Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Culturas y civilizaciones

> El Principado


Textos


Locura y muerte de Cómodo Volver al principio

Hijo de Marco Aurelio y último de los Antoninos, Cómodo (180-192) fue el primer emperador romano desde Domiciano que accedió al trono por nacimiento, pues entretanto todos lo hicieron por adopción. Enfrentado al ejército tras la paz con los marcomanos, a la plebe por la escasez de grano y al senado a causa de una conspiración tempranamente descubierta, terminó convirtiéndose en un déspota extravagante.
Tal vez procedente de Siria, Herodiano parece haber sido un liberto imperial que vivió aproximadamente entre los años 170/180 y 244/255. Redactó en griego los ocho libros de su Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, una obra centrada precisamente en el mismo período plagado de transformaciones durante el cual desarrolló su existencia, desde la muerte de Marco Aurelio en 180 hasta la subida al trono de Gordiano III en 238. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Cómodo, entonces, ya sin ningún freno, ordenó la celebración de espectáculos públicos, anunciando que daría muerte con su propia mano a todo tipo de animales salvajes y que como un gladiador se enfrentaría a los jóvenes más fuertes. Cuando la noticia se divulgó, acudieron gentes de toda Italia y de las provincias vecinas para ver lo que antes ni habían visto ni oído (...) Eran sus maestros los más certeros arqueros partos y los mejores lanceros mauritanos, a todos los cuales aventajaba en destreza. Llegó el día del espectáculo y el anfiteatro se llenó (...) De todos los países se traían animales para él. Entonces ciertamente pudimos ver bestias que antes sólo habíamos tenido ocasión de admirar en los grabados. Animales de la India y de Etiopía, del sur y del Norte, si antes eran desconocidos, los mostraba a los romanos a la vez que les daba muerte (...)
Hasta entonces, aunque su actuación, a excepción de su valor y puntería, era impropia de un emperador, todavía gozaba de cierto carisma entre el pueblo. Pero cuando entró en el anfiteatro desnudo y, blandiendo sus armas, se puso a luchar como un gladiador, entonces el pueblo contempló un triste espectáculo: el muy noble emperador de Roma, después de tantas victorias conseguidas por su padre y sus antepasados, no tomaba sus armas de soldado contra los bárbaros en una acción digna del imperio romano, sino que ultrajaba su propia dignidad con una imagen vergonzosa en extremo y deshonrosa (...) A tal grado de locura llegó que ya ni quería habitar el palacio imperial sino que quiso trasladarse a la escuela de gladiadores. Y ordenó que ya no se dirigieran a él con el nombre de Hércules sino con el nombre de un famoso gladiador que había muerto. De la enorme estatua del Coloso que veneran los romanos y que representa la imagen del sol hizo cortar la cabeza y mandó poner la suya, ordenando que inscribieran en su base los habituales títulos imperiales y de su familia, pero en lugar del calificativo de «Germánico» puso el de «Vencedor de Mil Gladiadores».
Era preciso ya acabar con la locura de Cómodo y con la tiranía que pesaba sobre el imperio romano. En el día primero del año nuevo [...] (...) Llegó pues esta época de fiestas en las que los romanos se dedican de manera especial unos a otros y se saludan y se complacen en intercambiar regalos y compartir los bienes de la tierra y del mar. Esta es también la primera ocasión en que los magistrados epónimos se ponen su ilustre y solemne toga purpúrea. Cómodo determinó presentarse en esta fiesta de todos no desde el palacio imperial, según era costumbre, sino desde la escuela de gladiadores, y en lugar de vestirse con la toga imperial bordada de púrpura, decidió aparecer ante los romanos con las armas de gladiador y acompañado por una escolta de gladiadores.
Comunicó su propósito a Marcia, su cortesana favorita, que en nada se diferenciaba de una esposa legítima sino que recibía todos los honores debidos a la emperatriz salvo el de la llama sagrada. Tan pronto como ella se enteró de una determinación tan absurda e indigna se puso a suplicarle insistentemente y, arrojándose a sus pies con lágrimas en sus ojos, le pedía que no deshonrara el imperio romano ni se pusiera en peligro confiándose a gladiadores y a hombres desesperados. Después de mucho suplicar sin conseguir nada, se retiró llorando. Cómodo envió a buscar a Leto, el prefecto del pretorio, y a Eclecto, el chambelán, y les ordenó que hicieran los preparativos para pernoctar en la escuela de gladiadores a fin de salir desde allí en procesión para la celebración de los sacrificios y aparecer armado ante el pueblo de Roma. Ellos, con insistentes súplicas, le intentaron disuadir de una acción indigna de un emperador.
Cómodo, enfurecido, despidió a los dos hombres y se retiró a su habitación como si fuera a dormir su acostumbrada siesta del mediodía. Pero cogió una tablilla -una de aquellas de madera de tilo cortada en láminas delgadas que se cierran por ambos lados doblándose una hoja sobre otra- y escribió los nombres de quienes debían ser ejecutados aquella noche. La primera de la lista era Marcia y seguían Leto y Eclecto, y a continuación un gran número de los líderes del senado. Quería desembarazarse de todos los viejos consejeros de su padre que quedaban, puesto que le incomodaba tener aquellos respetables testigos de sus actos vergonzosos. Tenía la intención de ser generoso con los bienes de los ricos repartiéndolos entre los soldados y los gladiadores, unos para que le protegieran y otros para que le distrajeran. Después de escribir la tablilla la dejó encima del lecho pensando que nadie entraría en la habitación. Pero había un pequeño paje, uno de aquellos niñitos que sin ningún vestido van ataviados con oro y piedras preciosas, con los que los libertinos romanos siempre se complacen. Cómodo lo amaba tanto que dormía con él a menudo. Le llamaban Filocómodo, nombre que reflejaba la inclinación del emperador por el niño. En aquella ocasión, mientras Cómodo estaba ocupado en su habitual baño y en beber unas copas, el niño, simplemente por juego, entró en la habitación como solía, cogió la tablilla puesta sobre el lecho, evidentemente sin otra intención que jugar con ella, y salió del aposento. El destino quiso que se topara con Marcia. Ella, que también amaba al niño, entre abrazos y besos le quitó la tablilla porque temía que, sin darse cuenta mientras jugaba inocentemente, destruyera algo de importancia. Pero cuando reconoció la letra de Cómodo, aumentó su curiosidad por leer el escrito. Y tan pronto como descubrió que contenía una orden de ejecución y que ella iba a morir en primer lugar, seguida de Leto y de Eclecto, y que otros iban a tener la misma muerte, se puso a gemir diciendo para sus adentros: «¡Bien, Cómodo! ¡Esta es tu gratitud por mi afecto y amor frente a tu arrogancia y a tus borracheras, que he soportado durante tantos años! ¡Pero tú, borracho, no vas a librarte de una mujer sobria!». Dichas estas palabras, envió a buscar a Eclecto, que la visitaba normalmente en su calidad de chambelán, aunque también había quien la acusaba de entenderse con él. Entregándole la tablilla le dijo: «¡Mira qué fiesta vamos a celebrar esta noche!». El estupor se fue apoderando de Eclecto mientras leía. Como egipcio era un hombre bien dispuesto para actuar con resolución y según los dictados de su corazón. Selló la tablilla y la envió a Leto por medio de un hombre de confianza para que la leyera. También éste, espantado, fue a ver a Marcia con el pretexto de examinar con ella y con Eclecto las órdenes del emperador en lo relativo al traslado a la escuela de gladiadores. Fingiendo que se ocupaban de los asuntos del emperador, acordaron anticiparse en la acción antes de sufrir las consecuencias, y que no era tiempo de demora o vacilación. Decidieron, pues, dar a Cómodo un veneno, que Marcia se comprometió a administrárselo sin dificultad. Pues tenía la costumbre de mezclar ella misma el vino y de ofrecer al emperador la primera copa para que tuviera el placer de beberla de manos de su amada. Al volver Cómodo del baño Marcia puso el veneno en la copa, mezclándolo con un vino aromático y le ofreció la bebida. Él, como copa de amor que habitualmente le brindaba Marcia después de sus frecuentes baños y combates con los animales, sediento, la bebió sin darse cuenta. Al punto le sobrevino un sopor que le forzó a dormir y, pensando que esto le ocurría a causa del cansancio, se acostó. Eclecto y Marcia, con el pretexto de dejar descansar al emperador, ordenaron a todos que se retiraran y fueran a sus asuntos. Casos como éste le ocurrían a Cómodo a menudo a causa de la embriaguez. Pues, aunque sus baños y comidas eran frecuentes, limitaba el tiempo destinado al descanso para entregarse sin interrupción a un sinnúmero de placeres, de los cuales era esclavo empedernido a cualquier hora.
Durante un rato permaneció tranquilo, pero cuando el veneno afectó al estómago e intestinos, se apoderó de él un mareo seguido de una vomitona, bien porque la comida y abundante bebida ingeridas antes rechazaban el veneno, bien por haber tomado previamente un antídoto, como suelen tomar los emperadores siempre antes de cada comida. Pero, ante aquella vomitona, Marcia y los otros, temiendo que arrojara todo el veneno y que se recuperara y fuera la ruina de todos, persuadieron con promesas de generosas recompensas a un tal Narciso, joven decidido y fuerte, para que se acercara a Cómodo y lo estrangulara. Él irrumpió en habitación del emperador, que estaba abatido por el veneno y el vino, y le apretó el cuello hasta matarlo. Este fue el fin de Cómodo después de trece años de gobierno tras la muerte de su padre. De más noble cuna que los emperadores que le precedieron, aventajaba a los hombres de su tiempo por su agradable apariencia y las adecuadas proporciones de su físico, y, si hay que referirse a sus cualidades de varón, diremos que no fue inferior a nadie en puntería y destreza. Sin embargo, deshonró las dotes que la fortuna le había deparado con una conducta vergonzosa, tal como antes se ha relatado.

Herodiano, Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, I 15-17, traducción de Juan José Torres, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.



Ceremonia de deificación de los emperadores romanos Volver al principio

Con motivo de la llegada a Roma de los restos mortales de Septimio Severo, Herodiano explica detalladamente la ceremonia durante la cual cada uno de los emperadores romanos era deificado en el Campo de Marte en una celebración presidida por su sucesor.

Tal vez procedente de Siria, Herodiano parece haber sido un liberto imperial que vivió aproximadamente entre los años 170/180 y 244/255. Redactó en griego los ocho libros de su Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, una obra centrada precisamente en el mismo período plagado de transformaciones durante el cual desarrolló su existencia, desde la muerte de Marco Aurelio en 180 hasta la subida al trono de Gordiano III en 238. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Es costumbre entre los romanos deificar a los emperadores que han muerto, dejando a sus hijos como sucesores. Esta ceremonia recibe el nombre de apoteosis. Por toda la ciudad aparecen muestras de luto en combinación con fiestas y ceremonias religiosas. Entierran el cuerpo del emperador muerto al modo del resto de los hombres, aunque con un funeral fastuoso. Pero luego modelan una imagen de cera, enteramente igual al muerto y la colocan sobre un enorme lecho de marfil cubierto con ropas doradas, que es expuesto en alto en el atrio de palacio. La imagen refleja la palidez de un hombre enfermo. El lecho está rodeado de gente la mayor parte del día. El senado en pleno se sitúa en el lado izquierdo, vestidos con mantos negros; en el derecho están todas las mujeres a quienes la dignidad de sus maridos o padres hace partícipes de este alto honor. Ninguna de ellas lleva oro ni luce collares, sino que, vestidas de blanco y sin adornos, ofrecen una imagen de dolor. Esta ceremonia se cumple durante siete días. Cada día los médicos acuden y se acercan al lecho, simulando que examinan al enfermo, y cada día anuncian que va peor. Luego, cuando ven que ha muerto, los miembros más nobles del orden ecuestre y jóvenes escogidos del orden senatorial levantan el lecho, lo llevan por la Vía Sacra, y lo exponen en el foro antiguo, en el sitio donde los magistrados romanos renuncian a sus cargos. A ambos lados se levantan unos estrados dispuestos en gradas; en un lado se encuentra un coro de niños de familias nobles y patricias, y en el opuesto hay uno de mujeres de elevado rango. Cada coro entona himnos y cantos en honor del muerto, interpretados en un ritmo solemne y lamentoso. A continuación vuelven a levantar en andas el fúnebre lecho y lo llevan fuera de la ciudad, al Campo de Marte, donde han erigido, en el lugar más abierto, una construcción cuadrada sin otro material que enormes maderos ensamblados en un armazón a modo de casa. En su interior está completamente llena de leña, y por fuera está decorada con tapices tejidos en oro, estatuillas de marfil y pinturas diversas. Sobre este cuerpo se levanta otro, semejante en forma y decoración, pero más pequeño y con ventanas y puertas abiertas. Luego hay, un tercero y un cuarto, siempre el de encima menor que el de debajo hasta que se llega al último, el más pequeño de todos. La forma de esta construcción es comparable a las torres de luces que hay en los puertos, cuyo fuego orienta de noche las naves hacia fondeaderos seguros; son las torres normalmente conocidas con el nombre de faros. Suben luego el féretro y lo colocan en el segundo compartimento. Esparcen entonces todo tipo de inciensos y perfumes de la tierra y vuelcan montones de frutos, hierbas y jugos aromáticos. No es posible encontrar ningún pueblo ni ciudad ni particular de cierta alcurnia y categoría que no envíe con afán de distinguirse estos dones postreros en honor del emperador. Cuando se ha apilado un enorme montón de productos aromáticos y todo el lugar se ha llenado de perfumes, tiene lugar una cabalgata en torno de la pira, y todo el orden ecuestre cabalga en círculo, en una formación que evoluciona siguiendo el ritmo de una danza pírrica. También giran unos carros en una formación semejante, con sus aurigas vestidos con togas bordadas en púrpura. En los carros van imágenes con las mascaras de ilustres generales y emperadores romanos. Cumplidas estas ceremonias, el sucesor del imperio coge una antorcha y la aplica a la torre, y los restantes encienden el fuego por todo el derredor de la pira. El fuego prende fácilmente y todo arde sin dificultad por la gran cantidad de leña y de productos aromáticos acumulados. Luego, desde el más pequeño y último de los pisos, como desde una almena, un águila es soltada para que se remonte hacia el cielo con el fuego. Los romanos creen que lleva el alma del emperador desde la tierra hasta el cielo. Y a partir de esta ceremonia es venerado con el resto de los dioses.

Herodiano, Historia del Imperio Romano después de Marco Aurelio, IV 2, traducción de Juan José Torres, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.




Mapa del sitio / Web map Página mantenida por el Taller Digital Accesibilidad Marco legal Página principal Enviar correo