Crónicas sin Adriano
Scaparro ofrece un montaje en el que brilla solitario el texto de Yourcenar
Juan Carlos Olivares
Título: Memorias de Adriano. Retrato de una voz. Espectáculo basado en fragmentos de la
novela de Marguerite Yourcenar. Adaptación teatral: Jean Launey. Traducción: Julio Cortázar.
Dirección escénica: Maurizio Scaparro. Escenografía: Roberto Francia. Vestuario: Jordi Bernaus.
Iluminación: Quico Gutiérrez. Música: Giancarlo Chiaramello. Coreografía: Ygor Yebra.
Máscaras: Giancarlo Santelli. Principales intérpretes: José Sancho, Ygor Yebra, Rosa Novell,
Pirondello. Festival Grec. Teatre Grec.
Por un momento cruzó fugaz una peregrina idea: por qué no sale Maurizio Scaparro al
escenario del Teatre Grec y explica sus Memorias de Adriano. El director (padrino del mito
triunfal de Josep Maria Flotats en Cataluña por el recordado Cyrano) es un maestro de la
seducción, hábil malabarista de la palabra, prestidigitador de intenciones, sumo hacedor de
ilusiones. Después de propagar el elaborado mensaje que debía sustentar su afamado montaje
basado en la excelente novela histórica de Marguerite Yourcenar, cómo se podía sospechar que
el atrayente influjo de su personalidad -ofrecida a los demás con auténtica convicción y pasión-
ornaba sólo un formidable ejercicio retórico.
Pero en los momentos del desencanto incluso es preferible agarrarse a la comprobada
inteligencia y sensibilidad del autor de todo aquello que quiso que fuera, que contentarse con la
decepcionante realidad de todo aquello que perseguía pero no es. Galimatías para intentar
explicar que las Memorias de Adriano que llegaban al Grec como uno de los grandes estrenos
del festival quedaron muy por debajo de las expectativas creadas. ¿Fracaso? El texto de
Yourcenar es tan poderoso que como mínimo el espectador puede refugiarse en la grandeza
concentrada por la autora en el personaje y la vida del emperador Publio Enio Adriano, y olvidar
que en el escenario casi no hay nada más digno de recuerdo y atención.
Lo más grave no es haber confiado el papel protagonista a José Sancho. Es posible que
Scaparro -como el público en los primeros minutos- se dejara atrapar por la gran presencia
escénica del actor y, sobre todo, por una voz adecuada para reflejar la grandeza de un hombre que
fue guerrero y filósofo, y se sintió dios. Pero la posesión de una excelente materia prima no es
suficiente para responder a las complejas necesidades de un personaje como Adriano.
Sancho (por propia incapacidad o del director) pasa por la confesión de una vida sin participar
en ella. Escudado en la calidad instrumental de su voz, ofrece al público una crónica de un
personaje que le es ajeno, un intermediario sin ninguna implicación. Al espectador le es difícil
aceptar ante su monótono que el momento dramático que se propone es de un hombre en soledad
que repasa su historia al final de su vida. La invariable energía de Sancho, con una actitud que
casi es una arenga política -o un discurso fúnebre a la romana- ante una reunión de patricios,
funciona como una apisonadora que iguala cada escena, cada uno de los episodios de la
experiencia.
Las contradicciones, la personalidad atormentada, el gusto por el poder mientras que se anhela
el humanismo, la exploración de una moral y una ética desafiante, la conciencia del dominio
absoluto y de la soledad de la cima, la persecución de un ideal y la atracción por destruirlo; todas
esas facetas que convierten a Adriano en un personaje único, sólo están presentes porque un día
Yourcenar las reunió en un libro, Cortázar las tradujo y Scaparro las condensó en un espectáculo
de teatro.
Convertido Adriano en una lectura histórica sin aristas, el espectador queda expuesto a lo peor
de este montaje: una absoluta falta de coherencia con el intimismo de Yourcenar. La comparsa
que Scaparro sube al escenario para ilustrar pasajes de la vida de Adriano no tiene justificación
dramática. Adornos innecesarios -a excepción de la meritoria evocación de Plotina-Rosa Novell-
que muestra su carácter superfluo en una interpretación descuidada indigna del calado y el
preciosismo del texto. Quizá buscó Scaparro emular las sombras humanas del Satyricon de
Fellini, pero en el Grec sólo se vieron pobres malabarismos de circo, pobres reflejos de la caverna
de Platón, pobres reconstrucciones nupciales... Sólo la lejanía de una canción andaluza supo
despertar un atisbo de hechizo.
Queda para el final la falta que termina por poner en entredicho la calidad de la obra: casi
veinte minutos de evoluciones de ballet con Ygor Yebra, el presunto responsable de evocar con
su belleza la imagen de Antinoo. Aquello era la escena obligada de la orgía/banquete en un
«peplum» con interludio de baile sensual para alegrar la vista a invitados y anfitriones. Vulgar,
imperdonable en algo que se supone inspirado en el intrincado edificio de sensaciones,
emociones y pensamientos que Adriano construyó cobre la imagen de su favorito.