El Mundo, Madrid, 4 de diciembre de 1999
El humor que nos parte
Hace unos días, un escritor extranjero, cuyo nombre he olvidado sin mala intención, dijo a la
prensa, tan campante, algo así como que el humor era un veneno para la literatura. Que el humor
y la literatura se llevaban fatal, vaya.
Esta sorprendente declaración es una muy mala noticia para Aristófanes, Plauto, Cervantes,
Quevedo, Shakespeare, Twain, Wilde, Chesterton, Valle, Bernard Shaw, Waugh y tantos otros
que, si pudieran, y a la vista de la gravedad del diagnóstico, no dudarían en revisar sus textos
para, como se separa el grano de la paja, librarlos de la infecciosa compañía del humor, ese virus.
La historia de la literatura está sobrada de extraordinarios maestros que infiltraron humor en
sus obras, en su mirada hacia la realidad, o que crearon piezas directa y abiertamente
humorísticas, e incluso estos segundos, cuando su altura así lo aconseje, deberán ser considerados
tan grandes creadores como aquellos, no menos aconsejables, que nos transmitieron su angustia
y su malestar.
En los últimos tiempos, sin atender el veredicto de tan ceñudo aguafiestas, diversas iniciativas
editoriales están recuperando en España a los grandes escritores de o con humor de nuestro siglo,
muy prolífico en humoristas de variada intensidad. Mihura, Tono y Neville, entre otros, han
salido en los Clásicos del Humor de Temas de Hoy, se reeditan antologías de La Codorniz y
Hermano Lobo, en las que oficiaron por escrito excelentes humoristas, y ahora han aparecido,
en Alfaguara, tres novelas cortas de Rafael Azcona bajo el título o lema común de Estrafalario.
Leyendo a Rafael Azcona, lo primero que se comprende es que la disyuntiva deslizada tres
párrafos más arriba es falsa. Mientras que el escritor unívocamente dramático desconoce la
funcionalidad del humor, cuyas fuentes ciega y cuya utilidad se niega a sí mismo, sea por
incapacidad o por lo que sea, el humorista genuino sabe reflejar el sentimiento de angustia que
la vida y el panorama le procuran.
No es cosa de añadir maximalismos al patio, pero, si hubiera sitio, yo añadiría uno: el
humorista siempre habla desde la angustia. Por tanto, la versatilidad y riqueza de su discurso, que
encima no parece un discurso ni nada, es superior.
Los muertos no se tocan, nene, con el gorigori familiar, vecinal y ciudadano que se organiza
en torno a un difunto, de cuerpo presente; El pisito, con las zozobras de un joven que se casa con
una anciana para heredar su derecho al inquilinato y tener casa para matrimoniarse con una
muchacha a la que no ama, o El cochecito, con el recurso al crimen de un viejo que anhela un
sillón motorizado para salir al campo con sus amigos, no son sino algunos de los más dramáticos
y patéticos textos que ha dado a la imprenta la literatura española del siglo.
Eso sí, los tres nos proporcionan una risa que nos parte, por lo que se recomienda no hacer
uso de ellos en lugares públicos para no llamar la atención de la concurrencia.
Josefina Aldecoa, en su detallado y esclarecedor prólogo, trae a colación una cita de Los
cuernos de don Friolera que aclara de una vez por todas, y hasta la próxima discusión, cuál es
la posición del humorista: «Mi estética es la superación del dolor y de la risa, como deben ser las
conversaciones de los muertos al contarse historias de vivos».
Y, tal vez, con la expresión partirse de risa no se quiera aludir a un simple descoyuntamiento
de los huesos y de las vísceras del riente, sino a una escisión de su alma entre el alborozo y el
abatimiento al hacerse cargo, mediante el humor, del histriónico comportamiento de la condición
humana y de su subsiguiente aglomeración social.
MANUEL HIDALGO