Información, Alicante, 16 de diciembre de 1999
Azcona en blanco y negro
Estrafalario / 1
Rafael Azcona. Alfaguara
Hubo una curiosa estirpe de «malos españoles» que tras los años oscuros de la posguerra se
empeñó en poner en evidencia la desdibujada fe de erratas de una España en blanco y negro que
poco o nada había cambiado de aquella España «absurda, brillante y hambrienta» que
Valle-Inclán encerrara en los grotescos espejos del callejón del Gato. En esa velada nómina de
«malos españoles» que, imaginamos, circularía de mesa en mesa por la novena planta del
Ministerio de Información y Turismo -sede social de la censura española-, el nombre de Rafael
Azcona debió ocupar, junto a los de Bardem o Berlanga, indiscutible cabeza de cartel.
Azcona es ante todo un hombre de cine. Su labor de guionista en películas como Plácido, El
verdugo, Los golfos, ¡Ay, Carmela!, Belle époque o El bosque animado, contribuyó a que en este
país el cine fuera algo más que un lugar al que uno iba a merendar o a pelar la pava en la última
fila de butacas. Su obra literaria, sin embargo, ha venido sufriendo un prolongado e inexplicable
despiste editorial, que viene a subsanar la publicación de este volumen. Esta primera entrega de
su narrativa completa incluye, bajo el astuto título de Estrafalario, tres de sus más renombradas
novelas: Los muertos no se tocan, nene, El pisito y El cochecito.
La absurda solemnidad de un sepelio que acaba convertido en un insólito entierro de la
sardina; un pobre diablo, con más de pobre que de diablo, que debe contraer nupcias con su
septuagenaria casera para conseguir una morada donde consumar un más que eterno noviazgo;
un jubilado que envidia la feliz y motorizada vida de los paralíticos. Gris sobre gris, la patética
vida de los personajes es la historia viva de un país que como ellos se preguntaba si alguna vez
tuvo «ideales, ambiciones, sueños, ilusiones».
Josefina R. Aldecoa, en el prólogo del libro, insiste en que Azcona, como sus compañeros de
generación, escribe de lo que tiene cerca, de lo que le preocupa, le indigna y le duele: «de lo
real». Y así es, pero ese realismo, mitiga uno de sus personajes, «si no se exageraba un poco se
quedaba en nada». Quizá sea ésta una de las claves del estilo de Azcona, un costumbrismo
carnavalesco que se nutre del esperpento, del sainete y del neorrealismo italiano, para dar la
medida de una España desaforada que excedía por sí misma los límites de lo real. Un sentido del
humor bastante negro es el factor desencadenaste de esta particular visión risueña y horrorizada
del mundo. Hijo legítimo de los Edgar Neville, Tono o Miguel Mihura, con los que compartió
página en la recordada revista La Codorniz, la «burla seria» de Azcona se dirige contra una
sociedad desmembrada por la insolidaridad, la represión y la incultura.
Su inagotable talento creador ha convertido a Rafael Azcona en figura fundamental de las
artes y las letras españolas de los últimos cuarenta años. Su obra ha conseguido lograr como
pocas aquel tímido anhelo que otro de esos escritores anónimos y definitivos había sentenciado:
«Admirar en la caída las flores que crecen al borde del abismo. Y arrancar una de paso si es
posible».
PEDRO MENDIOLA