Heraldo de Aragón, Zaragoza, 5 de noviembre de 1999
Rafael Azcona: «Me da risa el hombre cuando se pone estupendo».
PREGUNTA.- ¿Cómo le han convencido para que publicara este libro?
RESPUESTA.- Sin falsas modestias te diré que me habían hablado de reeditar estos textos,
pero siempre había dicho que no. Ha sido el editor Juan Cruz, que es un individuo insistente, el
que me lo ha dicho tantas veces que al final lo ha conseguido.
P.- Estas historias de sus comienzos, ¿son especialmente queridas por usted?
R.- ¡Cómo voy a renegar de nada! Mi patrimonio es tan pequeño que no puedo prescindir de
nada de lo que he hecho. Cuando aparecen estos relatos en una colección de humor, fueron vistos
por Ferreri, que quiso llevarlos al cine, y así fue, con excepción de Los muertos no se tocan,
nene, que fue prohibida por la censura. Fue Ferreri el que me dijo que, antes de convertirlos en
guión, los alargara y los desarrollara como si no fueran para una colección de humor. Y eso es
lo que hice.
P.- Muchas veces se dice que en las primeras obras de un escritor están todos los temas que
después irá tocando.¿Es lo que le ha ocurrido a usted?
R.- No sé, pero es posible que sí. Ahora que los tengo más frescos, podría decir que si no son
los mismos temas, tal vez sean muy parecidos. El mundo, el talante, la visión que sostengo,
incluso en historias que no tienen que ver con éstas, pueden ser semejantes, aunque yo no he
escrito mucho, puede que todo se reduzca a media docena de cosas. Pero cuando entré en el cine
me despedí de esta actividad. Estos libros ni siquiera los había releído desde entonces y, quizás
sin darme cuenta, aquí estaban algunas de las cuestiones que después aparecen en algunas
películas posteriores. Pero no en todas, porque en el cine no soy yo quien propone los temas,
porque vienen de otros o los comparto con los directores.
P.- De su obra se ha dicho que tiene unas actitudes y unos temas que se repiten. Por ejemplo,
el humor, la acidez, lo poco que somos y lo mucho que presumimos, un tratamiento peculiar del
sexo...
R.- Es mucho decir que yo voy en esa línea, pero en el fondo me siento halagado por todo ello.
Efectivamente, se ha dicho muchas veces que hay acidez, amargura... no sé, yo no acabo de verlo.
En lo que yo cuente no hay intención de caer en el sarcasmo. Es verdad, en cambio, que me da
risa el hombre cuando se pone estupendo. Somos una gran cosa, sin duda, pero no es para tanto.
P.- Sus novelas no estaban mal. ¿Por qué dejó de escribirlas?
R.- Porque cuando entré en el mundo del cine quizás no tenía una gran confianza en las
posibilidades que me ofrecía ese campo y allí descubrí que era más fácil escribir guiones que
novelas. En las narraciones tienes que reproducir los diálogos, describir los estados de ánimo,
indicar las localizaciones, contar cómo son las personas. En el cine es mucho más sencillo. Nada
de describir la puesta de sol o la llegada de la oscuridad: poner «anochece» y ya está, porque son
los técnicos los que se encargan de mostrarlo ante los espectadores. Si tú en una novela escribes
«silla», la duquesa de Alba imaginará que es una silla de estilo, mientras que un chabolista la verá
de anea y cojitranca; en el cine, en cambio, ven inmediatamente la que les ofrecen. Por tanto,
mientras en la novela los adjetivos los pone el espectador, en el cine es el director el encargado
de eso. Así que escribo guiones porque me resultan más cómodos que las novelas.
P.- En su actitud parece que hay algo de gandulería.
R.- Yo mismo lo digo. Pero, como no tengo medios de fortuna, no tengo más remedio que
trabajar. Si yo pudiera dejaría automáticamente de escribir. A mí me loca la Primitiva y, hombre,
el guión que tuviera empezado lo terminaría, pera desde luego no empezaría otro. El trabajo tiene
buena prensa, pero no hay nada que justifique el trabajar, es una condena. Claro que siempre
haces menos daño trabajando que especulando.
Perfil
Rafael Azcona (Logroño, 1926) quiso ser poeta y también novelista, pero al ser descubiertos sus
relatos por el director de cine Marco Ferreri entró en un terreno en el que definitivamente se
quedó para siempre. Para el séptimo arte escribió los guiones de El pisito, El verdugo, La
escopeta nacional, La vaquilla, La prima Angélica, La corte de faraón, El año de las luces y
Belle époque. La editorial Alfaguara acaba de publicar un volumen con tres de sus primeras
narraciones.
JUAN CANTAVELLA