Tamaño natural
Juan Cobos
Han pasado diez años desde los esplendores de El verdugo, en los que Berlanga, bajo contrato
con Cesáreo González, sólo ha hecho dos películas: una en Argentina, La boutique, y otra en España,
Vivan los novios. Si las comparamos con sus otras obras de los años sesenta, se podría decir que ha
perdido el estado de gracia que había alcanzado en su etapa con Rafael Azcona y, sin embargo, ambos
acometen una trilogía que temáticamente tiene un profundo calado: la sumisión del hombre ante la
fuerza arrolladora, destructora para él, de la mujer. Desaparecen como motor de las historias
circunstancias económicas que pesan como una losa sobre las vidas de sus protagonistas, y el hombre
queda frente a frente a su eterna antagonista. Es una introspección en el desamparo de los seres que
dispara a la misma línea de flotación del feminismo, cuando el público femenino era y es el más
determinante del éxito de una película. Ahora sí que Berlanga y Azcona se ponen serios y dejan aflorar
su preocupación más honda, la incomunicación con la pareja, deseada y temida. Lejos del concepto
machista de la compañera débil a la que se protege y guía, se defiende que la mujer es el ser fuerte, el
que modela y guía la vida del hombre. Se atreven a desafiar la mano que les da de comer, porque
saben bien que en esto, como en tantas otras cosas, el hombre cree que elige pero es la mujer, en la
inmensa mayoría de los casos, la que dice qué película van a ver. ¿Es extraño, pues, que esta trilogía
sin piedad sea condenada al fracaso de público? Por ende, salvo en el caso de Roberto Beban en La
boutique -y ahí radica uno de sus fallos-, los protagonistas no son ídolos, ejemplares masculinos con
los que las mujeres puedan sentir cosquilleo alguno. Pensemos que las tres historias están escritas para
un actor sin planta de galán, condenado por su físico a ser personaje de segundo plano, al que su
talento ha llevado a ser protagonista: José Luis López Vázquez; pero en Tamaño natural, como antes
en El pisito, en su faceta de absoluta normalidad y no de cómico gesticulante metido en aventuras
intrascendentes, como le han querido la mayoría de los directores, salvo los dos mencionados y Carlos
Saura. O sea, en esta trilogía se pretende, desde el inicio, hacer un cine basado en la calidad del guión,
renunciar a los temas polémicos que dominaban la vida de los años sesenta y enajenarse la simpatía
del sector más influyente del público. Era una misión suicida, a la que en nada acompañan las
condiciones ambientales, y en la que sus autores, adentrados por un terreno novedoso y con pocos
referentes, han cometido su porción de errores.
De esas tres películas, Tamaño natural, rodada aún en los años finales y patéticos del franquismo,
es la que encierra una mayor carga de profundidad y la que muestra de forma palmaria la condición
miserable del hombre en la sociedad. Azcona y Berlanga tienen buen cuidado en no atribuir esto a
condicionamientos económicos. La profesión de Michel es muy lucrativa, precisamente por esa
conquista de la belleza exterior que la mujer impone en la sociedad. Los futuros yuppies, cuando las
madres añoraban tener hijos que se casaran con Barbie, han de tener dentadura perfecta, no solamente
sana, para que de esa forma su estupidez estereotipada sea más patente y su banalidad resalte con sus
clientes, que tienen la homogeneidad de un coro del Radio City Music Hall en Navidad. Descartados
los móviles económicos, a Michel le queda un hogar con una mujer que nada le dice ni le atrae,
aventuras igualmente insatisfactorias y su imaginación, que quiere escapar de esta rutina de la alta
burguesía que tendrá su versión canallesca en el mundo de los emigrantes, más directo, más brutal y
desde luego más machista en el peor sentido. Aquí domina el lado soez y braguetario del sexo. Frente
a las prédicas de todo tipo, frente al peso de tanta reivindicación, Azcona y Berlanga ponen el dedo
en una herida abierta que nos negamos a admitir: los sexos no tienen mucho en común, el amor es algo
pasajero y la felicidad es una entelequia, una especie de droga que nos administramos para seguir
viviendo. ¿Es extraño que con este pesimismo atroz la película no tenga éxito, no sea admitida en
sociedad y hasta sea ferozmente rechazada por el mundo femenino? Sin embargo, más de veinte años
después la película es de una modernidad total y permite ver que el análisis de sus autores fue de una
clarividencia absoluta. Progresan las parejas en cualquier combinación humana imaginable, pero se
mantiene, por lo que puede verse en nuestro entorno, la feroz incomprensión de sus componentes,
aunque la sociedad trate hipócritamente de negarlo y vuelva la cabeza hacia otro lado. Terrible y
reveladora película, que clava su bisturí en lo más hondo. Queda lejos el Berlanga risueño. Y el humor
de Azcona no es ni siquiera negro. Es que el humor ha sido barrido por la terrible realidad.
Fuimos testigos de su rodaje y también víctimas de su impopularidad, que nos desanimó para dar
forma a los cientos de cuartillas con el seguimiento día a día de todo el proceso del film. Nos quedan,
al volver a ver la película, las impresiones vivas de unas semanas apasionantes donde fuimos testigos
del quehacer diario de Berlanga modelando sus escenas, moviendo a sus personajes en los momentos
corales y conduciendo a un Michel Piccoli lleno de matices por el difícil personaje que Azcona y
Berlanga habían creado. Una historia enloquecida de amor donde un hombre habla, desea, amonesta,
castiga, odia y ama a una muñeca que el director nos lleva a tomar a veces por un ser vivo. El enorme
dominio del montaje que siempre tuvo Berlanga se aplica aquí a esta película donde casi siempre hay
sólo dos seres en pantalla, aunque el director juegue con precisión la alternancia de los pocos
momentos en que da entrada a las escenas de alivio de esa agobiante historia de un hombre que se
desprende de la sociedad y de sus supuestas ventajas y se encierra en un mundo obsesivo donde su
muñeca se convierte en un ser vivo, sin dejar de ser un objeto inanimado.
La práctica de ver a diario las tomas positivadas del trabajo del día anterior hace que uno recuerde
lo que no ha quedado en la película; pero dado el carácter del film, donde más metraje falta respecto
a lo rodado es en la irrupción de los emigrantes, primero en el piso y luego en el barracón donde
habitan. En el delirio de ciertos momentos, Berlanga permitió a sus aparentemente desmadrados
figurantes y actores excesos que luego encauzó con sobriedad en el montaje. Film complicado y difícil,
pero incomprendido e insuficientemente valorado, Tamaño natural está rodado con un rigor interno
que Berlanga aparentaba no perseguir. Todo está rodado en interiores naturales de Madrid y Sitges,
que han de aparentar ambientes franceses porque es en Francia donde sucede la acción, como nos
muestran los dos viajes en coche de Piccoli con la muñeca embalada y la muñeca deshonrada.
Quizá ha llegado el momento de intentar ver con otros ojos esta obra capital salida de lo más íntimo
de Azcona y de Berlanga, puede que la más personal que han hecho nunca y, a nuestro juicio, la más
adelantada a su tiempo, una película que mira, desde muy atrás, a los conflictos del hombre y la mujer
en el siglo XXI. La muñeca que flota y el hombre que perece permiten una reflexión de mayores vuelos
que la que suele hacer el espectador, y en este caso más aún la espectadora, al terminar una película.