Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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> La época de la expansión exterior de Roma. Cartago


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El ascenso de Roma Volver al principio

Tal como reconoce el propio Polibio, el propósito de sus Historias es explicar el ascenso de Roma hasta convertirse en señora de buena parte del mundo conocido. Por ello su relato da comienzo en 264 a.C. para así, por una parte, enlazar con la obra histórica de Timeo de Tauromenio, y, por otra, iniciar su relato con la Primera Guerra Púnica. Y aunque en un primer momento situó el final del mismo en el año 168, finalmente lo extendió hasta el año 146, incluyendo la Tercera Guerra Púnica y el sometimiento definitivo de los griegos a Roma, para mostrar la evolución y las consecuencias del dominio romano.
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

El tema sobre el que intentamos tratar es un único hecho y un único espectáculo, es decir, cómo, cuándo y por qué todas las partes conocidas del mundo conocido han caído bajo la dominación romana. Esta tiene un principio conocido, una duración delimitada y un resultado notorio, de modo que creemos que va a ser útil recordar y recapitular brevemente las partes principales de este período, ordenadas de principio a fin. Es de suponer que así, más que de otro modo, se proporcionará a los estudiosos una visión adecuada del conjunto de nuestra empresa. En efecto, dado que el espíritu progresa mucho si desde el todo llega al conocimiento de los asuntos en detalle, y mucho también si desde éstos avanza en el conocimiento de la totalidad, creemos que el mejor método y visión es el que se hace desde ambas perspectivas. Por ello trazaremos un esquema preliminar de nuestra historia de acuerdo con lo apuntado.
Ya hemos señalado la forma y los límites de esta investigación. Por lo que se refiere a los hechos concretos ocurridos en ella, se empezará por las guerras ya citadas, y su final coronamiento lo constituirá la destrucción del reino de Macedonia; el tiempo abarcado son cincuenta y tres años, período que comprende acciones tan numerosas y de tanta envergadura que, en un lapso igual de tiempo, no se han dado jamás en épocas anteriores. Tomando como punto de partida la Olimpíada ciento cuarenta, en la exposición se seguirá el orden siguiente.
Tras exponer las causas por las que estalló la guerra ya citada entre cartagineses y romanos, llamada Anibálica, se describirá la invasión de Italia por parte de los cartagineses, cómo arruinaron la dominación romana e infundieron a aquéllos un gran temor por sus vidas y por los fundamentos de su patria, mientras que los mismos cartagineses llegaron a abrigar grandes e imprevistas esperanzas de tomar por asalto la misma ciudad de Roma.
A continuación intentaremos explicar cómo, en esta época Filipo de Macedonia libró una guerra contra los etolios, tras la cual dispuso los asuntos de Grecia y se lanzó a compartir las esperanzas de los cartagineses. Antíoco y Ptolomeo Filopátor andaban a la greña y, al final, estalló entre ellos una guerra por la posesión de Celesiria. Los rodios y Prusias declararon la guerra a los bizantinos y les forzaron a cesar en el cobro de peaje a los que navegaban hacia Ponto.
Aquí detendremos nuestra exposición y trataremos de la constitución romana; demostraremos luego que las características de esta constitución contribuyeron, al máximo, no sólo a que los romanos dominaran Italia y Sicilia, sino también a que extendieran su imperio a los iberos y a los galos, y además a que, tras derrotar militarmente a los cartagineses, llegaran a concebir el proyecto de dominar el universo.
Paralelamente a todo ello aclaremos, en una digresión, el derrocamiento de la tiranía de Hierón en Siracusa. Enlazaremos con estos temas los disturbios ocurridos en Egipto, la coalición, efectuada tras la muerte del rey Ptolomeo, de Antíoco y Filipo para repartirse el imperio legado al joven príncipe heredero, y cómo empezaron las insidias y manejos de Filipo contra Egipto, Caria y Samos, y las de Antíoco contra Celesiria y Fenicia.
A continuación, tras una recapitulación de las operaciones de romanos y cartagineses en Hispania, en África y en Sicilia, desplazaremos nuestra exposición a tierras de Grecia, con los grandes cambios que hubo. Narraremos las batallas navales de Atalo y de los rodios contra Filipo y la guerra de éste contra los romanos, cómo se desarrollaron, sus causas y su desenlace. A esto añadiremos, sin interrupción, el recuerdo de la cólera de los etolios, con la que arrastraron a Antíoco y, desde el Asia, encendieron una guerra contra aqueos y romanos.
Después de aclarar sus causas y el paso de Antíoco a Europa, explicaremos, en primer lugar, cómo consiguió huir de Grecia; en segundo lugar, cómo, derrotado, abandonó los territorios que están a este lado de la cordillera del Tauro. En tercer lugar, cómo los romanos, tras haber humillado la soberbia de los galos, se aprestaron a dominar, sin admitir rivales, los territorios asiáticos y liberaron a los habitantes de la parte hacia acá del Tauro, del terror de los bárbaros y de la injusticia de los galos. Seguidamente, tras poner la vista en los desastres de etolios y cefalenios, entraremos en las guerras que Eumenes trabó contra Prusias y los galos; igualmente, en la guerra que hubo entre Ariarato y Farnaces. Luego haremos mención de la pacificación y concordia que reinó en el Peloponeso, así como del auge de la república de Rodas, y ofreceremos un resumen de toda nuestra exposición y de las acciones que contiene. Finalmente, trataremos la expedición de Antíoco Epifanes contra Egipto, la guerra persa y el derrumbamiento del imperio macedonio. Paralelamente a todo ello se irá viendo cómo manejaron los romanos cada asunto y cómo lograron someter todo el mundo a su imperio.
Si por sí solos los éxitos o los fracasos permitieran emitir un juicio suficiente sobre los hombres o los gobiernos, despreciables o laudables, según el programa inicial nosotros deberíamos pararnos aquí y concluir simultáneamente nuestra exposición e historia con las acciones citadas en último lugar. En efecto: el lapso de los cincuenta y tres años termina en ellas, y el progreso y el avance del imperio romano ya había culminado. Además, daba la impresión de que era notoria e ineludible para todos la sumisión a los romanos y la obediencia a sus órdenes. Pero los juicios sobre vencedores y vencidos extraídos simplemente de los propios combates son insuficientes. Lo que muchos han creído un triunfo insuperable, si no se explotó con acierto ha comportado grandes desastres, mientras que a no pocos que han soportado con entereza las desgracias más escalofriantes, éstas han acabado por convertírseles en ventajas. A las acciones mencionadas habría de añadirse un juicio sobre la conducta posterior de los vencedores, sobre cómo gobernaron el mundo, la aceptación y opinión que su liderazgo tenían los demás pueblos; se deben investigar, además, las tendencias y ambiciones predominantes en cada uno, que se impusieron en las vidas privadas y en la administración pública.
Es indiscutible que por este estudio nuestros contemporáneos verán si se debe rehuir la dominación romana o, por el contrario, si se debe buscar, y nuestros descendientes comprenderán si el poder romano es digno de elogio y de emulación, o si merece reproches. La máxima utilidad de nuestra historia, en el presente y en el futuro, radica en este aspecto. No hay que suponer que, ni en sus dirigentes ni en expositores, la finalidad de las empresas sea vencer y someter a todos. Nadie que esté en su sano juicio guerrea contra los vecinos por el sólo hecho de luchar, ni navega por el mar sólo por el gusto de cruzarlo, ni aprende artes o técnicas sólo por el conocimiento en sí. Todos obran siempre por el placer que sigue a las obras, o la belleza, o la conveniencia.
Por eso la culminación de esta historia será conocer cuál fue la situación de cada pueblo después de verse sometido, de haber caído bajo el dominio romano, hasta las turbulencias y revoluciones que, después de estos hechos, se han reproducido. En vistas a la importancia de las acciones que entonces se desarrollaron y al carácter extraordinario de los acontecimientos, pero también -y esto es lo más importante- en razón del hecho de que yo he sido no solamente espectador, sino unas veces colaborador y otras dirigente, he emprendido la redacción, por así decir, de una historia nueva, tomando un punto de partida nuevo también.
Los trastornos a que me refería son los siguientes: los romanos hicieron la guerra a los celtíberos y a los vacceos, mientras que los cartagineses guerrearon contra Masinisa, rey de Libia. En Asia, Atalo y Prusias se combatían mutuamente y el rey de Capadocia, Ariarates, expulsado de su trono por Orofernes con la ayuda del rey Demetrio, recuperó el reino que le legara su padre apoyado por Atalo. Por otro lado, Demetrio, hijo de Seleuco, tras reinar en Siria durante doce años, perdió a la vez la vida y el imperio, al coaligarse contra él los demás reyes. Y también los romanos levantaron la acusación de que habían sido objeto los griegos inculpados en la guerra de Perseo y les reintegraron a sus países. Y los mismos romanos atacaron, poco tiempo después, a los cartagineses, con propósito, primero, de forzarles a expatriarse, y, después, de aniquilarles totalmente, por las causas que se expondrán a continuación. Paralelamente a estos hechos, al romper los macedonios la amistad con los romanos y abandonar los lacedemonios la Liga aquea, inició el proceso que conduciría a la ruina total de Grecia.

Polibio, Historias, III 1-5, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



El ciclo de las constituciones Volver al principio

La teoría de las constituciones planteada por Polibio para explicar el devenir político de las sociedades y los estados combina el esquema biológico «nacimiento-desarrollo-apogeo-decadencia» -muy arraigado en el pensamiento helénico- con el de la evolución cíclica. Así, cada una de las fases del ciclo constitucional cuenta, por naturaleza, con un comienzo y un final que permiten comprender cómo se suceden las diversas formas de gobierno y que, desde la perspectiva polibiana, representan el modo como la ley biológica se expresa en el plano de las instituciones políticas.
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

La mayoría de los que quieren instruirnos acerca del tema de las constituciones, casi todos sostienen la existencia de tres tipos de ellas: llaman a una «realeza», a otra «aristocracia» y a la tercera «democracia». Pero creo que sería muy indicado preguntarles si nos proponen estas constituciones como las únicas posibles, o bien, ¡por Zeus!, solamente como las mejores. Me parece que en ambos casos yerran (...)
No todo gobierno de una sola persona ha de ser clasificado inmediatamente como realeza, sino sólo aquel que es aceptado libremente y ejercido más por la razón que por el miedo o la violencia. Tampoco debemos creer que es aristocracia cualquier oligarquía; sólo lo es la presidida por hombres muy justos y prudentes, designados por elección. Paralelamente, no debemos declarar que hay democracia allí donde la turba sea dueña de hacer y decretar lo que le venga en gana. Sólo la hay allí donde es costumbre y tradición ancestral venerar a los dioses, honrar a los padres, reverenciar a los ancianos y obedecer las leyes; estos sistemas, cuando se impone la opinión mayoritaria, deben ser llamados democracias. Hay que afirmar, pues, que existen seis variedades de constituciones: las tres repetidas por todo el mundo, que acabamos de mencionar, y tres que les son afines por naturaleza: la monarquía, la oligarquía y la demagogia. La primera que se forma por un proceso espontáneo y natural es la monarquía, de ella deriva, por una preparación y una enmienda, la realeza. Pero se deteriora y cae en un mal que le es congénito, me refiero a la tiranía, de cuya disolución nace la aristocracia. Cuando ésta, por su naturaleza, vira hacia la oligarquía, si las turbas se indignan por las injusticias de sus jefes, nace la democracia. A su vez, la soberbia y el desprecio de las leyes desembocan, con el tiempo, en la demagogia. Se puede constatar clarísimamente la verdad de mis afirmaciones, si nos paramos a pensar en los principios naturales, la génesis y las transformaciones de cada constitución, porque sólo quien considera cómo nace cada una de ellas podrá entender también su desarrollo, su culminación, sus transformaciones, su final y cómo, cuándo y de qué manera acontecen (...)
¿A qué orígenes me refiero y de dónde afirmo que surgen las primeras comunidades políticas? Cada vez que por inundaciones, por epidemias, por malas cosechas o por otras causas por el estilo se produce un aniquilamiento de la raza humana, como los que sabemos que ya se han dado, razón que hace pensar que se repetirán, incluso con frecuencia, en tal caso desaparecen las costumbres y las habilidades de los hombres. Cuando los supervivientes se multiplican de nuevo como una simiente y, a medida que transcurre el tiempo, llegan a ser multitud, entonces ocurre, por descontado, lo mismo que con los seres vivos restantes: los hombres se reúnen. Es lógico que lo hagan con sus congéneres, en razón de su debilidad natural. Ineludiblemente el que sobresalga por su vigor corporal o por la audacia de espíritu dominará y gobernará (...) Su límite en el gobierno es su fuerza; a eso podemos llamarlo «monarquía». Pero cuando, con el tiempo, en estos grupos de hombres la convivencia hace surgir el compañerismo, se da el inicio de la realeza (...) De todo esto nace en cada hombre una cierta noción del deber, de su fuerza y de su razón, cosas que constituyen el principio y la perfección de la justicia. De un modo semejante, siempre que un hombre defienda a los restantes en un riesgo y se oponga y resista la arremetida de los animales más fuertes, es natural que la masa del pueblo le otorgue distintivos de honor y de favor, pero de reprobación y de disgusto a quien hubiera hecho lo contrario. Y así también es explicable que en las gentes nazca un concepto de lo bueno y de lo malo, así como de la diferencia que hay entre estas dos nociones. La primera será objeto de imitación y de emulación, por las ventajas que comporta; la segunda, lo será de repulsa. Cuando, entre estos hombres, el jefe, el que detenta la suprema autoridad, pone su fuerza de acuerdo con las nociones citadas, en armonía con los pareceres de la multitud, de modo que sus súbditos llegan a creer que da a cada uno lo que merece, aquí ya no actúa el miedo a la fuerza bruta; es más bien por una adhesión a su juicio por lo que se le obedece y se conviene en conservarle el poder incluso cuando envejece; le protegen y combaten a su favor contra los que conspiran para derrocarlo. De esta manera se pasa inadvertidamente de la monarquía a la realeza, cuando la supremacía pasa de la ferocidad y de la fuerza bruta a la razón.
Así se forma naturalmente entre los hombres la primera noción de justicia y de belleza, y de sus contrarios, éste es el principio y la génesis de la realeza auténtica. Y el poder es reservado no solamente a estos reyes sino también a sus descendientes, al menos en la mayoría de los casos, pues el pueblo cree que los engendrados por tales hombres y educados por ellos tendrán unas disposiciones semejantes. Si eventualmente los descendientes de estos reyes son causa de disgusto, la elección de nuevos reyes y gobernantes ya no se hace según el vigor corporal o el coraje, sino según la superioridad de juicio y de razón, pues las gentes ya tienen experiencia, basada en las mismas obras, de la diferencia existente entre los dos tipos de cualidades. Antiguamente, una vez elegidos para la realeza, los que detentaban esta potestad envejecían en ella: fortificaban y amurallaban los lugares estratégicos y adquirían tierras, tanto por razones de seguridad como para garantizar abundancia de lo necesario a sus subordinados. Al propio tiempo, el afanarse por esto les libraba de toda calumnia y envidia, porque ni en los vestidos ni en la comida ni en la bebida se distinguían de los demás. Llevaban una vida muy semejante a la de sus conciudadanos, pues en realidad compartían la del pueblo. Pero cuando los que llegaban a la regencia por sucesión y por derecho de familia dispusieron de lo suficiente para su seguridad y de más de lo suficiente para su manutención, entonces tal superabundancia les hizo ceder a sus pasiones y juzgaron indispensable que los gobernantes poseyeran vestidos superiores a los de los súbditos, disfrutaran de placeres y de vajilla distinta y más cara en las comidas y que en el amor, incluso en el ilícito, nadie pudiera oponérseles. De ahí surgió la envidia y la repulsa que, a su vez, causó odio y una irritación maligna. En suma, la realeza degeneró en tiranía, principio de disolución y motivo de conspiraciones entre los gobernados. Los complots los organizaba no precisamente la chusma, sino hombres magnánimos, nobles y valientes, porque eran ellos los que menos podían soportar las insolencias de los tiranos.
La masa, cuando recibe caudillos, junta su fuerza a la de ellos por las causas ya citadas y elimina totalmente el sistema real y el monárquico; entonces empieza y se desarrolla la aristocracia. El pueblo, en efecto, para demostrar al instante su gratitud a los que derribaron la monarquía, les convierte en sus gobernantes y acude a ellos para resolver sus problemas. al principio, estas nuevas autoridades se contentaban con la misión recibida y antepusieron a todo el interés de la comunidad; trataban los asuntos del pueblo, los públicos y los privados, con un cuidado prudente. Pero cuando, a su vez, los hijos heredaron el poder de sus padres, por su inexperiencia de desgracias, por su desconocimiento total de lo que es la igualdad política y la libertad de expresión, rodeados desde la niñez del poder y la preeminencia de sus progenitores, unos cayeron en la avaricia y en la codicia de riquezas injustas, otros se dieron a comilonas y a la embriaguez y a los excesos que las acompañan, otros violaron mujeres y raptaron adolescentes: en una palabra, convirtieron la aristocracia en oligarquía. Suscitaron otra vez en la masa sentimientos similares a los descritos más arriba; la cosa acabó en una revolución idéntica a la que hubo cuando los tiranos cayeron en desgracia.
Porque se alguien se apercibe de la envidia y del odio que la masa profesa a los oligarcas y se atreve a decir o a hacer algo contra los gobernantes, encuentra al pueblo siempre dispuesto a colaborar. Inmediatamente, tras matar a unos oligarcas y desterrar a otros, no se atreven a nombrar un rey, porque temen todavía la injusticia de los pretéritos; no quieren tampoco confiar los asuntos de estado a una minoría selecta, pues es reciente la ignorancia de la anterior. Entonces se entregan a la única confianza que conservan intacta, la radicada en ellos mismos: convierten la oligarquía en democracia y es el pueblo quien atiende cuidadosamente los asuntos de estado. Mientras viven algunos de los que han conocido los excesos oligárquicos, el orden de las cosas actual resulta satisfactorio y se tienen en el máximo aprecio la igualdad y la libertad de expresión. Pero cuando aparecen los jóvenes y la democracia es transmitida a una tercera generación, ésta, habituada ya al vivir democrático, no da ninguna importancia a la igualdad y a la libertad de expresión. Hay algunos que pretenden recibir más honores que otros; caen en esto principalmente los que son más ricos. Al punto que experimentan la ambición de poder, sin lograr satisfacerla por sí mismos ni por sus dotes personales, dilapidan su patrimonio, empleando todos los medios posibles para corromper y engañar al pueblo. En consecuencia, cuando han convertido al vulgo, poseído de una sed insensata de gloria, en parásito y venal, se disuelve la democracia, y aquello se convierte en el gobierno de la fuerza y de la violencia; porque las gentes, acostumbradas a devorar los bienes ajenos y a hacer que su subsistencia dependa del vecino, cuando dan con un cabecilla arrogante y emprendedor al que, con todo, su pobreza excluye de los honores públicos, desembocan en la violencia. La masa se agrupa en torno de aquel hombre y promueve degollinas y huidas. Redistribuye las tierras y, en su ferocidad, vuelve a caer en un régimen despótico y monárquico.
Este es el ciclo de las constituciones y su orden natural, según se cambian y transforman para retornar a su punto de origen (...) Con la realeza nace el desmejoramiento llamado tiranía; con la aristocracia, el mal llamado oligarquía, y con la democracia germina el salvajismo de la fuerza bruta. Y es inevitable que con el tiempo todos los regímenes políticos citados no degeneren en sus inferiores, según el razonamiento que acabo de apuntar.

Polibio, Historias, VI 3-10, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



La constitución romana Volver al principio

Con la intención de justificar la superioridad del sistema político romano, a la teoría de las constituciones que combina la evolución biológica con la sucesión cíclica Polibio contrapone la constitución mixta, resultado de fundir lo mejor de la monarquía, de la aristocracia y de la democracia. Desde la perspectiva del autor heleno, la peculiaridad de Roma representa una ruptura en la sucesión establecida de las diferentes formas de gobierno, la cual resulta sustituida por una constitución donde el equilibrio entre los diferentes elementos que la componen impide la degradación de cada uno de ellos.
Polibio de Megalópolis (ca. 200 - ca. 120/118 a.C.) es uno de los más destacados historiadores de todas las épocas. Tras la derrota de Macedonia y sus aliados en Pidna (168), fue enviado a Roma como rehén de Estado para asegurar la fidelidad a Roma de su patria aquea. Allí formó parte del círculo cultural de los Escipiones y vivió de cerca los grandes acontecimientos militares y políticos de su tiempo, como la destrucción de Cartago y de Corinto en 146, y posiblemente también la de Numancia en 133. Redactó sus Historias en cuarenta libros al modo de una historia universal, de la cual sólo nos han llegado completos los libros I-V, si bien contamos con numerosos y extensos fragmentos de los restantes gracias fundamentalmente a las recopilaciones bizantinas (Excerpta antiqua y Excerpta Constantiniana). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Se ha dicho principalmente en la presentación preliminar, en el comienzo de mi historia, donde afirmamos que, de nuestra obra, lo más bello y, al mismo tiempo, lo más útil para los lectores en su dedicación sería comprender y profundizar cómo pudo suceder y cuál fue la constitución que lo consiguió, que los romanos llegaran a dominar casi todo el mundo en menos de cincuenta y tres años, cosa que no tiene precedentes (...)
Así, pues, estas tres clases de gobierno que he citado [i.e., monarquía, aristocracia y democracia] dominaban la constitución y las tres estaban ordenadas, se administraban y repartían tan equitativamente, con tanto acierto, que nunca nadie, ni tan siquiera los nativos, hubieran podido afirmar con seguridad si el régimen era totalmente aristocrático, o democrático, o monárquico. Cosa muy natural, pues si nos fijáramos en la potestad de los cónsules, nos parecería una constitución perfectamente monárquica y real, si atendiéramos a la del senado, aristocrática, y si consideráramos el poder del pueblo, nos daría la impresión de encontrarnos, sin ambages, ante una democracia. Los tipos de competencia que cada parte entonces obtuvo y que, con leves modificaciones, posee todavía en la constitución romana se exponen a continuación.
Los cónsules, mientras están en Roma y no salen de campaña con las legiones, tienen competencia sobre todos los negocios públicos. Los magistrados restantes les están subordinados y les obedecen, a excepción de los tribunos; también corresponde a los cónsules presentar las embajadas al senado. Además de lo dicho, deliberan, asimismo, sobre asuntos urgentes, en caso de presentarse, y son ellos los que ejecutan íntegramente los decretos. Igualmente, las cuestiones concernientes a tareas del estado que hayan de ser tratadas por el pueblo, corresponde a los cónsules atenderlas, convocar cada vez la asamblea, presentar las proposiciones y ejecutar los decretos votados por la mayoría. Su potestad es casi absoluta en lo que concierne a preparativos bélicos y a la dirección de las campañas: pueden impartir las órdenes que quieran a las tropas aliadas, nombrar los tribunos militares, alistar soldados y escoger a los más aptos. Además, en campaña, tienen la potestad de infligir cualquier castigo a sus subordinados. Disponen a su arbitrio de los fondos públicos: les acompaña siempre un cuestor, presto a cumplir las órdenes recibidas. Si se considerara sólo este aspecto, no sería inverosímil decir que esta constitución es simplemente monárquica o real. Y si alguno de los puntos concretados o que se concretan a continuación se modifica ahora o dentro de algún tiempo, esto no podrá ser tenido como argumento contra esta exposición mía actual.
La atribución principal del senado es el control del erario público, porque ejerce potestad sobre todos los ingresos y sobre la mayor parte de los gastos. Aparte de lo que abonan a los cónsules, los cuestores no pueden disponer de fondos públicos sin autorización del senado. Este dispone también el dispendio mayor, el más costoso, que ordenan cada cinco años los censores para restaurar y reparar los edificios públicos; los censores deben recabar la autorización del senado. De modo semejante, caen bajo la jurisdicción del senado los delitos cometidos en Italia que exigen una investigación pública, como son traiciones, perjurios, envenenamientos, asesinatos. También en Italia, si la conducta de un individuo o de una ciudad reclama un arbitraje, un informe pericial, una ayuda o una guarnición, de todo esto cuida el senado. Es incumbencia de éste enviar embajadas a países no italianos, cuando se necesita ya sea para lograr una reconciliación, para hacer alguna demanda o, ¡por Zeus!, para intimar una orden, para recibir la rendición de alguien o para declarar la guerra. Cuando llegan embajadores a Roma, el senado decide lo que debe contestárseles y el comportamiento que debe seguirse con cada uno (...)
Al pueblo no le falta su parcela, que es precisamente la más pesada. En la constitución romana el pueblo, y sólo el pueblo, es el árbitro que concede honores o inflige castigos, el único puntal de dinastías y constituciones y, en una palabra, de toda la vida humana. En las naciones en las que estos valores no se diferencian o, aunque sean conocidos, no se aplican cabalmente, es imposible que haya algo administrado con rectitud: ¿sería lógico que lo fuera, si buenos y malos gozan de la misma estimación? Con frecuencia el pueblo juzga las multas que se deben imponer para resarcirse de los daños sufridos, lo cual ocurre principalmente cuando la multa es importante y los reos han detentado altos cargos; el pueblo es el único que puede condenar a muerte. En tales ocasiones rige entre ellos una ley consuetudinaria muy digna de elogio y de recuerdo: cuando alguien es juzgado y condenado a muerte, la costumbre le permite exiliarse a la vista de todo el mundo e irse a un destierro voluntario, a condición de que, de las tribus que emiten el veredicto, una se abstenga y no vote; los exiliados gozan de seguridad en Nápoles, en Preneste, en Tíbur y en otras ciudades confederadas. Además, el pueblo es quien confiere las magistraturas a aquellos que las merecen: es la más hermosa recompensa de la virtud en un estado. El pueblo es soberano cuando se trata de votar las leyes; su máxima atribución es deliberar sobre la paz y la guerra, y también sobre las alianzas, tratados de paz y pactos; es el pueblo quien lo ratifica todo, o lo contrario. De manera que no es un error decir que el pueblo goza de grandes atribuciones en la constitución romana y que ésta es democrática (...)
Este es el poder de cada uno de los elementos del sistema en lo que se refiere a favorecerse o a perjudicarse mutuamente. En cualquier situación esta estructura se mantiene debidamente equilibrada, tanto, que resulta imposible encontrar una constitución superior a ésta. Siempre que una amenaza exterior común obliga a estos tres estamentos a ponerse de acuerdo, la fuerza de esta constitución es tan imponente, surte tales efectos que no solamente no se retrasa nada de lo imprescindible, sino que todo el mundo delibera sobre el aprieto y lo que se decide se realiza al instante, porque los ciudadanos, sin excepción, en público y en privado, ayudan al cumplimiento de los decretos promulgados. De ahí que llegue a ser increíble la fuerza de esta constitución para llevar siempre a buen término lo que se haya acordado. Sin embargo, cuando los romanos se ven libres de amenazas exteriores y viven en el placer de la abundancia conseguida por sus victorias, disfrutando de gran felicidad, y, vencidos por la adulación y la molicie, se tornan insolentes y soberbios, cosa que suele ocurrir, es cuando se comprende mejor la ayuda que por sí misma les presta su constitución. En efecto, cuando una parte empieza a engreírse, a promover altercados y se arroga un poder superior al que le corresponde, es notorio que, al no ser los tres brazos independientes, como ya se ha explicado, ninguno de ellos llega a vanagloriarse demasiado y no desdeña a los restantes. De modo que todo queda en su lugar, unas cosas, refrenadas en su ímpetu, y las restantes, porque desde el comienzo temen la interferencia de otras próximas.

Polibio, Historias, VI 11-18, traducción de Manuel Balasch, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1981.



Discurso de Mitrídates VI del Ponto Volver al principio

Tras extender sus dominios sobre la Cólquide, el reino del Bósforo, Paflagonia y Capadocia, en el año 88 a.C. Mitrídates VI Eupator, rey del Ponto, se enfrentó con Nicomedes de Bitinia, derrotó a sus fuerzas y a sus aliados romanos, invadió la provincia romana de Asia y provocó una gran matanza entre los itálicos allí establecidos. En el presente texto, un discurso pronunciado ante sus tropas, Mitrídates justifica la guerra recordando las injusticias cometidas por los romanos contra él mismo y defiende sus posibilidades de alcanzar la victoria enumerando las dificultades a las que aquéllos se enfrentan en ese preciso momento.
Nacido en el sur de la Galia, Pompeyo Trogo escribió a finales del siglo I d.C. sus Historias Filípicas en cuarenta y cuatro libros. Se trata de la primera historia universal redactada en latín, y en ella, frente al nacionalismo tradicional de los historiadores romanos, este autor contrapone cierto ecumenismo y describe sucesivamente y por igual los imperios surgidos en Oriente y Asia Menor, Macedonia, Partia y, en último lugar y de manera ciertamente concisa, Roma. Esta obra se conoce únicamente gracias a un resumen elaborado entre los siglos III y IV por Justino. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Después, convoca a los soldados a una asamblea y con exhortaciones de distinto matiz los incita a las guerras romanas o asiáticas. He considerado este discurso digno de ser reproducido íntegramente a pesar de la brevedad de esta obra; Pompeyo Trogo lo dio en estilo indirecto, puesto que censuró en Livio y en Salustio que sobrepasaran los límites de la historiografía al insertar en su obra discursos directos y además como discurso propio.
Mitrídates dice que para él habría sido deseable poder decidir si debía hacer la guerra o la paz con los romanos; pero que se debe oponer resistencia a los que atacan no lo dudan ni siquiera quienes no tienen esperanza de victoria; de hecho, todos desenvainan la espada contra un ladrón, si no pueden para salvarse, sí para vengarse. Por lo demás, puesto que no se trata de si es lícito quedarse quietos ante quienes atacan no sólo con ánimo hostil, sino también con la guerra, hay que decidir con qué plan y con qué esperanza afrontar las guerras empezadas. Por otra parte, él tiene confianza en la victoria, si ellos tienen ánimo; y que los romanos podían ser vencidos lo sabía él no más que los mismos soldados, que vencieron en Bitinia a Aquilio y a Maltino en Capadocia. Y si a alguno le mueven más los ejemplos ajenos que las experiencias propias, él sabe que los romanos fueron derrotados en tres batallas por Pirro, rey de Epiro, a la cabeza de no más de cinco mil macedonios. Sabe que Aníbal se quedó durante dieciséis años en Italia victorioso y que no fueron las tropas de los romanos las que le impidieron apoderarse de la misma Roma, sino el ardor de la rivalidad y de la envidia de sus compatriotas. Sabe que los pueblos de la Galia Transalpina, habiendo entrado en Italia, poseen la mayoría de sus ciudades y las más grandes, y han ocupado un territorio de extensión bastante mayor que el que los mismos galos habían ocupado en Asia, a la que se considera inerme. Y se le dice que Roma fue no sólo vencida por los galos, sino también conquistada, hasta el punto que les quedó solamente la cima de un monte; y que el enemigo no fue alejado con la guerra, sino con dinero. Ahora bien, él mismo cuenta como parte de sus tropas al pueblo de los galos, que siempre aterró a los romanos. Pues estos galos que viven en Asia se diferencian de aquellos que habían ocupado Italia sólo en el emplazamiento, y sin duda tienen el mismo origen, valor y forma de luchar; y éstos tienen un carácter tanto más aguerrido que aquéllos, porque han avanzado a través del Ilírico y de Tracia por un trayecto muy largo y dificultoso, siendo casi más trabajoso recorrer los territorios de éstos que dominar aquellos en los que se asentaban. El sabe que la misma Italia, desde la fundación de Roma, nunca ha estado suficientemente sometida a ésta, sino que, durante todos los años sin interrupción, unos pueblos persistieron en un estado de guerra continua por su libertad, algunos incluso por la alternativa de poder; y se dice que muchas ciudades de Italia destruyeron a los ejércitos de los romanos y que algunas los pasaron bajo el yugo con una nueva forma de humillación. Y para no detenemos en ejemplos antiguos, en estos mismos tiempos toda Italia se ha sublevado en la guerra mársica, pidiendo no ya la libertad, sino la participación de poder y la ciudadanía, y la ciudad se ve apremiada no más gravemente por la vecina guerra de Italia que por los partidismos internos de los hombres principales, y la guerra civil es mucho más peligrosa que la itálica. Y al mismo tiempo, procedentes de Germania, los cimbros, inmensa multitud de pueblos salvajes e indomables, han inundado Italia como una tempestad; y aunque los romanos pudieran resistir una por una estas guerras, sin embargo serían aniquilados por todas juntas, hasta el punto que piensa que ni siquiera tendrán tiempo para la guerra contra él.
Hay que aprovechar, pues, la oportunidad, dice, y explotar el crecimiento de las fuerzas propias, no sea que, si se quedan quietos mientras los romanos están ocupados, pronto haya más dificultad en luchar contra ellos, cuando estén libres y en paz. De hecho, no se trata de saber si deben tomarse las armas, sino si deben tomarse en la ocasión más favorable para ellos mismos o en la más favorable para el enemigo. En efecto, ellos habían empezado a hacerle la guerra ya antes, cuando, siendo todavía un niño huérfano, le quitaron Frigia Mayor, que habían concedido a su padre como recompensa por la ayuda prestada contra Aristónico, pueblo que también Seleuco Calínico había dado como dote a su antepasado Mitrídates. Y ¿no había sido otra forma de guerra cuando mandaron que saliera de Paflagonia? (...) Aun obedeciendo en medio de tan amargas órdenes, sin embargo, no están aplacados hasta el punto de no comportarse cada día con más dureza. ¿Qué forma de obediencia, pues, había dejado de prestarles? ¿No había abandonado Frigia y Paflagonia? ¿No había hecho salir a su hijo de Capadocia, de la que, victorioso, se había apoderado por derecho de gentes? (...) ¿No había matado, para congraciarse con ellos, a Cresto, rey de Bitinia, contra quien el senado había decretado la guerra? (...) También, para ofenderle, el senado había tomado la iniciativa de conceder a Capadocia la libertad, que habían quitado a los demás pueblos (...) Nicomedes le había declarado la guerra por orden de los romanos; puesto que él había salido a defenderse, ellos se le habían enfrentado; y ahora para ellos será motivo de guerra el no haberse dejado destrozar impunemente por Nicomedes, hijo de una bailarina.
En verdad ellos no perseguían los delitos de los reyes, sino su poder y su majestad, y a menudo habían actuado con este método no sólo con respecto a él, sino también con respecto a todos los otros. Así también su abuelo Fárnaces con la ayuda de arbitrarias sentencias había sido dado como sucesor al rey de Pérgamo Eumenes; así también Eumenes, en cuya flota por primera vez fueron transportados a Asia, con cuyo ejército más que con el propio habían sometido a Antíoco Magno y a los galos en Asia, y después en Macedonia al rey Perseo, a él igualmente lo habían considerado enemigo y le habían prohibido el acceso a Italia, y habían hecho a su hijo Aristónico la guerra que habían considerado vergonzoso hacerle a él mismo. Ante aquellos nadie tenía más méritos que Masinisa, rey de los númidas; a él se atribuía la victoria sobre Aníbal, a él la captura de Sífax, a él la destrucción de Cartago, él era considerado el tercer salvador de la ciudad entre los dos famosos Africanos. Sin embargo hacía poco se había hecho en África una guerra tan implacable a su nieto que ni siquiera vencido le perdonaron, por la memoria de su padre, que sufriera la cárcel o el espectáculo del triunfo. Ellos habían establecido esta ley de odio hacia todos los reyes, evidentemente porque ellos mismos tuvieron reyes tales que se avergüenzan incluso de sus nombres: o pastores aborígenes, o arúspices sabinos, desterrados de Corinto, o siervos e hijos de esclavos etruscos, o, nombre que fue en medio de todo el más honroso, soberbios; y así como ellos mismos cuentan que sus fundadores fueron alimentados por las ubres de una loba, así todo este pueblo tiene ánimos de lobos, insaciables de sangre y ávidos y hambrientos de poder y de riquezas.
Pero, si se compara con ellos en nobleza, más ilustre que aquella mezcla de forasteros es él, que hace salir sus antepasados, por parte de padre, de Ciro y Darío, fundadores del reino de Persia, y por parte de madre, de Alejandro Magno y Seleuco Nicátor, fundadores del imperio macedónico; o, si se compara el pueblo de aquellos con el suyo, él pertenece a naciones que no sólo son iguales al poder romano, sino que también se opusieron al macedónico. Ninguno de los pueblos a él sometidos había sufrido la dominación extranjera; nunca habían obedecido a ningún rey salvo a los propios: que piensen en Capadocia o Paflagonia, además en el Ponto o Bitinia, e igualmente en Armenia Mayor y Menor; a ninguno de estos pueblos había llegado ni aquel Alejandro, que domeñó toda Asia, ni ninguno de sus sucesores o de los nacidos después. Antes de él, dice, sólo dos reyes, Darío y Filipo, se habían atrevido no a someter, sino únicamente a invadir Escitia, y a duras penas habían conseguido salir huyendo de allí, de donde él precisamente obtenía una gran parte de sus fuerzas contra los romanos. El había emprendido las guerras en el Ponto con mucho más temor y desconfianza, ya que él mismo era un inexperto y bisoño soldado, mientras las Escitias estaban defendidas por los desiertos y el frío, además de por las armas y el valor de sus gentes, motivos por los que se anunciaba una campaña militar peligrosa y trabajosa. En medio de estas dificultades no habría ni siquiera esperanza de obtener una recompensa de un enemigo nómada y desprovisto no sólo de dinero, sino incluso de una tierra. Ahora él emprende la guerra en unas condiciones distintas. En efecto, ningún clima es más templado que el de Asia, ninguna tierra más fértil o ninguna ciudad más hermosa que sus muchas ciudades; vivirán la mayor parte del tiempo no como una expedición militar, sino como un día de fiesta, a causa de una guerra no se sabía si más fácil o más fructífera, sólo con que hayan oído hablar de las recientes riquezas del reino de Atalo o bien de las antiguas de Lidia y Jonia, que ellos iban no a conquistar, sino a poseer; Asia le espera con tal deseo que lo llama a voces: tan gran odio a los romanos les infundió la rapacidad de los procónsules, la extorsión de los recaudadores, las calumnias en los pleitos. Que lo sigan sólo con valentía y calculen qué puede conseguir tan gran ejército guiado por él, a quien ellos vieron solo con sus recursos y sin la ayuda de ninguno de sus soldados tomar Capadocia, después de matar a su rey; él que, único entre los mortales, domeñó todo el Ponto y la Escitia, que nadie antes pudo atravesar o incluso acercarse sin peligro. De hecho, ni siquiera a sus mismos soldados impedía que actuaran como testigos de su justicia y su liberalidad, y tenía como prueba que era el único rey que poseía no sólo los reinos paternos, sino también los reinos extranjeros de Cólquide, Paflagonia y Bósforo, conseguidos en herencia por su generosidad.
Enardecidos así sus soldados, a los veintitrés años de haber recibido el reino, se resuelve a hacer la guerra contra Roma.

Justino, Epítome de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo, XXXVII 3, 10, 8, 1, traducción de José Castro, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1995.



Proscripciones de Sila Volver al principio

Tras derrotar a Mitrídates VI del Ponto en Oriente, en el año 83 Sila retornó a Italia y se dirigió con su ejército contra los sucesores de Mario y Cinna hasta derrotarlos al año siguiente en la Porta Collina. Dueño de Roma, desató la venganza sobre sus adversarios políticos mediante las denominadas «proscripciones», listas públicas de enemigos del régimen cuyos bienes eran confiscados y por cuyas vidas se ofrecía una recompensa, lo que dio pie a todo tipo de abusos y excesos sangrientos.
Apiano de Alejandría (ca. 95 - tras 169) fue un historiador griego que ejerció como abogado, primero en su ciudad natal y luego en Roma, y llegó a ocupar el cargo de administrador imperial. Entre su producción literaria destaca una extensa Historia romana redactada en griego hacia el año 160 que recopila historias diversas concernientes a las guerras romanas de conquista y por la que desfilan los diversos pueblos y países en el orden en el que fueron incorporados al dominio romano, desde los tiempos más antiguos hasta el reinado de Trajano. Compuesta por 24 libros, de ellos nos han llegado 10 completos y fragmentos de algunos otros. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Sila en persona, habiendo convocado en asamblea a los romanos, dijo muchas cosas en tono grandilocuente sobre sí mismo, profirió otras en son de amenaza para atemorizarlos y terminó diciendo que llevaría al pueblo a un cambio provechoso, si le obedecían, pero que no libraría a ninguno de sus enemigos del peor castigo, antes bien, se vengaría con toda su fuerza en los generales, cuestores, tribunos militares y en todos aquellos que habían cooperado de alguna forma con el resto de sus enemigos después del día en que el cónsul Escipión no se mantuvo en lo acordado con él. Nada más haber pronunciado estas palabras proscribió con la pena de muerte a cuarenta senadores y a unos mil seiscientos caballeros. Parece que él fue el primero que expuso en lista pública a los que castigó con la pena de muerte, y que estableció premios para los asesinos, recompensas para los delatores y castigos para los encubridores. Al poco tiempo fueron añadidos a la lista otros senadores. Algunos de ellos, cogidos de improviso, perecieron allí donde fueron apresados, en sus casas, en las calles o en los templos. Otros, llevados en volandas ante Sila, fueron arrojados a sus pies; otros fueron arrastrados y pisoteados sin que ninguno de los espectadores levantara la voz, por causa del terror, contra tales crímenes; otros sufrieron destierro, y a otros les fueron confiscadas sus propiedades. Contra aquellos que habían huido de la ciudad fueron despachados espías, que rastreaban todo y mataban a cuantos cogían.
También hubo mucha matanza, destierros y confiscaciones entre los italianos que habían obedecido a Carbo, a Norbano, a Mario o a sus lugartenientes. Se celebraron juicios rigurosos contra todos ellos por toda Italia, y sufrieron cargos de muy diverso tipo por haber ejercido el mando, por haber servido en el ejército, por la aportación de dinero, por prestar otros servicios, simplemente por dar consejos contra Sila. Fueron también motivo de acusación la hospitalidad, la amistad privada y el préstamo de dinero, tanto para el que lo recibía como para el que lo daba, y alguno incluso fue apresado por algún acto de cortesía, o tan sólo por haber sido compañero de viaje. Estas acusaciones abundaron, sobre todo, contra los ricos. Cuando cesaron las acusaciones individuales, Sila se dirigió sobre las ciudades y las castigó también a ellas, demoliendo sus ciudadelas, destruyendo las murallas, imponiendo multas a la totalidad de sus ciudadanos o exprimiéndolas con los tributos más gravosos. Asentó como colonos en la mayoría de las ciudades a los que habían servido a sus órdenes como soldados, a fin de tener guarniciones por Italia, y transfirió y repartió sus tierras y casas entre ellos. Este hecho, en especial, los hizo adictos a él, incluso después de muerto, puesto que, al considerar que sus propiedades no estaban seguras, a no ser que lo estuviera todo lo de Sila, fueron sus más firmes defensores, incluso cuando ya había muerto.

Apiano, Historia romana. Guerras civiles, I 95-96, traducción de Antonio Sancho Royo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.




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