Página principal     Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes  

Andrés Bello  -> Su obra  -> La estatura intelectual de Andrés Bello

La estatura intelectual de Andrés Bello


     Bello sintió desde su mocedad la revelación de la belleza literaria y se dejó seducir muy tempranamente por el ensayo de sus propias composiciones en verso, tanto como por la tentación de refundir en expresiones personales lo que aprendía deliciosamente de los clásicos latinos, poetizándolos en el lenguaje estudiado y admirado en los grandes escritores de los siglos de oro de las letras castellanas. A los veinte años había logrado prestigio cierto entre sus contemporáneos, en la Caracas de los años de traspaso del siglo XVIII al XIX. La personalidad prometedora del joven Bello mereció aprecio y consideración de la gente más culta de su tiempo. Aquellos notables varones que integrarán la generación de la independencia reconocieron las dotes de Bello y le brindaron amistad y trato de alta deferencia.

     La continuidad de su obra literaria, las iniciativas de empresas como la revista El Lucero o el Calendario Manual, y el feliz acierto en los cargos de responsabilidad que le tocó desempeñar en los años postrimeros de la Colonia en Venezuela van acrecentándole el respeto y estimación de sus coetáneos hasta el momento del gran cambio político que se inicia el 19 de abril de 1810, al formarse la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, expresión de autonomía que conduciría, naturalmente, a la Declaración de Independencia el 5 de julio de 1811.

     Los hombres del 19 de abril veían, sin duda, a Bello como una esperanza para la comunidad nacional: joven cultor de las letras, estudioso del lenguaje, buen latinista, conocedor del francés y del inglés, experimentado en tareas de administración pública, circunspecto, serio, de carácter esquivo por introvertido, pero entusiasta por todo lo que se relacionaba con la cultura y las acciones públicas en la ciudad de Caracas. Cuando Bolívar y López Méndez son designados para la misión diplomática ante el gobierno de la Gran Bretaña es lógico que pensaran en la cooperación de Bello, y así la solicitaron de Juan Germán Roscio, a la sazón Secretario de Relaciones Exteriores de la junta de Caracas. La partida hacia Londres, con la subsiguiente permanencia por diez y nueve años en la capital inglesa, será un hecho trascendental en la vida de Andrés Bello. Para la evolución de su pensamiento, el período de estudio en Londres y las reflexiones hacia América desde tan importante atalaya del mundo liberal son definitorios del destino de Bello.

     La obra literaria que nos brinda desde Inglaterra nos presenta ya rasgos distintos de lo que había producido en Caracas. Por una parte, la madurez que dan los años y el desarrollo poderoso de sus meditaciones; y, por otra, la maestría en el estro personal, tanto como la considerable ampliación de horizonte en sus inspiraciones. La vía de perfeccionamiento del primer descubrimiento de la belleza literaria en sus días de Caracas, es visible en el lenguaje, que logra expresión peculiarísima, tanto como en la fuerza de los temas de toda su poesía y de su prosa, con lo cual logra cincelar sus versos con rigor y fluidez, y anima sus juicios y sus investigaciones con nuevos objetivos críticos.

     El estudio y la corrección han impulsado un progreso evidente a las inquietudes juveniles. Se perfila el futuro maestro del continente en todo cuanto escribe desde la capital inglesa. El distinto panorama de sus lecturas, el trato con personas de otras latitudes y el mayor fondo de cultura que Londres le proporciona, dan otro sentido y diferente calidad a su obra literaria. Las primeras producciones de Bello, en Caracas, son escarceos de valor personal, casi íntimo, como ejercicios de principiante enamorado de la poesía, en tanto que la obra en su tiempo de Inglaterra cobra mayor alcance, mayor perfección y más ambición literaria. Es ya un gran poeta, que habla para un continente. Del mismo modo, aparece en sus prosas, al lado del placer de la investigación, el propósito educador hacia sus compatriotas americanos, con plena maestría y autoridad. Tal es el sentido entrañable de todo cuanto publica en la Biblioteca Americana y en El Repertorio Americano. Ha adquirido ya su tarea literaria la dimensión última, que no abandonará jamás en los años posteriores: la educación de sus hermanos de América.

     Desde su arribo a Chile, todo lo que escribe contiene este carácter esencial de su obra literaria, pero le añade otro rasgo: el tener conciencia del valor de acción social de las letras, como medio formador de los pueblos americanos, constituidos en Repúblicas independientes. La primera revelación literaria de sus días caraqueños, que fue su goce personal en los días mozos, convertida en mensaje a sus compatriotas en su etapa londinense, será ahora, principalmente, el medio e instrumento más adecuado para la formación del gusto en la comunidad chilena y la base para la educación de las personas y el fortalecimiento de la moral. Sin que desaparezca el placer de la creación literaria en el alma de Bello, predomina, con pleno convencimiento, el propósito de participar en la consolidación y mejoramiento de las nuevas sociedades.

     Armado Andrés Bello de una profunda fe en la civilización, mediante la educación de los pueblos, mantiene constantemente en todos sus escritos, en Chile, estos mismos principios sobre la dedicación e incremento del estudio y cultivo de las ciencias y las letras, persuadido de que los frutos que han de lograrse conducen a lo que llama «adelantamientos en todas las líneas», en las que comprende «sin duda los más importantes a la dicha del género humano, los adelantamientos en el orden moral y político». Se opone Bello, decididamente, a la opinión de quienes sostienen que podría ser peligroso «bajo un punto de vista moral, o bajo un punto de vista político» el desarrollo de las ciencias y las letras.

     Con la tarea paciente, sistemática, con admirable distribución de su tiempo, todos los días, Bello entregará hasta el fin de sus días, la obra de enseñanza que le ha dado la estatura extraordinaria de educador de repúblicas, al dar forma y contenido a una pluralidad de materias que hoy nos asombra por su diversidad y por su profundidad, hasta configurar la personalidad del mayor humanista-polígrafo en la historia del Continente americano. Cree en el porvenir de la civilización en esta parte de la tierra, como aporte valioso al concierto de las naciones cultas.

     He aquí su profecía, de 1836:

La América desempeñará en el mundo el papel distinguido a que le llaman la grande extensión de su territorio, las preciosas y variadas producciones de su suelo, y tantos elementos de prosperidad que encierra.

     Es la misma pasión y es idéntico concepto de lo que había estampado en 1810, en el Resumen de la Historia de Venezuela, reducido a un menor ámbito geográfico:

La Provincia de Venezuela debe elevarse al rango que la naturaleza le destina en la América.

     A ello contribuyó con su obra literaria, que no es más que una parte de su acción de educador.

Página mantenida por el Taller Digital Marco legal Página principal Enviar correo