El difícil reto del Adriano de Maurizio Scaparro
Gonzalo Pérez de Olaguer
Memorias de Adriano
Autor: Marguerite Yourcenar
Traducción: Julio Cortázar
Actores: José Sancho, Ygor Yebra, Rosa Novell y Pirondello.
Director: Maurizio Scaparro
Teatro: Grec
Estreno: 14 de julio de 1998
Las seis representaciones previstas de Memorias de Adriano -la última, el próximo domingo-
serán otros tantos llenos del teatro griego de Montjuïc. La expectación despertada por este
espectáculo, basado en fragmentos de la popular novela homónima de Marguerite Yourcenar,
se hizo patente desde el momento en que se anunció el montaje de Maurizio Scaparro, que ha
trabajado con la magnífica traducción de Julio Cortázar de la adaptación teatral que firma Jean
Launay.
La obra estrenada en el Grec se resume en un recorrido por la novela original, vertido al
escenario a través de un largo monólogo, entrecortado con algunos pasajes, del emperador
Adriano, cuya dimensión humana, refinada educación humanística y mediterráneo sentido del
humor permiten, en principio, gozar al espectador de un riquísimo personaje.
Scaparro volvió a moverse en un terreno que conoce bien, y que le ha dado hasta ahora
(Cyrano y Don Quijote) excelentes resultados: hacer de la palabra el gran protagonista del
montaje, huir de cualquier alarde escenográfico, buscar en la sobriedad el punto de apoyo del
espectáculo.
Estas premisas están en su montaje de Memorias de Adriano, cuya estructura teatral aparece
bajo mínimos, lo que deja en manos del protagonista el buen o mal funcionamiento de la obra.
A quienes ya conozcan la novela Memorias de Adriano, el espectáculo de Scaparro
posiblemente les sabrá a poco, lo verán excesivamente recortado o simplificado. Y quienes
descubran ahora la belleza del texto, la suma de magníficas metáforas que el mismo aporta, se
enfrentarán a una pieza narrativa, concentrada, que exige al personaje de Adriano un notable
despliegue de estados emocionales e inflexiones de voz.
Interpretación
La primera representación de la obra de Yourcenar en Barcelona fue excesivamente fría y
se vio afectada por una interpretación más bien plana, y acelerada, de José Sancho. Superada la
primera y difícil confrontación con el perverso espacio del Grec y el hecho de ser la primera
función en Barcelona, es más que probable que en las restantes representaciones, como al parecer
ocurrió en Mérida, mejorará la comunicación con el público.
Sancho pone al servicio de Adriano su excelente voz y su presencia física, y la dignidad de
su trabajo. Pienso que le faltó la otra noche un mayor juego de inflexiones de voz y dominar más
eficazmente el desnudo espacio escénico que utilizó. Faltó básicamente emoción, ciertamente,
en esta producción de prestigio hecha con rigor.
De la representación, es de justicia resaltar la escena del baile de Ygor Yebra -un tanto larga
frente a las medidas del espectáculo-, de una fuerza y calidad importantes. Rosa Novell y
Pirondello sirven con eficacia sus respectivos episódicos personajes, mientras que uno destacaría
también el juego de los bailarines y los cómicos, resuelto por el director italiano con elegancia
y nitidez.