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La imagen del bárbaro en Tácito Volver al principio

A comienzos del siglo II d.C., el estado romano tenía ya una larga experiencia en el contacto con otros pueblos, en los mecanismos de integración de éstos en el imperio y en las relaciones para la estabilidad y seguridad fronteriza. La sociedad romana había ido recreando una imagen del «bárbaro» que forma un estereotipo aplicable a todas las comunidades vecinas en el centro y occidente de Europa, y que puede apreciarse en las referencias de los autores latinos.
El historiador Tácito contaba en su Germania las particularidades de los habitantes de esta región, cuyo contacto con Roma suponía una amenaza constante para el proyecto imperial. La principal acusación, común a todos los pueblos celtas, es la necesidad de vivir en un estado permanente de guerra, como fuente de ingresos pero también como forma de vida. En la paz, dice el historiador, se convertían en indolentes.
La obra data de una fecha no precisada, pero que mayoritariamente se sitúa en los primeros años del reinado de Trajano (ca. 99 d.C.). La descripción de los Germanos pretende ser una aproximación a su cultura, pero se convierte en la imagen de «los otros» hecha por un senador romano, que finalmente no puede evitar la comparación de la feritas del bárbaro con la romanitas. (Pilar González-Conde).

En el campo de batalla es vergonzoso para el jefe verse superado en valor y vergonzoso para la comitiva no igualar el valor de su jefe. Pero lo infame y deshonroso para toda la vida es haberse retirado de la batalla sobreviviendo al propio jefe; el principal deber de fidelidad consiste en defender a aquél, protegerlo y añadir a su gloria las propias gestas: los jefes luchan por la victoria; sus compañeros, por el jefe.
Si la ciudad en la que nacieron comienza a embotarse por la paz y la inacción, la mayoría de los jóvenes nobles buscan voluntariamente otros pueblos que se encuentren en guerra, porque para esta raza la tranquilidad es enojosa y destacan con mayor facilidad entre peligros, aparte de que no se puede mantener un gran séquito sino con acciones violentas y guerras. En efecto, obtienen de la liberalidad del jefe aquel famoso caballo de guerra o bien aquella conocida «framea» ensangrentada y vencedora. Y es que las comidas abundantes (aunque mal preparadas) constituyen su soldada. La fuente de su generosidad puede subsistir gracias a las guerras y saqueos. No se les puede convencer para que aren la tierra o esperen la cosecha tan fácilmente como para que provoquen al enemigo o se expongan a las heridas: es más, les parece de apocados y cobardes adquirir con sudor lo que puede lograrse con sangre.
Cuando no guerrean, se dedican algo a la caza, pero pasan la mayor parte del tiempo sin ocuparse de nada, entregados al sueño y a la comida. Los más valientes y belicosos entregan el cuidado de la casa, el hogar y los campos a las mujeres, ancianos y a los más débiles de la familia, mientras ellos languidecen: sorprendente versatilidad de carácter, que hace que los mismos hombres gusten así de la ociosidad y odien la paz.
Las comunidades tienen la costumbre de llevar a sus jefes, voluntaria e individualmente, algún animal o producto del campo, lo que, recibido como homenaje, ayuda de paso a sus necesidades. Sobre todo les gustan los regalos de los pueblos vecinos, que les son enviados no sólo por cada individuo, sino incluso a título oficial: caballos escogidos, excelentes armas, jaeces y collares. Actualmente les hemos enseñado también a recibir dinero.

Tácito, Germania 14-15. Edición de José María Requejo, Ed. Gredos, Madrid 1981, 123-124.



Valoración de la historia romana según Tácito Volver al principio

Tras narrar una serie de sucesos caracterizados por la violencia, la traición y el crimen durante el reinado de Tiberio (año 24), y desde una visión pesimista del mundo que lo aproxima al proceder de Salustio, Tácito introduce una reflexión personal en la que defiende la utilidad de historiar este tipo de hechos contemporáneos, sombríos y aparentemente menores en lugar de alabar las hazañas de los antiguos, y ello por resultar significativos a la hora de identificar determinadas transformaciones.
Cornelio Tácito (ca. 55-116/120) ha sido considerado el más grande historiador romano. Nacido en una familia noble, su cursus honorum lo llevó a desempeñar la pretura en 88, el consulado en 97 y el cargo de procónsul de Asia durante el reinado de Trajano. Sólo tras la muerte de Domiciano se decidió a publicar sus obras: Vida de Agrícola -dedicada a su suegro-, Germania -única monografía etnogeográfica redactada en lengua latina-, el Diálogo de los oradores y, sobre todo, las Historias y los Anales desde la muerte de Augusto. Las Historias abordaban el período 69-96, pero no se conserva más que la parte correspondiente a los dos primeros años, mientras que de los Anales, que alcanzaban hasta el año 68, únicamente nos han llegado -y con lagunas- los libros I-VI (reinado de Tiberio) y XI-XVI (Claudio y Nerón). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

No ignoro que la mayor parte de los sucesos que he referido y he de referir pueden parecer insignificantes y poco dignos de memoria; pero es que nadie debe comparar nuestros anales con la obra de quienes relataron la antigua historia del pueblo romano. Ellos podían contar ingentes guerras, conquistas de ciudades, reyes vencidos y prisioneros o, en caso de que tendieran preferentemente a los asuntos del interior, las discordias de los cónsules con los tribunos, las leyes agrarias y del trigo, las luchas entre la plebe y los patricios, y ello marchando por camino libre; en cambio, mi tarea es angosta y sin gloria, porque la paz se mantuvo inalterada o conoció leves perturbaciones, la vida política de la Ciudad languidecía y el príncipe no tenía interés en dilatar el imperio. Sin embargo tiene su utilidad el examinar por dentro hechos a primera vista intrascendentes, pero de los que con frecuencia surgen grandes cambios de la situación.
En efecto, todas las naciones y ciudades están regidas o por el pueblo, o por los notables, o por uno solo; una forma de estado mixta y con elementos de esas tres, es más fácil de alabar que de establecer, y si se establece, no puede ser duradera. Y así, si antaño, cuando la plebe era fuerte o los senadores poderosos, había que conocer la naturaleza del vulgo, y por qué medios se podía gobernarlo en paz, y los que más habían calado en el carácter del senado y de los próceres eran tenidos por conocedores de los tiempos y por sabios, también ahora que la situación ha cambiado y el estado romano no se diferencia en nada de aquellos en que impera uno solo, me parece útil investigar y relatar estos hechos, toda vez que pocos disciernen por propia prudencia lo honesto de lo peor, lo conveniente de lo dañino, y la mayoría aprende con las experiencias ajenas. Por lo demás, en la misma medida en que son provechosas, resultan poco agradables. Pues el emplazamiento de los pueblos, las alternativas de las guerras, los éxitos de los generales esclarecidos, retienen y renuevan la atención de los lectores; en cambio nosotros ponemos en serie crueles órdenes, continuas acusaciones, amistades falaces, ruinas de inocentes y las mismas causas de perdición, con obvia semejanza de situaciones, que llega a la saciedad. Además, los historiadores antiguos raramente encuentran contradictores: a nadie le importa si ensalzas con mayor complacencia a los ejércitos cartagineses o a los romanos; en cambio, todavía viven los descendientes de muchos que bajo el reinado de Tiberio padecieron castigos o infamias, y en el caso de que las propias familias ya se hayan extinguido, se encuentra a quienes, por la semejanza de conducta, les parece que se les echan en cara las malas acciones ajenas. También la gloria y la virtud tienen sus enemigos, como si, al estar demasiado cerca en el tiempo, fueran una acusación contra lo que no se les parece.

Tácito, Anales, IV 32-33, traducción de José Luis Moralejo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.



Discurso de Claudio ante el Senado Volver al principio

En el año 47/48 el emperador Claudio pronuncia un discurso ante el Senado en favor de la admisión de notables procedentes de la Galia Comata como miembros de dicha institución romana. A lo largo del mismo Claudio destaca la capacidad que para integrar los extranjeros en su seno demostró Roma ya desde antiguo y los óptimos resultados de dicha política. El texto del senadoconsulto resultante fue recogido en la inscripción monumental en bronce hallada en Lyon en 1528 y conocida como Tabula Claudiana (CIL XIII 1668).
Cornelio Tácito (ca. 55-116/120) ha sido considerado el más grande historiador romano. Nacido en una familia noble, su cursus honorum lo llevó a desempeñar la pretura en 88, el consulado en 97 y el cargo de procónsul de Asia durante el reinado de Trajano. Sólo tras la muerte de Domiciano se decidió a publicar sus obras: Vida de Agrícola -dedicada a su suegro-, Germania -única monografía etnogeográfica redactada en lengua latina-, el Diálogo de los oradores y, sobre todo, las Historias y los Anales desde la muerte de Augusto. Las Historias abordaban el período 69-96, pero no se conserva más que la parte correspondiente a los dos primeros años, mientras que de los Anales, que alcanzaban hasta el año 68, únicamente nos han llegado -y con lagunas- los libros I-VI (reinado de Tiberio) y XI-XVI (Claudio y Nerón). (Pilar Rivero-Julián Pelegrín).

En el consulado de Aulo Vitelio y Lucio Vipstano cuando se trató de completar el senado, los notables de la Galia llamada Comata, que ya tiempo atrás habían conseguido la condición de federados y la ciudadanía romana, pidieron el derecho de alcanzar cargos en la Ciudad, lo que provocó muchos y variados comentarios. Ante el príncipe se enfrentaban los intereses contrapuestos: se afirmaba que Italia no estaba tan decaída que no fuera capaz de proporcionar un senado a su capital; que antaño los indígenas les habían bastado a los pueblos consanguíneos, y que no había que avergonzarse de la antigua república. Aún más, se recordaban todavía los ejemplos de virtud y de gloria que la casta romana había dado según las viejas costumbres, ¿era todavía poco el que ya los vénetos e ínsubres hubieran irrumpido en la curia, para meter ahora en ella a una tropa de extranjeros, como a un grupo de cautivos?; ¿qué honor les quedaba ya a los nobles supervivientes o a algún senador pobre del Lacio, si lo había? Decían que todo lo iban a llenar aquellos ricachones cuyos abuelos y bisabuelos, jefes de pueblos enemigos, habían destrozado a nuestros ejércitos por la violencia de las armas y habían asediado en Alesia al divino Julio. Y todo esto eran cosas recientes; pues ¿qué decir si se recordaba a quienes al pie del Capitolio y de la ciudadela de Roma habían caído a manos de aquel mismo pueblo?; que gozaran en buena hora del título de ciudadanos, pero que no pretendieran rebajar las insignias del senado y los honores de los magistrados.
El príncipe no se dejó impresionar por estos y parecidos comentarios; no sólo se pronunció al momento contra ellos, sino que además, convocando al senado, empezó a hablar en estos términos: «Mis mayores, de los que Clauso -el más antiguo-, siendo de origen sabino, fue admitido a un tiempo en la ciudadanía romana y entre las familias patricias, me exhortan a proceder con parejos criterios en el gobierno del estado, trayendo aquí a lo que de sobresaliente haya habido en cualquier lugar. En efecto, tampoco ignoro que a los Julios se los hizo venir de Alba, a los Coruncanios de Camerio, a los Porcios de Túsculo ni, por no entrar en detalles de la antigüedad, que se hizo entrar en el senado a gentes de Etruria, de Lucania y de toda Italia; que al fin se extendió ésta hasta los Alpes, para que no sólo algunos individualmente, sino también tierras y pueblos se unieran a nuestro nombre. Tuvimos entonces sólida paz interior; también gozamos de prosperidad en el extranjero cuando fueron recibidas en nuestra ciudadanía las gentes de más allá del Po, cuando, con el pretexto de nuestras legiones repartidas por el orbe de la tierra, incorporando a los provinciales más valerosos, se socorrió a nuestro fatigado imperio. ¿Acaso nos pesa que los Balbos desde Hispania y varones no menos insignes desde la Galia Narbonense hayan pasado a nosotros? Aún quedan descendientes suyos, y no nos ceden en amor a esta patria. ¿Cuál otra fue la causa de la perdición de lacedemonios y atenienses, a pesar de que estaban en la plenitud de su poder guerrero, si no el que a los vencidos los apartaban como a extranjeros? En cambio, nuestro fundador Rómulo fue tan sabio que a muchos pueblos en un mismo día los tuvo como enemigos y luego como conciudadanos. Sobre nosotros han reinado. hombres venidos de fuera; el que se encomienden magistraturas a hijos de libertos no es, como piensan muchos sin razón, algo nuevo, sino que fue práctica de nuestro viejo pueblo. Se objetará que hemos guerreado con los senones: ¡como si los volscos y los ecuos nunca hubieran desplegado sus ejércitos contra nosotros! Fuimos cautivos de los galos, pero también hubimos de entregar rehenes a los etruscos y de tolerar el yugo de los samnitas. Y con todo, si se pasa revista a todas las guerras, ninguna se terminó en tiempo más breve que la que hicimos contra los galos, y desde entonces hemos tenido una paz continua y segura. Unidos ya a nuestras costumbres, artes y parentescos, que nos traigan su oro y riquezas en lugar de disfrutarlas separados. Todas las cosas, senadores, que ahora se consideran muy antiguas fueron nuevas: los magistrados plebeyos tras los patricios, los latinos tras los plebeyos, los de los restantes pueblos de Italia tras los latinos. También esto se hará viejo, y lo que hoy apoyamos en precedentes, entre los precedentes estará algún día».
Por un decreto del senado que siguió al discurso del príncipe obtuvieron los primeros los eduos el derecho de senadores en la Ciudad. Fue ésta una concesión a su antigua alianza, ya que son los únicos de los galos que usan el título de hermanos del pueblo romano.

Tácito, Anales, XI 23-25, traducción de José Luis Moralejo, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1980.




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