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Discurso de Juliano contra los cristianos Volver al principio

El emperador romano Flavio Claudio Juliano (361-363), nieto de Constantino, fue llamado «el Apóstata» por los cristianos debido a sus esfuerzos por restaurar el culto a los dioses del Helenismo pagano sobre la base del neoplatonismo, un intento frustrado por la muerte del propio Juliano en campaña contra los persas sasánidas. Escribió en griego, y entre sus obra conservadas destacan el Discurso de Antioquía -también conocido como Misopogon o El enemigo de la barba-, una carta Al Senado y al pueblo de Atenas y el Banquete de los Césares -por el que hace pasar, uno a uno, a todos aquellos que le precedieron en el trono. El discurso Contra los galileos, parcialmente reconstruido gracias a la respuesta elaborada por Cirilo de Alejandría, constituye la última apología del paganismo, en la línea iniciada por Celso y continuada por Porfirio, y se presenta bajo la forma de una crítica dirigida contra las religiones cristiana y hebrea. En los pasajes aquí recogidos Juliano cuestiona el exclusivismo religioso presente en la base de ambas y defiende, frente a él, una postura universalista. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Está bien, me parece, exponer a todos los hombres las causas por las que me convencí de que la maquinación de los galileos es la invención de unos hombres compuesta por maldad. Aunque no contiene nada divino, al utilizar sin embargo a fondo la parte del alma amiga de los mitos, infantil e irracional, condujo a un relato monstruoso a la fe de la verdad (...)
Merece la pena recordar brevemente de dónde y de qué manera se originó nuestra idea de dios; después, comparar las opiniones de los griegos y de los hebreos sobre la divinidad y, tras ello, pasar revista a los que no son ni griegos ni judíos, sino que pertenecen a la secta de los galileos, por qué eligieron sus creencias en lugar de las nuestras y, después, por qué no permanecen en sus propias creencias siquiera, sino que, abandonándolas, siguieron su propio camino. Aunque no están de acuerdo con ninguna de las bellas e importantes creencias ni de nosotros, los griegos, ni de los hebreos de Moisés, sin embargo extraen las que son consideradas en estos pueblos calamidades, el ateísmo de la ligereza judía y una vida baja y negligente de nuestra indolencia y vulgaridad, y desean llamar a esto el más noble culto a la divinidad (...)
Moisés dice que el creador del universo eligió al pueblo hebreo, y a él sólo hace caso y en él piensa y de él sólo tiene cuidado. De los demás pueblos, de qué manera o por qué dioses son regidos, no hace la más mínima mención (...) Sólo mostraré que él es el dios de Israel sólo y de Judea, y que los hebreos son su pueblo elegido lo afirma el propio Moisés y los profetas posteriores, y Jesús el Nazareno, y también el más extraordinario mago y embaucador que jamás haya existido en lugar alguno, Pablo (...), aunque lo de Pablo es digno de admiración. En efecto, según las circunstancias, cambió sus opiniones respecto a dios igual que los pólipos cambian de color según las rocas, unas veces manteniendo que sólo los judíos son el lote de dios, mientras que, por otro lado, intenta atraerse a los griegos a su partida diciendo: «No sólo es el dios de los judíos, sino también el de los gentiles, sí, también el de los gentiles». Es justo, pues, preguntar a Pablo, si dios no lo es sólo de los judíos sino también de los gentiles, ¿por qué envió a los judíos la gracia profética en abundancia, Moisés, la unción y los profetas, y la ley y las paradojas y portentos de sus mitos? Pues puedes oírles gritar: «El hombre comió pan de los ángeles». Y finalmente también les envió a Jesús; en cambio a nosotros ni profetas, ni unción, ni maestro, ni heraldo que anunciase su amor a la humanidad que algún día, sin duda, también recaería sobre nosotros. En cambio, despreció durante miríadas, o si preferís miles de años, mientras rendían culto en tal ignorancia a los ídolos, como los llamáis, a los hombres que habitan desde la salida a la puesta del sol y desde la Osa hasta mediodía, excepto una pequeña tribu que hace menos de dos mil años se estableció en una parte de Palestina. Pero si es el dios de todos nosotros y, asimismo, el creador de todo, ¿por qué nos despreció? Conviene, pues, creer que el dios de los hebreos no es el creador de todo el universo y que no ejerce su autoridad sobre todas las cosas, sino que más bien hay que creer, como dije, que está restringido y tiene un imperio limitado junto con los demás dioses (...)
Ahora observad nuestras creencias comparadas con éstas. Los nuestros afirman que el creador es el padre y el rey común de todo, y que lo demás ha sido repartido por él a los dioses nacionales de los pueblos y protectores de las ciudades, cada uno de los cuales gobierna su propio lote de acuerdo con su propia naturaleza. Puesto que en el padre todo es perfecto y todo es uno, mientras que en los dioses parciales domina una fuerza u otra. Ares gobierna a los pueblos belicosos, Atenea los belicosos con inteligencia, Hermes los que son más inteligentes que osados, y de acuerdo con la esencia propia de los dioses propios se rigen los pueblos gobernados por ellos (...) Dígaseme, pues, cuál es la causa de que los celtas y los germanos sean valerosos, los griegos y los romanos en general políticos y humanitarios y, al mismo tiempo, firmes y belicosos, los egipcios más inteligentes e ingeniosos, inhábiles para la guerra y afeminados los sirios y, al mismo tiempo, inteligentes, exaltados, vanos y buenos para aprender (...) Así pues, si estas diferencias se han hecho cada vez más grandes y más importantes sin intervención de una providencia mayor y más divina, ¿para qué vamos a esforzarnos inútilmente y a rendir culto a quien no vela en absoluto por nosotros? En efecto, él no se ocupa ni de nuestras vidas, ni de nuestros caracteres ni de nuestras costumbres, ni de nuestro buen gobierno ni de nuestras instituciones políticas, ¿y todavía conviene que reciba honores de nuestra parte? En absoluto. Ya veis a qué absurdo tan grande llega vuestra doctrina. Pues de los bienes que se contemplan en la vida humana, son los primeros los relativos al alma y siguen después los relativos al cuerpo. Si despreció nuestros bienes del alma, y tampoco se preocupó de nuestras condiciones naturales, ni nos envió maestros o legisladores igual que a los hebreos como Moisés y los profetas posteriores a él, ¿de qué tenemos que estarle agradecidos?
Pero ved si dios no nos ha dado quizá también a nosotros dioses que vosotros desconocéis y buenos jefes en nada inferiores al que es honrado desde el principio por los hebreos de Judea, el único país sobre el que escogió velar, según dijo Moisés y sus seguidores hasta nuestros días. Si el honrado por los hebreos fuese el creador inmediato del universo, nosotros pensaríamos de él todavía mejor, pues nos ha dado bienes mayores respecto al alma y a lo exterior, sobre los cuales hablaremos un poco más adelante, y nos envió también a nosotros legisladores nada inferiores a Moisés, si es que no fueron la mayoría muy superiores (...) Que no sólo de los hebreos se preocupó dios, sino que, cuidándose de todos los pueblos, no otorgó en cambio a aquéllos nada importante ni grande, mientras que a nosotros nos concedió cosas mucho mejores y superiores, observadlo a partir de lo siguiente. También los egipcios pueden decir, contando entre ellos nombres de no pocos sabios, que tienen muchos sucesores de Hermes, me refiero a Hermes el tercero que visitó Egipto, y los caldeos y los asirios de Oanes y Belo, y los griegos de innumerables sucesores de Quirón, pues a partir de él todos los griegos nacieron con aptitudes naturales para los misterios y la teología, en tanto que los hebreos parecen venerar sólo lo suyo propio (...) Pero, ¿os ha concedido el principio de alguna ciencia o algún saber filosófico? ¿De qué tipo? Pues la teoría de los cuerpos celestes ha sido completada entre los griegos, tras haberse realizado las primeras observaciones entre los bárbaros de Babilonia. La referente a la geometría tuvo su origen a partir de la medida de la tierra en Egipto y ha crecido hasta su actual magnitud. Lo referente a los números empezó con los comerciantes fenicios hasta que adquirió el aspecto de una ciencia entre los griegos. Estas tres ciencias los griegos las reunieron, incluyendo la música, en una sola, al integrar la astronomía con la geometría y al adaptar a ambas la aritmética comprendiendo lo armonioso de ellas (...) ¿Acaso necesito citar sus nombres uno a uno o disciplina a disciplina? ¿Citar a hombres como Platón, Sócrates, Arístides, Cimón, Tales, Licurgo, Agesilao, Arquidamo, o más bien la estirpe de filósofos, de generales, de artesanos, de legisladores? Porque se encontraría que nuestros generales más malvados y perversos se comportaron con más moderación hacia los que les habían infligido mayores males que Moisés hacia los que en nada les habían ofendido (...) ¿Qué es mejor, ser libres continuamente y gobernar la mayor parte de la tierra y del mar durante dos mil años completos, o ser esclavo y vivir a las órdenes ajenas? Nadie es tan desvergonzado que prefiera lo segundo. Pero, ¿pensará alguien que vencer en la guerra es peor que ser vencido? ¿Quién es tan estúpido? si esto que decimos es cierto mostradme un solo general como Alejandro, uno solo como César, entre los hebreos. No existe entre vosotros. Sin embargo, por los dioses, sé muy bien que insulto a esos hombres, pero los recordé porque eran famosos. En efecto, los que son inferiores a ellos son desconocidos por la mayoría, pero cada uno de ellos, sin embargo, es más admirable que todos los nacidos entre los hebreos.
Pero la constitución de la ciudad, el tipo de tribunales, la administración de las ciudades y la belleza de las leyes, el progreso en los estudios y el cultivo de las artes liberales, ¿no son entre los hebreos penosos y bárbaros? (...) ¿Qué clase de medicina se mostró entre los hebreos como entre los griegos la de Hipócrates y algunas otras escuelas tras aquél? ¿El sapientísimo Salomón es comparable a Focílides, Teognis o Isócrates entre los griegos? ¿De dónde? Pues si comparases las exhortaciones de Isócrates a los proverbios de aquél encontrarías, lo sé muy bien, que el hijo de Teodoro es superior al sapientísimo rey.

Juliano el Emperador, Contra los galileos, 39 A-224 D (selección), traducción de José García Blanco y Pilar Jiménez Gazapo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



Elogio del emperador Juliano Volver al principio

Ammiano Marcelino, autor latino de origen griego, desarrolló su actividad durante la segunda mitad del siglo IV. En calidad de militar participó en la mayoría de las guerras de su época, especialmente al servicio del emperador Juliano (361-363). Posteriormente, bajo el título Res Gestae y como continuación de las Historias de Tácito, redactó «como soldado y como griego» una obra histórica en treinta y un libros que abarcaban los sucesos desde el ascenso de Nerva al trono (96) hasta la muerte de Valente (378). Los que han llegado hasta nosotros -únicamente del XIV en adelante- incluyen los hechos acaecidos partir del año 353 y se centran fundamentalmente en el reinado de Juliano. Pagano como él, Ammiano destaca la figura de este emperador, pero lo hace desde una perspectiva objetiva, alejada de la alabanza del cortesano. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Fue seguramente un hombre al que hay que contar en el número de los caracteres heroicos y que ilustraron a la vez el esplendor de sus actos y su grandeza innata. Pues si es cierto que existen, según las definiciones de los sabios, cuatro virtudes principales, la templanza, la prudencia, la justicia y la fuerza, a las que se añaden otras circunstanciales, la experiencia militar, el prestigio personal, la fortuna y la generosidad, él las cultivó todas tan bien como cada una, con un celo atento.
Destacó en primer lugar por una castidad tan inviolable que, tras la pérdida de su esposa, jamás se permitió un placer sexual (...) Y este tipo de templanza se vio incluso aumentado y favorecido por su sobriedad en materia de alimento y de sueño, de los que usaba con avaricia tanto en tiempo de paz como en la guerra (...) Además, las pruebas de su prudencia fueron extremadamente numerosas (...) Muchos rasgos manifiestan qué cualidades ilustraron su justicia: el primero, sabía hacerse temer sin ser cruel, consciente de las circunstancias y de las personas (...) Su valor, la frecuencia de sus combates y la experiencia de las guerras lo demuestran, así como su resistencia tanto a terribles fríos como al calor (...) Muchos hechos destacados ilustran sus conocimientos en los asuntos de campamento (...)
Habiendo expuesto todo lo bueno que se puede conocer de él, tornemos ahora a enumerar sus defectos, aunque lo hagamos a partir de muy pocas evidencias. De un natural bastante compulsivo, (...) hablaba en exceso, y raramente callaba; era extremadamente dado a la consulta de presagios (...), más supersticioso que estrictamente fiel a cumplir sus obligaciones religiosas, sacrificando pródigamente bestias sin número; también se pensaba que, si retornaba de la campaña contra los partos, los bueyes llegarían a ser escasos (...) Gustaba del aplauso del vulgo, buscaba sin mesura la alabanza por minucias y, en su deseo de ser popular, buscaba a menudo el trato con gentes indignas de tal honor (...)
Y ya que sus detractores le acusan de haber provocado el estallido de nuevas guerras en perjuicio del interés común, que sepan claramente, de la boca misma de la verdad, que no fue Juliano, sino Constantino, quien provocó el incendio pártico, en el momento en el que se basó en las mentiras de Metrodoro (...) De ahí las masacres escandalosas de nuestro ejército, la captura de cierto número de nuestras unidades, las ciudades arrasadas, las fortificaciones perdidas o destruidas, las provincias aplastadas por pesadas contribuciones; (...) los persas pretendían apoderarse de todas nuestras provincias hasta Bitinia y las orillas de la Propóntide. en cuanto a los galos, la arrogancia de los bárbaros no hacía más que acrecentarse; los germanos, que se habían extendido a través de nuestros territorios, pronto fueron a forzar los Alpes para devastar Italia; y, a las poblaciones que hacía tiempo que habían soportado numerosas pruebas abominables, no les quedaba más que las lágrimas y el terror: pues no sólo el recuerdo del pasado era amargo, sino que la espera de lo que les amenazaba era todavía más sombría. A todo ello, este joven enviado hacia las tierras de Poniente bajo la apariencia de un César, empujando a los reyes como viles esclavos, dio por completo solución con una rapidez que parecía milagrosa. Con la misma voluntad apasionada de restablecer el Oriente atacó a los persas, con la intención de llevar más allá un epíteto triunfal si las decisiones del cielo respondían a sus propósitos y a sus hazañas. Y cuando sabemos que algunos necios reinician sus experiencias, tanto y tan bien como los vencidos retoman la guerra, y los náufragos el mar, para recaer después en dificultades frente a las que tantas veces han sucumbido, ¡se critica a un príncipe en todas partes victorioso el haber retomado la iniciativa de éxitos semejantes!

Ammiano Marcelino, Historia, XXV 4, traducción propia a partir de la versión francesa publicada por Jacques Fontaine, Les Belles Lettres, París, 1977.


Teodosio y la división del Imperio Romano Volver al principio

En el año 551 d.C. Procopio de Cesarea publicó las Guerras vándalas, un texto escrito a propuesta del emperador Justiniano I que forma parte de una serie de relatos históricos sobre las campañas militares de este monarca (527-565 d.C.). Para introducir la narración, los primeros pasajes de estas Guerras vándalas arrancan de la división post-teodosiana del imperio, estableciendo los límites geográficos del Oriente y del Occidente asignados a Arcadio y a Honorio, y esbozan a grandes rasgos el origen de los diferentes pueblos bárbaros, sus principales rasgos étnicos, su religión y su relación con Roma, para presentar así a los pueblos a los que se había de enfrentar el monarca bizantino. Los capítulos 1 y 2 del libro I están dedicados a resumir la división del imperio y a explicar la naturaleza de godos, vándalos y visigodos. (Juan Manuel Abascal Palazón).

[I, 1, 2] A la muerte del emperador Teodosio, que había dado muestras excepcionales de justicia y de valentía, sus dos hijos se repartieron su imperio: Arcadio, el primogénito, gobernó la parte oriental, mientras que la occidental quedó en manos de Honorio, el más joven. [1, 3] La soberanía romana estuvo dividida así desde la muerte de Constantino y de sus hijos: el emperador, al trasladar a Bizancio la autoridad imperial y agrandar esta ciudad, había potenciado extraordinariamente su desarrollo antes de autorizarla a tomar su nombre... [I, 2, 1] En la época en que Honorio gobernaba en occidente los bárbaros se adueñaron de su territorio.

Procopio, Historia de las Guerras vándalas, I, 1, 2-3 y I, 2, 1. Traducción propia a partir de la versión francesa de Denis Roques, París, 1990, 27 y 29.




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