Rafael Azcona - Página principal Estudios críticos

El País, Madrid, 23 de octubre de 1999

Recuperación de Rafael Azcona

Comienza a reeditarse la obra narrativa del escritor y guionista de cine.

NARRATIVA. Estrafalario 1. RAFAEL AZCONA.

PRÓLOGO DE JOSEFINA ALDECOA. ALFAGUARA. MADRID, 1999.

352 PÁGINAS. 2.800 PESETAS.

     Uno consulta los manuales, diccionarios y panoramas de la literatura española, en general, y de la posguerra, en particular, y comprueba que casi sin excepciones (hay algunas, muy pocas: así autores como Gullón y Umbral) omiten el nombre de Rafael Azcona. La pereza mental ha llevado a considerar al autor única y exclusivamente como un gran guionista (y es verdad que quizá es el mejor que ha dado nuestro cine) en detrimento del sustancioso escritor -cuentista y novelista- que alienta en él.

     Dos actividades estas que, por lo demás, han sido en Azcona complementarias. Como ha señalado Fernando Trucha, Azcona posee una visión literaria del cine, y esta carga literaria -es decir, poética- ha sido esencial en la escritura de esas obras maestras que, sólo por sus historias, son ya, entre otras, El cochecito, que filmó Marco Ferreri, y El verdugo y Plácido, que realizó Berlanga. La primera surge de la excelente y homónima novela corta de Azcona, que se incluye en este volumen.

     Por la fecha de su nacimiento (Logroño, 1926) y por su inicial juventud madrileña Azcona integra con todo derecho la llamada generación del medio siglo con Ignacio Aldecoa, Pepe Caballero Bonald, Jesús Fernández Santos, Juan García Hortelano y Rafael Sánchez Ferlosio, entre otros. Cuando esta generación comienza a abrirse paso en la vida literaria, Azcona es uno de sus miembros más activos. Desde mediados de los cincuenta hasta los primeros sesenta publica, entre otros relatos y novelas, Vida del repelente niño Vicente, Cuando el toro se llama Felipe, Los muertos no se tocan, nene, El pisito -estos dos últimos incluidos en el presente volumen-, Los ilusos, Los europeos, etcétera. Pero el éxito internacional de El pisito, repetido por Plácido y El verdugo, y posteriormente otros títulos memorables relegaron a un segundo plano al escritor, por más que siguiera escribiendo y aun publicando.

     Basta este primer volumen para acreditar la maestría de Azcona como narrador y hacer inadmisible la omisión del autor en el cuadro de la promoción a la que pertenece y a la que se encuentra muy ligado por su estética. La de Azcona se basa, como la de todo el grupo, al menos en sus comienzos, en el neorrealismo italiano, aunque interpretado con bastante flexibilidad más como una poética de la fraternidad que como un discurso de reivindicación social.

     Lo que sucede es que Azcona le dio una ejemplar vuelta de tuerca a esa poética de la fraternidad mediante la aplicación de la lente esperpéntica a la conflictiva realidad social española de la década. La sombra de Valle-Inclán planea sobre nuestro autor, aunque su actitud no sea mimética respecto al maestro. Quiere decirse que el suyo dista de ser un valleinclanismo formal para constituirse, ante todo, en una visión de la realidad, y aquí afluyen tanto Quevedo y Cela como el peculiar humor de algunos escritores de La Codorniz, en cuyas páginas Azcona colaboró de modo muy destacado.

     El mundo de estas tres novelas cortas de Azcona recrea el mundo español de los años cincuenta, tiempo en el que fueron escritas. El pisito, subtitulada «Fábula de amor e inquilinato», es una ácida y desternillante fábula sobre el problema entonces particularmente acuciante de la vivienda; en él, las situaciones límite se oponen dialécticamente hasta constituir un mundo sombrío, que hace de los seres criaturas mecanizadas, deshumanizadas por sus necesidades primarias, esto es, convertidas en los muñecos de que hablaba Valle. Azcona no se detiene ante ningún extremo, pero sabe inducir la risa esperpéntica, que busca mostrar las contradicciones de una realidad ingrata. Los muertos no se tocan, nene es otra narración brutal, que en tomo a un entierro convoca otra ceremonia siniestra e igualmente festiva y desenmascaradora.

     Por fin, El cochecito cierra la serie llevando la crueldad hasta sus últimas consecuencias. El frágil universo de la vejez y de las limitaciones subsiguientes es enfrentado aquí al poderoso universo de la juventud y madurez. El choque de ambos mundos se resuelve en tragedia -pero tragedia sin héroes, esperpento-, resolución detrás de la cual alienta el impulso del narrador, dispuesto a no moralizar pero sí a describir, hasta las últimas consecuencias, los nocivos efectos de las conductas de los poderosos. El humor disuelve los énfasis y la grandilocuencia y muestra las abyecciones de los ganadores. Los perdedores las poseen también, pero flota siempre en ellos un mínimo aliento de humanidad verdadera, pues aunque todos acaban siendo muñecos en estas narraciones, unos lo son más que otros. Existe, pues, una toma de posición inequívoca, pero cabe sospechar también si la raíz que lo nutre todo no es un radical escepticismo, como sostiene Josefina Aldecoa en su comprensivo y hermoso prólogo.

     Que los olvidadizos tomen nota.

MIGUEL GARCÍA-POSADA