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UN DISCRETO A VOCES: Evangelina Rodríguez Cuadros La persona (más que la obra) de Calderón de la Barca sigue siendo casi desconocida para el gran público. Su larga vida no produjo demasiados documentos. Y éstos apenas han sido interrogados o interpretados por los eruditos. Sus personajes más conocidos tienen la talla de símbolos o mitos: demasiado altos para raspar en ellos supuestos elementos biográficos (aunque los hay, de modo indirecto). Aquí se pretende imaginar las preguntas que cualquier lector normal de su teatro podría hacerse respecto al dramaturgo cuya larga vida coincide probablemente con el siglo más apasionante de la historia de España. Es una ficción en la que se busca la verosimilitud que pueden aportar muchos hechos documentados, y la humanización que puede suponer dar la voz a quien se ha tenido demasiado tiempo por el representante de la parte más intolerante, pesimista y dogmática de nuestra cultura. Es el Calderón que queda detrás de las cortinas del tablado de su teatro, el anciano que ha visto pasar casi un siglo y que recuerda, sentado en el oscuro gabinete de su casa de la calle Platerías de Madrid, los años y los días. Son los ecos de una biografía del silencio. PREGUNTA.- La suya, don Pedro, es una biografía del discreto… RESPUESTA.- Eso es un tópico, una pereza del conocimiento, un eslogan con éxito de alguno de mis estudiosos. Cuando uno vive (al menos cuando se vive en el tiempo que yo viví) no se van dejando por cualquier sitio datos y anécdotas. Siempre hay excepciones, claro. Quevedo, con su tremendo horror a la intimidad, se pasó la vida prodigando chistes sobre su persona que ahora le pesan como una losa. Y Lope tuvo que escribir para no reventar porque era todo subjetividad vital. Sus cartas colman al más morboso de los filólogos. Pero la mejor verdad de él está en sus versos. Yo no tuve tiempo: los pleitos me tuvieron muy ocupado al principio; y luego tuve que vivir la de los mil personajes que inventé. La mía se parece mucho a la de Miguel de Cervantes, aunque más larga. De él tampoco se sabe mucho y nadie le ha colgado ningún remoquete de misterio. Ni siquiera se sabe a ciencia cierta donde nació y, como yo, tampoco se sabe muy bien donde han ido a parar sus huesos. Además la biografía de uno está unida a su cotización histórica. Y hasta hace bien poco sólo he interesado como ejemplo de poeta excesivo, huraño defensor de valores de más abajo de los Pirineos y poeta-filósofo de Congresos Eucarísticos. Como si yo hubiera sido el único cura del Siglo de Oro. Entre Tirso, Gracián, Lope, Góngora o yo mismo pudo hacerse, como dijo con sorna don Marcelino (que se hizo famoso poniéndome verde) una democracia frailuna. Pero si se hiciera el esfuerzo de recoger todas las virutas que fui dejando en forma de escritura alguien podría hacer una novela convincente. Desde pleitos y solicitudes, recibos y contratos, algunos avisos del fabulador Pellicer y del más fidedigno Barrionuevo, prologuetes de circunstancias y algunas cartas de cabreo, memoriales a modo de cuadernos de dirección (porque yo fui un profesional del teatro). Y un testamento que, confieso, fue la única pieza que dicté de viva voz y la única que quise interpretar como protagonista. Pero su imagen no sólo la ha construido esa falta de datos sino esa iconografía tan fúnebre y reiterativa de su severo rostro, vestido de sacerdote, mirada amenazante… RESPUESTA.- …Y feo y legañoso, claro. Mire yo fui gloria nacional en mis años tardíos… No tuve
la suerte de que don Diego Velázquez, con el que tanto conversé por los pasillos del Alcázar
Yo soy un hombre de tan A lo mejor sumando estas exageraciones a las de los otros retratos, saldría el verdadero rostro de Pedro Calderón. PREGUNTA.- Luego es evidente que nació de familia hidalga y que lo tuvo fácil en aquel Madrid en el que nació con el siglo XVII… o, mejor dicho, en el último año del siglo XVI. RESPUESTA.- En aquella España de todos los demonios puede decirse que nací del lado de los que
podían pasar sin que se les hiciera la vida imposible. Pero hacía tiempo que la hidalguía era
pura cosa de relumbrón. Eso sí, mi padre, Diego Calderón de la Barca, podía presumir de
PREGUNTA.- Vd., don Pedro, tuvo muchos hermanos… RESPUESTA.- Los tuve pero no viví más que la fraternal amistad de Diego y José. Diego, el mayor, nació en 1596. A Dorotea, nacida en 1582 y que me sobrevivió un año, la metieron monja en el monasterio de Santa Clara de Toledo antes de cumplir los catorce años. Yo fui el tercero. Nací el 17 de enero de 1600 y me bautizaron en la iglesia del convento benedictino de San Martín. Mi hermano José nació en 1602 y mi hermana Antonia, que nació en 1607, murió con apenas ocho años. PREGUNTA.- Desde 1606 vive la familia en la Calle de las Fuentes… y pronto comenzarían sus estudios… RESPUESTA.- Tenía unos nueve años cuando comencé a asistir al Colegio Imperial que dirigía la Compañía de Jesús. Todo un lujo para la época: lo que aprendí después sólo fue añadidura de aquellas inolvidables clases de gramática y sintaxis latina, poética y retórica. La escuela fue un hogar más feliz y plácido que mi propia casa. No sentía tanto los azotes del maestro, para los que nunca di causa, como por la rechifla de los compañeros que dieron en llamarme Perantón, en razón del día de mi nacimiento. Los jesuitas me enseñaron durante cinco años a nombrar el mundo y organizarlo con el lenguaje; me mostraron el lacónico y convincente estilo de las epístolas ciceronianas y la luminosa fantasía de Ovidio, que me ayudó luego a envolver mi teatro en las locuras mitológicas; me hicieron media los versos virgilianos de sus églogas y de las Geórgicas. Y aprendí a conocer la Naturaleza con Plinio. Me fascinó Séneca que fue una de mis constantes referencias cuando quise hacer tragedias. Casi me parto de la risa cuando supe que Voltaire, no teniendo crítica mejor que hacerme, y seguramente para ponerme por debajo de su Corneille, dijo que no yo no tenía idea de latín. Cuando escribí el poema Psalle et Sile introduje cuarenta y dos citas originales en latín. Y quien lea mis autos sabe que tuve que frecuentar mucha ortodoxia (y heterodoxia) de aquellos años (y no sólo a los aburridos Santos Padres) para confeccionar teatralmente su doctrina. El griego que aprendí con ellos fue suficiente para empezar a entender a San Juan Crisóstomo. PREGUNTA.- Pero entonces muere su madre… RESPUESTA.- En 1610, de sobreparto, como tantas otras pobres mujeres de la época…Pero a mi padre le duró poco la viudez... Comenzaron por entonces los pleitos y desavenencias familiares. Se volvió a casar con Juana de Freyle en mayo de 1614, y le salió la testarudez autoritaria de la que siempre había hecho gala. Por entonces se quería dejar todo atado y bien atado a los hijos. Una funesta manía de todos lo que mandan en España. Mi abuela doña Inés había dejado fundada una capellanía que habría de ocupar mi hermano Diego, que fue el más decidido de los tres y que no quiso ni oír hablar de ser cura. Se marchó a las Américas y por allí anduvo algunos años. Yo era el siguiente destinado y no andaba tampoco en ello. Lo expuse con fingida desvergüenza en el romance que he citado antes y en el que también decía, aludiendo a mi prematura calva: Nací en Madrid, y nací Luego las cosas habrían de suceder así, pero por otros derroteros. Y a José, que mi padre preparó para covachuelista, como él, le tiró siempre la milicia. El caso es que en su decisión de hacerme cura importó mucho la educación universitaria a la que me encaminó… Y le envía, poco antes de casarse a la Universidad de Alcalá. RESPUESTA.- Emporio, por entonces, de la lógica y la retórica, que era la puerta de cualquier erudición. Poco estuve al principio. En noviembre de 1615 murió mi padre de súbita enfermedad. En sus testamento, para bien o para mal, se empeñó en marcar la vida de sus hijos. A Diego le traspasó el oficio de Secretario que nunca ejerció, aunque pudimos alquilarlo sacándole alguna renta, como era costumbre del tiempo. A mí me dejó más de novecientos mil maravedíes y unas tierras que había en Rejas y Barajas. Pero sus condiciones no nos dejaban más opción que recordarle con más rencor que agradecimiento. Diego había vuelto por entonces de América y trataba el casorio con quien seguramente le habría hecho muy feliz. Se lo prohibió terminantemente so pena de desheredarlo. A mi hermano José y a mí nos ordenaba expresamente no tratar jamás con él pues "a banderas desplegadas ha querido ser afrenta de agüelos y padres; y esto se cumpla inviolablemente": esto escribió en un estilo tan recio y pomposo que ni yo mismo superé en mis versos. A mí me alertaba a que por ningún caso dejara los estudios sino que los acabase para ser buen capellán. Por el testamento supimos que teníamos un hermano bastardo, Francisco, a quien dijo había abandonado por su mala conducta y andaba perdido por el mundo. Apareció más tarde y vivió con nosotros. Nos pusimos en pleito con mi madrastra y en ello estuvimos hasta que en 1618 le pagamos 2700 ducados para que nos dejara en paz. PREGUNTA.- Su padre les dejó como tutor a su tío Andrés Jerónimo de Henao, y se decidió que para el estado eclesiástico lo mejor era enviarlo a estudiar a Salamanca… RESPUESTA.- Sí, porque seguramente se deseaba que acrisolara mi vocación con estudios jurídicos. Y me alegro de aquello: estudiar cánones y derecho natural me ordenó sobremanera la cabeza y me hizo dar buenos paseos por la historia, y no sólo la eclesiástica, que fue entonces cuando leí a Mariana y a Zurita. Salamanca era algo deslumbrante en comparación con la provinciana Alcalá. Axis mundi de la sabiduría se la llamaba todavía. Cinco mil estudiantes ocupaban sus aulas y allí me sobró tiempo para escuchar a los maestros de metafísica, cosmografía, teología moral y dogmática y acudir a la cátedra de Música donde aún resonaban las voces del grande Salinas…El conocimiento hace al hombre: eso es lo que aprendí esencialmente; un anhelo que lo ilustra y lo redime de su fiera condición. Cuánto de eso quise dejar entrever al idear mi Segismundo, monstruo sin horizonte, enseñado por un cortesano que sólo sabía de secretos de estado. Un príncipe que sólo aprende en los libros ausentes de una torre acaba como acaba. Aprendí también que la filosofía y la curiosidad por el lenguaje era el fundamento científico de la poesía. Después se admiró de mí esa penetración intelectual que iba a llamarse enciclopedismo. Lo dijo Goethe que fue un cruce entre romántico e ilustrado. Terminé de Bachiller y con esa licencia de juvenil bachillería me volví a la corte en 1619, queriendo comerme el mundo… PREGUNTA.- Don Juan de Vera Tassis en la relación que hace de su vida dice que ya tenía escrita alguna comedia a los trece años… RESPUESTA.- Exageraciones de las muchas suyas. Poco antes de volver de Salamanca había leído el mejor de los libros posibles: las dos partes del Quijote y, luego, esa locura de novela (donde realmente la inventó) que fue el Persiles del gran don Miguel. Supe entonces que aquello era insuperable y ensayé algún trozo de comedia en su honor, en un Don Quijote que se perdió entre otros mis primeros papeles. . Empecé, como todos, haciendo versos. O, por mejor decir, leyéndolos. De Salamanca me traje unos versillos, algunas octavas y un soneto de pie y cabeza forzados, con los que probé suerte en las justas poéticas que se celebraron en 1620 para solemnizar la beatificación de San Isidro. Una manera de ganarse una fama efímera o unos reales. Por eso pude escribir con guasa aquello de: La codicia de un bolsico PREGUNTA.- Pero tuvo un elogio excepcional, que quedó impreso en la descripción de la justa de aquel año… RESPUESTA.- Y que honró más la generosidad e hipérbole de quien lo escribió que la bondad de aquellos mis primeros lances de pluma. Pero he de confesar que los dedos se me hicieron huéspedes rebuscando en el libro, cuando me lo comentaron, aquellas líneas: A Don Pedro Calderón
PREGUNTA.- Y ¿nadie más habría de influirle?… RESPUESTA.- Lope me enseñó a dar inventar y delinear las pasiones humanas. A decirlas, y a escribirlas en el espacio, me enseñó otro monstruo de la escritura: Góngora que por entonces escandalizaba con el enrevesado atrevimiento del Polifemo y las Soledades. Yo quise convertir aquel lenguaje en imágenes y teatro. Pero todavía me faltaba algún tiempo y algunas calaveradas de duelos… PREGUNTA.- ¿Calderón, el Bachiller que paseaba mohíno por Salamanca con vestidura talar? RESPUESTA.- Hábitos que colgué presto cuando hube llegado a la Corte. Allí pasé más de un buen rato con Diego y José, mis hermanos, bebiéndonos los reales de la herencia de mi padre. Una noche del verano de 1621, volviendo a casa, topamos con una refriega a las puertas del palacio del Condestable de Castilla. Tiramos de espada y (tal vez por nuestra mano pero sin poder asegurarlo) cayó muerto su pariente Nicolás de Velasco. Mi tío echó mano de sus influencias, nos hizo esconder en la casa de Embajador de Alemania y salimos libres a la vuelta del otoño no sin haber pagado 600 ducados al padre del muerto y 3000 reales por los costes del proceso. Tuvimos que vender el oficio de escribano de mi padre para hacer frente a la deuda y a mí me quedó de recuerdo una descalabradura en la sien izquierda. Bien mermada teníamos ya la herencia y tuve que empezar a buscar las sinecuras que me persiguieron, para vivir, la mayor parte de mi juventud. En 1622 me buscan un puesto de escudero o acompañante del entonces joven Condestable don Bernardino Fernández de Velasco. La ociosidad me permitía seguir intentando hacer fortuna con los versos. Aquel mismo año me dieron un trencellín de sombrero que bien valía 30 ducados por ganar el tercer premio en el certamen literario de la canonización de San Isidro y Santa Teresa; y fui el primero en el celebrado en honor de San Ignacio y San Francisco Javier en mi antiguo Colegio Imperial. Aquí me dieron un pomo de plata y cuatro cucharas y tenedores de lo mismo. Como poeta, ya ve, no salía de pobre… PREGUNTA.- Y entonces llega su primera obra conocida y de éxito. Alude a ello en su romance burlesco: "La cómica inclinación / me llevó a la farandula: / comedias hice, si malas / o buenas, tú te las juzgas…" RESPUESTA.- En 1621 había comenzado a reinar Felipe IV, por entonces poco más que un
adolescente; y empezó también la fastuoso época del gran Guzmán, el Conde Duque de
PREGUNTA.- ¿Y eso le reportaba dineros o importancia? RESPUESTA.- Lo segundo, claro. Lustre de hidalguía venida a menos. Tampoco es que andara mal de dineros: comía y vestía en casa del Condestable y ruaba con un buen caballo; las rentas familiares me evitaban el ir persiguiendo a los cómicos para que me estrenaran. Pero, a decir verdad, lo que aproveché de mi escudería fue las largas horas en la biblioteca de mi patrono que había hecho rica su padre, el Duque de Frías, mecenas, erudito y bibliófilo. Allí eché a la vista toda la literatura que soñar pude. PREGUNTA.- Iba al fin asentando la cabeza… RESPUESTA.- Quisiera decirle que sí, pero era el tiempo de vivir… Yo ya era miembro de la farándula, compadre de los recitantes y farsantas. Una noche, en el Mentidero de los representantes, unas copas de más hicieron que el actor Pedro Villegas se enzarzara a discutir con mi hermano Francisco, a quien habíamos admitido en casa, pese a los reproches de mi padre. Nos encalabrinamos, llamé a la Guardia y el Villegas se puso a correr como alma que lleva el diablo. Todos tras él, dio en refugiarse en el convento de las Trinitarias que allí mismo estaba. Yo iba el primero y no me atuve a nada. Cosas de juventud violar aquella clausura. Pasamos Justicia, amigos y muchedumbre abriendo de par en par las celdas. No hubo rastro del Villegas que se pasaportó a Osuna; pero el escándalo fue mayúsculo. Lope me escribió una dolidísima carta porque entre las monjas vejadas se hallaba su hija Marcela. Tenía razón el maestro por lo que le tocaba. Mas no aquel presuntuoso, fatuo, insaciable hablador sermonario y lúbrico mujeriego que fue Hortensio Paravicino que se permitió desenterrar el suceso ante el Rey en una misa de difuntos. Me vengué en lo que más le dolía. Hice que parodiara el gracioso Brito sobre las tablas uno de sus energuménicos sermones de Berbería con sus emponomios horténsicos, dignos de bufón vinoso. Quiso aún el fraile meneallo todo para que el Rey me castigara, pero sólo padecí días de arresto menor en casa. Aquel año de 1629 se estrenan dos mis obras favoritas. La una, por el éxito portentoso en los corrales, La dama duende. La otra porque quise dibujar por vez primera, de manera íntegra, la dignidad humana y el valor de la tolerancia, El príncipe constante. Y en ella, precisamente, metí la morcilla de los versos contra Paravicino. Con lo que el cretino me debe su fama postrera. PREGUNTA.- Y entonces comienza su imparable ascenso a la fama. Le década de los treinta… RESPUESTA.- Se estaba produciendo un cambio de generación en el teatro y un cambio de gusto. Impactaban cada vez más las emociones visuales y la fama de los trucos teatrales que venían de Italia. Hasta los actores a veces se imponían como tiranuelos marcando los repertorios. Pero, sobre todo, teníamos un estado que cimentaba la conquista de su reputación en la propaganda. El teatro se convierte en una industria del ocio bajo la coartada de las obras pías a las que iban destinados los beneficios de los corrales y en una máquina de esplendor del régimen. Es un teatro institucionalizado que copa todos los espacios y resquicios: casas privadas y palacio, plaza pública y corrales, coliseos en las ciudades de más nervio económico, iglesias y hasta conventos. Yo escribo pensando en esa multiplicidad de públicos y espacios, claro, en sus exigencias y recomendaciones; pero sobre todo ensayo géneros, intento responder en diversos tonos a las preguntas de la vida. Así nacieron La vida es sueño, El alcalde de Zalamea, El médico de su honra, y tantas otras. No paré en diez años. Olivares me requería continuamente…Y fue entonces cuando algunos logramos convencerle de que la nueva era precisaba no sólo un gran valido sino un nuevo palacio para el Rey que inmortalizara su memoria… PREGUNTA.- Y se comienza la construcción del Palacio del Buen Retiro… RESPUESTA.- Que transformó Madrid y marcó un hito en su plano urbano. Olivares compró hectáreas de terreno, allanó y creó colinas y lagos artificiales, plantó árboles, trajo a los mejores ingegnieri a que diseñaran jardines, fuentes y espacios de recreo; elevó estatuas y construyó recónditas ermitas, más de veinte cuerpos de edificios… En 1634 le entrega las llaves al Rey en bandeja de plata y éste le nombra Alcaide perpetuo. La nobleza ha sido esquilmada para llenar el palacio de obras de arte, cuadros y tapices. Y, con diseño de Cosme Lotti, comienza a erigirse el Coliseo para espectáculos teatrales que se inauguraría en febrero de 1640. PREGUNTA.- ¿Quién era ese Cosme Lotti? RESPUESTA.- El primero de los magos que vinieron de Italia. Al menos uno de los primeros.
Aunque un tal Fontana ya había construido años antes un teatro portátil en los jardines del
Rey. Promovió todos las ciencias de ficción teatral que imaginarse pueden. Y en los mismos
aposentos de la Reina llegó a fingir tan bien el oleaje marino en una comedia (un burdo truco
PREGUNTA.- Entretener al Rey le convierte en importante. Ese año va ser promovido a Caballero de la Orden de Santiago. RESPUESTA.- Felipe IV fue el primer gran mecenas de España en las artes… No dudo en distinguir a sus artistas con el alto honor que ello suponía… Pero no quiero ni acordarme del engorro burocrático que tales cosas prevenían… Hube de pasar meses buscando testigos por la montaña santanderina, trazando extravagantes árboles genealógicos, dando fe de cosas tan ridículas como que tenía caballo y andaba en él. Me rascaron todo el linaje y la cosa se retrasó peligrosamente hasta 1637 porque hubo que pedir dispensa papal a Urbano VII ya que mis señores abuelo y padre habían sido escribanos que era tanto como decir trabajadores manuales… Me sacó de quicio tamaña estupidez. Años después, un poco a la vuelta de todo, reflejé con amargura irónica esta obsesión por la limpieza de sangre demostrada con pleitos y papeles. Fue en el auto sacramental de Las pruebas del segundo Adán, es decir, Cristo, que tiene que defender la limpieza de su genealogía lo que, a la vista de un tribunal español del tiempo, era poco más que imposible. La cosa me costó un fuerte disgusto con la Inquisición y el auto acabó llamándose Las Órdenes Militares. Pero el año 1636 fue también importante porque, con ayuda de mi hermano José, di a la imprenta el primer tomo de mis obras. PREGUNTA.- ¿Era cosa importante publicarlas? RESPUESTA.- Y tanto. Significaba mi consagración como poeta dramático. Además de que, aunque la impresión nunca fuera aseada en exceso, de alguna manera recuperaba el control de unas piezas considerablemente emborronadas y mutiladas por las compañías de actores, cuando no despiadadamente pirateadas en ediciones no autorizadas o que se basaban en copiones infames. Yo entregaba mi manuscrito a los autores y ordinariamente desaparecían. A mediados del año siguiente, después de estrenarse en Yepes mi comedia, entre auto sacramental y de magia, El mágico prodigioso, salió otro tomo. Fue poco después de entrar al servicio del Duque del Infantado, Rodrigo de Sandoval y Hurtado de Mendoza, nieto del Duque de Lerma… PREGUNTA.- A finales de 1639 aquella época gloriosa parece tocar a su fin… RESPUESTA.- Desde siempre fui un escéptico de la gloria duradera. En El Tuzaní, una tragedia en la que reflejé aquel inmenso error de la expulsión morisca escribí que No es menester que digáis No era cosa mía, de momento, sino de las vueltas de aquella república de hombres encantados como llamó a España un historiador del siglo. El prestigio de las Españas, en el que tanto esfuerzo había puesto el Conde Duque empezaba a desmoronarse. Ya en 1638 mi hermano José me animó a acompañarle a auxiliar en el Cerco que los franceses del odioso Richelieu habían puesto a Fuenterrabía. Yo ni entré en combate, pero algo de la experiencia saqué a relucir en la obra No hay cosa como callar. Mi hermano José alcanzó el grado de Capitán y resultó gloriosamente herido. Pero lo peor, lo terrible, anidaba en nuestro suelo. El Conde Duque quería un estado moderno, sólido, sin fisuras, aunque se respetaran fueros históricos. Había demasiados intereses en juego y Francia de por medio. Y sucedió el desastre de Cataluña y la falta de habilidad para evitar aquel sangriento Corpus de 1640. La guerra era inevitable. El debate intelectual se sofocó con las soflamas patrióticas. No con poco escrúpulo tomé partido: era mi obligación como caballero de hábito, aunque eso, como tantas otras cosas, haya contribuido al integrismo autoritario con el que se me juzgaría. Me alisté el 28 de mayo de 1640 y serví como coracero bajo las órdenes del Conde-Duque de Sanlúcar. Participé en la toma de Cambrils, Salou y Villaseca, donde salí herido en una mano. Ya ve, como Cervantes. Sólo que aquella no fue la más alta ocasión que vieron los siglos sino el momento más triste de una nación que dejaba de serlo a fuerza de empeñarse en querer ser una y no varias en una. Tampoco a Europa le interesaba. Portugal se separó y aristócratas emboscados crearon las disidencias de Aragón y Andalucía. Todavía en 1642 me alisté de nuevo a las órdenes del Conde de Oropesa, pero en noviembre, hastiado pedí el retiro. Y me concedieron lo que llamaron treinta escudos de entretenimiento al mes. La guerra iba a durar muchos más años. Prácticamente hasta que en 1652 el Rey reconoce los derechos de los catalanes. Cuánta sangre y energía derramada. PREGUNTA.- Fue la causa de la caída de Olivares en 1643… RESPUESTA.- Fue el final de una época y de la cima ascendente de mi vida. A mí me licenciaron
PREGUNTA.- El Consejo de Castilla decide regular severamente el teatro en 1644, ¿no? RESPUESTA.- Fue peor que todo eso. Es verdad que el beaturrón de Antonio de Contreras logró promulgar unas leyes absurdas y restrictivas, aconsejando comedias de santos en lugar de amoríos que, decía, era el cebo con que se llenaban los patios; mandaba que no hubiera más que representantas casadas, se prohibieron joyas y vestuario que se lucían por extremo; y que no hubiera más que una compañía de título en Madrid. La muerte del heredero acabó por cerrar el corazón del monarca y le cundió la melancolía mística. En octubre de 1646 se cierran definitivamente los teatros y no se volvieron a abrir hasta su nuevo matrimonio en 1649. Aquello arruinó a las compañías; muchos actores buscaron fortuna por Europa y los poetas nos vimos en ayunas de nuestros encargos. Ya se lo he dicho, fue el final de una época y de una generación que se había formado para y con el teatro… Nada iba a ser lo mismo desde entonces. PREGUNTA.- Pero usted tenía recursos, rentas y pensiones… RESPUESTA.- Fueron malos tiempos hasta para eso. Los últimos encargos me habían llegado en 1644, para los autos que aún escribí, en una breve estancia en Toledo. Desde allí firmé los originales de La humildad coronada de las plantas y El socorro general. Me tocó otra vez pleitear para que no se me retirara la pensión en ducados que recibía por mi herida de guerra y la que me procuró la muerte de mi hermano. Hacia 1645, después de estrenar El gran teatro del mundo decidí volver al medio de vivir que me había procurado algún decoro, aparte del teatro y elegí servir al Grande de España Fernando Álvarez de Toledo, Duque de Alba. Y a su palacio de Alba de Tormes me retiré hasta 1648. No dejaba nada en la Corte más que miserias y la flor de una esperanza que, a mis años, ya creí no vendría nunca… PREGUNTA.- Eso no se supo hasta años después; que se sepa hasta 1655 no reconocería en un poder notarial que tenía un hijo natural por nombre Pedro José. ¿Por qué nunca dio publicidad a su amores? RESPUESTA.- Y que murió en 1657, sin haberlo disfrutado. Fue la herida más grande de la herencia de una época sombría. Supe de su nacimiento a mi regreso de Alba de Tormes. Publicidad… ¿No andábamos con que la biografía de Calderón era la del silencio? Una vez escribí en una comedia que el amor "ha de ser sabio, solo, solícito y secreto". Entre 1640 y 1648 Madrid era la partida hacia cualquier destierro, incluida la muerte. Un destierro al que desde entonces todos se empeñaban en precederme. Murió ella. Y murió mi hermano Diego en 1647. PREGUNTA.- Y es entonces cuando Calderón se ordena sacerdote. RESPUESTA.- Fue algo más que aquella desolación. Tenía que mantener aquel fruto de lo más limpio que experimenté fuera y dentro de las tablas. Dejé a mi hijo a buen recaudo, cuidado por mis sobrinos. Le traspasé mis treinta ducados de entretenimiento. Y, aunque vi el cielo abierto cuando el Rey se casó y volvieron las fiestas, los nidos de antaño ya no se fiaron a los pajaricos nuevos. Sabía que como cura iba a seguir teniendo los encargos que importaban reales, y más en la beaturrona república que se nos avecinaba con un Rey carteándose todo el tiempo con una monja visionaria. Los autos eran el único teatro que no se había prohibido. Y el testamento de mi abuela y madre aún señalaba la deuda pendiente de aquella capellanía. Así que la reclamé, junto con sus bienes, en 1651. Esa fueron las razones, a más de que, incluso hombre ardido y pendenciero, nunca dejé de tener a Dios por señor poderoso, al que podía servirse con o sin hábitos, sin tramoyas o con ellas. Antes de ordenarme tomé el hábito de la Orden Tercera de San Francisco, porque las cosas hay que hacerlas como es debido. PREGUNTA.- Por entonces se convierte en el autor casi en exclusiva de los autos sacramentales… RESPUESTA.- Diga mejor que yo había creado de verdad el género a la moderna. Ni Valdivieso, ni
Mira de Amescua ni el mismo Lope los habían despegado de la fórmula antigua de autos
viejos. Poco texto, mucha caricatura diablesca y sermoncico moral, nada de argumento ni
PREGUNTA.- Después de ordenarse hacia 1651, las cosas parecen que pintaban mejor… Vd. se va a vivir a la calle de Platerías, bien de la dote de su capellanía. RESPUESTA.- Una vivienda modesta y muy estrecha de fachada (17 pies y medio) y un balcón en cada piso. Allí habría de vivir hasta mi muerte. En 1859, amenazando ruina, estuvieron a punto de derribarla; pero Mesonero Romanos que como casi todos los románticos, me quiso bien, dio la murga en unos cuantos artículos y el Ayuntamiento la restauró. Se puso una lápida, el único rastro, que aún se conserva: "Aquí vivió y murió don Pedro Calderón de la Barca". El Rey se había casado en 1649, de puro compromiso para resolver la cuestión sucesoria, con su sobrina Mariana de Austria. Se trajo un cortejo de severos alemanes que nunca entendieron de verdad nada, incluido aquel estirado jesuita, Everardo Nithard, que habría de servirle de valido en la terrible y desventurada regencia…Pero, de momento, se volvió un tantico a las fiestas y regocijos, sobre todo después de la paz con los catalanes y con Flandes. Para la reina Mariana escribí Darlo todo y no dar nada y aquella espléndida La fiera, el rayo y la piedra, que la locura escenográfica de Baccio del Bianco hizo durar, en el Coliseo del Buen Retiro, siete horas. En 1653 se me nombra capellán de los Reyes Nuevos de Toledo, lo que me valía mil escudos al año. Antes de tomar posesión se estrena en palacio una de mis obras favoritas, Las fortunas de Andrómeda y Perseo. Era el teatro total que yo vislumbraba como el futuro del arte. Música y fascinación visual, dioses y máquinas volando. En Toledo estuve unos años, pero sin faltar a mi cita anual de los autos, que escribía y controlaba en los ensayos, además de marcar el diseño de los carros y apariencias. PREGUNTA.- De modo que pasaba de los píos autos a la severidad palaciega… RESPUESTA.-
PREGUNTA.- Luego hablaba con los actores… RESPUESTA.-
PREGUNTA.- Pero lo que escribía se alejaba cada vez más de la realidad, de aquellas pasiones inmediatas de las comedias o tragedias de los primeros años… RESPUESTA.- En este centenario he leído con curiosidad algunos titulares de periódico que proclaman eso de que "Calderón se mantiene moderno". ¡Calderón fue moderno, por eso se mantiene! Dispuse de medios insospechadamente modernos para construir otro teatro, para refundar la comedia nueva. Autos y comedias mitológicas se olvidaban del tiempo y del espacio; obligaban a los actores a dar lo mejor de sí; era teatro de ideas y de impacto visual; se abría las nuevas corrientes europeas del teatro total, lo que habría de ser la ópera. Ahí esta La púrpura de la rosa de 1660, en la que bien claro expresé que había de ser
PREGUNTA.- En 1663 se establece definitivamente, de nuevo, en Madrid. RESPUESTA.- Sí, y a poco el Rey me hizo el privilegio de hacerme su capellán de honor… Ese mismo año doy a la estampa la tercera parte de mis comedias. A fuer de vanidad ya nadie me discutía ser el primer dramaturgo de España. El licenciado Tomás de Oña, en la aprobación del tomo, me hizo casi sonrojar al escribir aquello de que "bien merece don Pedro Calderón, entre los españoles, la antonomasia que Homero entre los griegos y Virgilio entre los latinos". Ya se sabe las exageraciones de esas aprobaciones de circunstancias, pero con todo… PREGUNTA.- Ya todo habrían de ser honores hasta el final de sus días… RESPUESTA.- Ni por pienso. Todavía habrían de venir malos tiempos para el teatro. Pero yo ya tenía, y mucho, con qué vivir. El 17 de septiembre de 1665 muere, a los sesenta años, Felipe IV. Y ahí estaban otra vez los moralistas y el Consejo de Castilla que no pararon hasta conseguir que la Reina Madre Mariana decretase la prohibición de representar comedias hasta la mayoría de edad de Carlos II. ¡Y tenía cuatro años! La Villa de Madrid comprendió que aquello podía ser la ruina definitiva de las obras que atendían con sus beneficios. Pero no dieron su brazo a torcer hasta 1667. Y para entonces, se había producido otra diáspora de actores y los corrales, especialmente el de la Cruz, quedaron en un estado lamentable. El Ayuntamiento, escaso de recursos, durante cuatro años no costeó autos sacramentales. Y a mí eso me costaba perder 5800 reales al año. PREGUNTA.- Pero todavía aceptará obras de encargo de la propia Reina… RESPUESTA.-
PREGUNTAs.- Son sus últimos años, los últimos años de una gloria nacional… RESPUESTA.- A la que nunca faltaban necesidades. Desde los años setenta ya no eran mis fuerzas la
que eran… Casi no escribía, pero componía de memoria con soltura y dictaba al Licenciado
Jerónimo de Peñarroya, que había sido actor y tenía exquisito criterio…El nuevo Rey, de tan
tristes destinos, me estimaba… En 1679 se me hizo una rara merced. Recibí una cédula del
Mayordomo Mayor de palacio, en su nombre, en la que hablaba de mis servicios de tantos
años, de mi crecida edad y de mis cortos medios, por lo que me concedía una ración de
cámara en especie. Hablando claro: que me reservaban la comida en palacio. Paniaguado de
lujo. Unos criados me la traían a diario. Me enterneció el detalle. A aquel Carlos II que iba a
PREGUNTA.- No irá a presumir a ahora de descreído, crítico o rebelde… RESPUESTA.- Ni ahora ni nunca. Fui hijo de la iglesia y de la monarquía hispánica. Adulé a los reyes como el que más, canté la conquista de las Indias en La aurora en Copacabana y no dudé en celebrar la Inquisición en los autos sacramentales: a fin de cuentas para su Consejo se hacían representaciones expresas. No fui un revolucionario. Pero tampoco un loco sanguinario que se dedicaba a organizar misas negras inmolando a mujeres casadas con seres enfermizos adoradores de la honra. Un hombre que vive, en el siglo que me tocó a mí vivir, ochenta y un años tiene tiempo, demasiado, para ser también un escéptico. PREGUNTA.- O un cínico vanidoso, don Pedro, a juzgar por ciertas disposiciones testamentarias sobre su propio entierro… RESPUESTA.- El domingo 25 de mayo de 1681 estaba escribiendo los pliegos finales del auto La divina Filotea y me sentí enfermo. Moría como un hombre de teatro: cumpliendo con su oficio. Y quise que me enterraran con la dignidad del sacerdocio pero con el decoro y apostura de quienes mejor podían entender mi voluntad. Por eso quise que mi féretro fuera llevado a hombros, a cuerpo descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi malgastada vida para ser enterrado en la capilla de San José de la parroquial de San Salvador. No pedí exceso de pompa ni músicas, pero sí ir envuelto en el hato de vestuario que acompañó al teatro de mi vida: el manto capitular de Santiago, vestiduras talares, el hábito de San Francisco y la correa de San Agustín. Pedí doce sacerdotes, doce niños de la doctrina y doce de los Desamparados de acompañamiento. Y me hubiera gustado que me hubieran llevado a hombros algunos de los grandes comediantes que aún quedaban en la Cofradía de la Novena, pero no hubiera sido bien visto. Al cabo, fueron ellos los únicos que se preocuparon de darme honras fúnebres gastando por ello hasta 546 reales. Y bien pagué a los curas la función: dejé como herederos de mi hacienda, a excepción de algunas mandas sentimentales para criados, familia lejana y amigos fieles como Jerónimo de Peñarroya y su hija, a la Congregación de Presbíteros de Madrid… PREGUNTA.- La herencia en especie no fue poca. Nada menos que uno de los que tasaron sus bienes muebles, pinturas, láminas y obras de artes el pintor Claudio Coello… RESPUESTA.-
PREGUNTA.- No, interesa más saber por qué se citan tan pocos libros en su testamento; por qué, igual que se tasaron sus obras de arte, no se hizo lo mismo con la biblioteca de Calderón de la Barca… RESPUESTA.- Porque en cierta manera no había tal. Me abastecí de la biblioteca de palacio y, sobre todo, de la de los señores a los que serví. De algo me tenía que valer andar de escudero y esas zarandajas sin pegar palo al agua en aquellos palacios. La tasación la mandaron hacer los herederos y no apreciaron los pocos que tenía. Sí que dejé dicho en el testamento que se entregaran algunos de materia eclesiástica a amigos; los del Padre Diana a Jerónimo de Peñarroya, por entonces Capellán de la Cofradía de la Novena, que tanto me había ayudado. Y el que más usé en los últimos tiempos, el Theatrum vitae humanae al predicador Alonso de Cañizares. En cuanto a lo demás, los muchos papeles personales y manuscritos de mis obras, los había prometido en vida a Juan Mateo Lozano, cura de San Miguel… y es mejor no meneallo…Dejé con él comunicado la forma en que había de usar de ellos. Y no lo hizo. Fue la última burbuja de tantos silencios a los que, al parecer, estaba condenada mi biografía… PREGUNTA.- Fue enterrado en la Parroquia del Salvador, pero después sus huesos dieron muchos tumbos… RESPUESTA.- Como suele suceder en una nación que olvida a las glorias vivas y no las deja en paz
estando muertas. En 1841 el estado ruinoso de la iglesia lleva al Ayuntamiento a derribarla.
De modo que se advirtió antes a la Congregación de Presbíteros que trasladaran mis restos.
Me llevaron a la iglesia sacramental de San Nicolás en una urna cineraria con carretela
enlutada. Todo un lujo. Pero una vez más, fueron los actores los que más se lucieron. Al
pasar por delante del Teatro del Príncipe, actores y actrices cantaron echando flores y
coronas de laurel y hasta Julián Romea se adelantó con un lucido recitado. Pero en 1869 se
decide construir una gran panteón de hombres ilustres, con cuya excusa, mis cenizas y la de
PREGUNTA.- Justo donde se había erigido en 1880 su estatua… RESPUESTA.- Sí, a cargo del escultor Juan Figueras. Y allí permanezco, mirando de hito en hito el teatro que ahora se levanta donde estuvo el del Príncipe, sostenido por ménsulas y un pedestal de cuatro frentes con mi nombre y la alegoría de las letras y las armas. Muchos años después, cerca dispusieron otro monumento a un poeta: el de Federico García Lorca. Me alegré mucho; le tenía la estima de haberme apreciado y llevado mis obras por pueblos en una camioneta. Y murió joven, merced a las bondades inquisitoriales de quienes se enfrascaron enseguida en secuestrarme para sus Congresos Eucarísticos…A veces, en las noches claras del Madrid de los Austrias, ambos nos sentamos en los aledaños del Español y hablamos de Segismundo y de don Perrimplín, de mi Céfalo y de su Cristobita, de su Bernarda y de mi don Gutierre…A veces bajamos hasta el Casón del Buen Retiro y le cuento aquellas tremolinas del Baccio y del Lotti y los tablados sobre el estanque. Y él me dice que exagero, que tendría que haber visto Nueva York y Harlem y el cine y los aeroplanos en al aire. Y como son cosas que ignoro, porque nunca salí de estas Españas, se ríe y me dice: "Claro, don Pedro, es que usted es un clásico…". Yo entonces me quedo más tranquilo.
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