Antigua. Historia y Arqueología de las civilizaciones Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Culturas y civilizaciones

> La época de la expansión exterior de Roma. Cartago


Textos


Bronce de Ascoli Volver al principio

Para hacer frente a los itálicos sublevados contra Roma durante la Guerra Social o de los Aliados (91-89 a.C.), el cónsul Pompeyo Estrabón contó con la ayuda de un escuadrón de caballería denominado Turma Salluitana por haber sido reclutado en la localidad hispana de Salduie, sobre la que más tarde Augusto fundaría la colonia Caesaraugusta. Como premio a su valor en la toma de la ciudad de Ascoli, el cónsul les concedió -entre otras recompensas- la ciudadanía romana y registró el hecho por escrito en una tabula de bronce que, descubierta en Roma en 1908, es conocida desde entonces como Bronce de Ascoli (CIL VI 37045). Esta inscripción recoge los nombres de los jinetes hispanos, localiza su procedencia en el valle medio del Ebro y evidencia los progresos de la romanización en esta región al mencionar entre ellos a individuos cuya onomástica es ya romana, mientras que la de sus padres es todavía inequívocamente indígena. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Gneo Pompeyo, hijo de Sexto, imperator, según decisión del Consejo (de oficiales en campaña) y en virtud de la ley Julia, proclamó ciudadanos romanos a los jinetes hispanos a causa de su valor. Estuvieron en el Consejo: Lucio Gelio, hijo de Lucio, de la tribu Tromentina; Gneo Octavio, hijo de Quinto, (...); Marco Cecilio, hijo de (...); Sergio Sulpicio, hijo de Cayo, de la tribu Aniense; Lucio Junio, hijo de Lucio, de la tribu Galeria; Quinto Minucio, hijo de Marco, de la tribu Terentina; Publio Atio, hijo de Publio, de la tribu Oufentina; Marco Manoleio, hijo de Marco (...) ; (...) hijo de (...), (...); Marco Emilio, hijo de Quinto, de la tribu Palatina; Gneo Cornelio, hijo de Gneo, de la tribu Palatina; Tito Anio, hijo de Tito, de la tribu Oufentina; Marco Aurelio, hijo de Marco, de la tribu Voltinia; Lucio Volumnio, hijo de Lucio, de la tribu Aniense; Lucio (...), hijo de (...), de la tribu Sucusana; Tito Pompeyo, hijo de Tito, de la tribu Cornelia; Cayo Rabirio, hijo de Cayo, de la tribu Galeria; Décimo Ebucio, hijo de Décimo, de la tribu Cornelia; Marco Tejedio, hijo de Marco, de la tribu Polia; Cayo Fundilio, hijo de Cayo, de la tribu Quirina; Marco Mayanio, hijo de Marco, de la tribu Sergia; Tito Acilio, hijo de Tito, de la tribu Velina; Gneo Opio, hijo de Gneo, de la tribu Velina; Quinto Petilio, hijo de Lucio, de la tribu Velina; Lucio Terencio, hijo de Aulo, de la tribu Velina; Tito Terencio hijo de Aulo, de la tribu Velina; Lucio Vetio, hijo de Lucio, de la tribu Velina; Cayo Fornasidio, hijo de Cayo, de la tribu Polia; Gneo Pompeyo, hijo de Gneo, de la tribu Clustumina; Sexto Pompeyo, hijo de Sexto, de la tribu Clustumina; Marco Hostilio, hijo de Marco, de la tribu Velina; Lucio Ebucio, hijo de Lucio, de la tribu Menenia; Quinto Hirtuleyo, hijo de Lucio, de la tribu Sergia; Lucio Junio, hijo de Quinto, de la tribu Lemonia; Quinto Rosidio, hijo de Quinto, de la tribu Quirina; Cayo Tarquicio, hijo de Lucio, de la tribu Falerna; Quinto Marcio, hijo de Lucio, de la tribu Papiria; Lucio Opimio, hijo de Quinto, de la tribu Horacia; Lucio Insteyo, hijo de Lucio, de la tribu Falerna; Tito Nonio, hijo de Tito, de la tribu Velina; Lucio Nonio, hijo de Tito, de la tribu Velina; Cayo Herio, hijo de Cayo, de la tribu Clustumina; Lucio Pomecio, hijo de Tito, de la tribu Quirina; Marco Lucanio, hijo de Marco, de la tribu Horacia; Lucio Sergio, hijo de Lucio, de la tribu Tromentina; Publio Pedanio, hijo de Publio, de la tribu Emilia; Cayo Letorio, hijo de Cayo, de la tribu Velina; Aulo Fulvio, hijo de Aulo, de la tribu Tromentina; Quinto Ampudio, hijo de Quinto, de la tribu Emilia; Lucio Minucio, hijo de Lucio, de la tribu Velina; Tiberio Veturio, hijo de Tiberio, de la tribu Velina; Gneo Busenio, hijo de Gneo, de la tribu Estelatina; Tito Pulieno, hijo deLucio, de la tribu Menenia; Manlio Ebucio, hijo de Manlio, de la tribu Polia; Publio Salvieno, hijo de Lucio, de la tribu Marcia; Lucio Otacilio, hijo de Lucio, de la tribu Pupinia.
Escuadrón Saluitano: Sanibelser, hijo de Adingibas; Ilurtibas, hijo de Bilustibas; Estopeles, hijo de Ordenas; Torsino, hijo de Austinco; Bagarense: Cacususin, hijo de Jadar; [..]licenses: - hijo de Sosimilus, -, hijo de -irsecei, -, hijo de -elgaun, -, hijo de -nespaiser; Ilerdenses: Quinto Otacilio, hijo de Suisetarten; Gneo Cornelio, hijo de Nesile; Publio Fabio, hijo de Enasagin; Begense: Turtumelis, hijo de Atanscer; Segienses: Sosinaden, hijo de Sosinase; Sosimilo, hijo de Sosinase; Urgidar, hijo de Luspanar; Gurtano, hijo de Biurno; Nalbeaden, hijo de Agerdo; Arranes, hijo de Arbiscar; Umargibas, hijo de Luspangibas; Ennegenses: Beles, hijo de Umarbeles; Turino, hijo de Adimbeles; Ordumeles, hijo de Burdo; Libenses: Bastugitas, hijo de Adimbeles; Umarillun, hijo de Tarbantu; Suconsenses: Belenes, hijo de Albenes; Atulo, hijo de Tautindals; Iluersense: Balciadin, hijo de Balcibilos.
Gneo Pompeyo, hijo de Sexto, imperator, en su campamento junto a Ascoli, condecoró al Escuadrón Saluitano a causa de su valor con cornículo, patela, torques, armillas, faleras y lo recompensó con doble ración de grano.

Traducción de Guillermo Fatás, en Guillermo Fatás, Miguel Beltrán, Historia de Zaragoza, 1. Salduie, ciudad ibérica, Zaragoza, 1997, p. 55.



Degradación moral de la república Volver al principio

Tras ver fracasadas sus aspiraciones al consulado en los años 66 y 64 a.C., Lucio Sergio Catilina, antiguo propretor en África, conspira contra el Estado romano proponiendo medidas radicales que fueron apoyadas por grupos sociales descontentos con la situación de la república, lo mismo deudores y nobles arruinados que veteranos y gentes proscritas por Sila. Desde una visión pesimista el texto de Salustio apunta cómo la corrupción moral reinante en Roma representó el caldo de cultivo idóneo para el desarrollo de los propósitos de Catilina.
Cayo Salustio Crispo (86-34 a.C.) cuestor en 54 y tribuno de la plebe en 52, fue general de César durante las guerras civiles, tras las cuales se retiró de la vida política y escribió destacadas obras históricas como son la Conjuración de Catilina -sobre los sucesos antes mencionados-, la Guerra de Yugurta -sobre el enfrentamiento entre Roma y el rey de Numidia- y las Historias -sobre los acontecimientos de los años 78-67 a.C., sólo parcialmente conservadas. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

La ciudad de Roma, según tengo yo entendido, la fundaron y la poseyeron al principio los troyanos, que erraban fugitivos sin sede cierta al mando de Eneas, y junto con ellos los aborígenes, raza de hombres agreste, sin leyes, sin jerarquía, libre y sin trabas. Una vez que estos pueblos se juntaron dentro de las mismas murallas, con ser de desigual origen, de diferente lengua y vivir cada cual con sus costumbres, resulta increíble al contarlo lo fácilmente que se fusionaron. En tan poco tiempo la multitud heterogénea y vagabunda quedó convertida por la concordia en una sociedad organizada. Pero una vez que su estado aumentó en ciudadanos, costumbres y territorio, y daba la impresión de ser bastante próspera y bastante poderosa, como acontece por lo común con las cosas mortales, de la opulencia nació la envidia. Así que reyes y pueblos vecinos la ponían a prueba con la guerra; pocos de sus amigos le prestaban auxilio: pues los demás, paralizados de miedo, se alejaban del peligro. Ahora bien, los romanos, alerta en el interior como en campaña, actuaban rápido, se preparaban, los unos animaban a los otros, salían al encuentro de los enemigos, protegían con las armas libertad, patria y parentela. Más adelante, una vez que habían rechazado el peligro con su coraje, llevaban auxilio a aliados y amigos y se granjeaban amistades haciendo favores más que recibiéndolos. Tenían un poder, poder con nombre de rey, legal. Unos individuos elegidos, cuyo cuerpo debilitaban los años, cuya inteligencia era vigorosa por su sabiduría, deliberaban de consuno sobre el Estado; estos señores, bien por la edad, bien por el parecido de la tarea, se llamaban padres. Más adelante, cuando el poder real que al comienzo había existido para garantizar la libertad y fortalecer el Estado se trocó en arrogancia y tiranía, dando un giro al régimen, se dieron un gobierno anual y un par de gobernantes por año. De este modo consideraban que el espíritu humano muy poco podía insolentarse a causa de la libertad excesiva (...)
Pero cuando el Estado creció por el esfuerzo y la justicia, grandes reyes fueron sojuzgados en la guerra, gentes salvajes y vastos pueblos sometidos por la fuerza, y Cartago, rival del imperio romano, pereció de raíz, y quedaban libres todos los mares y tierras, la Fortuna empezó a mostrarse cruel y a trastocarlo todo. Para hombres que habían soportado fácilmente fatigas, riesgos, situ aciones comprometidas y difíciles, el no hacer nada y las riquezas, deseables en otro momento, resultaron una carga y una calamidad. Así que primero creció el ansia de riquezas, luego, de poder; ello fue el pasto, por así decirlo, de todos los males. Pues la avaricia minó la lealtad, la probidad y las restantes buenas cualidades; en su lugar, enseñó la arrogancia, la crueldad, enseñó a despreciar a los dioses, a considerarlo todo venal. La ambición obligó a muchos mortales a hacerse falsos, a tener una cosa encerrada en el pecho y otra preparada en la lengua, a valorar amistades y enemistades no por si mismas, sino por interés, a tener buena cara más que buen natural. Estos defectos crecían lentamente al principio y a veces eran castigados; más adelante, cuando se produjo una invasión contagiosa, como si fuera una peste, la ciudad cambió, el poder se convirtió de muy justo y excelente en cruel e intolerable. (...) Desde que las riquezas comenzaron a servir de honra, y gloria, poder e influencia las acompañaban, la virtud se embotaba, la pobreza era considerada un oprobio, la honestidad empezó a tenerse por mala fe. De esta manera, por culpa de las riquezas, invadieron a la juventud la frivolidad, la avaricia y el engreimiento: robaban, gastaban, valoraban en poco lo propio, anhelaban lo ajeno, la decencia, el pudor, lo divino y lo humano indistintamente, nada les merecía consideración ni moderación. Merece la pena, cuando se han visto casas y villas construidas a modo de ciudades, visitar los templos de los dioses que nuestros antepasados, hombres tan religiosos, edificaron. Ciertamente, ellos decoraban los santuarios de los dioses con su piedad, las casas propias, con su gloria, y no les quitaban a los vencidos nada excepto la facultad de hacerles daño. Muy al contrario, éstos, los más indignos de los hombres, cometiendo un crimen monstruoso, arrebataban a los aliados todo cuanto los vencedores, hombres tan valerosos, les habían dejado, como si cometer injusticia fuese en definitiva hacer uso del poder.
Pues, ¿para qué contar lo que a nadie sino a quienes lo vieron resulta creíble, que muchos particulares han rebajado montes, han rellenado mares? A mí se me antoja que a estos individuos las riquezas les han servido de capricho, porque se apresuraban a derrochar vergonzosamente las que tenían la posibilidad de poseer con honradez. Pero es que había entrado un afán no menor de sexo, crápula y demás refinamientos: los hombres se sometían como mujeres, las mujeres exponían su honra a los cuatro vientos; para alimentarse escudriñaban todo en la tierra y en el mar; dormían antes de tener deseo de sueño, no aguardaban a tener hambre o sed ni frío o cansancio, sino que por vicio anticipaban todas estas necesidades. Este comportamiento incitaba al crimen a la juventud cuando faltaban los bienes de familia. El espíritu imbuido de malas artes no se privaba fácilmente de placeres, de ahí que se entregase más profusamente y por todos los medios a ganar dinero y a gastarlo.
En una ciudad tan grande y tan corrompida, Catilina (cosa que era muy fácil de hacer) tenía a su alrededor un batallón de todas las hazañas y crímenes, como una guardia de corps. Pues cualquier sinvergüenza, calavera o jugador que hubiera disipado la fortuna paterna en el juego, la buena comida o el sexo, y el que había contraído grandes deudas para hacer frente a su deshonor o su crimen, todos los parricidas de cualquier procedencia, sacrílegos o convictos en juicios, o por sus hechos temerosos de un juicio, aquéllos además a los que alimentaba su mano con la sangre de los conciudadanos, o la lengua con falso testimonio, todos, en fin, a quienes torturaba el deshonor, la escasez o la mala conciencia, éstos eran los íntimos de Catilina y sus amigos.

Salustio, Conjuración de Catilina, 6-14 (selección), traducción de Bartolomé Segura, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 2000.



Descripción de la Galia Volver al principio

Con los Comentarios a la Guerra de las Galias, la conquista romana de la Galia (58-52 a.C.) se convierte en objeto de una narración elaborada precisamente por el mismo Julio César que llevó a cabo dicha empresa en el Occidente romano para enfrentarla a los anteriores éxitos de Pompeyo en Oriente. Se trata de una narración en la que, junto a una evidente finalidad propagandística, se refleja un interés por los espacios y pueblos de la Galia que se plasma en numerosos pasajes geográficos y etnográficos.
Cayo Julio César (100-44 a.C.) alcanzó el consulado por vez primera en el año 59, entre 58 y 52 conquistó las Galias y, tras derrotar a Pompeyo en 48, se convirtió en dictador perpetuo de Roma hasta su asesinato en los idus de marzo del año 44. A su talento como estratega y político se añade su genio literario. Los siete libros de comentarios sobre la Guerra de las Galias relatan sus campañas en Galia, mientras que los tres libros de su Guerra Civil narran los dos primeros años de su enfrentamiento con Pompeyo y sus partidarios (49-48). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

Toda la Galia está dividida en tres partes, de las cuales habitan una los belgas, otra los aquitanos y la tercera los que en su lengua se llaman celtas y en la nuestra galos. Todos éstos se diferencian entre sí por el idioma, las costumbres y las leyes. Separa a los galos de los aquitanos el río Garona; de los belgas, el Marne y el Sena. Los más fuertes entre todos éstos son los belgas, porque son los más apartados del refinamiento y de la civilización de la Provincia, porque rarísima vez llegan a ellos mercaderes con aquellas cosas que sirven para afeminar los ánimos, y porque son vecinos de los germanos, que habitan al otro lado del Rin, con los cuales están en continua guerra. Este es también el motivo de que los helvecios aventajen en valor a los demás galos, pues casi diariamente traban lucha con los germanos, ya alejándolos de sus propias fronteras, ya haciendo la guerra en las de ellos. La parte que, según hemos dicho, ocupan los galos comienza en el Ródano y confina con el Garona, con el Océano y con las fronteras de los belgas; por el lado de los secuanos y de los helvecios llega hasta el Rin, doblando luego hacia el Septentrión. Los belgas comienzan en los últimos límites de la Galia, se extienden hasta el curso inferior del Rin y están orientados al Septentrión y al Oriente. Aquitania llega desde el Garona a los Pirineos y a aquella parte del Océano que baña las costas de Hispania; está orientada a Poniente y al Norte.

César, Guerra de las Galias, I 1, traducción de Valentín García Yebra e Hipólito Escolar Sobrino, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1996.



Asesinato de César Volver al principio

Cayo Julio César (100-44 a.C.) fue sin duda uno de los más grandes hombres de Estado en la historia de Roma. Cónsul por primera vez en 59, entre los años 58 y 52 conquistó las Galias y, tras derrotar a Pompeyo en 48, se convirtió en dictador perpetuo de Roma hasta su asesinato en los idus de marzo del año 44 a manos de un grupo de conjurados, recelosos de la instauración de un régimen personalista en Roma, encabezados por Marco Junio Bruto y Caio Cassio Longino.
Cayo Suetonio Tranquilo (ca. 75-150) nació en Roma, fue abogado y sirvió como secretario al emperador Adriano. Con su obra titulada Vidas de los Doce Césares, en la que se recogen las biografías de los primeros emperadores romanos -desde César hasta Domiciano- actúa a la vez como biógrafo y como historiador al crear en torno a la figura del Príncipe un nuevo género literario más allá de los tradicionales Anales e Historias. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

En el momento en que tomaba asiento, los conjurados le rodearon so pretexto de presentarle sus respetos, y en el acto Tilio Cimbro, que había asumido el papel principal, se acercó más, como para hacerle una petición, y, al rechazarle César y aplazarlo con un gesto para otra ocasión, le cogió de la toga por ambos hombros; luego, mientras César gritaba «¡Esto es una verdadera violencia!», uno de los dos Cascas le hirió por la espalda, un poco más abajo de la garganta. César le cogió el brazo, atravesándoselo con su punzón, e intentó lanzarse fuera, pero una nueva herida le detuvo. Dándose cuenta entonces de que se le atacaba por todas partes con los puñales desenvainados, se envolvió la cabeza en la toga, al tiempo que con la mano izquierda dejaba caer sus pliegues hasta los pies, para caer más decorosamente, con la parte inferior del cuerpo también cubierta. Así fue acribillado por veintitrés puñaladas, sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido al primer golpe, aunque algunos han escrito que, al recibir el ataque de Marco Bruto, le dijo: «¿Tú también, hijo?». Mientras todos huían a la desbandada, quedó allí sin vida por algún tiempo, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa, colocado sobre una litera, con un brazo colgando. Según el dictamen del médico Antistio, no se encontró entre tantas heridas ninguna mortal, salvo la que había recibido en segundo lugar en el pecho. Los conjurados habían proyectado arrastrar el cuerpo del muerto hasta el Tíber, confiscar sus bienes y anular sus disposiciones, pero desistieron por miedo al cónsul Marco Antonio y al jefe de la caballería, Lépido.
A petición de su suegro Lucio Pisón, se abre y se lee en casa de Antonio el testamento que César había escrito en los pasados idus de septiembre en su quinta de Lávico y que había confiado a la vestal máxima. Quinto Tuberón dice que tuvo por costumbre, desde su primer consulado hasta el comienzo de la guerra civil, designar por heredero a Gneo Pompeyo, y que leyó un testamento redactado en estos términos ante la asamblea de sus soldados. Pero en su último testamento nombró tres herederos, los nietos de sus hermanas: Gayo Octavio, de las tres cuartas partes, y Lucio Pinario y Quinto Pedio, de la cuarta restante; al final del documento adoptaba incluso a Gayo Octavio dentro de su familia, dándole su nombre; nombraba a muchos de sus asesinos entre los tutores del hijo que pudiera nacerle, e incluso a Décimo Bruto entre sus segundos herederos. Legó, por último, al pueblo sus jardines cercanos al Tíber, para uso de la colectividad, y trescientos sestercios por cabeza.
Anunciada la fecha de los funerales, se levantó la pira en el Campo de Marte, junto a la tumba de Julia, y se edificó ante la tribuna de las arengas una capilla dorada, según el modelo del templo de Venus Genetrix; dentro de ella se instaló un lecho de marfil, guarnecido de oro y púrpura, y en su cabecera un trofeo con las vestiduras que llevaba cuando fue asesinado. Como no parecía que el día pudiera dar abasto a las personas que traían ofrendas, se ordenó que cada uno, sin observar ningún orden, las llevara al Campo de Marte, por las calles de la ciudad que quisiera. En el transcurso de los juegos fúnebres se cantaron algunos versos a propósito para inspirar la lástima y el rencor por su asesinato, tomados, como el siguiente, del Juicio de las armas de Pacuvio, «¿Acaso los salvé para que se convirtieran en mis asesinos?», y de la Electra de Atilio, de significado parecido. En lugar del elogio fúnebre, el cónsul Antonio hizo leer por un heraldo el decreto del Senado por el que éste había otorgado a César todos los honores divinos y humanos a la vez, así como el juramento por el que todos sin excepción se habían comprometido a proteger su vida; a esto añadió por su parte muy pocas palabras. El lecho fúnebre fue llevado al Foro ante la tribuna de las arengas por magistrados en ejercicio y exmagistrados; y mientras unos proponían quemarlo en el santuario de Júpiter Capitolino y otros en la curia de Pompeyo, de repente dos individuos ceñidos con espada y blandiendo dos venablos cada uno le prendieron fuego por debajo con antorchas de cera ardiendo, y al punto la muchedumbre de los circunstantes amontonó sobre él ramas secas, los estrados de los jueces con sus asientos y todo lo que por allí había para ofrenda. Luego, los tañedores de flauta y los actores se despojaron de las vestiduras que se habían puesto para la ocasión sacándolas del equipo de sus triunfos y, tras hacerlas pedazos, las arrojaron a las llamas; los legionarios veteranos lanzaron también sus armas, con las que se habían adornado para celebrar los funerales; e incluso muchas matronas las joyas que llevaban, y las bulas y las pretextas de sus hijos. En medio de estas muestras de duelo por parte del pueblo, una multitud de extranjeros, concentrándose en grupos, manifestó también su dolor, cada uno según sus costumbres, particularmente los judíos, que se congregaron incluso junto a la pira varias noches seguidas.
Nada más terminar los funerales, la plebe se dirigió con antorchas hacia las casas de Bruto y de Casio y, luego que fue a duras penas rechazada, se encontró por el camino a Helvio Cinna y lo asesinó, por un error de nombre, creyendo que se trataba de Cornelio, a quien buscaba por haber pronunciado la víspera una violenta arenga contra César; luego paseó su cabeza clavada en una lanza. Más tarde, levantó en el Foro una columna maciza, de unos veinte pies, de mármol de Numidia y grabó en ella esta inscripción: «Al Padre de la Patria». Durante largo tiempo continuó ofreciendo sacrificios al pie de esta columna, formulando votos y dirimiendo algunas discusiones por el procedimiento de jurar en el nombre de César.

Suetonio, Vidas de los Doce Césares, I. El divino Julio, I 82-85, traducción de Rosa María Agudo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1992.



Acusaciones de Cicerón contra Antonio Volver al principio

Casi exactamente un año más tarde de la muerte de César, el texto nos sitúa en una reunión ante el senado celebrada a comienzos de marzo del año 43 como resultado de la cual Publio Cornelio Dolabela, gobernador de Siria y representante de Marco Antonio en Oriente, es declarado enemigo público por haber ordenado la muerte de Caio Trebonio, gobernador de Asia. En su discurso Cicerón propone entregar el mando de las operaciones contra Dolabela a Cassio, uno de los tiranicidas, y critica por encima de todo a Antonio, del cual Dolabela no es sino un instrumento.

Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.) nace en Arpinum, en el seno de una familia de rango ecuestre. Inicia su trayectoria política como cuestor en Sicilia en 75 y alcanza el consulado en 63, magistratura esta última desde la que reprimió la conjuración de Catilina. Partidario de Pompeyo durante la guerra civil, tras la victoria de César se retira de la política, pero tras la muerte del dictador retorna a ella con la intención de restaurar el sistema republicano tradicional y se enfrenta a Marco Antonio con la ayuda de Octavio. Sin embargo, el acuerdo entre estos dos últimos sellado con la creación del Segundo Triunvirato (año 43) le priva de dicho apoyo y muy pronto se convierte en víctima de la venganza de Antonio. Su abundante obra literaria se conserva casi íntegramente, y entre ella destacan sus discursos -Catilinarias, Filípicas- sus escritos retóricos -Sobre el orador, Bruto- y filosóficos -La República, Del supremo bien y del supremo mal- y su nutrida correspondencia -Cartas a Ático. (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

El profundo dolor, o más bien la consternación que en mí veis, padres conscriptos, la ocasiona la cruel y miserable muerte de Caio Trebonio, óptimo ciudadano y persona de la mayor moderación; creo, sin embargo, que en tal suceso hay algo provechoso para la república en lo futuro. Esta muerte nos demuestra hasta dónde puede llegar la barbarie de los malvados que han empuñado las armas contra la patria. Porque los dos seres más crueles y repugnantes que han nacido de raza humana son Dolabela y Antonio, de los cuales el uno consiguió lo que deseaba, y el otro ha descubierto lo que meditaba. Cruel fue Lucio Cinna; perseverante en sus odios Caio Mario; vehemente Lucio Sila; sin embargo, ninguno de ellos fue más allá de la muerte en sus acerbas venganzas; y esta pena, aplicada a los ciudadanos, juzgábase excesivamente cruel. Pero he aquí dos gemelos en maldades, dos bárbaros de una ferocidad nunca vista ni oída. Recordaréis que hubo entre ambos grandísimo odio y empeñada lucha; vedlos hoy unidos por los apretados lazos de singular afecto y simpatía como ya lo estaban por la identidad de su impurísima naturaleza y de su vida abominable. Luego lo que ha hecho Dolabela con el que pudo prender es lo mismo que amenaza Antonio hacer con muchos de nosotros. Pero Dolabela estaba lejos de nuestros cónsules y de nuestros ejércitos; ignoraba la unión de sentimientos y de propósitos del Senado y el pueblo romano, contaba con el apoyo de las tropas de Antonio y pensaba, sin duda, que crímenes cometidos por él los había realizado ya en Roma el socio en sus furores. ¿Creéis que este último pueda tramar otra cosa, ni abrigar otros propósitos, ni tenga otros motivos para esta guerra? Todos nosotros, los que expresamos libremente nuestras ideas respecto a la república; los que emitimos opiniones dignas de nosotros; los que quisimos la libertad del pueblo romano no somos para él adversarios, sino enemigos, y medita para nosotros mayores suplicios que para los enemigos. Considera la muerte como castigo de la naturaleza, y que los tormentos y los suplicios lo son de la iracundia. ¿Qué especie de enemigo hemos de ver en un hombre a quien será preciso agradecer como beneficio el sufrir la muerte sin torturas?
Por tanto, padres conscriptos, aunque no necesitáis que os exhorten (espontáneamente ha enardecido nuestro ánimo el deseo de la libertad); sin embargo, emplead el mayor esfuerzo en la defensa de la libertad, porque, si sois vencidos, sufriréis los peores suplicios que se imponen a los esclavos. Antonio ha invadido la Galia; Dolabela el Asia, dos provincias gobernadas por otros. Bruto ha hecho frente al primero. Llegó este furioso queriendo asolarlo todo, destruirlo todo, y Bruto, con peligro de su vida, ha contenido sus progresos, refrenado sus ímpetus y cortándole la retirada, pues, dejándose sitiar por Antonio, le ha envuelto por todos lados. El segundo llegó apresuradamente al Asia. ¿Por qué? Si era para ir a Siria, tenía camino más corto y seguro. ¿Qué iba a hacer con una legión? Por delante envió a no sé qué Marso Octavio, un malvado, ladrón y miserable que asolaba los campos y vejaba las ciudades, no con la esperanza de reconstituir su fortuna, porque este hombre no puede conservar nada, según dicen sus conocidos (yo desconozco a ese senador), sino para saciar por un momento su famélica codicia. Síguele después Dolabela, sin engendrar sospecha alguna de guerra. ¿Quién había de esperarla entonces? En seguida, las amistosas entrevistas con Trebonio, los abrazos, falsas muestras de fingida amistad, los apretones de manos, cuantas demostraciones suelen ser prenda de buena fe, pérfidamente violadas por este malvado. Penetra por la noche en Esmirna, como en ciudad enemiga, siendo sus habitantes nuestros más antiguos y fieles aliados. Trebonio es aprisionado. Si Dolabela obraba ya como enemigo declarado, Trebonio fue un imprudente; si ocultaba sus intenciones bajo la máscara de ciudadano, Trebonio fue un desgraciado. Sea lo que fuere, la fortuna ha querido mostrarnos con su muerte lo que debemos temer si somos vencidos. Un personaje consular, un hombre que gobernaba la provincia de Asia con autoridad de cónsul, fue puesto en manos del desterrado Samiario. Dueño de Trebonio, pudo matarle en seguida, pero no lo hizo, según creo, por no parecer demasiado liberal en la victoria. Después de vomitar con su impura boca sobre este excelente ciudadano las frases más ofensivas, sometiéndole a azotes y torturas, pidióle cuenta de los fondos públicos, y esto durante dos días. Después, tras romperle el cuello hizo que le cortaran la cabeza y mandó llevarla clavada en una pica; el cuerpo, arrastrado y mutilado, lo arrojaron al mar.
Este es el enemigo a combatir, el monstruo que sobrepuja en crueldad a cuanto pudo inventar la barbarie. ¿Qué decir de la matanza de ciudadanos romanos; del saqueo de los templos? ¿Quién es capaz de deplorar todas las calamidades producidas por hechos tan atroces? Y, sin embargo, Dolabela se está paseando por toda Asia con fausto regio, creyéndonos empeñados en otra guerra, como si no fuera una sola la emprendida contra este par de impíos criminales.
Bien veis que, en punto a crueldad, Dolabela es la propia imagen de Marco Antonio. El uno ha formado al otro, y en los preceptos de éste ha aprendido aquél sus maldades. ¿Creéis que si Antonio pudiera, daría en Italia mayores muestras de blandura y mansedumbre que Dolabela en Asia? En mi opinión, Dolabela ha llegado hasta donde puede llegar la demencia humana; pero no habrá suplicio en el mundo de que nos libremos si Antonio llega a poder imponérnoslo.

Cicerón, Filípicas, XI 1-3, traducción de Juan Bautista Calvo, Barcelona, 1994.




Mapa del sitio / Web map Página mantenida por el Taller Digital Accesibilidad Marco legal Página principal Enviar correo