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Quintiliano (ca. 35 ‑ ca. 96 d. C.)

María del Carmen García Tejera
José Antonio Hernández Guerrero

El pensamiento de Fabius Quintilianus está indisolublemente unido al de Cicerón. Nació en Calahorra alrededor del año 35 d. de C., y marchó a Roma donde, tras completar su formación, llegó a ser un célebre abogado. Con el tiempo alcanzó tan alta reputación que Vespasiano creó una cátedra de Retórica para él. Fueron discípulos suyos Plinio el Joven, Juvenal, Suetonio y Tácito. El prestigio de esta dotación imperial contribuyó a que llegara a ser la suprema autoridad en Retórica hasta después de su muerte, alrededor del año 96 d. de C.

El año 88, aproximadamente, se retiró de la enseñanza para escribir su gran obra destinada a la preparación del orador, la Institutio Oratoria. Aunque es probable que durante la Edad Media se conocieran algunos fragmentos, el texto completo no se utilizó hasta el año 1416, fecha en que fue descubierto en el monasterio de San Galo por el humanista italiano Poggio Bracciolini. Desde ese momento, su popularidad fue creciendo progresivamente y formó parte de los planes de estudios de toda Europa.

Según Alfonso Reyes, la obra de Quintiliano constituye un programa didáctico que sintetiza y modera toda la anterior enseñanza retórica. Traza las bases de la educación liberal prefigurada por Isócrates. «Quintiliano ‑afirma‑ es menos profundo que Aristóteles y menos brillante que Cicerón; pero su obra retórica está mejor tramada y es más segura. De él se ha dicho que piensa como Cicerón y escribe como Tácito» (Alfonso Reyes, 1961: 456‑457).

Entre los años 1475 y 1600, se publicaron más de un centenar de ediciones de las Institutiones. En ella se resumen de forma didáctica y clara todas las nociones fundamentales de la Retórica antigua. Su principal valor, por lo tanto, no es la originalidad sino la cantidad de información que suministra y la calidad pedagógica que ofrece.

Quintiliano, siguiendo a Cicerón, concibe la Retórica como el arte del saber, y la ofrece como una base sólida para la educación liberal. La Retórica, tarea del abogado, es, según él, un marco de referencias en el que se encuadra toda la actividad educativa.

Los doce libros de la Institutio Oratoria, de carácter teórico y didáctico, tratan de las siguientes cuestiones: el Libro I, repleto de consideraciones pedagógicas, presenta las nociones preliminares que sirven de fundamento a todo el desarrollo posterior de la Retórica; Quintiliano, como Cicerón, se refiere a la amplia formación enciclopédica que debe recibir el candidato a un curso de Retórica. A partir de principios psicológicos, Quintiliano ofrece orientaciones para la formación, desde la infancia, del orador: la elección de las personas que se han de ocupar de él en los primeros años, desde el aya al preceptor (examinando pros y contras de la instrucción doméstica de carácter privado y de la escuela pública), la atención a las condiciones naturales del niño, los métodos de aprendizaje gramatical, las nociones de cultura general, la pronunciación y los gestos.

Quintiliano defiende que la fórmula más eficaz de enseñanza debe apoyarse en la lectura y en el comentario de textos de oradores e historiadores, en la práctica de la redacción y en el hábito de la autocorrección. Aconseja los ejercicios de memorización y de declamación.

Es partidario de una preparación cualitativa del orador, que, como hemos dicho anteriormente, ya fue esbozada por los retóricos anteriores. A partir de la definición de Marcus Cato: vir bonus dicendi peritus, Quintiliano insistió en que, además de estar dotado intelectualmente y preparado técnicamente en Leyes, Historia, Matemáticas, Música, Literatura y, sobre todo, en Filosofía, el orador debía ser educado en profundas convicciones morales. También exige flexibilidad para acomodarse a las características del tema y capacidad psicológica para adaptarse a la condición del auditorio.

Quintiliano, tras criticar varias definiciones de Retórica ‑Córax, Isócrates, Gorgias, Aristóteles...‑ propone la siguiente: bene dicendi scientia. Su objeto es todo asunto humano. Afirma que los tres fines de la Retórica ‑enseñar, mover y deleitar‑ han de converger en un fin ético. Defiende, además, que la Retórica es un «arte» ya que ha de usar la técnica y procede de una manera metódica y ordenada.

Aunque Quintiliano rechaza el uso indiscriminado de pruebas falsas, admite, sin embargo, con los sofistas que, en determinadas situaciones, el empleo de la mentira puede ser lícito, y acepta que el juez utilice argumentos falsos en beneficio de un reo inocente.

El libro II trata de los rudimentos que se enseñan en la escuela de Retórica y en él describe sistemáticamente todo el contenido de la disciplina: define su naturaleza, fija su objeto, delimita el ámbito de estudio y establece las clases de Retórica y su división.

El libro III, tras una detallada historia del nacimiento de la disciplina y una breve biografía de sus cultivadores principales, trata sobre los géneros y sobre las partes de la causa: son los elementos del procedimiento civil y penal cuya exposición prosigue en los cuatro libros siguientes.

Quintiliano concibe la Retórica ‑conjunto de reglas‑ como un instrumento técnico al servicio del uso pragmático de la lengua, y asume la mayoría de las nociones y una amplia cantidad de los preceptos de la doctrina aristotélica. Su aportación fundamental consiste en haber elaborado una sistematización de elementos hasta entonces dispersos. Acepta también la división aristotélica de los géneros ‑deliberativo, judicial y epidíctico‑ aunque no está de acuerdo en que la utilidad, la justicia y la honestidad, respectivamente, constituyan los fines exclusivos de cada uno de ellos.

Los libros IV, V y VI tratan de la inventioquid dicamus‑ según las partes del discurso persuasivo (exordio, narración, argumentación, etc.). Presta especial atención a las especies y usos de pruebas y a los diferentes tipos de razonamiento.

Repite también las cinco etapas del proceso retórico: la «invención» cuyo objeto es la res, la materia o ideas de la que trata el discurso, la investigación y el estudio de los materiales que han de manejarse, y también el conocimiento de los instrumentos que para ello se usan.

El libro VII examina la dispositiosed etiam quo loco‑ o plan organizativo del discurso. Los libros VIII y IX, los más utilizados en el ámbito de la teoría y de la crítica literarias, están dedicados a la elocutioquo modo dicamus‑. Explican detalladamente los medios y los procedimientos del estilo: los tropos, las figuras y la compositio. Quintiliano ofrece una amplia gama de reglas técnicas y un extenso muestrario de tropos y de figuras. Las principales cualidades del estilo oratorio son, según él, la claridad, el orden y la precisión terminológica. Aconseja el uso moderado de las sentencias o máximas, y muestra sus preferencias por la sobriedad del estilo ático. Según David Pujante, las generalizaciones sobre lo ornamental como plus que aparece en el nivel elocutivo jamás se dan en la obra de Quintiliano. Casos como el de la mecánica compleja del «simil», enraizado en varios niveles, lo confirman (VV. AA., 1993: 120; vid. también Pujante, 1996 y 1999).

El libro X contiene una relación antológica de poetas y de prosistas griegos y latinos. Sobre cada uno de ellos Quintiliano emite juicios sintéticos que resultan interesantes, no sólo por su importancia objetiva, sino también porque revelan la mentalidad y la formación cultural del autor. Describe las cualidades cognitivo‑prácticas que deben adornar al buen orador y muestra la importancia del «punto de vista retórico» en la valoración de los autores y en la crítica de los textos literarios (Grube, 1965).

El libro XI trata de la memoria y de la actio. La memoria o mnemotécnica, depositaria del tesoro retórico, permite la adaptación improvisada. La actioapte dicere‑ la estudia en todos sus aspectos: pronunciación, recitación, presencia, ademanes y gestos. Formula también las tres finalidades del discurso ‑docere, movere, placere‑ y caracteriza los rasgos de sus respectivos estilos. A partir de Quintiliano la Retórica, concebida como el arte del bien (pulchre) decir, empieza a privilegiar los procedimientos estéticos y ornamentales del discurso sobre los recursos persuasivos y argumentativos.

Quintiliano dedica especial atención a la Psicagogía, al estudio de los aspectos emotivos del discurso. Distingue entre las emociones «imaginativas» y las «humorísticas». Entre las «imaginativas» separa la «patética», afección o pasión, y la propiamente «ética» o moral. La «patética» es vehemente y arrolladora, aunque momentánea; la «ética» es lenta e invasora, pero permanente.

El orador, según Quintiliano, debe ser capaz de «imaginarse» a sí mismo en la situación del oyente, de «simpatizar» con él. No puede conformarse con tratar de convencerle con argumentos racionales sino que, además, ha de emplear los recursos que exciten las emociones del oyente y lo muevan a adoptar una determinada actitud y a efectuar un coherente comportamiento. Reinterpreta la distinción aristotélica entre éthos y páthos: el primer concepto requiere un estilo sobrio y el segundo un afecto vehemente.

Trata también de la risa ‑de su esencia, origen, efectos y aplicación oratoria- (Isabel Paraíso, en Tomás Albaladejo y otros, 1998, I: 101-124). La presenta como un desequilibrio más o menos momentáneo, y advierte de la dificultad que supone y de los riesgos que entraña su uso excesivo.

Describe los principales cambios fonéticos griegos y latinos, a partir del principio de la economía y de la eficacia lingüísticas, y esboza unas nociones de la «acción oratoria», la recitación, la presencia y el ademán. Presenta unos ejercicios basados en la imitación de los modelos; se trata, sin embargo, de una imitación activa que, entrando en competencia con sus antecesores más ilustres, aspira a superarlos mediante la emulación.

Quintiliano esboza en el último libro el modelo del vir bonus como perfecto orador cuyo fundamento deben ser las cualidades morales y, en concreto, la firmeza y la presencia de ánimo. Recomienda el estudio de los buenos actores, siempre que se imite de ellos lo que corresponde a la expresión oratoria, y no la caracterización de anomalías cómicas o de sublimidades trágicas como son la senilidad, la embriaguez, el gemido, etc. Los buenos actores ayudan a corregir los gestos inoportunos y los movimientos incontrolados del rostro.

Como ha señalado P. A. Meador, la contribución más original de Quintiliano a la teoría de la educación retórica es su doctrina acerca del «hombre bueno», su teoría de la integridad moral como condición de la «credibilidad» y como fundamento de toda la oratoria: «En resumen, el sistema de educación retórica que defiende Quintiliano tiene como meta la creación del orador romano ideal: un hombre virtuoso, eficiente, animoso y elocuente» (en Murphy, ed., 1988: 176). L. Conte Marín afirma que las ideas pedagógicas que orientan la educación del niño en las Institutiones de Quintiliano, sobre todo en sus dos primeros libros, han sido recogidas en la reforma de la enseñanza actual española, y coinciden plenamente, incluso, con la metodología didáctica de la Educación Física (VV.AA. 1993: 31).

A Quintiliano se le han atribuido otras obras que son apócrifas como, por ejemplo, las Declamaciones (Pseudo‑Quintiliano) y el Diálogo de los claros oradores, también atribuido a Plinio el Joven y a Tácito.

Bibliografía

  • Tomás Albaladejo, Emilio del Río y José Antonio Caballero (eds.) (1998), Quintiliano: Historia y actualidad de la Retórica, 3 vols., Logroño, Instituto de Estudios Riojanos.
  • Antonio Alberte (1992), Historia de la Retórica latina, Ámsterdam, A. M. Hakkert Publisher.
  • Carmen Bobes y otros (1995), Historia de la Teoría literaria, 2 vols., I. La Antigüedad grecolatina, Madrid, Gredos.
  • Carmen Codoñer (ed.) (1997), Historia de la Literatura latina, Madrid, Cátedra.
  • L. Conte Marín (1993), «Clasicismo y modernidad de los principios educativos en la obra de Quintiliano Instituciones Oratorias. Libros I y II, aplicados a la educación física actual», en VV. AA., Abstracts. Ninth Bienal Conference, International Society for the History of Rhetoric, Turín, Università degli Studi di Torino, pág. 31.
  • G. M. A. Grube (1965), The Greek and Roman Critics, Londres, Methen & Co.
  • José Antonio Hernández Guerrero y Maía del Carmen García Tejera (1994), Historia breve de la Retórica, Madrid, Síntesis.
  • José Antonio Hernández Guerrero y María del Carmen García Tejera (2005), Teoría, historia y práctica del comentario literario, Barcelona, Ariel.
  • James J. Murphy (ed.) (1983), Sinopsis histórica de la Retórica clásica, Madrid, Gredos, 1988.
  • Isabel Paraíso (1998), «Psicoanálisis y Retórica: la teoría de la risa en Quintiliano y en Freud», en T. Albaladejo, Emilio del Río y J. Caballero, I: 101-124.
  • David Pujante (1993), en VV. AA., Abstracts. Ninth Bienal Conference, Internacional Society for the History of Rhetoric, Turín, Università degli Studi di Torino.
  • David Pujante (1996), El hijo de la persuasión. Quintiliano y el estatuto retórico, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 2.ª ed. corregida y aumentada, 1999.
  • Alfonso Reyes (1961), La crítica en la Edad Ateniense. La Antigua Retórica, en Obras Completas, XIII, México, Fondo de Cultura Económica.

 
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