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Historia

Novelistas nacidos en los años 60 y 70


Los escritores nacidos en los años sesenta de la pasada centuria comienzan a publicar cuando la historia literaria ha dejado de escribirse o, mejor dicho, su redacción se basa en criterios histórico-literarios distintos a los acreditados hasta poco antes. Los criterios comerciales prevalecerán, a partir de los años noventa, a la hora de decidir si se publica una obra o no; las excepciones, los editores que promocionan a escritores independientes también existen, pero cada vez más arrinconados o sometidos a fuertes presiones para conseguir un alto rendimiento económico. No obstante, les ha tocado vivir un momento propicio para la creatividad, pues los sistemas de valores sociales de épocas anteriores son sometidos a revisión, y empiezan con una pizarra relativamente limpia donde escribir. Las numerosas ataduras que impedían a sus predecesores actuar con libertad, las secuelas del pasado político nacional, les afecta de distinta manera. Han pasado a la otra orilla de la divisoria emocional que suponía la actitud hacia la guerra civil (1936-1939) y la conformidad o disconformidad de los ciudadanos hacia la dictadura de Franco (1940-1975) de sus predecesores.

El final del siglo XX, el tiempo en que estos narradores se formaron, conoció asimismo un cambio en los modos sociales de percepción, debido a la omnipresencia informativa de los medios de comunicación de masas, la televisión, y enseguida el universo virtual del internet. Los ciudadanos pasan de afinar, modelar, las percepciones a base de sistemas de valores fijos, los conocimientos internalizados a través de la educación y las convenciones sociales, a realizarlo a la inversa. Forman sus opiniones e ideas a pie de pantalla, sin que medie mucho tiempo para la reflexión. Lo cual supuso un cambio copernicano en los fundamentos de la conciencia humana, que no funciona ya a modo de arcilla donde se graba la verdad por medio de la educación escolar y la obtenida de la familia, sino de simple encerado en el que provisionalmente la escriben con tiza, porque si hay algo fijo en ella es su poder de metamorfosearse. Consecuencia de tan singular cambio resulta que la identidad humana viene menos determinada por las preconcepciones, de raza, de clase social o de eduación, porque existe en un estado fluido, en el que tampoco hace falta la definición.

La vida social misma a partir de finales de los ochenta, cuando ocurrió la caída del muro de Berlín, se caracteriza también por una continua metamorfosis y por la permanente transformación de los entornos sociales, políticos y humanos. Estos aires de renovación se chocan con los principios tradicionales de las sociedades occidentales, donde dominaban los criterios de los regentes, de las clases poderosas, en todos los órdenes de la vida. Desde el punto de vista histórico nacional, estos escritores viven una atmósfera española muy diferente a la de las generaciones anteriores, porque durante su juventud la presencia de la guerra civil significa muy poco, y crecerán en una España democrática, postfranquista.

Se les enmarca mejor entre hechos históricos vividos a través de la pantalla de la televisión, por ejemplo, la llegada del hombre a la luna (1969) o el intento de golpe de Estado del coronel Tejero (1982), que es como un final de rebote de la época franquista. La imagen de la fotografía de los militares en el hemiclo del Congreso de los Diputados con Tejero empuñando una pistola parece una toma que sólo se puede interpretar desde la óptica esperpéntica de Valle-Inclán. Crecen además en un momento cuando la prosperidad económica, la caída del muro de Berlín unos años después (1989), les sitúa en una época histórica llena de signos positivos. De ahí que los autores y sus personajes desplieguen en muchos casos actitudes vitales y hábitos profesionales de una sociedad avanzada de consumo. La otra cara de la moneda, que también se da, representa a los jóvenes insatisfechos con esa vida fácil, que buscan nuevas formas de vida, para escapar a la rutina, y lo hacen usando pastillas, drogas. La promoción siguiente de narradores, la de los nacidos en la década de los setenta, los neorrealistas o miembros de la generación X, explorarán a fondo las insatisfaciones juveniles, cuya representación, a veces extremada, resultará inaceptable para una parte del lectorado y de la crítica.

Enumero acto seguido siete características claves que unen a los novelistas del grupo y les dota de una línea de flotación generacional. Son las siguientes:

(1) Hace años las primeras novelas de un autor ni siquiera se reseñaban, mientras que los escritores nacidos en torno a los años sesenta ven sus primeras obras, con las que debutan en el mundo de la literatura reseñadas en la prensa y premiadas. Casi todos los escritores importantes cuya edad ronda la cuarentena ganaron uno o varios premios de narrativa. Enumero sólo los premios mayores, porque casi todos ellos recibieron otros menores, para ofrecer una idea de la extensión del fenómeno y su impacto en esta generación: Antonio Álamo (Premio Lengua de Trapo, 1996), Lola Beccaría (Finalista Premio Nadal, 2001 ) Juan Bonilla (Premio Biblioteca Breve, 2003), Luisa Castro (Premio Biblioteca Breve, 2006), Juan Manuel de Prada (Premio Ojo Crítico de Narrativa, 1996; Premio Planeta, 1997; Premio Primavera, 2003), Lucía Etxebarría (Premio Nadal, 1998; Premio Primavera, 2001; Premio Planeta, 2004)), Belén Gopegui (Premio Tigre Juan, 1993), Pedro Maestre (Premio Nadal, 1998) Luis Magrinyà (Premio Herralde de Novela, 2000), Fernando Marías (Premio Nadal, 2001; Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil, 2005; Premio de Novela Ateneo de Sevilla, 2005 ), Antonio Orejudo ( Premio Tigre Juan, 1996; Premio Andalucía de Novela, 2000), Sergi Pàmies (NH Hoteles de Relatos, 2000), Juana Salabert (Finalista Premio Nadal, 1996), Marta Sanz (Premio Ojo Crítico de Narrativa, 2001; Finalista Premio Nadal, 2006) Lorenzo Silva (Premio Ojo Crítico, 1998; Premio Nadal, 2000; Premio Primavera, 2004 ), Eloy Tizón (Finalista Premio Herralde de Novela, 1995). Dejo fuera de esta nómina al narrador con más galardones, Javier Cercas, que ha ganado numerosos y merecidos premios dentro y fuera de España, y cuyo éxito llegó no precisamente mediante la propaganda que supone recibir un premio literario, sino por el famoso boca oído.

Parece como si los escritores de hoy ya no se hacen, sino que nacen con el certificado de calidad entre los dedos. Si pensamos en la historia de la novela advertimos que la mayor parte de los grandes novelistas que han sido no conocieron el éxito así de rápido, muy al contrario, algunos serán reconocidos después de muertos. Antes hacía falta que el autor publicara varios libros; hoy el editor quiere rendimientos inmediatos, y los autores también.

(2) La biblioteca a la que tiene acceso esta generación es más amplia de la asequible para quienes les precedieron en el mundo de las letras. Las editoriales españolas, a pesar del comercialismo, no han dejado de ensanchar el alcance de sus títulos, tanto en el ámbito de las lenguas peninsulares como en el extranjero. Por ejemplo, en lo referente a la literatura hispanoamericana les interesarán además de la obra de Jorge Luis Borges, las novelas de los escritores del boom, como Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, y en el plano internacional de escritores como Italo Calvino, y sus propios contemporáneos de otros países. Esto se reflejará en sus textos en la cantidad de injertos literarios que en ellos aparecen.

(3) Los libros han pasado a ser un producto sujeto a las estrategias de la mercadotecnia, y resulta difícil conocer el contenido de un libro por su descripción en las solapas. Lo que viene después de un premio tiene que ser menos, sin duda. Y la ayuda que preste una editorial a diseminar una segunda novela, quizás no premiada, dejará bastante que desear. Otra consecuencia del éxito universal de la novela debut resulta el cambio de carácter de la novela, que de ser un género de madurez se ha convertido en un género de juventud, y por ello la temática se acerca peligrosamente al presente, a lo exigido por la actualidad, a lo sincrónico, y no a las etapas de desarrollo del personaje. Esto, por supuesto, se acelererá en los textos de la generación X.

Además, se ha producido una situación paradójica. Por un lado, la crítica pide obras literarias, pero por otro lado los premios, las listas de libros más vendidos, la publicidad, empuja a la novela hacia lo comercial. Los autores literarios escriben para un público que nada tiene que ver con la masa que mira la televisión y acude a las presentaciones masivas de libros, y en ese hueco se pierden muchas obras, porque el público no llega a comprarlas, y la crítica carece de poder suficiente para imponer sus criterios al lector común.

Me parece que si clasificamos a los novelistas en pirámide, los populares, con éxito de ventas, como Lucía Etxebarría se quedarán en la base, mientras que otros con unas ventas inferiores, pero sí muy literarios, subirán a la cima. Lo sensato es que todos los escritores se sienten a la misma mesa y comparten el éxito o fracaso del género, y se sientan interdependientes.

(4) Los narradores de lo sesenta escriben con una conciencia en libertad, se mueven de un tema a otro con absoluta fluidez, sin que las trabas personales o sociales les corten en su narración. Esto consigue que episodios distantes se acerquen, y comprendamos mejor, cuando los grandes discursos perdieron la capacidad de explicar el mundo, que las actividades humanas están más cerca de lo que pensamos. La historia de la espontaneidad de la conciencia en la novela española está por escribir, pero desde La desheredada y El amigo Manso, de Galdós, pasando por las Sonatas de Valle, a Amor y pedagogía, de Unamuno, podríamos llegar a Ramón Sender y a Juan Goytisolo, y notar la creciente representación de la conciencia en libertad. Los miembros de esta generación la practican con una enorme aptitud. Podríamos decir que hay una sinestesia entre los relatos y no solamente entre las palabras. Y va mucho más allá que acercar lo real y lo irreal, porque barca un universo más amplio.

(5) La fluided de la identidad de que antes hablé se halla presente en casi todos los miembros de la generación. Desde los que gustan experimentar en sus textos con nuevas maneras narrativas, como Cuca Canals, Daniel Mújica y Ray Loriga, o Amparo Serrano de Haro y Antonio Fontana, quienes han contado procesos de crisis de identidad en sus novelas, pasando por la arrebatada narradora Graciela Bustelo, Fernando Palazuelos, el fino prosista Marcos Giralt Torrente, el innovador Andrés Ibánez, el más tradicional Pablo d'Ors, Pedro Ugarte y Jaime Alejandre. Ignacio Martínez de Pisón y Jesús Ferrero, dos puntales de la generación, junto con Ignacio García-Valiño, poseen una singular habilidad para dotar a sus mundos novelescos de profundidad sicológica, igual que Germán Sierra en Vidas posibles de la sociedad virtual (1999) y concluyendo con Antonio Orejudo en Ventajas de viajar en tren (2000), donde los personajes viven existencias diferentes. La protagonista, Helga Pato, investigadora literaria, tras ingresar a su marido en un hospital psiquiátrico, conoce en un viaje en el tren de regreso a un psiquiatra, Ángel Sanagustín, que resulta ser un loco impersonando a un médico. Cuando ella busca a la hermana del loco, resultará que es el loco, y descubre su error en un beso. Luego resulta que la hermana del loco está casada con el verdadero doctor Sanagustín. Estas son sólo unas pocas de huellas de personalidad que hay en el texto, en el que los personajes viven sometidos a ese perpetuo movimiento de metamorfosis, que nos impide encontrar un centro, el lugar desde donde se ve la historia redonda, porque ese locus no existe.

(6) El humor, la ironía, la parodia y el juego, son características nombradas con frecuencia respecto a los miembros de esta generación, pues estos elementos aparecen en un número muy elevado de estas obras, desde El mapa de las aguas (1998), de Ángel García Galiano o obras de Inma Monsó. Un caso aparte es el Cristóbal Ruiz, cuya obra bordea la de la generación siguiente, los neorrealistas.

(7) Otra característica común, y altamente significativa a mi parecer, es la de su postrealismo. Con esto del postrealismo aludo a que se dedican a establecer, explorar las relaciones humanas no sólo en libertad, sino fuera del marco de las representadas por la novela realista decimonónica, en que los valores y la actitud de una persona se declaraba de acuerdo a su ajuste a los valores del mundo realista, los de la religión, la familia, y la conducta ajustada al patrón de la vida burguesa, en el que se puede hacer lo que se quiera siempre y cuando se guarden las formas.

La presión histórica ha creado, por tanto, un nuevo panorama, una conciencia personal y social diferente a la que teníamos, y la novela la refleja. Quizas Cercas escribió en este sentido una novela paradigmática, Soldados de Salamina (2001), donde encontramos una variedad enorme de maneras del sentir del hombre, de sentir lo que es el bien y el mal, que ya no decidido por el cuerpo, ni por la religión, sino por un constante cambiar de las circunstancias personales.

Las tres hermanas de Amor prozac y dudas (1998), de Etxebarría, cada una con su personalidad, vivencias, deseos, necesidades, ofrecen un caleidoscopio de actitudes diversas hacia la vida, y ninguna en realidad cancela a las otras, porque todas tienen su razón de ser. Lo mismo ocurre en las novelas de Lorenzo Silva, donde cada personaje lleva una vida independiente, un secreto, su manera de vivir los acontecimientos. Podemos elegir, pero a la vez estamos seguros que cada uno tiene su propia parte, su propia verdad. Soldados de Salamina ofrece, por lo tanto, una versión muy clara de ese postrealismo, la de un soldado que por piedad perdona al fascista fugado y no lo delata. El momento en que le ve oculto entre unos arbustos, y miente diciendo que por allí no hay nadie, refleja la decisión de un hombre con buenas razones, las del miliciano republicano, que se enfrenta con un falangista insurrecto y traidor a la República, el hombre que no dudaría en mandarlo al infierno si la situación ocurriera a la inversa, y, sin embargo, le perdona, porque le mira a los ojos y lee en ellos el miedo, el terror a la muerte, algo profundamente humano.

Estamos ante una escena postrealista, porque no hay juicio, los valores en este caso desaparecen. El personaje, escrito por el narrador, es decir por el novelista Javier Cercas, decide perdonar a un notorio fascista. Quizás aquí la cuestión ética pueda molestar a más de un lector, mientas que a otros, al lector o al espectador de la versión cinematográfica, la emoción humana representada, despojada de ideología, le incline a entender ese perdón, porque la emoción, lo superficial, la reacción corporal, es lo único que cuenta.

Todos recordamos el título de la famosa obra de José María Castellet, La hora del lector, en que esencialmente se venía a defender la idea popularizada por Julio Cortazar en Rayuela (1963): el lector cómplice del autor. El lector actual no es cómplice en el sentido de que completa o sintoniza con la ideología del autor, sino en que sabe metamorfosearse para entender las diferentes posturas. No se sabe, o quizás no importa en un mundo carente de un discurso central, cohesivo, pero lo importante es que sepa adoptar posturas diferentes. Tampoco son máscaras, porque estas también definen a la persona, debajo de la máscara hay una, una sola persona, mientras que el personaje de la novela postrealista es un personaje auténticamente capaz de ser otro, por un momento.

Otro ejemplo importante de esta nueva actitud postrealista la encontramos en la actitud autorial frecuente en las novelas de hoy, en que se produce un desplazamiento temático de lo sentimental a lo sexual. Lo importante no es tanto amar, con todo lo que entraña de compromiso personal, sino el gozar del amor. El goce ha quedado legitimizado, porque las personas así lo desean. A las dos mujeres tradicionales, la mujer madre, la que el hombre busca para encontrar en ella refugio, la Antonia de Abel Sánchez (1917), de Unamuno, se oponía la mujer Helena de Troya, toda pasión, atractivo, de los que los hombres se prendaban. Hoy, hay un tercer tipo de mujer, la que desempeña los mismos papeles que el hombre, es decir, capaz de metamorfosearse según los diferentes papeles que le toca hacer. Lucía Etxebarría los ha caracterizado muy bien en sus novelas, y Marina Mayoral lo hizo también en una generación anterior. Belén Gopegui ejemplifica, por otro lado, el tipo de novelista para quien la opción ni siquiera existe, la mujer es exactamente igual al hombre, y en este sentido es post-feminista.

Germán Gullón


 
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