Un monólogo y poca cosa más
Pablo Ley
Memorias de Adriano
De Marguerite Yourcenar. Adaptación: Jean Launay. Traducción: Julio Cortázar. Dirección:
Maurizio Scaparro. Intérpretes: José Sancho, Ygor Yebra, Rosa Novell, Pirondello, Patricia
Sevilla, Enric Ases, Jordi Basora, Piero Steiner, Mercé Miró, Marta Oliván, José Antonio
Hernández. Escenografía: Roberto Francia. Vestuario: Jordi Bernaus, Pedro Cano. Iluminación:
Quico Gutiérrez. Músico: Giancarlo Chiaramello. Teatre Grec. Barcelona. 14 de julio.
Memorias de Adriano era la última posibilidad de un gran montaje internacional en el festival
Grec 98. Marguerite Yourcenar, en el castellano de Julio Cortázar, dirigida por Maurizio
Scaparro (de quien, en Barcelona, han podido verse Cyrano de Bergerac y El Quijote,
protagonizados por Josep Maria Flotats) podía ser un montaje tal vez no renovador, pero sí de
calidad. La propia historia de la versión escénica de las Memorias de Adriano tiene su interés.
Estrenada dos años después de la muerte de la autora en las ruinas de la Villa Adriana, en Tívoli,
lo que allí podía percibirse, según Scaparro y, como en una especie de poltergeist histórico, era
la presencia fantasmal del emperador. El peso de las generaciones muertas, diría Marx, oprime
como una losa el cerebro de los vivos. En realidad, en un público reunido en asamblea, el efecto
psicológico es más sutil, casi espiritual.
Escalofriante
En este contexto de homenaje a la autora, mantener, como lo hizo Jean Launay a instancias
de Scaparro, la dramaturgia de las Memorias de Adriano lo más cerca de la novela original tenía
su lógica. Y aún más si se tiene en cuenta que están escritas en primera persona. Ectoplasma
surgido de una audiencia expectante que atiende su presencia, el propio Adriano, en su villa,
emerge en su edad provecta de las sombras y reflexiones sabiamente sobre el propio pasado, la
propia biografía, en tránsito definitivo hacia la muerte. Escalofriante. Una reflexión sobre la
muerte hecha de forma tan serena es sobrecogedora. La muerte se te pega a la piel como un
escalofrío. Dentro de la lógica de la economía teatral bastaba, pues, la voz de Adriano, un
monólogo de voz bien modulada que resiguiera aproximadamente la obra de la Yourcenar.
Bastaba Adriano, y, de haber sido necesarias otras presencias, no hubiesen debido ser nunca
mera ilustración de lo que el monólogo narra con palabras, que en la imaginación estallan mil
veces más vivas, más ricas en detalles, que las pobres escenas creadas por Scaparro. Adriano
Joven, la esposa de Trajano, comediantes, maestros, bárbaros y, finalmente, su amado Antinoo
son, en el montaje, mucho menos que las sombras del mito de la caverna de Platón que Scaparro
también ilustra. Tienen todas ellas un aire tan ingenuo, tan de colegio de monjas, que cada vez
que aparecen el espectáculo sufre una desconexión, como si despertase del trance.
Qué desperdicio que una actriz como Rosa Novell se limite a cuatro réplicas en un único tono.
¿Para qué poner a Pirondello haciendo el payaso amanerado si el efecto recuerda al de los
comediantes de la Roma de Astérix y Obélix? ¿A qué viene, y eso es, con todo, lo único atinado,
la danza casi erótica de Ygor Yebra, bailarín de cuerpo de efebo en el papel de Antinoo? Yebra
puede demostrar, por lo menos, que es un buen bailarín, aunque a su coreografía le sobra tanto
exhibicionismo como le falta expresividad. Luego están los comparsas, pobres, mucho menos
que sombras. Y José Sancho, Adriano, suyo es el monólogo.
Es Sancho quien, en definitiva, sostiene sobre su espalda el peso de la función. Es a él a quien
le salen los enanos del recuerdo. Y es él quien, en definitiva, se expone al mayor riesgo. José
Sancho está plano, planísimo, sin apenas matices, pero al menos hace llegar el parlamento claro
hasta el público. Deletrea el castellano de Julio Cortázar y, si se cierran los ojos, la historia pasa
suavemente como un relato radiofónico.
Una lástima que Maurizio Scaparro no haya sabido recrear en el Teatre Grec, sin la presencia
viva de los muertos vivientes, la atmósfera cargada de presagios de la Villa Adriana. Aquí ya no
bastaba con dejarse seducir por la sugestión del lugar. Aquí, Scaparro hubiese tenido que hacer
teatro. Buen teatro. Usar todos sus trucos para conmover al público.