppiluliuma llevaría al estado hitita a su máximo esplendor, absorbiendo la mitad occidental de Mitanni. En el siglo XIII, el renacer de las ciudades del alto Tigris convertiría en territorio de control asirio la parte oriental de Mitanni, terminando con la existencia de éste como realidad política y territorial. Hititas y Asirios se repartieron desde entonces el poder en el Próximo Oriente asiático, mientras en la baja Mesopotamia, los Cassitas constituían una monarquía unificada, con capital en Babilonia (Karduniash) pero con escasa proyección exterior.

El creciente papel de Asiria hizo replantearse a Egipto sus relaciones con Hattusa, que habían llegado a su peor momento durante el reinado de Ramsés II (Dinastía XIX, Imperio Nuevo) con un gran enfrentamiento en la batalla de Qadesh, y que ahora desembocarán en un gran tratado entre ambos estados para hacer frente al peligro asirio.

     A finales del I milenio, las principales ciudades de la costa del Mediterráneo oriental habían sufrido destrucciones por los ataques de los Pueblos del Mar (así ocurre en Chipre, Ugarit, Biblos...), con el resultado de la proyección de nuevos centros (como la ciudad fenicia de Sidón y, sobre todo, Tiro, que en el siglo IX comienza su expansión comercial por el Mediterráneo), la presencia de nuevas poblaciones como los Filisteos (en la región de Gaza, entablando unas difíciles relaciones con el resto de comunidades de la región, Cananeos y Hebreos), y la introducción de innovaciones técnicas de las que la más importante es el uso de la metalurgia del hierro.

     El protagonismo político del Próximo Oriente volvería a Mesopotamia desde comienzos del I milenio. A partir del siglo IX, los Asirios formaron el más grande estado unificado que se había conocido hasta entonces al oeste de los Montes Zagros, sembrando el terror con sus conquistas y llegando hasta el Mediterráneo, en donde las ciudades cananeas se rindieron ante su ejército. A comienzos del siglo VI antes de Cristo, un rey caldeo de Babilonia, Nabucodonosor II, sometió a todos los territorios de dominio asirio, saqueando ciudades como Tiro y Jerusalem y provocando las mayores deportaciones de prisioneros de guerra que hasta entonces se habían conocido en la región.

     Las conquistas de Nabucodonosor II provocaron efectos incluso fuera del Próximo Oriente. La destrucción de la ciudad fenicia de Tiro, convertida ya por entonces en la gran metrópolis comercial del Mediterráneo, terminó con el papel internacional de ésta, y produjo un cambio en el control de las relaciones económicas a larga distancia que, por lo que se refiere al Mediterráneo central y occidental, sería asumido por la colonia fenicia de Cartago.

     A lo largo del siglo VI antes de Cristo, todo el Próximo Oriente y Egipto pasaron a formar parte del gran Imperio Persa, que se extendía hasta allí desde el otro lado de los Montes Zagros, y que convirtió todos estos territorios en Satrapías (provincias gobernadas por un Sátrapa), con una organización comercial y tributaria unificada.

     El año 334 antes de Cristo, Alejandro de Macedonia (Alejandro Magno) inició la conquista de Asia a partir de la Península de Anatolia. El objetivo original era atacar al enemigo Aqueménida (la dinastía persa reinante, a la que la tradición hacía proceder de Aquemenes), pero la empresa culminó con la conquista de todos los territorios del reino persa, desde el Indo hasta el Mediterráneo y también Egipto. A partir de entonces se inició la helenización de estas regiones. La prematura muerte de Alejandro en Babilonia el año 323 antes de Cristo provocó una crisis política debido a las ambiciones sucesorias de sus generales más allegados. Las luchas dinásticas entre estos potenciales sucesores (los Diadocos) se prolongaron hasta el final de la centuria, concluyendo con un reparto territorial en el que los Seleúcidas se quedaban con el Próximo Oriente, los Lágidas con Egipto y los Antigónidas con Macedonia. Es la época de los reinos helenísticos.

     A partir del siglo II antes de Cristo, Roma, convertida ya en una gran potencia en todo el Mediterráneo, inició su presencia en Oriente, que culminaría con el control de toda la región hasta el Eúfrates, convirtiendo algunos territorios en provincias romanas y manteniendo en otros las monarquías existentes, aunque ahora como estados vasallos bajo su influencia. Las luchas por el poder en Roma a finales de la República alcanzaron también al Mediterráneo oriental, que se convirtió en campo de enfrentamiento entre Octavio (el futuro emperador Augusto) y Marco Antonio, y que terminó con la derrota de éste y de su aliada, la reina Cleopatra, en la batalla de Actium el año 31 antes de Cristo. Al año siguiente, Egipto se convertía en provincia romana.




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