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1502, hernán cortés

(Medellín, 1485-Castilleja de la Cuesta, 1547)

El conquistador de México había nacido en familia hidalga: hijo del capitán Martín Cortés y de Catalina Pizarro; sus abuelos paternos eran Rodrigo de Monroy y María Cortés, y descendía de los Rodríguez de las Varillas y los Monroy; su abuelo era primo del maestre de Alcántara, Alonso de Monroy, de vida extraordinaria, audaz y heroica; por parte de madre estaba emparentado Cortés con los Pizarro. Sus padres le enviaron a la Universidad de Salamanca aunque, al parecer, dejara pronto los estudios; en Valladolid adquirió cierta práctica al trabajar con un escribano. En 1501, embarcó hacia la isla La Española en busca de la protección de Ovando; allí, participó en las diversas campañas contra los indios y se estableció como encomendero y escribano en Azúa. En 1511, participó en la conquista de Cuba con Velázquez de Cuéllar y se fijó en Baracoa como estanciero y, asimismo, de escribano, proporcionándole sus negocios una cierta fortuna. Se casó con Catalina Juárez, «la Marcaida», y pronto tuvo disensiones con Velázquez, quién llegó a hacerle preso.

Una vez reconciliados ambos conquistadores, Cortés fue elevado al rango de alcalde de Santiago de Baracoa, llevando desde entonces una vida apacible de colono y hombre de negocios cuando, cansado de la falta de aventuras, conoció, a través de las expediciones de Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518), que revelaron la existencia del Yucatán y de México, y, sobre todo, de una cultura indígena superior a la vista hasta entonces en las Antillas y con abundantes indicios de oro y plata. Desde Ulúa, Grijalva envió a Pedro de Alvarado para avisar a Velázquez, quien inmediatamente preparó otra expedición, pensando en Cortés para que se pusiera al frente de la misma al aconsejárselo el contador Amador de Lares y su secretario Andrés de Duedro, amigos y socios de Cortés. Antes del regreso de Grijalva, ya se habían extendido las instrucciones (23-X-1518), según las cuales debía Cortés buscar a Grijalva, explorar el país descubierto, tomar posesión de él, rescatar unos cautivos cristianos de que había rumor, obtener oro, extender la fe, y un largo etcétera, omitiendo la fundación de ciudades, por no estar autorizado Velázquez para ello.

Cortés desplegó una intensa actividad para preparar la expedición, invirtiendo en la empresa toda su fortuna y la de algunos amigos, adoptando aires de gran señor que comenzaron a molestar a su mentor Velázquez. A pesar de la desconfianza de éste, no se atrevía a arrebatar el mando a Cortés hasta que fue demasiado tarde: el de Medellín partió de Santiago el 18 de noviembre de 1518, teniendo previstas escalas en Trinidad y La Habana. La actitud rebelde de Cortés le llevó a zarpar de La Habana un 18 de febrero de 1519, tras desobedecer la orden contraria de Velázquez. Partió con once embarcaciones, 508 soldados, según Bernal Díaz del Castillo, 500 según López de Gómara, o 530 según otros testimonios; 110 marineros, 200 indios y algunos negros; 16 caballos y 14 piezas de artillería, junto a gran cantidad de objetos para el trueque con los indígenas.

Entre los miembros de la expedición que se distinguieron en México figuran el piloto Antón de Alaminos, segundo de Cortés; Cristóbal de Olid; Montejo; Gonzalo de Sandoval; Juan de Escalante; Alonso Hernández Puertocarrero; Alonso de Ávila; Juan Velázquez de León; Diego de Ordás; Bernal Díez del Castillo; Luis Marín; Andrés de Tapia; los clérigos Juan Díaz, que ya había ido con Grijalva, y Bartolomé de Olmedo. Como intérprete marchaba el maya Melchor, capturado por Córdoba.

A los pocos días, la expedición llegó a la isla de Cozumel, en la costa yucateca, donde Cortés impuso su autoridad impidiendo el daño a los indígenas que encontró; allí se le unió Jerónimo de Aguilar, cautivo en el país y que serviría de intérprete en adelante. Sin detenerse demasiado en la isla, debido a la actitud belicosa de los nativos y a la falta de oro, costeó el Yucatán hasta la Boca de Términos. En Tabasco, donde se había recibido bien a Grijalva, tuvo que combatir contra los mayas, a quienes terminó venciendo en la batalla de Ceutla (marzo de 1519), gracias a la superioridad táctica y al empleo de la exigua caballería y de las escasas armas de fuego que llevó; una vez sometidos los mayas, Cortés sometió a la población y les convirtió al cristianismo. Allí, le regalaron varias mujeres indias, entre ellas una mujer extraordinaria, la célebre doña Marina, «la Malinche», una princesa azteca cautiva, su amante, su imprescindible intérprete y su fiel consejera, que fue para Cortés un apoyo fundamental en la conquista de México.

Continuaron su viaje los españoles, llegando el Jueves Santo (21 de abril) de 1519 a Ulúa, donde ya comenzó a recibir a los mensajeros de Moctezuma, advertido de la llegada de los españoles a Yucatán. Hubo intercambio de obsequios y regalos riquísimos por parte del jefe azteca, aunque rehusara invitar a Cortés a visitar su capital, Tenochtitlán. Adviritó Cortés que el cacique de Cempoala odiaba profundamente a Moctezuma por lo que el conquistador extremeño decidió apoyarse en una alianza de los nativos de la zona para derrotar al caudillo de un imperio, el azteca, que no estaba tan cohesionado como parecía. Pero el mismo Cortés también estaba sujeto a problemas ya que una parte considerable de sus hombres, partidarios de Velázquez, deseaban regresar a Cuba.

Para legalizar su situación de jefe faccioso ya que había desobedecido la última orden de Velázquez, Cortés, decidido a conquistar aquel rico imperio azteca, hizo fundar, al menos teóricamente, en los arenales de Ulúa, una ciudad, Villa Rica de la Vera Cruz, designándose su ayuntamiento, el cual, en uso de las atribuciones de los antiguos municipios castellanos (lo que demuestra que Cortés podría haber estudiado Derecho en su juventud de Salamanca), nombró al de Medellín capitán general y justicia mayor en nombre del rey, desligándole de la autoridad de Velázquez. El emplazamiento real de la futura villa fue por entonces Quiahuiztla, más al norte de la actualidad, en territorio de los totonacas de Cempoala, a quienes protegía de Moctezuma y donde derribó los ídolos prohibiendo los sacrificios humanos.

Por un buque llegado de Cuba supo Cortés que Velázquez había obtenido de la Corte el gobierno de las nueve tierras, y para evitar las consecuencias negativas para él, envió a España a Montejo y Puertocarrero (16-VII-1519) para que le presentaran al rey Carlos I los ricos obsequios donados por Moctezuma, amén de narrarle las hazañas que había realizado sin la ayuda de Velázquez y notificarle el rico imperio que se hallaba a punto de poner a sus órdenes reales. Además, y para evitar deserciones de los partidarios de Velázquez, hizo hundir los restantes navíos de su expedición, barrenándolos y dándolos al través -y no quemándolos como se trasluce de la famosa frase «quemar las naves»-, dejando a Escalante en Veracruz mientras él partía de Cempoala hacia el interior del país y hacia la conquista de lo que más tarde sería Nueva España.

Por Jalapa subió a la Sierra Madre Oriental y llegó a la meseta del Anahuac. Por consejo de sus aliados cempoaltecas, que le acompañaban, se dirigió al territorio del señorío de Tlaxcala, independiente y enemigo irreconciliable de los aztecas de Tenochtitlán o México, cuya alianza quería asegurarse Cortés. Pero el gobierno de Tlaxcala decidió enfrentarse a los invasores españoles hasta que la victoria de los españoles originó una estrecha alianza entre ambos pueblos en su lucha común contra los aztecas. Todo, pues, estaba preparado para la ocupación de Tenochtitlán a pesar de los mensajes con que trataba de disuadir a Cortés el débil e irresoluto Moctezuma.

Cortés salió de Tlaxcala con varios miles de sus nuevos aliados añadidos a su ya poderoso ejército, pasando por Cholula, donde realizó una verdadera matanza entre los nativos, anticipándose, tal vez, a una sorpresa preparada por sus enemigos; sin hacer caso de las peticiones de Moctezuma, llegaron los españoles a la orilla del lago donde se asentaba Tenochtitlán, y por la calzada de Iztapalapa, e invitado por Moctezuma que salió a recibirles, penetraron el 8 de noviembre de 1519 en la gran capital nahua, cabeza de la confederación azteca, que había impuesto su hegemonía al Anahuac y a un extenso territorio, regida por el «jefe de hombres» o Tlacatecuhtli, Moctezuma, cuya majestad y fastuosidad oriental impresionó, tanto en el solemne recibimiento como en la contemplación de sus increíbles palacios, etiqueta, lujo y tesoros, a los aventureros españoles que se habían dejado encerrar en aquella rara ciudad, estratégicamente construida en el centro de un lago, y donde tan sólo podrían imponerse a la muchedumbre (unos 100.000 habitantes) por su prestigio de seres divinos, como se les supuso al comienzo, y por la osadía y una conducta inconsiderada, no de visitantes y embajadores amigos, sino de ejército de ocupación.

Examinó Cortés los pormenores y elementos de la capital y obtuvo más presentes de Moctezuma, que, en realidad, se había convertido en un instrumento en manos del conquistador, como se demostró en la quema del caudillo Cuauhpopoca por orden de Cortés, por haber atacado y muerto a Escalante. Cortés obligó a Moctezuma ir a vivir al cuartel donde se guarecían los españoles, sin suspender oficialmente su autoridad, pero habiéndolo convertido, de facto, en su prisionero. A través de la autoridad de Moctezuma, el extremeño comenzó a regir los destinos del Estado azteca, con el consiguiente descontento entre la población nativa; el afán de obtener tesoros de oro y plata llegó a extremos inimaginables y Moctezuma hubo de reconocerse vasallo del monarca Carlos I, pasando su imperio a formar parte oficialmente del español.

Inmerso en su labor de gobierno, Cortés envió a sus capitanes a reconocer minas, explorar el territorio y obtener la sumisión de las diversas comarcas y tribus, en especial de los adversarios de Moctezuma; derribó los ídolos del gran teocalli o templo de México, depuso al rey de Tezoco y nombró otro, y apresó para su seguridad a varios príncipes y al rey de Tlacopan. Conseguido un enorme tesoro (calculado en 2.000.000 de pesos, aunque, curiosamente, el quinto real sólo subió a 32.400 pesos), Cortés, que se había quedado con una parte leonina del botín, repartió una exigua cantidad entre los soldados, lo que provocó un gran descontento entre sus hombres.

Cuando Cortés gozaba de la posición conseguida, arribó a la costa mexicana una gran flota de 19 navíos con 1.400 hombres enviada por Velázquez al mando de Pánfilo de Narváez, para apresar al conquistador extremeño e imponer la autoridad del gobernador de Cuba, quien trataría de recoger los frutos de la conquista de México sin haberse movido de la isla caribeña. Cortés no tuvo más remedio que partir al encuentro de las tropas de Narváez dejando en Tenochtitlán a su lugarteniente Alvarado. Al mismo tiempo que se aprestaba para la lucha, Cortés entabló negociaciones con los hombres de Narváez, sobornando a sus emisarios y, posteriormente, a gran parte de sus soldados, a los que prometió hacerles partícipes de las innumerables riquezas obtenidas en México. Estas conversaciones minaron de tal modo la autoridad de Narváez que al entablar desigual combate en Cempoala (28-V-1520), Cortés sorprendió y capturó a su rival, incorporando su ejército al suyo. Pero, al mismo tiempo que obtenía la victoria, Cortés recibía noticias de una sublevación en Tenochtitlán, provocada por una terrible matanza efectuada por Alvarado entre la nobleza indígena. Cortés decidió volver rápidamente (25-VI-1520) a la capital azteca temiendo encontrarse ante una insurrección que podría extenderse por todo el territorio mexicano ya que ni el mismo Moctezuma, que ya había actuado de apagafuegos en alguna otra ocasión, podía evitar este estallido de violencia al haber sido destituido por los aztecas y nombrado en su lugar su hermano Cuitláhuac.

Durante las siguientes jornadas continuaron los combates, haciendo continuas salidas los españoles y atacando a los aztecas en sus cuarteles; en uno de esos combates pudo morir Moctezuma: según unas versiones, apedreado por su propio pueblo cuando intentaba cortar la rebelión y, según otras noticias, ajusticiado por Cortés al ver que ya no le era útil su presencia. Ante el grave riesgo de que perecieran todos los españoles, el conquistador de Medellín tomó la decisión de evacuar Tenochtitlán al amparo de la noche, conocida en la historiografía española, que no en la mexicana, como «La Noche Triste», acaecida la noche del 30 de junio de 1520. No fue, sin embargo, fácil la huida ya que muchos españoles perecieron bajo las armas enemigas mientras que otros se hundieron en las aguas de la laguna de Tenochtitlán debido al peso del oro que cargaban sobre sus espaldas, como así lo narra el cronista soldado Bernal Díez del Castillo, testigo presencial de estos sucesos.

En plena desbandada española, el 7 de julio de ese año se dio la batalla de Otumba entre perseguidores y perseguidos, y en la que los hombres de Cortés, muy diezmados, pudieron abrirse paso, milagrosamente, hacia las tierras de Tlaxcala, sus antiguos aliados. El extremeño ignoraba cómo serían recibidos allí después de su fracaso en Tenochtitlán (habían perecido entre 450 y 800 españoles, según un cronista u otro y varios miles de guerreros tlaxcalas) pero, curiosamente, los aliados indígenas recibieron con los brazos abiertos a los españoles. Cortés, a pesar de todo lo sucedido, se había salvado y ahora podía elaborar nuevos planes para la definitiva conquista de Tenochtitlán mientras sus menguadas tropas se reponían de las heridas sufridas. Alguna corriente historiográfica ha apuntado, probablemente con toda la razón, que la introducción de la viruela en México, llevada por un esclavo negro que había viajado con la expedición de Narváez, influyó decisivamente en la salvación de Cortés ya que los aztecas fueron contaminados por el virus y sufrieron una enorme mortandad que ya no iba a cesar en los próximo siglos. Lo que sí es cierto es que el nuevo caudillo, Cuitláhuac había fallecido (diciembre de 1520) víctima de esa cruel enfermedad, sucediéndole en el mando azteca Cuauhtémoc o Guatimocín, sobrino de Moctezuma y tenaz defensor de la independencia de su pueblo.

Mientras tanto, Cortés, en agosto de ese año, había reanudado las operaciones en México conquistando Tepeaca, donde fundó una nueva villa española, a la que denominó Segura de la Frontera, sometiendo, al mismo tiempo, toda la región oriental de México a las armas españolas. Pronto le llegaron nuevos refuerzos, entre ellos parte de los expedicionarios de Francisco de Garay. Cortés envió a su lugarteniente Ordaz a España para gestionar correctamente sus asuntos ante las autoridades; despidió algunos de los soldados de Narváez de los que desconfiaba e hizo construir en Tlaxcala unos navíos pequeños con los restos de los barcos que había desmantelado en Veracruz el año anterior. Además, Cortés propuso al emperador Carlos el nombre que debería ostentar el territorio una vez que hubiera sido definitivamente conquistado: Nueva España.

El último día de 1520, Cortés consiguió apoderarse de Tezcoco, situando allí su base de operaciones en el valle de México, adonde hizo transportar, por indios de carga, los trece bergantines construidos y botarlos en el lago, al tiempo que él o Sandoval realizaban una serie de expediciones de castigo que fueron arrasando las ciudades aztecas del valle o de las riberas de la laguna para impedir, así, el aprovisionamiento de las tropas acuarteladas en Tenochtitlán. Poco a poco, Cortés fue recuperando el crédito perdido entre los pueblos enemigos de los aztecas y consiguió nuevos tratados de amistad entre ellos y los españoles, unidos frente al enemigo común. Tras promulgar unas ordenanzas en Tlaxcala, primera ley española promulgada en México, en la que justificaba la guerra sólo por extender la fe cristiana, Cortés comenzó la campaña definitiva contra la capital mexicana. Disponía de 13 barcos, 900 soldados españoles, 18 cañones y miles de aliados indígenas; hizo ahorcar al jefe tlaxcalteca Xiconténcatl «el Joven», que quiso abandonar el ejército sitiador y unirse a los sitiados, y dividió sus tropas en tres partes mandadas por Alvarado, Sandoval y Olid. El verdadero sitio comenzó a fines de mayo de 1521 y duró hasta el 13 de agosto, en que, tras violentos combates, cayó prisionero de los españoles Cuauhtémoc, que había resistido hasta el final. El asedio supuso que gran parte de la población de Tenochtitlán, unos 100.000 habitantes, pereciera y que la ciudad quedase totalmente arrasada, habiéndose conquistado casa por casa por los españoles debido a la heroica resistencia de los aztecas mientras que iba destruyéndose cada edificio conquistado para que no quedasen atrás focos de resistencia; al final de la contienda, los restos de la antigua esplendorosa capital azteca se encontraban envueltos y arrinconados en un reducido espacio en el barrio y antiguo señorío de Tlaltelolco, al noroeste de la isla. Había terminado prácticamente la conquista, complementada por varias expediciones que sometieron, ya sin grandes dificultades, a otros territorios mexicanos, como el reino de Michoacán; Coatzacoalcos, Oaxaca, Tehuantepec, Pánuco, las orillas del Pacífico y Tuxtepec, donde Sandoval fundó Medellín (1522), la tercera ciudad española en México.

Hernán Cortés se estableció en Coyoacán, y finalmente, se decidió a reconstruir la capital mexicana, a pesar de los inconvenientes que él veía por la situación de la urbe en una laguna, fundándola de nuevo como ciudad española y edificándola con los gustos arquitectónicos renacentistas al uso. La reconstrucción se llevó a cabo con rapidez y Cortés también restauró, con buen criterio, parte de la organización nativa existente hasta entonces para facilitar el gobierno de aquel nuevo territorio español. Aunque no todo fue de color de rosa ya que Cortés, en uno más de sus errores, no dudó en dar tormento, a través del tesorero real, Julián de Alderete, a Cuauhtémoc y al señor indio de Tacuba para conseguir los tesoros perdidos en la Noche Triste y que no volvieron a aparecer a pesar de los esfuerzos desplegados para hallarlos.

A fines de 1521 llegó el nuevo gobernador nombrado por el Emperador, Cristóbal de Tapia, fruto de las intrigas de Velázquez y de la enemistad del obispo Fonseca. Pero Cortés no lo aceptó y, para ganarse la voluntad de Carlos V, le envió lo mejor del tesoro conquistado a los aztecas, lo que le hizo ser nombrado gobernador y capitán general de Nueva España (15 de octubre de 1522). Para compartir la gloria, llegó a México su esposa, que murió poco después y en forma repentina y sospechosa (noviembre de 1522). Cortés se dedicó durante varios años a las labores de su gobierno: introdujo las encomiendas; se ocupó en la difusión de la civilización española; trató de resolver los problemas económicos de aquel vasto país; introdujo nuevos cultivos, como la caña de azúcar; y, desde luego, no cejó en propagar su idea del cristianismo. Numerosos sacerdotes llegaron por aquel tiempo a México para encargarse de la evangelización de los nativos, destacando, entre todos ellos, fray Toribio de Benavente o Motolinia, a quien tributó Cortés públicamente sus honores para demostrar a los indios la excelencia de su función en contraste con la pobreza de su aspecto.

Al mismo tiempo, Cortés no cejaba en enviar nuevas expediciones en territorio americano con el fin de ampliar sus dominios. Así, en 1523 envió a Alvarado a la conquista de Guatemala y, a comienzos de 1524, a Olid a la de Honduras, teniendo que pechar, continuamente, con rebeliones de todo tipo debido a su poder omnímodo. Pero los continuos ataques de sus poderosos enemigos causaron impacto, finalmente, en la Corte y en vista de las copiosas acusaciones contra él, se nombró al licenciado Luis Ponce de León, juez de residencia, quien llegó a México en julio de 1526 y murió a los pocos días aquejado de fiebres, al parecer. Otra muerte sospechosa que alimentaba las habladurías contra Cortés. Un nuevo fiscal, Estrada, desterró a Cortés de la capital. Para deshacerse de este turbio ambiente que se había creado contra él, Cortés decidió regresar a España para defenderse de las acusaciones con un séquito imponente, como correspondía a su riqueza (1528). Y aunque fue bastante bien recibido por el Emperador, nunca se le devolvió el mando político del virreinato, no así el militar, ya que se había nombrado la primera Audiencia (en 1527 pero instalada a fines de 1528) presidida por Nuño de Guzmán y que estaba compuesta por acérrimos detractores del conquistador extremeño. A pesar de la causa que le abrieron sus enemigos en México, Cortés fue nombrado capitán general, adelantado de la mar del Sur, caballero de la orden de Santiago y marqués del Valle de Oaxaca; se le concedieron 22 pueblos (entre ellos Coyoacán y Cuernavaca) que contaban 23.000 vasallos, culminando todo esto con su enlace matrimonial con Juana de Zúñiga, sobrina del duque de Béjar.

En 1530 regresó a México, dedicándose a la explotación de sus ricas haciendas, donde introdujo la morera y a preparar escuadras para las islas de la especiería y la exploración del océano Pacífico. La primera expedición que preparó fue enviada a las Molucas con Álvaro de Saavedra. En 1532 zarpó otra de Zacatula con Diego Hurtado de Mendoza, que pereció en ella; al año siguiente envió Cortés a Diego Becerra, que fue asesinado por el piloto Ortún Jiménez, quien descubrió la península de California (entre 1533 y 1534); en 1535 fue el mismo Cortés quien se embarcó; todavía en 1539, despachó a Francisco de Ulloa, que descubrió la costa occidental de la península californiana -creída una isla en principio-; debido a sus exploraciones, el golfo de California fue conocido durante mucho tiempo como mar de Cortés.

Al mismo tiempo, continuaba el extremeño enfrentado con la administración colonial del Estado, y muy especialmente con el primer virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza, quien coartaba su autoridad de capitán general del territorio mexicano. Así pues, Cortés se vio obligado a regresar a España en 1540 para tratar de arreglar sus asuntos, pero no consiguió nada de lo que se había propuesto. En 1541 participó en la desgraciada expedición española a Argel lo que, bien probablemente, terminó de perder el respeto del emperador Carlos. Durante sus últimos años de vida permaneció en España entregado a sus baldías gestiones para recuperar el favor perdido. Cuando se disponía a regresar a México, falleció en la población sevillana de Castilleja de la Cuesta en 1547 el más famoso de los conquistadores españoles del siglo XVI, el mismo que sentó las bases del moderno país mexicano.



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