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Años de aprendizaje


     Los veintinueve primeros años de Andrés Bello en Caracas (1781-1810), corresponden al tiempo de educación escolar hasta el grado de Bachiller en artes, recibido en 1800 en la Universidad. Es la etapa de su formación literaria, con abundantes lecturas; el trato con los hombres de letras más sobresalientes de su época; el estudio de las fuentes de la cultura clásica y coetánea; y la elaboración de sus primeras obras en verso y en prosa. Al mismo período debemos situar sus primeras experiencias en el desempeño de un notable puesto público en la Capitanía General de Venezuela, en varias instituciones y en cargos significativos como el de la redacción del primer periódico venezolano, la Gazeta de Caracas, con la que se iniciaba el uso de la imprenta en el país, lo que suscitó algunas iniciativas, como la nonata revista El Lucero y el inconcluso Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros en Venezuela para el año de 1810, para cuyas páginas preparó el Resumen de la historia de Venezuela, que es la prosa más extensa y valiosa que tenemos de Bello en los años caraqueños. Del mismo modo inició sus investigaciones sobre el idioma castellano y fue adentrándose en el conocimiento de temas filosóficos. Estudió inglés y francés. Todavía más; ejerció el magisterio en clases particulares (tuvo a Simón Bolívar de alumno en lecciones privadas) y se empapó de la visión del trópico en viajes y correrías por distintas partes de Venezuela, imágenes que no habrá de olvidar nunca en los días posteriores de su dilatada vida hasta los ochenta y cuatro años de edad.

     Descolló en los estudios de latinista en cuya formación tuvo importante papel Fray Cristóbal de Quesada, mercedario, de la Comunidad del Convento de la Merced, en Caracas, situado frente a la residencia de Bello. El padre Quesada, según los recuerdos y evocaciones de nuestro humanista, ejerció enorme influencia en los estudios juveniles de Bello y como bibliotecario del convento habrá sido consejero tempranero en la orientación de sus lecturas. Es fama que Bello era lector voraz de los clásicos castellanos (Calderón, Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Figueroa, etc.), tanto como de los autores más notables en la lengua del Lacio.

     De esta nota esquemática de los años del Bello juvenil se desprende que recibió una preparación amplia y sólida, que le dio ánimo y seguridad para empezar a ensayar su pluma en sus propias producciones. Son los años de ejercicios literarios, años de aprendizaje para arropar su inspiración en el dominio del lenguaje y en el arte de la expresión poética.

     Sin duda alguna, se ha perdido -acaso para siempre- una buena porción de composiciones en verso y no será fácil, además, reconstruir todas las prosas que escribió en dicho período. De algunas no tenemos noticia; de otras, que no poseemos, se sabe que existieron.

     Se han conservado poemas -que el propio Bello apellidaba «baratijas»- en forma de sonetos, romancillo, romance, égloga, odas, octava y una composición representable. Son las huellas o hitos de un largo adiestramiento, durante el cual se atuvo al magisterio de los grandes autores de la latinidad, Horacio y Virgilio, a través del estilo y expresión de los clásicos castellanos de los Siglos de Oro.

     Desde su primera juventud, da el ejemplo Bello de lo que será siempre su consejo constante: estudio y corrección.

     Años más tarde, en 1827, al comentar en Londres las poesías de José María de Heredia (1803-1839) critica ciertos giros de lenguaje en los poemas del vate cubano, a quien considera excelente, pero que cae en expresiones que son «verdaderos barbarismos en el idioma de las musas». Para evitarlos, escribe, «recomendamos al señor Heredia el estudio (demasiado desatendido entre nosotros) de los clásicos castellanos y de los grandes modelos de la antigüedad. Los unos castigarán su dicción y le harán desdeñarse del oropel de voces desusadas; los otros acrisolarán su gusto, y le enseñarán a conservar, aun entre los arrebatos del estro, la templanza de imaginación, que no pierde jamás de vista a la naturaleza y jamás la exagera, ni la violenta».

     Descubre en Heredia «toda la abundancia y la valentía de un admirable ingenio, que, con un poco más de estudio y corrección, competiría con los mejores poetas de nuestros días, de cualquier lengua y nación que sean».

     Tan persistente es tal convicción en el ánimo de Bello, que la repite en 1843, en el Discurso de instalación de la Universidad de Chile, al comentar las obras de la constelación de jóvenes ingenios que cultivan con ardor la poesía: «Lo diré con ingenuidad: hay incorrección en sus versos; hay cosas que una razón castigada y severa condena. Pero la corrección es la obra del estudio y de los años».

     Con estas normas como metas y objetivos, transcurren los años de aprendizaje poético de Andrés Bello en sus días de Caracas, durante los cuales templa su pluma y afina su inspiración, como preparándose para la creación de los grandes poemas que habrá de elaborar desde Londres en la segunda etapa de su existencia.

     Si la poesía es la punta de lanza que un escritor esgrime para poner en el mundo su mensaje, en la prosa es donde el estilo se acrisola y nos da acaso con mayor seguridad la medida de la capacidad expresiva de un literato.

     Del período caraqueño de aprendizaje, disponemos sólo de una prosa, relativamente breve, datada en 1809-1810, en vísperas de su partida para Londres, que a nuestro juicio es suficientemente indicativa del grado de desarrollo que había logrado Bello en su época de formación. Se trata del Resumen de la historia de Venezuela, publicado como parte central del que se considera el primer libro impreso en Venezuela: el Calendario Manual y Guía Universal de Forasteros en Venezuela para el año de 1810, salido del taller caraqueño de Mateo Gallagher y Jaime Lamb, en los mismos días en que Bello partía para Londres, como Secretario de la misión diplomática de Bolívar y López Méndez, enviada a la capital inglesa por la Junta de Caracas, formada el 19 de abril de 1810.

     De las investigaciones de Bello sobre el idioma castellano durante el período caraqueño, o sea hasta 1810, se nos ha conservado la importante monografía Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana, que no publicará sino en 1841, después de tenerla sepultada por más de treinta años, según sus propias palabras. Es un trabajo original, singularísimo, inteligente y profundo, que nos indica haber pasado largas horas de meditación en textos de literatura castellana para reducir a sistema el rico uso de formas y significados del verbo. Tradujo y adaptó al castellano la obra del Abate Condillac, Arte de escribir con propiedad, que fue publicado sin su anuencia en 1824 en Caracas. Se ha perdido acaso definitivamente, así como desconocemos la monografía que escribió Bello para un concurso sobre el uso de tres conjunciones, que, porque y pues.

     Todo ello significa que durante sus días juveniles -época de aprendizaje y formación- había dedicado particular atención al estudio de la lengua castellana, campo en el que más adelante habrá de descollar como maestro indiscutible.

     El poeta; el prosista -con estilo propio-; y el lingüista se ha manifestado con escritos personales en este fecundo período caraqueño, que va a interrumpirse al incorporarse a la misión que parte para Londres en junio de 1810. Las bases firmes de la obra futura están indicadas en su tiempo de Caracas, cuando por propia exigencia logró forjarse un medio propicio, su condición de humanista. Persisten los temas, juicios y reflexiones en sus creaciones posteriores, en Londres y en Chile, pero lo más importante es que su pensamiento y su consideración de los hechos culturales tienen ya claros precedentes en los escritos y en la conducta de esos años de aprendizaje y maduración. Siempre elevado y riguroso en las manifestaciones de su inteligencia; con delicado buen gusto, acaso heredado de su abuelo materno; con sentido de la naturaleza aprendido en las observaciones de la tierra que le vio nacer; todo ello impregnó su espíritu de un modo de ser que no abandonará jamás. Su sensibilidad de poeta ya está definida en Caracas. Su prosa está ya lograda. Los estudios posteriores podrán darle mayor erudición y más amplitud de criterio, pero el fondo legítimo de toda su acción esta en la adscripción a las fuentes de cultura rural -las del temple del carácter- que aprendió en Venezuela. La poderosa inteligencia de Bello está en pleno desarrollo cuando los acontecimientos políticos le han de llevar al Viejo Mundo, donde ciertamente dispondrá de otra perspectiva y de otros medios.

     El 10 de junio de 1810 la corbeta inglesa General Wellington partía de La Guaira hacía el viejo mundo llevando a bordo al futuro Libertador, de casi 27 años, y a un joven humanista, de cerca de 29, quien iba a encontrar en Londres el centro de perfeccionamiento de su sabiduría.

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