Diario de Navarra, 20 de noviembre de 1999
Rafael Azcona, escritor y guionista de cine: «Escribo guiones porque me resultan más
cómodos que las novelas».
En el mundo del cine el nombre de Rafael Azcona se pronuncia con cariño hacia su persona
y con admiración hacia su obra. Decenas de guiones han salido de su pluma primero y de su
ordenador en la actualidad, porque ha trabajado y sigue colaborando con los mejores directores
de cine que hemos tenido en España y también con los grandes de otros países. Ahora se divulgan
tres de sus primeras narraciones en un libro que lleva por título Estrafalario.
Rafael Azcona (Logroño, 1926) quiso ser poeta y también novelista, pero al ser descubiertos
sus relatos por el director de cine Marco Ferreri entró en un terreno en el que definitivamente se
quedó para siempre. Para éste escribió el guión de El pisito y El cochecito, pero después vinieron
los encargos de otros textos que darían pie a espléndidas películas, como Plácido, El verdugo,
La escopeta nacional o La vaquilla con Luis García Berlanga; El jardín de las delicias y La
prima Angélica, con Carlos Saura; La corte de faraón y Pasodoble, con José Luis García
Sánchez; El año de las luces y Belle époque, con Fernando Trueba...
Carencias de un tiempo
En la editorial Alfaguara se han acordado de las primeras narraciones que escribió y han
sacado un volumen -al que posiblemente seguirán otros- que contiene tres de sus primeros
relatos. En Estrafalario se incluyen Los muertos no se tocan, nene, El pisito y El cochecito, que
nos permiten formarnos una idea muy sugestiva sobre los valores de aquel joven narrador. El
autor afirma que se trata del retrato de una época que afortunadamente desapareció y que queda
muy poco de la miseria moral que entonces imperaba. Nosotros hemos encontrado esa imagen
ya periclitada, pero también la capacidad de un escritor para dar vida a unos personajes y poner
de relieve las carencias de aquel tiempo.
-¿Cómo le han convencido para que publicara este libro?
-Sin falsas modestias te diré que me habían hablado de reeditar estos textos, pero siempre
había dicho que no. Ha sido el editor Juan Cruz, que es un individuo insistente, el que me lo ha
dicho tantas veces que al final lo ha conseguido.
-Estas historias de sus comienzos, ¿son especialmente queridas por usted?
-¿Cómo voy a renegar de nada? Mi patrimonio es tan pequeño que no puedo prescindir de
nada de lo que he hecho. Cuando aparecieron estos relatos en una colección de humor, fueron
vistos por Ferreri, que quiso llevarlos al cine, y así fue, con excepción de Los muertos no se
tocan, nene, que fue prohibida por la censura. Fue Ferreri el que me dijo que, antes de
convertirlos en guión, los alargara y los desarrollara como si no fueran para una colección de
humor. Y eso es lo que hice.
-Muchas veces se dice que en las primeras obras de un escritor están todos los temas que
después irá tocando.¿Es lo que le ha ocurrido a usted?
-No sé, pero es posible que sí. Ahora que los tengo más frescos, podría decir que si no son los
mismos temas, tal vez sean muy parecidos. El mundo, el talante, la visión que sostengo, incluso
en historias que no tienen que ver con éstas pueden ser semejantes, aunque yo no he escrito
mucho, puede que todo se reduzca a media docena de cosas. Pero cuando entré en el cine me
despedí de esta actividad. Estos libros ni siquiera los había releído desde entonces y quizás sin
darme cuenta aquí estaban algunas de las cuestiones que después aparecen en algunas películas
posteriores. Pero no en todas, porque en el cine no soy yo quien propone los temas, porque
vienen de otros o los comparto con los directores.
-De su obra se ha dicho que tiene unas actitudes y unos temas que se repiten. Por ejemplo,
el humor, la acidez, lo poco que somos y lo mucho que presumimos, un tratamiento peculiar del
sexo...
-Es mucho decir que yo voy en esa línea, pero en el fondo me siento halagado por todo ello.
Efectivamente, se ha dicho muchas veces que hay acidez, amargura... no sé, yo no acabo de verlo.
En lo que yo cuento no hay intención de caer en el sarcasmo. Es verdad, en cambio, que me da
risa el hombre cuando se pone estupendo. Somos una gran cosa, sin duda, pero no es para tanto.
-Sus novelas no estaban mal. ¿Por qué dejó de escribirlas?
-Porque cuando entré en el mundo del cine quizás no tenía una gran confianza en las
posibilidades que me ofrecía ese campo y allí descubrí que era más fácil escribir guiones que
novelas. En las narraciones tienes que reproducir los diálogos, describir los estados de ánimo,
indicar las localizaciones, contar cómo son las personas. En el cine es mucho más sencillo. Nada
de describir la puesta de sol o la llegada de la oscuridad. Poner «Anochece» y ya está, porque son
los técnicos los que se encargan de mostrarlo ante los espectadores. Si tú en una novela escribes
«silla», la duquesa de Alba imaginará que es una silla de estilo, mientras que un chabolista la verá
de anea y cojitranca; en el cine, en cambio, ven inmediatamente la que les ofrecen. Por tanto,
mientras en la novela los adjetivos los pone el espectador, en el cine es el director el encargado
de eso. Así que escribo guiones porque me resultan más cómodos que las novelas.
-En su actitud parece que hay algo de gandulería.
-Yo mismo lo digo. Pero, como no tengo medios de fortuna, no tengo más remedio que
trabajar. Si yo pudiera dejaría automáticamente de escribir. A mí me loca la Primitiva y, hombre,
el guión que tuviera empezado lo terminaría, pero desde luego no empezaría otro. El trabajo tiene
buena prensa, pero no hay nada que justifique el trabajar, es una condena. Claro que siempre
haces menos daño trabajando que especulando.
Trabajo sin parar
-Y ahora que u encuentra tan asentado en el cine y cuando percibe interés por aquellas
novelas iniciales, ¿no se anima a escribir otras?
-No tengo tiempo, porque estoy siempre trabajando. En los últimos cincuenta años pocas
veces he tenido temporadas largas sin un guión entre manos: no ha habido grandes parones en
mi carrera, como suele suceder a veces. Además, he salido en ocasiones a trabajar en otros sitios
y eso me ayudó a no estar parado nunca.
-¿No se anima a publicar los guiones más importantes que ha escrito a lo largo de los años?
-No, porque son ilegibles, dado que no deben ser literarios. Además, el guión cuando se hace
la película desaparece y se pierde. Cuando los críticos hablan de la bondad o de la perversidad
de un guión, yo me digo, pero cómo es posible que lo sepan, si no han tenido ocasión de leerlo.
Del guión que has escrito sólo asoma una parte a través de la película.
-¿Su ego no se vería reforzado si se publicaran estos textos?
-No, porque yo no he pretendido dirigir nada. Yo contemplo una película en la que he
intervenido como si no tuviera nada que ver conmigo. Si me gusta, digo qué bien, y si no me
gusta, lamento las ochocientas pesetas que he pagado para entrar en la sala.
-¿Con los años escribe mejor o nunca superará aquello que preparó para Olea o García
Berlanga?
-Creo que lo hago mejor que antes; tengo más oficio y sé más cosas, por lo tanto puedo
trabajar con una mayor conciencia profesional. Si no me quedo bobo, lo haré cada vez mejor.
-¿Cómo consigue que todos hablen bien de usted?
-No sé si eso es verdad, pero es que tampoco hay razones para que hablen mal. Hasta ahora,
en que estoy dando la cara a raíz de la publicación de este libro, no me ha costado evitar la
publicidad. Y si uno en cuarenta años no ha molestado a nadie, porque no he dado ocasión, te
aceptan todos con cierta benevolencia.
JUAN CANTAVELLA