ABC Cultural, 20 de noviembre de 1999
Historias para una resurrección
RAFAEL AZCONA
Estrafalario / 1
Prólogo de Josefina R. Aldecoa.
Alfaguara. Madrid. 1999.
346 páginas. 2.800 pesetas.
Rafael Azcona (Logroño, 1926) llegó al cine «por azar». Antes colaboró en La Codorniz, y
en los años 50 escribió media docena de libros. Por aquella época se hizo muy popular su
personaje del «repelente niño Vicente». Hoy es uno de nuestros mejores guionistas
cinematográficos.
El hecho de que Rafael Azcona, uno de los más grandes guionistas de la historia del cine, haya
sido en su juventud un muy interesante escritor, era un secreto a voces, algo que casi todo el
mundo conocía pese a que él mismo se hubiera empeñado en ocultarlo hasta ahora mismo. En
todos los homenajes y estudios que se le han dedicado -sobre todo en estos últimos tiempos,
cuando el clamor público parece haber vencido su férrea voluntad de privacidad y silencio- viene
descrita cada vez con mayor detalle y exactitud aquella su juvenil etapa de escritor, poeta y sobre
todo narrador. Lo difícil era hasta hoy conocer aquella obra, esto es leer aquellos libros que su
mismo autor ocultaba con cuidadosa tenacidad, con pertinacia tanto más denodada cuanto más
descuidada aparentaba ser, como si quisiera no haberlos escrito ni publicado, como si se
avergonzara de ellos. Hasta ahora mismo se había negado a su reedición y si hoy parece haber
cedido a ello, lo ha hecho con un cuidado tan meticuloso, que hasta parece desmentirlo con el
nuevo título con el que ha bautizado la operación.
¿Estrafalario Azcona? Eso no se lo cree ni él, que sigue sin creer demasiado en todo esto, pues
sigue sumido en un permanente tira y afloja del que no parece poder salir. En primer lugar intenta
de este modo separarse de su propia obra, al calificarla de estrafalaria, cosa que, en mi opinión
nunca lo fue, ni entonces ni ahora. Y en segundo lugar, nos la ofrece como atrapado por esa
presión -o tentación- que le ha vencido al final, obligándole a republicar sus antiguos libros; y
para que ya no pueda arrepentirse de aquel arrepentimiento (que quizá le sigue persiguiendo) le
ha colocado un número de orden, como si así se forzara a continuar una operación de la que sigue
sin estar seguro. Pese a ello, muy capaz es de dejarnos con la miel en los labios y no continuarla,
dejándola así interrumpida de nuevo. Y como creo que la recepción que se le tribute puede influir
algo en su más que dubitativo ánimo, habrá que seguir persiguiéndole, excitando su mala
conciencia y esa inseguridad de escritor interruptus que desde siempre le persigue, por lo que les
incito a continuar en la tarea: sigamos persiguiéndole, leyéndole y alimentando esas pesadillas
que para nuestra suerte le siguen acechando.
Además y para completar tan complejo panorama, este primer volumen de su Estrafalario,
también ha sido planeado y recompuesto por su autor con el máximo cuidado, ya que no ha
terminado de decidir del todo si se podía rescatar de verdad como el narrador que fue. Al final
ha decidido tirar por la calle de enmedio y rescatarse sólo a medias, como si nos diera gato por
liebre. En efecto, de estos tres textos que nos ofrece en este primer tomo -dos y medio en
realidad, pues salen de dos novelas largas y otra corta- no ha quedado uno sano, los tres han sido
rescritos y modificados de principio a fin, como si siguiera desconfiando de las primeras
versiones que originariamente escribió y publicó. En efecto, aquí se recogen modificadas dos de
sus primeras novelas, que bajo los mismos títulos Los muertos no se tocan, nene y El pisito
publicó en el mismo año de 1956, y otra corta titulada El cochecito, según la película que Marco
Ferreri, con guión también de Azcona, extrajo en 1958 de su relato «Paralítico», el segundo de
la magnífica trilogía Pobre, paralítico y muerto, aparecida el año anterior y que para mí es el
mejor de todos aquellos libros. Aunque hay que advertir que estos tres textos se presentan muy
corregidos, con muchas supresiones y ampliaciones, como si su autor los hubiera rescrito o
recompuesto, tomando como base tanto las narraciones publicadas tal cual entonces, como los
propios guiones posteriores en ellas inspirados.
El resultado no es una recuperación «natural» del Azcona escritor, sino otra más «quirúrgica»
que el Azcona cineasta ha operado sobre su propio cadáver, resucitando una especie de monstruo
de Frankenstein, que da lugar a otro escritor más artificial, recompuesto con los restos y despojos
del antiguo criminal que a ojos del gran guionista ha debido ser el narrador anterior que había
sido, pero que a su pesar seguía guardando en el baúl de los cadáveres, de donde no ha tenido
más remedio que exhumarlo. Los nuevos textos han perdido la frescura, espontaneidad y
fragancia de los antiguos, que aunque hoy podrían oler a podrido en las narices de su inventor,
también exhalan el dulzón, embriagador y misterioso perfume de una atractiva podredumbre que
aún puede resultarnos bastante familiar, y de la que otorgaban testimonio impagable. Los nuevos
tienen un mejor ritmo, son más austeros, más secos, potencian el diálogo y se permiten libertades
que entonces la censura no hubiera dejado incólumes, sexuales sobre todo; y se han suprimido,
desde luego, todos sus antiguos arrebatos líricos o metaliterarios, evitando ingenuidades de los
primeros, aunque empobreciéndonos del sentido que solían tener los segundos.
Quizás ahora sean más legibles tal y como la habilidad de su autor nos los presenta, pero
también nos ha privado -parcialmente- del añejo sabor testimonial que los realzaba. Pues Azcona
es un «hijo de la guerra», miembro por derecho propio del grupo «realista» de mediados de siglo,
al lado de Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Medardo Fraile, Carmen Martín Gaite,
Jesús Fernández Santos y tantos otros, como nos lo rescató otra de sus compañeras, Josefina
Aldecoa, en su memorable antología de Los niños de la guerra (1983), y que además nos concede
ahora un emocionante prólogo a este volumen. Aquel jovencito riojano cargado de ilusiones
literarias que llegó a Madrid a principios de los cincuenta para trabajar sin parar en medio de una
bohemia lamentable, publicaría para poder vivir cuatro novelas de quiosco bajo seudónimo,
triunfó en las páginas de La Codorniz con el personaje de «el niño Vicente», que era un terrorista
al revés -cuya vida y chistes le concedieron cierta fama inicial- y hasta 1960 publicaría otras
cuatro novelas de humor perfectamente serias, y otras dos más «normales», como Los ilusos y
Los europeos, de las que la última tuvo que ser publicada en París por mor de la censura, pues
su crítica de las alienaciones sexuales de los españoles enfrentados a las primeras oleadas de un
turismo que nunca cesó había puesto el listón demasiado alto para lo que entonces estaba
permitido.
El salto al cine hizo el resto, y allí el genio de Azcona floreció ya para siempre. Pero es
fascinante descubrir aquí sus orígenes, y por qué pudo injertar un humor crítico, satírico y
demoledor en un contexto real y testimonial de primera magnitud, lo que le apartó de estos
dignos orígenes de los que sin embargo nunca pudo separarse. Los disparates corales de Los
muertos no se tocan, nene, el neorrealismo sarcástico de El pisito y el surrealismo desesperado
de El cochecito han vuelto para recordarnos lo que fuimos, y lo que en buena medida seguimos
siendo, que Azcona nos coja confesados, y que siga adelante, por favor.
RAFAEL CONTE