ABC, Madrid, 14 de noviembre de 1999
Rafael Azcona: «La única vez que pensé fue sobre el cosmos y me caí redondo al suelo».
Rafael Azcona es, además de un espléndido escritor, uno de los mejores guionistas del cine
europeo, y un nombre indispensable dentro de la historia del cine español. Llegó al cine por azar
y ya ha escrito más de 80 películas. Premio Nacional de Cine, Goya de Honor, Medalla de oro
de las Bellas Artes... Ha trabajado con Berlanga, Ferreri, Saura, Trueba, Cuerda o García
Sánchez. Sin embargo, este envidiable historial se queda corto ante su sola presencia, ante la
exquisita educación de que hace gala y la generosidad de sus palabras para con los demás.
Azcona saca a la luz estos días Estrafalario (Alfaguara), un libro con tres relatos compuesto
por Los muertos no se tocan, nene, que nunca se llevó al cine por problemas con la censura; El
pisito y El cochecito, filmados por Marco Ferreri.
-¿No cree que ser un personaje poco dado a las entrevistas y a los actos sociales le ha
proporcionado una imagen un tanto desconcertante?
-Es mi manera de ser. Soy reservado e independiente. Cuando leo las cosas tan cariñosas y
buenas que se escriben sobre mí, me parecen exageradas. El prólogo que ha hecho Josefina
Aldecoa en mi libro es de una generosidad impresionante.
Al hablar de los años cincuenta suele definirlos como de desolación nacional, aislamiento y
vacío. ¿Se puede trasladar todo eso a la época actual?
-No se puede eliminar el entorno y éste ha cambiado por completo. El recuerdo que tengo es
el que refleja Juan Benet en Madrid, años 50, que describe el frío que hacía entonces en esta
ciudad. Cruzar desde el Cine Coliseum al Edificio España era toda una prueba. Entonces
estábamos informados por el NO-DO. Dejando a un lado la política, porque hoy no soy quién y
antes no se podía, España era un país estrafalario, por eso he titulado el libro así. En la calle
Toledo había unos trajes que tenían una apertura en la región perineal, con un anuncio que decía:
«Trajes para paralíticos» ¡Qué horrible! Carandell ha publicado que en el Madrid popular había
un escaparate que decía: «¡Qué locura, bragas a cinco pesetas!» Ahora los escaparates no son así.
La calle no era tan alegre como ahora. ¿Cómo es posible que en un país en el que no había
desodorante, tuvieras que ir al cine con chaqueta y corbata en pleno verano, que toda España
tuviera los calcetines llenos de tomates, de tal manera que de tanto bajárnoslos para que no se
viera el roto desaparecían dentro del zapato... Cuando me despierto por la mañana estoy tan
contento descubriendo que estoy vivo, que me siento muy feliz.
-Pasa por ser un personaje tremendamente lúcido. ¿La lucidez es un regalo de la naturaleza
de la misma manera que hay personas que nacen con buena voz o con dotes para la pintura?
-No lo sé. Al menos me gustaría ser lúcido. De lo que estoy convencido es de que lo difícil
en la vida es ser sincero, pero en la pretensión de serlo ya hay una trampa. Así que tampoco estoy
seguro de esto. No sé si eso será lucidez. Me gusta la gente, me apasiona. He pasado horas y
horas sentado en las terrazas observando, sin hacer nada. Azorín decía que a cada ciudad que iba
visitaba los mercados y el cementerio, porque le daba una idea de la gente del lugar. En los cafés
no hay que ser lúcido para escuchar cosas estremecedoras. Recuerdo a un señor muy mayor que
tosía mucho. Iba con una señorita que, posiblemente, era su amante y ella le decía: «Tú tose, tose,
que un día te me mueres y no hay nada puesto a mi nombre» Esas cosas sólo se pueden decir
delante del confesor o del notario.
-Tiene fama de tener un corrosivo sentido del humor.
-Será porque no tengo una base cultural sólida como para permitirme el lujo de ser serio.
Tampoco tengo un sistema preconcebido de ideas. Por lo tanto, lo que más me ha servido es ser
un lector impenitente y mirar lo que pasaba a mi alrededor. He contado en alguna ocasión que
sólo pensé en serio una vez en mi vida y me caí al suelo. En Ibiza, en los años 50, había una cosa
maravillosa, las bicicletas. Como se partía del supuesto de que nadie se llevaba una bicicleta de
una isla, la persona que la necesitaba la cogía de donde fuera y luego venía otro y hacía otro tanto
de lo mismo. Un día volvía a casa a medianoche en una de esas bicis y vi un montón de estrellas
fugaces. Me paré, intenté comprender el fenómeno, pensar seriamente, plantearme el problema
del cosmos... y me caí redondo al suelo.
-¿No cree que algunos de sus personajes son más tiernos que patéticos y absurdos?
-El cineasta José Luis García Sánchez dice que son como las sardinas que intentan defenderse
de los tiburones. El débil, de no ser que se entregue como un cordero, trata de defenderse.
Literariamente hablando, ese personaje es rico porque no hay una mecánica de buenos y malos.
A esos personajes tienes que darles el derecho a defenderse, a llevarse un bocadito por pequeño
que sea. Lo patético, más que las situaciones extremas, es cuando nos damos importancia. Por
ejemplo, en los años 50 era patética la gente de posición desahogada que tenía en casa una
caldera de calefacción y no la encendía porque era caro. La gente iba a los cafés ya que en las
casas no se podía estar y allí había calor animal y se estaba estupendamente. Además había cosas
para sentarse. Las sillas o los tresillos no se utilizaban por temor a estropearlos.
-Después de obtener importantes éxitos con Marco Ferreri, ambos cortaron por lo sano. ¿Qué
provocó la ruptura?
-Llegó un día en el que no pude seguirle. En un momento determinado de su carrera pasó a
interesarse por otro tipo de cosas, como el destino de la mujer en la sociedad. Eran cosas que me
interesaban pero de las que no tenía nada que decir. Marco rueda situaciones, no historias. Elige
dos personajes y hace una película, y barata. Le tengo un gran cariño. Es brillante y divertido. En
cierta ocasión nos contrataron en Canarias y al productor le falló todo. No teníamos dinero para
volver y nos quedamos varios meses. Las cosas se le pusieron tan mal a aquel señor que fueron
a su casa a embargarle. Bueno, pues Ferreri vendió a un agente judicial algunos de aquellos
objetos que iba a embargar. No me diga que no tenía un talento especial. Con Berlanga me pasó
lo mismo. Le dije que si no era mejor que ambos trabajáramos con gente más joven. No hubo
ninguna ruptura. Era de sentido común. Las películas son de los directores. Me causa pasmo
cómo los críticos de cine saben cómo es el guión de una película viendo la película. Siempre he
dicho que es más literaria una película que un guión, porque el guión como género literario no
existe. Es dificilísimo de leer y cuanto más literario, es peor. El director es el que coloca los
adjetivos en el cine. Se trata de la manera de mirar, de la luz, de elegir a actrices como Penélope
Cruz y sacar sus mejores matices. Lo primero que entendí al entrar en este mundo es que no tenía
que tener amor propio. Estoy al servicio del director.
-Qué humildad la suya, ¿no?
-No, me temo que se trata de una soberbia enorme.
-¿Cuáles fueron los problemas con la censura de Los muertos no se tocan, nene?
-Presentamos una especie de guión esquemático. Si la censura decía que no, se daba por
hecho, ya que era normal que ocurrieran cosas así. Se trataba de no buscarle las cosquillas al
censor. Ellos, ante la duda, prohibían, incluso cosas inocentes o cándidas. La consecuencia fue
la autocensura, que era mucho peor. Lo que he publicado ahora contiene algunos pequeños
atrevimientos que en su momento pudieron ser condenables. El realismo está muy desprestigiado,
pero como dice Woody Allen: «Sí, si eso del realismo es horrible, pero cuando uno quiere un
solomillo tiene que volver a la realidad. Fuera de ella, no hay solomillos».
-¿Se podría rodar ahora?
-No, ahora no hay velatorios, hay tanatorios. Habría que hacer algo sobre los tanatorios. En
ellos hay noches fantásticas, con flamenco, borrachera y palmas. Entonces era en las casas y todo
bastante siniestro. Al menos durante un rato, porque a las tres de la madrugada estaban contando
chistes. Incluso se colaba algún que otro pobre a comer. Ahora tampoco hay pobres, te venden
kleenex o te limpian el parabrisas, que es una contraprestación. Hoy se pide con gran elegancia.
JOSÉ EDUARDO ARENAS