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La perspectiva desde Londres


     El azar dispuso que sólo por una lamentable circunstancia, se haya conservado la que parece ser la primera carta que Andrés Bello escribió a su madre, doña Antonia López, desde Londres, al año y cuatro meses de su alejamiento de Venezuela. El bergantín inglés La Rosa fue apresado a la vista del Cabo Codera el 3 de enero de 1812, por el corsario particular de Puerto Rico, San Narciso (a) el Valiente Rovira, el cual entregó su presa a las autoridades españolas, quienes remitieron todos los documentos al Ministerio de la Marina del gobierno peninsular. Constituye el primer testimonio personal de la vida de Bello en Inglaterra, pues el resto de la correspondencia que indudablemente habrá escrito, en particular a Juan Germán Roscio, se ha perdido, acaso para siempre.

     Es de imaginarse el asombro de Bello en su primer año de permanencia en Londres: una gran metrópoli; grandes instituciones; un medio social que no podía haber adivinado desde Caracas; el trato con personalidades del mundo político aun en la condición de Secretario de la misión presidida por Bolívar, en entrevistas cuya fe redactó en las actas que conocemos; el encuentro con Miranda, el compatriota universal, en cuya biblioteca desplegó Bello todo su afán de nuevos conocimientos; todo ello habrá formado el conjunto de las impresiones primeras en una comunidad de tan diferentes caracteres. Los sentimientos y las memorias llevan su pensamiento hacia los suyos y alimentan la ilusión de la pronta reincorporación al hogar, donde los suyos debían pasar las incomodidades de tiempos tormentosos.

     Bello decidió trasladarse a Chile, país que le ofrecía seguridad para él y su familia. El destino señalaba el último rumbo al humanista de Caracas, al término de 19 años de estancia en Londres, en continua superación de los años de aprendizaje juveniles. Su prestigio se había consolidado con la obra llevada a cabo en sus días en Inglaterra, debido principalmente a sus escritos, en verso y en prosa, y a sus estudios ininterrumpidos sobre historia literaria, en los tesoros de manuscritos existentes en el Museo Británico, que le crearon justa fama de singular erudito en los hechos del lenguaje, desde sus primeras manifestaciones, y en el análisis de la forma y expresión de la poesía primitiva en la Edad Media de nuestra civilización. El respeto y consideración alcanzados en los medios de emigrados políticos peninsulares y americanos no se explicaría de otro modo. Que Blanco White, Bartolomé José Gallardo, Vicente Salvá, Antonio Puigblanch, entre otros españoles; y Antonio José de Irisarri, Vicente Rocafuerte, Fernández Madrid, José Joaquín de Olmedo, y tantos más entre sus compatriotas americanos, le distinguiesen con notable deferencia y admiración, no puede deberse a otra causa que a sus escritos, aparte la base de la solidaridad humana que fue rasgo visible en este período de exilio londinense.

     Seguramente se ha perdido una buena parte de lo que produjo Bello durante los primeros años de subsistencia en Londres, antes de que apareciesen las revistas que auspició la Sociedad de Americanos, constituida en 1823, integrada por Bello, García del Río, Luis López Méndez, Agustín Gutiérrez Moreno y Pedro Creutzer. Podemos juzgar de la laboriosidad infatigable de Bello, antes de esa fecha, a través de los cuadernos de notas tomadas sin duda en el British Museum, a lo largo de horas de concentración en lecturas e investigaciones que le proporcionaron una preparación excepcional para escribir los sesudos estudios sobre el origen de la rima asonante, o la versificación en lengua latina y griega, o el origen de las composiciones métricas y los problemas del ritmo, o las razones sobre la épica medieval, que le permitieron sentar cátedra frente a los mayores especialistas europeos en la materia. Asiduo concurrente a la gran biblioteca del Museo Británico, vería ensanchar el horizonte de conocimientos presentidos en Caracas, y fortalecer sus ideas para codearse con bibliógrafos y filólogos como Bartolomé José Gallardo, el más sabio conocedor en su tiempo de la literatura antigua española. Esta sólida formación de Bello dará un formidable apoyo a todo cuanto escriba luego sobre el idioma castellano.

     Es su principio fundamental: estudio y corrección.

     Su principal obra de creación fueron sus poemas, en los cuales aplicó una exigente labor de poda y perfeccionamiento. Basta examinar los Borradores de Poesía, incorporados en el volumen II de la edición de las Obras Completas (Caracas, 1962) para percatarse de la continua tarea de lima y enmienda hasta lograr la expresión deseada. Así las dos silvas -sus poemas mayores de este período-, constituyen el logro de sus mejores obras, fruto de una real inspiración, con la más delicada ambición poética. Pugnan en sus versos la fuerza de la añoranza, el amor a la suerte de sus compatriotas y el encandilamiento hacia «aquella naturaleza majestuosa del ecuador, tan digna de ser contemplada, estudiada y cantada», como afirma el propio Bello en el Juicio sobre las poesías de José María Heredia, en 1827. La inspiración del poeta ha cobrado universalidad, en proceso paralelo al de la ampliación de su visión de la cultura, en la evolución armónica de su madurez espiritual. Las ideas, enraizadas en sus meditaciones de Caracas, han ido alcanzando mayor amplitud, en la hermosa preparación de su saber, para brindarlo luego a manos llenas, después de su regreso al suelo americano.

     Invierte también tiempo de goce al traducir al castellano poesías de otras lenguas: Delille, Boyardo; clásicos latinos: Horacio, Tibulo, etc., signo de sus lecturas, de las cuales dará amplia muestra en la copiosa cosecha de notas críticas, con que llena la sección bibliográfica de las dos grandes revistas de Londres: La Biblioteca Americana (1823) y El Repertorio Americano (1826-1827). Trabajos de interpretación de obras de interés hacia América, que es la principal finalidad de sus comentarios.

     De sus investigaciones lingüísticas da también amplia muestra en sus colaboraciones en las citadas revistas. Son profundos esclarecimientos de temas de historia de la literatura y del lenguaje, que anuncian quién habría podido ser el pionero de la erudición filológica en la lengua castellana, si el retorno a América no hubiese señalado otro rumbo a su actividad literaria. Los nuevos estados, salidos de la lucha por la Independencia, requerían otro servicio al que Bello se plegó en sustitución de sus indagaciones filológicas. Así quedó relegado algún trabajo magistral, como el de la reconstrucción del Poema del Cid, que vio la luz póstumamente. Era más urgente e imperioso en América, definir, orientar y consolidar las nuevas sociedades emancipadas.

     Los años difíciles de la emigración en Londres fueron superados por la devoción al afán de saber, con que evitó Bello la desesperanza ante una terrible situación personal y las sombrías amenazas del futuro incierto, especialmente en los primeros tiempos de haber llegado a Londres. Poco a poco fue imponiéndose su valer y logró una estable medianía, con ocupaciones que le proporcionaron algunos cargos en los que pudo adquirir valiosas experiencias en la administración pública y particularmente en el campo de las relaciones internacionales, primero en la Legación de Chile y luego en la de la Gran Colombia, de la que llegó a ser Encargado de Negocios, por breve tiempo.

     La etapa londinense, de 19 años de residencia, significó para Bello la universalización de sus ideas; la comprensión razonada del hecho americano; una nueva visión de la obra civilizadora; una mayor capacidad y preparación para entregar su magisterio al continente, desde las tierras australes americanas. Su obra literaria ha adquirido perfección. Está en condiciones, cerca del medio siglo de edad, para ejercer con mano firme el magisterio que América esperaba. Hasta este momento, en 1829, no había publicado libro alguno, pero lleva en el alma un formidable acopio de saberes que ofrecerá desde Chile a las sociedades de las nuevas Repúblicas Americanas.

     Tal será la misión de Andrés Bello.

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