¡Hollywood, Hollywood!
Rafael Azcona
Fue a mediados de los cincuenta cuando el cine entró en mi vida de la mano de Marco Ferreri.
Hasta entonces yo había entrado en los cines, claro, pero poco, sin duda escarmentado por mis
experiencias de espectador infantil y adolescente: era muy duro volver a la dura y cruda realidad
de mi provincia después de haber soñado otras vidas en el maravilloso imperio americano, y el
contraste me producía tales crisis de deprimente melancolía que, puesto a soñar, prefería leer a
don Pío Baroja, con quien, aparte de reconciliarme con mi destino, pasaba unos ratos buenísimos.
De manera que, quitando El signo de la cruz, espantosa hagiografía a la que me llevó mi madre
abusando de la indefensión de mis pocos años, de ¡Ora Ponciano!, delirante biografía de un
torero mexicano con bigote a la que me condujo la afición taurina de mi padre, y de Casablanca,
fabulosa fábula a la que me arrastró la persecución del objeto de un amor no correspondido, lo
cierto es que las películas que yo había visto por mi propia voluntad cuando Ferreri llegó a
España se podían contar con muy escasos dedos.
El caso es que Marco leyó un librito que yo había escrito -era la historia de un velatorio, Los
muertos no se tocan, nene, se titulaba- y decidió que allí había una película. No la hubo, porque
la censura la prohibió en agraz, pero deslumbrado por aquel milanés que me hablaba de un cine
en el que, al contrario que en el americano, cuando un hombre le silbaba a una mujer en lugar de
acudir la mujer acudía un perro, que además le mordía, y el espectador se moría de risa hasta que
se daba cuenta de que se estaba riendo de sí mismo, me dediqué a escribir historias en las que la
acción iba en una columna y los diálogos en otra, con la pretensión de que leyendo únicamente
los diálogos, de la historia no se entendiera absolutamente nada.
Marco me había prometido hacerme rico a corto plazo con el sistema de las dos columnas,
pero como durante meses y meses no vi ni una peseta, un día le pedí destempladamente que se
olvidara de mí, él me soltó lo de va f'an culo, y durante algún tiempo seguimos insultándonos
cuando nos cruzábamos por la calle, justo hasta el atardecer en que me llamó por teléfono para
decirme que al día siguiente debía presentarme en el aeropuerto de Barajas a las seis y media de
la mañana para tomar un avión que nos llevaría a las Islas Canarias contratados para escribir y
rodar allí un documental de largometraje; como yo en aquel tiempo trasnochaba y no tenía
despertador, la única objeción que puse fue esa, que no me iba a despertar a tiempo; sin que le
temblara la voz, Marco decidió que hiciera la maleta y me fuera inmediatamente a dormir al
Castellana Hilton; pagaba el productor, me dijo.
Cuando yo llegué a la suite de nuestro mecenas, un jocundo y ensotanado octogenario
bendecía los pollos fríos y el champaña francés que estaban a punto de zamparse la docena de
alegres y desenfadadas chicas que rodeaban a Ferreri y al productor, otro italiano, éste romano,
que según pude colegir había dado en la extraña manía de convertir en mitad del Atlántico las
plataneras de su esposa en unos estudios de cine; puesto a bendecir, el cura, que se acababa de
jubilar en una parroquia tinerfeña y volvía a su tierra natal, el País Vasco, bendijo nuestro
proyecto, bendijo a las chicas y hasta me bendijo a mí, que ya le había metido mano a los pollos.
No a las chicas, porque estaba claro que ellas eran patrimonio exclusivo de nuestro anfitrión y
yo nunca he mordido la mano que me da de comer, pero esto no significa que no me sintiera ya
en Hollywood o, por lo menos, en una de sus sucursales.
El vuelo fue todo lo feliz que podía ser un vuelo en el que el ruido de los motores impedía
cualquier intento de comunicación, y así no pude enterarme de cuáles eran las condiciones de mi
contrato; luego, ya instalados en nuestro alojamiento, apenas hice una tímida alusión a la cosa
contractual Ferreri se subió por las paredes: ¿Cómo? ¿No me había puesto morado de Dom
Perignon? ¿No había dormido en el Hilton? ¿No había viajado por primera vez, y en primera, en
avión? ¿No estaba alojado en una lujosa residencia? ¿No iba a conocer el vergel de belleza sin
par que cantaba el famoso pasodoble? Y todo eso, ¿no me lo estaba dando el cine? Reduje mis
pretensiones: ¿Y dinero de bolsillo? Ahora, en lugar de indignarse, Ferreri se extrañó: pero, en
Madrid, ¿me daba alguien dinero de bolsillo? Además, ¿no sabía yo que gracias a las ventajas
fiscales del puerto franco, en Canarias el tabaco, el whisky, los electrodomésticos e incluso los
automóviles se vendían a precios irrisorios? ¿Para qué quería dinero de bolsillo? Enmudecí,
claro.
Los estudios de nuestro productor estaban en construcción: el hombre ya había rodado en
aquella nave industrial una película de esas con chica ciega que recobra la vista después de pasar
mucho rato en el quirófano, pero aparte unos andamiajes, unos forillos fotográficos y unas viejas
lámparas, lo único utilizable eran los espléndidos sanitarios de los camerinos y de la sección de
maquillaje.
Pocas ocasiones tuvimos de utilizarlos, pero mi billete de vuelta a la Península, ahora en barco
y en tercera, se pagó con parte de lo que se obtuvo con su venta: nuestro productor entró en
quiebra sin darnos tiempos ni de subir al Teide, y desmantelada la nave, aquellos monumentales
lavabos, suntuosos inodoros y confortables bidés fueron vendidos a precio de saldo en un barrio
de chabolas que, naturalmente, carecía de agua corriente.
Estaba claro: yo no había nacido para el cine de Hollywood.