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Periplo de Hannón Volver al principio

El denominado Periplo de Hannón es la narración griega de un recorrido por la costa occidental africana supuestamente realizado entre los siglos VI y V a.C. por un monarca cartaginés del mismo nombre. En su Historia Natural Plinio el Viejo hace referencia a él a la vez que menciona el Periplo de Himilcón -un recorrido por la costa atlántica europea-, y hasta nosotros ha llegado transmitido por un único manuscrito, fechado en el siglo X. Con todo, la historiografía moderna continúa discutiendo si el texto griego es la traducción del original púnico grabado sobre una inscripción que el propio Hannón habría depositado en un templo de Cartago, o bien la versión elaborada por parte un autor griego a partir de una información que llegó hasta él por vía oral, o bien una invención absolutamente helénica plagada de tópicos griegos inspirados en la Odisea y en las Historias de Heródoto y datable hacia los siglos II-I a.C.
Cayo Plinio Segundo vivió entre los años 23 y 79 d.C. Amigo de Vespasiano, ocupó importantes cargos en la administración imperial. De su obra literaria sólo se conserva la monumental Naturalis Historia, dedicada a Tito, primogénito de Vespasiano, en el año 77, y publicada tras la muerte del autor por su sobrino e hijo adoptivo Plinio el Joven. Se trata de una extensa obra enciclopédica dividida en treinta y siete libros que contiene todo tipo de informaciones, agrupadas por materias y procedentes de multitud de obras más antiguas. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Según Plinio el Viejo
Cuando Cartago era una potencia pujante, Hannón bordeó la costa desde Gades hasta los confines de Arabia y narró por escrito su periplo, igual que Himilcón, enviado por la misma época para explorar las partes más remotas de Europa.

Plinio el Viejo, Historia natural, II 67 (169), traducción de Ana María Moure, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1995.

Texto del Periplo de Hannón
1. He aquí el periplo de Hannón, rey de los cartagineses, relativo a las zonas de Libia situadas al Oeste de las Columnas de Heracles, que consagró, asimismo, en el santuario de Cronos y cuyos datos son los siguientes: Los cartagineses decidieron que Hannón navegara allende las Columnas de Heracles y que fundase ciudades de Libiofenicios. Y zarpó con sesenta pentecontoros y con un contingente de hombres y de mujeres que alcanzaba las treinta mil personas, así como con provisiones y demás pertrechos.
2. Y cuando, tras hacernos a la mar, hubimos rebasado las Columnas y navegado, con rumbo Oeste, una singladura de dos jornadas, fundamos la primera ciudad, a la que denominamos Timiaterio (a sus pies, por cierto, se extendía una vasta llanura).
3. Y, acto seguido, nos hicimos a la mar rumbo a Poniente y llegamos todos a Solunte, un cabo de Libia cubierto de árboles.
4. Tras haber erigido allí un santuario en honor de Posidón, volvimos a embarcarnos con rumbo Este por espacio de media jornada, hasta que arribamos a un lago, situado no lejos del mar y lleno de abundantes y grandes juncos (en él, por cierto, también había elefantes y otros muchísimos animales salvajes que se hallaban pastando).
5. Tras dejar atrás, navegando casi una jornada, el lago, fundamos en la costa unas ciudades llamadas Fuerte Cario, Gite, Acra, Mélita y Arambis.
6. Y, desde allí, nos hicimos nuevamente a la mar y llegamos a un gran río, el Lixo, que procede de Libia. En sus inmediaciones apacienta sus rebaños un pueblo nómada, los lixitas, con quienes permanecimos cierto tiempo y entablamos amistad.
7. Y por cierto que en el hinterland de esos nómadas, residían unos etíopes poco hospitalarios que ocupaban un territorio plagado de fieras y surcado por grandes montañas de las que, según dicen, procede el Lixo y en cuyos aledaños habitan unas gentes de singular aspecto, los trogloditas, que, a la carrera, aventajan a los caballos, según testimonio de los lixitas.
8. Acto seguido nos procuramos unos intérpretes entre estos últimos y, en dirección Sur, costeamos el desierto por espacio de dos días, para, posteriormente, continuar rumbo a Levante por espacio de una jornada, durante la que, en el fondo de una bahía, encontramos una pequeña isla (de cinco estadios de perímetro) que colonizamos, denominándola Cerne. Y, a juzgar por nuestro periplo, dedujimos que se hallaba a la altura de Cartago, ya que la duración de la travesía desde Cartago a las Columnas y de éstas a Cerne era similar.
9. Desde allí, y navegando por un gran río (el Cretes), llegamos a un lago, que contenía tres islas mayores que Cerne. Partiendo de ellas, empleamos una jornada de navegación para llegar al fondo del lago, que se hallaba dominado por enormes montañas llenas de salvajes, ataviados con pieles de animales, que nos arrojaron piedras y nos obligaron a alejarnos, impidiéndonos desembarcar.
10. Zarpamos de allí y arribamos a otro río, grande y ancho, repleto de cocodrilos e hipopótamos. Ante esta circunstancia, pues, volvimos a virar de bordo y regresamos a Cerne.
11. Y, desde allí, navegamos con rumbo Sur, por espacio de doce días, costeando el litoral, que se hallaba, en su totalidad, habitado por etíopes, quienes, ante nuestra presencia, huían sin esperarnos (por cierto que su idioma resultaba ininteligible hasta para los lixitas que viajaban con nosotros).
12. Pues bien, durante el último día, fondeamos en las inmediaciones de unas grandes y frondosas montañas (por cierto que la madera de los árboles era fragante y de diversos colores).
13. Tras haber circunnavegado dichas montañas por espacio de dos jornadas, llegamos a un inmenso espacio de mar abierto, a uno de cuyos lados -en la parte de la costa- había una llanura en la que, por la noche, vimos alzarse por doquier fuegos a intervalos, de mayor o menor intensidad.
14. Y, después de aprovisionarnos de agua, zarpamos de allí, prosiguiendo nuestra singladura, por espacio de cinco días, a lo largo de la costa, hasta que llegamos a una gran bahía que los intérpretes manifestaron que se llamaba «Cuerno del Oeste». En dicha bahía había una gran isla y en ella un lago formado por el mar; a su vez, en el lago había otra isla en la que desembarcamos, sin que de día viéramos otra cosa que no fuera selva, pero, por la noche, advertimos que se encendían numerosas hogueras y escuchamos sonido de flautas, así como ruido de címbalos y timbales, y un incesante griterío, por lo que el terror se apoderó de nosotros y los adivinos recomendaron que abandonásemos la isla.
15. Zarpamos, pues, con celeridad y pasamos junto a una costa ardiente, llena de emanaciones y de la que enormes torrentes de lava desembocaban en el mar; de ahí que, a causa del calor, la tierra resultara inabordable.
16. En consecuencia también zarpamos con celeridad de allí presas del pánico. Durante cuatro días de travesía divisamos, por la noche, la costa llena de llamas, en medio de las cuales había una especie de altísima hoguera, mayor que las otras, que daba la impresión de que tocaba las estrellas. De día, sin embargo, pudo verse que se trataba de una enorme montaña llamada «Soporte de los dioses».
17. Tras dos días de navegación desde dicha zona, costeando torrentes de lava, arribamos a una bahía que recibe el nombre de «Cuerno del Sur».
18. En su interior, por cierto, había una isla semejante a la primera: tenía un lago y en él había otra isla, llena de salvajes. Las hembras, que tenían el cuerpo peludo y a las que los intérpretes denominaban «gorilas», eran mucho más numerosas. Pues bien, pese a perseguirlos, no conseguimos apresar machos: todos huían, aprovechando su facilidad para la escalada, y se defendían con lo que tenían a mano; en cambio, nos apoderamos de tres hembras, que se dedicaron a morder y a arañar a sus captores, ya que se resistían a seguirlos; así que las matamos y las desollamos, transportando sus pieles a Cartago. Lo cierto es que ya no proseguimos nuestro periplo, dado que nos faltaron las provisiones.

Traducción de Carlos Schrader, en ídem, «El mundo conocido y las tentativas de exploración: los orígenes de la geografía descriptiva en Grecia», en Francisco Javier Gómez Espelosin y Joaquín Gómez-Pantoja (eds.), Pautas para una seducción. Ideas y materiales para una nueva asignatura: Cultura Clásica, Ediciones Clásicas, Madrid, 1991, pp. 81-149, 102-106.



Las Horcas Caudinas Volver al principio

Tras una primera fase entre los años 343-341 a.C., la guerra entre romanos y los samnitas vuelve a estallar en 326 como consecuencia de la intervención de unos y otros en apoyo de facciones políticas opuestas que se enfrentaban en el seno de la ciudad de Nápoles. Tras una serie de operaciones menores, en 321 Roma emprendió una expedición a gran escala contra el corazón del territorio samnita, pero debido al desconocimiento del terreno y la escasa experiencia de los cónsules, aquélla terminó de manera tan desastrosa como vergonzosa para las fuerzas romanas cuando éstas, copadas en el desfiladero de Caudium, se vieron obligadas a entregar las armas y a desfilar bajo un yugo. Ni siquiera la elaboración literaria del episodio por los analistas esconde la gravedad de la derrota romana y las humillantes condiciones de la paz que, durante un tiempo, la siguió.
Tito Livio (Patavium, 59 a.C. - Roma, 17 d.C.) fue el gran historiador nacional romano de época de Augusto. Es en el marco de la restauración cultural emprendida por este emperador donde debe ser entendida su obra, una monumental historia de Roma conocida como Ab Vrbe condita que, como su título indica, comenzaba con la fundación de la Ciudad hasta culminar en la muerte de Druso (9 a.C.). En ella la información se organiza según una estricta división por años a lo largo de ciento cuarenta y dos libros, de los cuales únicamente se conservan completos los diez primeros (hasta el año 293) y del XXI al XLV (años 219-167), además de un fragmento del libro XCI. Tenemos conocimiento del resto gracias a un resumen muy condensado de época imperial (Periochae), así como a la utilización que de Livio hicieron autores posteriores como Floro (s. II), Eutropio (s. IV), Julio Obsecuente (s. IV) y Orosio (s. V). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

En el campamento romano se hicieron infructuosamente numerosas tentativas para abrirse paso; carentes por completo de recursos, vencidos por la necesidad, envían unos comisionados a que en principio pidan una paz justa, y si no consiguen la paz, que provoquen al enemigo a combate. Entonces Poncio respondió que la guerra había terminado, y ya que ni siquiera vencidos y apresados sabían reconocer su suerte, les haría pasar bajo el yugo sin armas y con una sola prenda de vestir. Las otras condiciones de la paz serían equitativas para vencedores y vencidos: si abandonaban el territorio samnita y retiraban sus colonias, en adelante romanos y samnitas vivirían con sus propias leyes cada uno de acuerdo con un tratado equitativo; en estas condiciones él estaba dispuesto a pactar con los cónsules una alianza; si alguna de ellas no les gustaba, prohibía que los comisionados volvieran a su presencia. Cuando se tuvo noticia del resultado de esta embajada estallaron de repente tales lamentos por parte de todos y cundió tal abatimiento, que daba la impresión de que no se sentirían más afectados si se anunciase que iban a encontrar todos la muerte allí mismo.
Como se había producido un largo silencio y los cónsules no eran capaces de decir palabra ni a favor de un tratado tan humillante ni en contra de un tratado tan obligado, Lucio Léntulo, que era entonces el legado más autorizado por su valor y por los cargos desempeñados, dijo: «(...) Es verdad que la muerte por la patria es hermosa, lo reconozco, y estoy dispuesto a ofrecerme con voto por el pueblo romano y sus legiones o a lanzarme en medio del enemigo; pero yo veo a la patria aquí, veo aquí a todas las legiones de que Roma dispone, y a no ser que éstas quieran correr a la muerte por sí mismas, ¿qué queda para que lo salven con su muerte? (...) Toda nuestra esperanza y nuestra fuerza está aquí: salvándola salvamos a la patria, entregándola a la muerte dejamos desasistida a la patria. Pero es que la rendición es vergonzosa e ignominiosa. Pues en esto consiste el amor a la patria: en salvarla, tanto a costa de nuestra ignominia como de nuestra muerte si es necesario. Asumamos, pues, esa humillación, por grande que sea (...)».
La vuelta de los cónsules reavivó la desolación en el campamento, tanto que se estuvo a punto de ponerles la mano encima a aquellos por cuya temeridad habían sido llevados a aquel lugar y por cuya cobardía su salida de allí iba a ser más vergonzosa que su entrada: no habían tenido un guía, nadie había reconocido el terreno; como animales salvajes habían caído ciegamente en un foso. Se miraban unos a otros; contemplaban las armas que pronto iban a ser entregadas, sus diestras a punto de ser desarmadas y, sus cuerpos puestos a merced del enemigo; su imaginación les ponía ante los ojos el yugo enemigo, las burlas de los vencedores y su expresión insolente, mientras ellos sin armas pasaban por entre aquellos hombres armados; después, la marcha lamentable de la triste columna a través de las ciudades de los aliados, el retorno junto a sus padres a la patria adonde a menudo ellos y sus antepasados habían vuelto triunfalmente; sólo ellos se habían derrotado a sí mismos sin heridas, sin armas, sin frente de batalla; no habían tenido posibilidad de desenvainar las espadas, de trabar combate con el enemigo; en vano les habían sido entregadas las armas, en vano las fuerzas, en vano el coraje.
Mientras protestaban de esta forma, llegó el momento fatal de la ignominia, que les iba a hacer más triste la experiencia real de lo que se habían imaginado. En primer lugar, se les ordenó que salieran de la empalizada desarmados, vestidos sólo con una prenda, y primero fueron entregados los rehenes y llevados bajo custodia. A continuación se ordenó a los lictores dejar a los cónsules; ellos fueron despojados de los capotes, y esto provocó un sentimiento de lástima tan hondo en quienes poco antes entre imprecaciones habían propuesto entregarlos y someterlos a tortura, que olvidándose cada uno de su propia situación, apartaban la vista de aquella degradación de tan alta majestad como de un espectáculo horrendo.
Los primeros a quienes se hizo pasar bajo el yugo fueron los cónsules, semidesnudos; a continuación fueron sometidos a la ignominia todos los que venían después en graduación; después, las legiones, una tras otra. Los flanqueaban los enemigos armados increpándolos y mofándose; sobre muchos alzaban incluso las espadas, y algunos fueron heridos o muertos si su expresión relativamente dura por la indignación ante lo que se les hacía molestaba al vencedor.
Se les hizo así pasar bajo el yugo, y además a la vista de los enemigos, lo cual resultaba tal vez más penoso aún. Cuando salieron del desfiladero, aunque tenían la misma impresión que si se les hubiese sacado de los infiernos y viesen la luz entonces por primera vez, sin embargo la propia luz, que les permitía ver el lastimoso estado de su ejército, resultó más triste que cualquier clase de muerte. Por eso, aun cuando podían llegar a Capua antes de la noche, dudando de la lealtad de sus aliados y retenidos por la vergüenza, tendieron por tierra sus cuerpos, carentes de todo, a los lados del camino no lejos de Capua. Cuando la noticia llegó a Capua, la justa compasión por los aliados prevaleció sobre la altivez innata de los campanos. Rápidamente, en un gesto de deferencia envían a los cónsules sus distintivos y a los soldados armas, caballos, ropas y provisiones, y a su llegada a Capua el senado en pleno y el pueblo todo salen a su encuentro y cumplen con todas las obligaciones que son debidas a los huéspedes privados y públicos. Pero ni las atenciones de sus aliados, ni su actitud acogedora ni sus palabras de aliento conseguían no ya arrancarles una palabra, sino ni siquiera hacerles levantar la vista y mirar a la cara a sus amigos que los animaban: hasta ese extremo su abatimiento estaba dominado por una especie de vergüenza que los forzaba a rehuir el diálogo y el trato con la gente.
Al día siguiente, cuando estuvieron de vuelta unos jóvenes nobles enviados desde Capua para que los acompañasen en su marcha hasta la frontera de la Campania, fueron llamados a la curia y ante las preguntas de los ancianos contaron que les habían parecido bastante más abatidos y desmoralizados, tan silenciosa y casi muda había sido la marcha de la columna; que el famoso carácter romano estaba por los suelos, que junto con las armas les habían quitado la moral; que no devolvían el saludo, ni uno había sido capaz de abrir la boca por miedo, como si todavía llevasen sobre la cerviz el yugo bajo el que se les había hecho pasar; que los samnitas habían obtenido una victoria no sólo brillante sino duradera, pues no habían conquistado Roma, como anteriormente los galos, sino algo de un valor bélico mucho más alto, la valentía y la fiereza romana (...)
En Roma era ya conocido este deshonroso desastre. Primero se tuvo noticia de que estaban bloqueados; después, la noticia de la paz ignominiosa fue recibida con mayor consternación que la del peligro. Cuando se conoció el cerco había comenzado a efectuarse un llamamiento a filas; después, al saber que se había llevado a cabo la rendición de forma tan vergonzosa, se licenció a las tropas auxiliares e inmediatamente, sin que interviniera ninguna autoridad pública, se acordó el luto en todas sus manifestaciones. Se cerraron las tiendas en torno al foro, y en el foro comenzó espontáneamente, antes de ser decretada, la suspensión de los asuntos públicos; se abandonaron las laticlavas y los anillos de oro; la ciudad estaba casi más abatida que el propio ejército y había irritación no sólo contra los generales y los instigadores y los garantes de la paz: había incluso odio contra los soldados, que eran inocentes, y había una negativa a recibirlos en la ciudad y en las casas. Esta exasperación de los ánimos fue rota por la llegada del ejército, que inspiraba lástima incluso a los que estaban airados. En efecto, no tenían el aspecto del que vuelve a su patria sano y salvo contra lo que era de esperar, sino que por su indumentaria y la expresión de sus semblantes parecían prisioneros cuando entraron en la ciudad al anochecer, y todos se ocultaron en sus casas sin que ninguno de ellos quisiera al día siguiente o en los días sucesivos ver el foro o aparecer en público. Los cónsules, encerrados en sus casas, no actuaban como tales hasta que un decreto del senado los obligó a proceder al nombramiento de un dictador para convocar los comicios.

Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, IX 4-7, traducción de José Antonio Villar, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1990.



Retratos de Aníbal Volver al principio

Al igual que Escipión, Filopemén o Amílcar, Aníbal personifica al héroe polibiano que, caracterizado por su sagacidad y previsión, observa, reflexiona y actúa en todo momento meditadamente. Y ello lo mismo en Cannas que en Zama, caso este último en el que la alabanza del derrotado implica una todavía mayor de su vencedor, pues si un adversario corriente podría ser derrotado por cualquier general romano, en el caso de Aníbal sólo pudo hacerlo Escipión. Polibio desarrolla este retrato del Bárcida en una serie de pasajes donde subraya tanto sus excepcionales cualidades de estratega como los obstáculos que encontró y consiguió superar, a la vez que prescinde de los rasgos más censurables del personaje hasta el punto de atribuirlos a la influencia de los amigos y a las circunstancias.
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Plb. IX 22-26:
Para ambas naciones, me refiero a romanos y cartagineses, un hombre era la causa y el alma de lo que les ocurría, esto es, Aníbal. A todas luces él dirigía personalmente las operaciones de Italia, y las de Hispania a través del mayor de sus hermanos, Asdrúbal, y, tras la muerte de éste, a través de Magón el Viejo. Entre los dos aniquilaron a los generales romanos destacados en tal península. También dirigía las operaciones de Sicilia, primero a través de Hipócrates, y después a través del africano Mitón. Algo semejante cabe decir acerca de Grecia e Iliria: debido a su alianza con Filipo también había puesto en jaque y atemorizado a los romanos de guarnición en estos países. La obra que realiza un hombre dotado de una mente apta para ejecutar cualquier proyecto humano es grande y admirable; tales cualidades son siempre ingénitas.
El curso de los acontecimientos nos ha llevado a conocer la actuación de Aníbal; la oportunidad exige que hagamos notorios ahora aquellos rasgos suyos más discutidos. Unos le han creído excesivamente cruel, otros no menos avaricioso. Pero, al tratar de él, es difícil dar con la verdad, como lo es, en general, averiguarla acerca de los que han andado en negocios públicos. Hay quien afirma que la índole de cada persona se evidencia en circunstancias determinadas: unos la patentizan cuando ejercen la autoridad, por más que anteriormente la hayan disimulado; otros, al contrario, la manifiestan en épocas de mala suerte. Afirmaciones como éstas me parecen inexactas: no sólo alguna vez, antes bien, casi siempre los hombres se ven constreñidos a hablar y a actuar contra sus propias inclinaciones, tanto por los consejos de los amigos como por la complejidad de los hechos (...) No es verosímil que un mismo modo de ser tenga disposiciones tan contradictorias. Más bien lo que sucede es que algunos reyes se han visto forzados por las circunstancias a estos cambios y, con frecuencia, muestran a los demás unas conductas opuestas a sus caracteres personales, de manera que en estos casos no evidencian su modo de ser propio y dejan entrever otro. Normalmente sucede lo mismo por la influencia de los amigos no ya sólo a generales, príncipes y reyes, sino también a ciudades (...) Me parece que el caso de Aníbal es exactamente el mismo (...) Se encontró con las circunstancias más diversas e imprevisibles y con amigos de carácter radicalmente opuesto, de manera que, por sus hechos en Italia, resulta imposible comprender su verdadero carácter. Si se atienden a mis presupuestos de antes, es fácil adivinar lo que se debe a las circunstancias en que se encontró, pero no debemos omitir el asesoramiento de sus amigos (...) No falta quien afirma que los actos de salvajismo cometidos por Aníbal en Italia se deben imputar al otro Aníbal, pero en gran medida se debieron también a las circunstancias.
Parece, en cambio, que fue muy codicioso y que tuvo un amigo que lo fue tanto como él, Magón, que dirigía las operaciones en la región de Brucio. Es cosa que he leído en los mismos historiadores cartagineses, quienes, por el hecho de ser del país, conocen no sólo la dirección de los vientos, como dice el refrán, sino también, y aún más, la de sus compatriotas (...)
Lo que he dicho, pues, y lo que seguirá evidencian que la naturaleza de Aníbal fue forzada y cambiada por los consejos de los amigos, y todavía con más frecuencia por las circunstancias. Así, cuando los romanos tomaron Capua, las restantes ciudades empezaron, lógicamente, a vacilar en su alianza con los cartagineses y acechaban ocasiones y pretextos para pasarse a Roma. Parece que Aníbal, entonces, se encontró en una situación muy incómoda y en un gran apuro por el giro que tomaban los acontecimientos (...) Se vio forzado a abandonar sin disimulo algunas ciudades y a retirar las guarniciones cartaginesas de otras: temía que si las cosas cambiaban perdería, incluso, a sus propios soldados. Alguna vez llegó a la violación de los tratados, deportó ciudadanos a otras poblaciones y cedió sus propiedades para botín. De ahí que unos le acusen de impío y otros de cruel. Lo que se ha dicho fue acompañado de expoliaciones de dinero, de asesinados y de pretextos para la violencia, tanto por parte de los soldados que entraban en las ciudades como por parte de los que salían, porque todos sospechaban que los nativos iban a pasarse a los romanos. Los consejos de sus amigos y las circunstancias que le rodearon hacen aventurada la definición del carácter de Aníbal. Entre los cartagineses era corriente la afirmación de que era avaro, y entre los romanos, la de que era cruel.

Plb. X 33:
Son muchas las razones que me inducen a creer que Aníbal fue un buen general; he aquí el argumento que lo demuestra más que los restantes. Pasó temporadas muy largas en territorio enemigo, se encontró con los avatares más diversos y, con su agudeza, burló a sus rivales muchas veces en choques no decisivos. Dispuso un gran número de batallas y nunca cayó en una trampa; como es lógico, veló siempre por su propia seguridad, cosa acertada, porque si el jefe supremo queda sano y salvo aunque se dé una derrota total, la fortuna proporciona muchas ocasiones para recuperar lo perdido en los azares; en cambio, si muere, como el timonel de una nave, aunque la fortuna proporcione la victoria sobre una multitud de enemigos, no se gana nada con vencerles, ya que la esperanza se había depositado en el jefe supremo.

Plb. XI 19:
¿Quién no alabaría el saber militar, el coraje y el vigor de Aníbal en sus campañas, si considera el largo tiempo que duraron, si piensa en las batallas que libró, de menor o mayor envergadura, en los asedios que emprendió, en las ciudades que desertaron de uno y otro bando y reflexiona, además, sobre el alcance del conjunto de sus planes, sobre su gesta, en la que Aníbal guerreó ininterrumpidamente dieciséis años contra Roma en tierras de Italia, sin licenciar jamás las tropas de sus campamentos? Las retuvo, como un buen piloto, bajo su mando personal. Y unas multitudes tan enormes jamás se le sublevaron ni se pelearon entre ellas, por más que echaba mano de hombres que no eran ni del mismo linaje ni de la misma nacionalidad. En efecto, militaban en su campo africanos, iberos, ligures, galos, fenicios, itálicos, griegos, gentes que nada tenían en común a excepción de su naturaleza humana, ni las leyes ni las costumbres ni el idioma. A pesar de todo, la habilidad de Aníbal hacía que le obedecieran, a una sola orden gentes tan enormemente distintas, que se sometieran a su juicio aunque las circunstancias fueran complicadas o inseguras, y ahora la fortuna soplara estupendamente a su favor, y en otra ocasión al revés. Desde este punto de vista es lógico que admiremos la eficiencia de este general en el arte militar. Sin temor a equivocarnos podemos decir que si hubiera empezado atacando las otras partes del mundo y hubiera acabado por Roma, no habría fallado en sus propósitos. Pero empezó dirigiéndose contra los que hubieran debido ser los últimos, inició y acabó sus gestas peleando contra los romanos.

Plb. XV 15-16:
Aníbal, con un reducido número de jinetes que le acompañó, se retiró en una marcha ininterrumpida hasta Hadrumeto, donde se puso a salvo. Durante la batalla había hecho todo lo posible, todo lo que debía hacer un buen general, poseedor de una larga experiencia. Primero recurrió a las negociaciones e intentó solventar por ellas la situación de entonces. Esto es propio de un hombre que, aun teniendo en cuenta sus triunfos anteriores, desconfía de la fortuna y conoce el componente de irracionalidad que entra en las batallas. Luego, forzado a aceptar la pelea, dispuso sus medios de tal manera que hubiera sido imposible presentar batalla a los romanos de una manera superior a como la planteó Aníbal, no olvidando el equipo militar usado por los cartagineses (...) Con todo, Aníbal se preparó adecuadamente contra las cualidades antedichas y, en el momento crítico, adoptó, con habilidad incomparable, las medidas que estaban en su mano, de las que se podía esperar razonablemente un éxito (...) Hizo todo lo que pudo para obtener la victoria. Si fracasó, debemos ser comprensivos con él; hasta ahora no había conocido la derrota. Hay ocasiones en que la fortuna y el azar se oponen a los intentos de los hombres valientes; otras veces lo hacen según el refrán «al fuerte le salió otro aún más fuerte». Que es lo que con razón se podría decir que le ocurrió a Aníbal.

Polibio, Historias (selección de pasajes), traducciones de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



Retrato de Escipión Volver al principio

La primera aparición de Publio Cornelio Escipión el Africano en las Historias de Polibio con motivo de su designación para comandar las operaciones militares en Hispania da pie al historiador griego para introducir un auténtico panegírico en honor del vencedor de Aníbal en la Segunda Guerra Púnica y el más célebre de los miembros de una familia bajo cuya protección se situó el propio Polibio durante su permanencia en Roma.
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Ahora vamos a historiar los hechos de Publio Cornelio Escipión en España y añadiremos un resumen de todas las gestas de su vida. Nos parece, pues, indispensable que los lectores conozcan anticipadamente algo del carácter, de la manera de ser de este personaje. Fue quien gozó de más fama en los tiempos pasados y, por ello, todo el mundo se empeña en saber quién fue, en conocer su modo de ser y sus tendencias, peculiaridades que le empujaron a coronar tantas y tan grandes hazañas. Sin embargo, es difícil evitar la ignorancia o la opinión falsa, porque los que han tratado de este personaje se han apartado de la realidad. A los que sean capaces de profundizar en las más hermosas y valientes de sus gestas, nuestra narración les evidenciará que lo que decimos es auténtico. Los demás tratadistas nos presentan a Cornelio Escipión como a un hombre que coronó sus intentos por una cierta casualidad, la mayor parte de las veces inesperadamente y por azar, convencidos de que estos varones son más divinos y admirables que los que obran de manera racional. No saben que, de estas dos cosas citadas, la última es elogiable y la primera sólo logra que consideremos feliz al agraciado con ella. Esta postrera se da incluso entre el vulgo, pero la primera, la elogiable, sólo es propia de personas prudentes y con seso; son los que en realidad debemos considerar más divinos y predilectos de los dioses. Siempre he creído que Publio Cornelio Escipión tuvo una naturaleza y unos principios muy afines a los de Licurgo, el legislador espartano. No debemos pensar que éste fuera tan religioso que, al redactar la constitución espartana, atendiera sólo a la Pitia, así como tampoco debemos imaginarnos que, si Cornelio Escipión proporcionó a su patria un imperio tan enorme, lo hiciera movido por sueños y agüeros. Ambos personajes se dieron cuenta de que la mayoría de los hombres no admite fácilmente hechos paradójicos y que, si no es con una confianza fundada en los dioses, no se atreven a acometer empresas difíciles; Licurgo avaló sus concepciones con el oráculo pítico y convirtió en más creíbles y aceptables sus opiniones; de modo no distinto, Cornelio Escipión divulgó siempre, entre el pueblo, que realizaba sus proyectos por inspiración divina y, así, infundía confianza y ánimo en sus subordinados ante las empresas difíciles. Sin embargo, lo que se va a exponer evidencia que lo hizo todo con cálculo y reflexión; coronó con éxito sus acciones de una manera perfectamente lógica.
Todo el mundo está de acuerdo en que fue un hombre magnánimo y amigo de hacer el bien; en cambio, sólo los que convivieron con él y constataron sus modos de proceder concederán que fue sagaz, sobrio y que meditaba mucho sus planes; esto, los más lo niegan. Uno de sus más allegados fue Cayo Lelio, que, desde su juventud hasta el fin de sus días, participó en lo que Cornelio Escipión razonó y realizó. El es quien nos ha imbuido esta opinión referente a Publio Cornelio: sus palabras son sensatas y consuenan con los hechos de referencia. Lelio narraba que el primer hecho notable de Cornelio Escipión tuvo lugar en cierta ocasión en que su padre había trabado un combate de caballería contra Aníbal a orillas del Po. Parece que fue entonces -Cornelio Escipión tenía diecisiete años- cuando salió en campaña por primera vez. Su padre le confió el mando de un escuadrón de hombres de a caballo selectos, que en realidad debían protegerle. Pero él vio que su progenitor corría peligro, herido gravemente y rodeado de dos o tres jinetes enemigos. Primero exhortó a los que estaban con él para que prestaran ayuda, pero éstos se echaron atrás, ante el gran número de adversarios que les rodeaban; entonces, él solo avanzó audazmente afrontando el riesgo y atacó a los jinetes que les acometían. Así obligó a sus hombres a arremeter, con lo cual los rivales se diseminaron, presos por el pánico. Publio, a salvo contra toda esperanza, fue el primero que en persona saludó a su hijo como su salvador, y esto lo oyeron todos. Le sobrevino una fama de valor fundada en la gesta reseñada y, desde entonces, en los tiempos que siguieron se entregó sin reservas al riesgo personal siempre que la patria depositó en él su última esperanza. Esto es propio de un general prudente, que no confía en el azar.
Cornelio Escipión tenía un hermano mayor que él. Después del hecho ya narrado, este hermano presentó su candidatura a la dignidad edilicia, que es prácticamente la máxima magistratura que entre los romanos puede alcanzar un joven. Lo acostumbrado era nombrar a dos patricios, y en aquella ocasión había bastantes pretendientes. Al principio, Cornelio no se atrevía a aspirar a la misma magistratura que su hermano, pero a medida que se iba acercando el día de las elecciones, la inclinación del pueblo le hizo comprender que su hermano gozaba de pocas posibilidades. Se dio cuenta también de que el pueblo sentía una gran simpatía por él y supuso que, únicamente si lo intentaban los dos a la vez, su hermano obtendría lo que se proponía. Entonces tuvo la ocurrencia siguiente: se apercibió de que su madre recorría los templos y ofrecía sacrificios a los dioses pidiendo por su hermano: esperaba ansiosamente los acontecimientos. Ella era la única que se preocupaba por su hijo mayor porque el padre había zarpado hacia Hispania; le habían nombrado general de las operaciones narradas anteriormente. Publio dijo a su madre que había tenido por dos veces el mismo sueño: le había parecido que le habían elegido edil junto con su hermano, que subían desde el ágora y que ella salía a recibirles a la puerta, les abrazaba y besaba.Ell a experimentó un deseo muy maternal y exclamó: «¡Ojalá pudiera ver yo este día!» «¿Quieres, madre, que lo intentemos?» preguntó él. Ella asintió, convencida de que su hijo no se atrevería y que aquello era una broma, pues Publio Cornelio era casi adolescente. Pero él mandó que le confeccionaran una túnica blanca: los que pretenden magistraturas acostumbran a vestirlas.
La madre había olvidado por completo su consentimiento y, mientras ella todavía estaba en la cama, el joven tomó su vestido blanco y se fue al ágora. El pueblo ante algo tan inesperado, y como además ya sentía una gran simpatía por aquel joven, le acogió con admiración. Luego Publio avanzó hasta el lugar indicado y se puso al lado de su hermano. Salieron votados por mayoría para la magistratura no sólo Publio Cornelio, sino también su hermano Cneo, gracias al otro, de modo que los dos regresaron a su casa con el nombramiento de ediles. La madre se enteró de improviso; loca de alegría salió hasta la puerta y saludó, llena de gozo, a sus dos hijos. Esto hizo que los que ya antes habían oído hablar de sus ensueños creyeran que Publio Cornelio tenía tratos con los dioses no sólo dormido, sino en pleno día y en vigilia. La verdad es que tales ensueños eran inexistentes, pero Publio Cornelio, persona propicia a hacer favores, generosa y amable, previó que en aquella confrontación tenía al pueblo de su lado. Supo explotar hábilmente la oportunidad que le ofrecieron el pueblo y su misma madre, y no sólo vio coronados sus planes por el éxito, sino que además pareció que actuaba por una inspiración divina. Los que son incapaces, o bien por torpeza natural, o por inexperiencia o negligencia, de adivinar con precisión sus oportunidades atribuyen a los dioses o a la suerte la causa de lo que se ha cumplido por un cálculo previsor.
Me he extendido en todo esto en atención a mis lectores, para evitar que den crédito fácil a las opiniones más corrientes acerca de Publio Cornelio Escipión, con lo cual no verían lo más bello y admirable de su personalidad, me refiero a su destreza y a su diligencia, lo cual los mismos hechos convertirán en más evidente.

Polibio, Historias, X 2-5, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



Desenlace y consecuencias de la batalla de Cannas Volver al principio

La batalla de Cannas (año 216 a.C.) representa para Roma la derrota más desastrosa de su historia. Aníbal dispuso sus tropas de manera que las legiones romanas que avanzaban quedasen envueltas por aquéllas, y allí perdieron la vida hasta setenta mil romanos. A los ojos de Polibio sólo la serena reacción del senado y la superioridad del sistema político de Roma explican que, tras semejante catástrofe, los romanos no sólo se recuperasen y conquistaran la victoria definitiva, sino incluso «que poco tiempo después se hicieron dueños del universo».
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

De este modo acabó la batalla que en Cannas libraron romanos y cartagineses; en ella actuaron hombres nobilísimos, tanto entre los vencedores como entre los vencidos, cosa evidenciada por los hechos mismos. De los seis mil jinetes romanos, lograron escapar hasta Venusa, con Cayo Varrón, sólo setenta, y unos trescientos de los aliados se salvaron esparcidos por diversos villorrios. Durante la lucha cayeron prisioneros unos diez mil soldados de infantería, los que habían permanecido fuera de la batalla. Desde el campo mismo de la lucha sólo unos tres mil lograron huir a las ciudades circundantes. Todos los demás, unos setenta mil, murieron bravamente. Tanto entonces como en las ocasiones anteriores fue la caballería cartaginesa la que decidió la victoria. Quedó claro para la posteridad que en los azares de la guerra vale más poseer la mitad de infantería, pero ser muy superior en caballería, que no trabar combate en igualdad total de condiciones que el enemigo. De los de Aníbal, murieron cuatro mil galos, y otros mil quinientos entre iberos y africanos (...)
Decidida la batalla del modo descrito, la situación tomó el giro esperado por ambos contendientes. Por su triunfo, los cartagineses sometieron prácticamente el resto de Italia. Los tarentinos se les pasaron inmediatamente, los de Argiripa y algunos de Capua llamaron a Aníbal. Los demás miraron con respeto, todos ya, hacia los cartagineses, que confiaban en apoderarse de Roma al primer asalto. Los romanos, por su parte debido a esta derrota, abandonaron al punto su idea de dominar a todos los italianos. Se habían asustado ante el grave riesgo que corrían sus personas y el suelo de la patria; esperaban la presencia de Aníbal en cualquier momento. Y como si la Fortuna quisiera hacer rebosar la medida y combatir a favor de los hechos, ya consumados, al cabo de pocos días, cuando el terror poseía todavía a la ciudad de Roma, el general enviado a la Galia Cisalpina cayó inesperadamente en una emboscada de los galos, y perecieron él y sus tropas, sin que se salvara nadie. El Senado, sin embargo, no omitió nada de lo realizable: incitó al pueblo, aseguró la ciudad y deliberó varonilmente acerca de aquella situación; esto se notó en los hechos posteriores. Entonces la derrota de los romanos era innegable y habían perdido su reputación guerrera, pero la peculiaridad de su constitución y la prudencia de sus deliberaciones no sólo les permitieron recobrar el dominio de Italia (tras derrotar a los cartagineses), sino que poco tiempo después se hicieron dueños del universo.

Polibio, Historias, III 117-118, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



Acuerdo entre Aníbal y Filipo V de Macedonia Volver al principio

Como consecuencia de la victoria cartaginesa de Cannas en 216, Filipo V de Macedonia estableció una serie de contactos con Aníbal que culminaron al año siguiente con la firma de un tratado de ayuda mutua y en claro perjuicio de Roma. El tono característico de las cancillerías orientales que se desprende del texto sugiere que Polibio pudo consultar en los archivos romanos una copia de la versión cartaginesa del acuerdo que, según recuerda Tito Livio (XXIII 33-34), cayó en manos romanas al ser interceptados los embajadores de Filipo cuando éstos retornaban a Macedonia tras entrevistarse con Aníbal en Italia.

Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Juramento de Aníbal, el general, de Magón, de Mircano, de Barmócar, de todos los ancianos de Cartago presentes, de todos los soldados cartagineses presentes, prestado ante Jenófanes, hijo de Cleómaco, ateniense, enviado a nosotros como embajador por el rey Filipo, hijo de Demetrio, en nombre suyo, de los macedonios y de los aliados de éstos, juramento prestado en presencia de Zeus, de Hera y de Apolo, en presencia del dios de los cartagineses, de Heracles y de Yolao, en presencia de Ares, de Tritón y de Posidón, en presencia de los dioses de los que han salido en campaña, del sol, de la luna y de la tierra, en presencia de los ríos, de los prados y de las fuentes, en presencia de todos los dioses dueños de Cartago, en presencia de los dioses dueños de Macedonia y de toda Grecia , en presencia de todos los dioses que gobiernan la guerra y de los que ahora sancionan este juramento. Aníbal, el general, dijo, y todos los senadores de Cartago presentes y todos los soldados cartagineses presentes: por voluntad vuestra y nuestra prestamos este juramento de amistad y de noble adhesión para ser amigos, parientes y hermanos, bajo las cláusulas siguientes: que el rey Filipo, los macedonios y los demás griegos que les son aliados protegerán a los cartagineses y a sus magistrados supremos, y a Aníbal, su general, y a los que le acompañan y a todo el imperio de Cartago, que vive bajo sus leyes, y también al pueblo de Utica, y también a todas las ciudades y pueblos sometidos a Cartago, y a nuestros soldados y aliados, y a todas las ciudades y poblaciones de Italia, de Galia y de Liguria, con las cuales tenemos amistad, y a aquellas ciudades de esta última región con las que lleguemos a tener amistad y confianza. Y también el rey Filipo y los macedonios y los demás aliados griegos serán protegidos y salvados por los cartagineses, que saldrán con ellos a campaña, y por los uticenses, y por todas las ciudades y linajes sometidos a Cartago, y por los aliados, y por las tropas, y por todos los linajes y ciudades que hay en Italia, en Galia, en Liguria, y por todos los que se les alíen de la región de Italia. No maquinaremos nada unos contra otros, ni diremos nada unos contra otros y con todo afán y lealtad, sin engaño, seremos todos enemigos de los que hagan la guerra contra Cartago, a excepción de los reyes, ciudades y linajes con los cuales tengamos juramento de amistad. También nosotros seremos enemigos de los que hagan la guerra al rey Filipo, a excepción de los reyes, las ciudades y los linajes con los cuales tengamos juramento de amistad. Nos seréis también aliados en esta guerra contra los romanos hasta que los dioses nos cedan a todos la victoria. Nos ayudaréis como convenga, en la forma que acordemos. Y si los dioses hacen que esta guerra que hacemos todos contra los romanos y sus aliados la acabemos con buen éxito y ellos buscan nuestra amistad, accederemos, pero de manera que esta amistad valga también para vosotros, y así no les sea nunca lícito declararos la guerra, ni dominar Corcira, ni Apolonia, ni Epidauro, ni Faros, ni Dimale, ni Partino, ni Atintania. Restituirán a Demetrio de Faros sus amigos que ahora se encuentran en poder de los romanos. Y si éstos os declaran la guerra, o nos la declaran a nosotros, ayudaremos mutuamente, según precisemos unos y otros. Y también si la declaran a terceros, a excepción de aquellos reyes, ciudades o linajes con los cuales tengamos juramento de amistad. Y si nos parece necesario añadir o suprimir algo de este juramento, lo suprimiremos o añadiremos, según parezca bien a las dos partes.

Polibio, Historias, VII 9, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



Encuentro de Aníbal y Escipión la víspera de Zama Volver al principio

En el año 203 a.C. el desplazamiento de la Segunda Guerra Púnica a escenarios norteafricanos hace necesaria en ellos la presencia de Aníbal y sus tropas después de dieciséis años de permanecer en suelo itálico. Reunidos los ejércitos cartaginés y romano en Zama, la víspera de una batalla que las dos partes adivinaban decisiva todavía tiene lugar un encuentro entre Aníbal y Escipión con vistas a resolver el desenlace del conflicto. Sin embargo, a las propuestas de paz emitidas por Aníbal advirtiendo del carácter inconstante de la Fortuna, Escipión responde atribuyendo a los púnicos la quiebra de todos los pactos precedentes y la responsabilidad de la guerra y planteando, en consecuencia, la necesidad inexcusable que aquéllos tienen de plegarse ahora a los dictados de Roma.
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Desde allí [Escipión] envió un emisario al general cartaginés, para notificarle que estaba dispuesto a entablar conversaciones con él. Al saberlo, Aníbal levantó el campo y se aproximó a los romanos (...) Un día después, los dos generales salieron de sus campamentos, con la escolta de unos pocos jinetes. Se separaron, incluso, de éstos y ellos se llegaron al centro, acompañados sólo de sus intérpretes. Se saludaron y Aníbal, el primero, empezó a decir: «Yo hubiera querido que ni los romanos hubieran codiciado nunca algo fuera de Italia, ni los cartagineses nada fuera de África. Para ambas potencias son éstos los más hermosos dominios, delimitados, por decirlo así, por la naturaleza. Pero empezamos por disputarnos Sicilia y nos hicimos la guerra, luego vino la de Hispania y, al final, como si la fortuna nos hubiera quitado el juicio, hemos llegado al punto de que a vosotros, tiempo atrás os peligró la propia patria; la de éstos peligra ahora. Pero todavía podemos hacer algo, si lo logramos: roguemos a los dioses y resolvamos la enemistad presente. Yo estoy dispuesto a ello, pues sé, por experiencia tomada de los mismos hechos, cuán voluble es la fortuna: con un leve impulso produce un vaivén enorme, como si jugara con niños de pecho. Mucho me preocupa, oh Escipión -prosiguió- que tú, por tu juventud, porque todo te ha salido a pedir de boca, tanto en Hispania como en África, y porque nunca, al menos hasta hoy, la fortuna te ha forzado a retroceder, ahora desatiendas mis palabras, que, con todo, son muy creíbles. Considera las cosas a la luz de un solo ejemplo, ejemplo no tomado de tiempos remotos, sino de nuestra propia época. Sí: yo soy aquel famoso Aníbal que después de la batalla de Cannas me adueñé de casi toda Italia. Poco tiempo después llegué a las mismas puertas de Roma, acampé a cuarenta estadios de la ciudad y ya deliberaba qué debería hacer de vosotros y del suelo de vuestra patria. En cambio ahora estoy aquí, en África, contigo, que eres romano, para tratar de mi salvación y de la de los cartagineses. Te exhorto a que consideres esto y no te ensoberbezcas: reflexiona humanamente sobre las circunstancias actuales. Lo cual equivale a elegir de los bienes, el máximo, y de los males, al contrario, el mínimo. Si es sensato, ¿quién elegiría lanzarse a un peligro como el que ahora se cierne sobre ti? Si triunfas, no añadirás gran cosa ni a tu gloria personal ni a la de tu patria; si eres derrotado, borrarás de golpe, por culpa tuya, todas tus grandes gestas de antes. ¿Hacia qué apunta todo mi discurso? Que queden sometidos a Roma todos los territorios por los que peleamos, es decir, Sicilia, Cerdeña e Hispania; que sean también dominio de Roma las islas que hay entre Italia y África. Estoy seguro de que un pacto en estas condiciones será la garantía de futuro más segura para los cartagineses, y para ti y para los romanos constituirá la máxima gloria».
Estas fueron las palabras de Aníbal. Y tal fue la réplica de Escipión: «Resulta claro y notorio que no fueron los romanos, sino los cartagineses los culpables de la guerra de Sicilia y de la de Hispania. Y el que mejor lo sabe eres tú mismo, Aníbal, aunque también dieron fe de ello los dioses, que concedieron la victoria no a los agresores injustos, sino a los que les repelían. Conozco no menos que cualquiera los vuelcos de la fortuna y, en cuanto depende de mí, tomo en consideración la incertidumbre de las cosas humanas. Si te hubieras retirado de Italia y hubieras propuesto esta solución antes de que los romanos pasáramos al África, creo que tu esperanza no se hubiera visto defraudada. Pero tú te retiraste de Italia muy a tu pesar; nosotros hemos cruzado el mar hasta el África y nos hemos adueñado del campo abierto; es evidente que la situación ha experimentado un cambio profundo. Y lo principal: ¿para qué hemos venido? Derrotados tus conciudadanos, a petición suya suscribimos unos pactos grabados, en los que, además de lo que tú has mencionado, constaba que los cartagineses nos restituirían los prisioneros romanos sin rescate alguno, que nos cederían las naves ponteadas, que nos abonarían quince mil talentos y que nos darían rehenes en fianza de todo esto. Así fueron las condiciones bajo las que pactamos, de común acuerdo. Y ambos bandos enviamos emisarios a la asamblea y al senado de Roma: nosotros para confirmar la ratificación de este pacto, y vosotros para rogar que fuera aceptado en los términos establecidos. El senado se mostró conforme y la asamblea popular lo corroboró. Pero, una vez tuvieron lo que pedían, los cartagineses lo despreciaron y nos hicieron traición. ¿Qué solución nos queda? Ponte en mi situación y dilo tú. ¿Vamos a suprimir las condiciones más onerosas de entre las estipuladas? Esto sería premiar a tus conciudadanos por su perfidia y enseñarles a continuar traicionando a sus bienhechores. ¿O bien debemos esperar que si alcanzan lo que pretenden nos demostrarán su gratitud? ¡Pero si tras pedir y lograr lo que nos rogaban, así que depositaron en ti una mínima esperanza, ya nos han tratado como rivales y adversarios! Si ahora añadiéramos alguna condición todavía más onerosa, podríamos proponerla a la asamblea de Roma para su aprobación; si suprimiéramos algo de lo estipulado, no tendría ningún sentido comunicar esta entrevista a Roma. ¿Cómo debo concluir mis palabras? O bien poned vuestra patria y vuestras personas a nuestra disposición, o vencednos en la batalla».
Tras este diálogo, Aníbal y Escipión se separaron; habían convertido la concordia en inviable. Así que alboreó el día siguiente, ambos generales hicieron salir a sus ejércitos de los respectivos campamentos y se trabó la batalla. Los cartagineses luchaban por su salvación y por el dominio de África; los romanos, para hacerse con el imperio universal. ¿Habrá alguien que no se emocione al leer la descripción de este choque? No se podrían encontrar tropas más belicosas ni generales que hubieran tenido más éxitos, y que, por consiguiente, se hubieran adiestrado mejor en el arte de la guerra; tampoco se hallarían trofeos mayores, propuestos por la fortuna, que los establecidos entonces. En efecto, los que salieran vencedores de la lucha no se adueñarían sólo de África o de Europa, sino de todas las partes del universo de las que el hombre tiene noticia. Esto sucedió muy poco después.

Polibio, Historias, XV 6, 1 - 9, 5, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.




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