La docencia literaria
Acaso la sentencia de Bello, que mejor interpreta a mi sentir el trasfondo de su obra literaria esté
en esta expresión de su artículo Estudios sobre Virgilio (1826), en la que dice:
El hábito de pensar, unido a la necesidad de hacer uso de lo que se piensa,
conducen a perfeccionar el arte de dar fuerza a la palabra.
En verso y en prosa, Bello cuidó todo lo que nos ha dejado escrito sobre esta norma fundamental:
la de la fuerza de la palabra, para lograr la comunicación de sus temas poéticos o del discurrir en prosa.
Añádesele a ello la tácita majestad y la noble simplicidad, que comenta en la nota crítica a don
Nicasio Álvarez de Cienfuegos, y tendremos el sesgo definido del modo de escribir de Bello. Todo ello
con la claridad, «prenda la más esencial del lenguaje, y, por una fatalidad del castellano, la más
descuidada en todas las épocas de su literatura», conforman los principios a que se atuvo nuestro
humanista -en prosa y en verso- desde los mismos comienzos de su obra literaria. Censura el que con
excesiva frecuencia se haya abandonado «la sencilla, expresiva naturalidad de la antigua poesía
castellana», para hacerse demasiado artificial; y de puro elegante y remontada, perdió mucha parte de
la antigua facilidad y soltura, y acertó pocas veces a trasladar con vigor y pureza las emociones del
alma». De ahí que subraye con alegría en los Romances históricos del Duque de Rivas, «aquella
naturalidad amable, que parecía ya imposible de restaurar a la poesía seria castellana», o en las
Leyendas españolas de José Joaquín de Mora, donde «fluye casi siempre, como de una vena copiosa,
una bella poesía, que se desliza mansa y transparente, sin estruendo, y sin tropiezo, sin aquellos, de
puro artificiosos, cortes del metro, que anuncian pretensión y esfuerzo; y al mismo tiempo, sin aquella
perpetua simetría de ritmo que empalaga por su monotonía; todo es gracia, facilidad y ligereza».
Bello castiga su dicción, en prosa y en verso, para lograr sencillamente la exacta comunicación de
sus ideas o la interpretación de su concepción poética. En el verso, dotado del excepcional oído de
la cadencia y del ritmo, tan elogiado en Bello por don Tomás Navarro Tomás, logra cincelar sus
poemas con majestad, claridad y naturalidad. Aunque ya hemos citado el parecer de Bello en cuanto
a que las musas exigen del poeta más dedicación a tiempo completo, también afirma que ellas «no se
dejan desalojar tan fácilmente del corazón que una vez cautivaron, y que la naturaleza formó para sentir
y expresar sus gracias».
Así cultivó Bello la creación poética hasta el fin de sus días.
Ya en la trascendente circunstancia de inaugurar la Universidad de Chile, en 1843, había sintetizado
Bello, en pocas palabras, cuál era su credo literario, después de haber invocado la sentencia de
Goethe: «Es preciso que el arte sea la regla de la imaginación y la transforme en poesía».
Y añadía: «¡El arte! Al oír esta palabra, aunque tomada de los labios mismos de Goethe, habrá
algunos que me coloquen entre los partidarios de las reglas convencionales, que usurparon mucho
tiempo ese nombre. Protesto solemnemente contra semejante aserción; y no creo que mis antecedentes
la justifiquen. Yo no encuentro el arte en los preceptos estériles de la escuela, en las inexorables
unidades, en la muralla de bronce entre los diferentes estilos y géneros, en las cadenas con que se ha
querido aprisionar el poeta a nombre de Aristóteles y Horacio, y atribuyéndoles a veces lo que jamás
pensaron. Pero creo que hay un arte fundamental en las relaciones impalpables, etéreas, de la belleza
ideal; relaciones delicadas, pero accesibles a la mirada de lince del genio competentemente preparado;
creo que hay un arte que guía a la imaginación en sus más fogosos transportes; creo que sin este arte
la fantasía, en vez de encarnar en sus obras el tipo de lo bello, aborta esfinges, creaciones enigmáticas
y monstruosas. Esta es mi fe literaria. Libertad en todo; pero yo no veo libertad, sino embriaguez
licenciosa, en las orgías de la imaginación».
Tales son los conceptos básicos con que Bello elabora sus propias creaciones. Con los mismos
piensa y escribe sus notas de crítica a una extensa gama de obras ajenas, en ejecución de su labor
magisterial para la formación del gusto de sus contemporáneos, y, al mismo tiempo, como consejo
admonitor para las nuevas generaciones de hombres de letras. Su autoridad le confirió en Chile un
elevado puesto de maestro, en el cual tuvo que sufrir algunos embates, como el que le enrostró
Domingo Faustino Sarmiento, en acto de fogosa arremetida, del que más tarde se arrepintió
noblemente. No es otra la causa de la famosa y mal traída polémica entre dos personalidades
eminentes, pero en lógica discrepancia de interpretación literaria en determinado momento. No pasó
de ahí.
Pero además, no debemos olvidar que Bello requería a todo escritor, el método de corrección y
estudio, al que nos hemos referido anteriormente. En el estudio del idioma ponía el mayor énfasis: «El
estado lastimoso de corrupción en que va cayendo entre nosotros la lengua nativa, no podrá
remediarse sino por la lectura de las buenas obras castellanas. Multiplíquense cuanto se quiera las
clases de gramática: ellas darán a lo sumo, un lenguaje gramaticalmente correcto; y en conciencia
debemos decir que no han producido ni aun ese resultado hasta el día. ¿Pero darán la posesión del
idioma? ¿podrán suministrarnos el acopio necesario de palabras y frases expresivas, pintorescas, de
que tanto abunda? Para adquirir este conocimiento la lectura frecuente de los buenos escritores es
indispensable». Y recomienda con ahínco que se utilice la colección de la Biblioteca de Autores
Españoles, que su amigo Rivadeneyra, antiguo impresor en Valparaíso, había emprendido en España
con el afán de dar a conocer a todos los pueblos castellanos en ediciones esmeradas, los clásicos
españoles de que se carecía hasta el momento.
Pensamiento, reflexión y lenguaje, trípode en que asienta Bello la educación de la persona humana.
En el lenguaje asevera: «no abogaré jamás por un purismo exagerado que condena todo lo nuevo»...
«la multitud de ideas nuevas, que pasan diariamente del comercio literario a la circulación general, exige
voces nuevas que las representen». Lo mismo repetirá cuatro años más tarde en el «Prólogo» a su
Gramática: «... no es un purismo supersticioso lo que me atrevo a recomendarles. El adelantamiento
prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual, y las revoluciones
políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas; y la introducción de vocablos
flamantes, tomados de las lenguas antiguas y extranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es
manifiestamente innecesaria, o cuando no descubre la afectación y mal gusto de los que piensan
engalanar así lo que escriben».
Estilo, escuelas y lenguaje, son los principales aspectos de su obra literaria en prosa y en verso, de
lo que he querido dar algunas señales. De los profundos estudios acerca de los primitivos monumentos
de la literatura y sus formas de expresión en prosa y en verso, podemos deducir la excepcional
preparación que obtuvo Bello, principalmente en los años de residencia en Londres.