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:: Biografía

En la Villa y Corte

Anónimo, La nueva Plaza Mayor de Madrid. Madrid,  Museo Municipal. Juan Manuel González Martel, Casa Museo Lope de Vega. Guía y catálogo, Madrid, Real Academia Española-Comunidad de Madrid, 1993, p. 26. Tras el regreso de la Corte a Madrid, Cervantes se establece con su familia en el barrio de Atocha, detrás del hospital de Antón Martín, donde se le sabe alojado en febrero de 1608. Un año más tarde, se muda a la calle de la Magdalena, cerca del palacio del duque de Pastrana, y luego, en 1610, a la calle de León, en lo que se llamaba entonces el «barrio de las Musas», donde también vivieron, entre otros escritores, Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Vélez de Guevara. En los primeros meses de 1612, se traslada a una casa próxima, detrás del cementerio de San Sebastián, en la calle de las Huertas, «frontera de las casas donde solía vivir el príncipe de Marruecos». Por fin, en el otoño de 1615, abandona esta morada por otra, situada en la esquina de la calle de Francos y de la calle de León.

Vista de Madrid a mediados del siglo XVII. Juan Manuel González Martel, Casa Museo Lope de Vega. Guía y catálogo, Madrid, Real Academia Española-Comunidad de Madrid, 1993, p. 25.Durante aquellos ocho años que le quedan de vida, no se aventura mucho fuera de la capital, salvo para breves estancias en Alcalá y Esquivias. La única circunstancia en la que su destino estuvo a punto de tomar otro rumbo fue, en la primavera de 1610, el nombramiento del conde de Lemos, protector suyo, como virrey de Nápoles. Cervantes, lo mismo que Góngora, abrigó el sueño de formar parte de su corte literaria; y de los indicios sacados por Martín de Riquer de un minucioso examen de los capítulos que, en la Segunda parte del Quijote, refieren la estancia del caballero manchego en Barcelona, se infiere que bien pudo el escritor emprender el viaje a la ciudad condal, en vísperas de la partida de Lemos, para defender sus pretensiones. Pero no consiguió del secretario del virrey, el poeta Lupercio Leonardo de Argensola, ni tampoco de su hermano Bartolomé, la confirmación de sus promesas. Como dirá en el Viaje del Parnaso, con cierta ironía melancólica:

    «Que no me han de escuchar estoy temiendo»,
le repliqué; «y así, el ir yo no importa,
puesto que en todo obedecer pretendo.

   Que no sé quién me dice y quién me exhorta
que tienen para mí, a lo que imagino,
la voluntad, como la vista, corta.

   Que si esto así no fuera, este camino
con tan pobre recámara no hiciera,
ni diera en un tan hondo desatino.

   Pues si alguna promesa se cumpliera
de aquellas muchas que al partir me hicieron,
lléveme Dios si entrara en tu galera.

   Mucho esperé, si mucho prometieron,
mas podía ser que ocupaciones nuevas
les obligue a olvidar lo que dijeron.

(III, vv. 175-89)

Varios acontecimientos de índole familiar marcan la vida del escritor durante esos años: en primer lugar, sus desavenencias con su hija Isabel y sus dos yernos sucesivos, Diego Sanz y Luis de Molina, por asuntos de dinero y por la posesión de una casa situada en la calle de la Montera, cuyo legítimo dueño era un tal Juan de Urbina, secretario del duque de Saboya, quien, al parecer, mantuvo con Isabel un trato no exento de sospechas; luego, una sucesión de muertes: la de su hermana mayor, Andrea, ocurrida súbitamente en octubre de 1609, la de su nieta Isabel Sanz, seis meses más tarde, y la de Magdalena, su hermana menor, en enero de 1610.

Tal vez deban relacionarse estos sucesos con un acercamiento cada vez mayor del escritor a la vida de devoción: en abril de 1609, se afilia a la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento, sin que sepamos si llegó a acatar las estrictas reglas que ésta imponía a sus miembros, como ayuno y abstinencia los días prescritos, asistencia cotidiana a los oficios, ejercicios espirituales y visita de hospitales; en julio de 1613, se le admite como novicio de la Orden Tercera de San Francisco, a semejanza de su mujer y de sus hermanas; el 2 de abril de 1616, poco antes de morir, pronuncia sus votos definitivos.

A primera vista, esta gravitación no concuerda con las pullas irónicas y las alusiones impertinentes a las cosas de la Iglesia que recorren los textos cervantinos; parece contradecir su crítica de ciertas prácticas supersticiosas -observancia formal de los ritos, devoción interesada en las almas del Purgatorio- habituales entre sus contemporáneos. En realidad, en este desacuerdo con el tono medio de su época se trasluce a veces el influjo de determinadas corrientes de pensamiento: pudo proceder ocasionalmente de la lectura de Erasmo, así como de ciertos aspectos de la espiritualidad franciscana, muy adicta a la devoción interior; pero el humanismo de Cervantes, formado muy lejos del polvo de las bibliotecas, se fraguó en gran parte en la escuela de la vida y de la adversidad. Por otra parte, en cuanto salimos del terreno de su ideario, es empresa azarosa la de captar la espiritualidad del autor del Quijote, sabiendo que ésta hubo de trascender, por definición, las operaciones del entendimiento: a fin de cuentas, se nos escapa irremediablemente, lo mismo que el «yo» secreto del creyente que fue Cervantes. Por eso, el fervor que pregona al final de su vida no ha de interpretarse como una mera precaución frente a los guardianes de la ortodoxia o una concesión dispensada a sus hermanas. Por cierto, la Congregación del Santísimo Sacramento, fundada bajo el doble patrocinio del duque de Lerma y de su tío, el cardenal de Sandoval, era también una academia literaria a la que asistieron Vicente Espinel, Quevedo, Salas Barbadillo y Vélez de Guevara, y en la que se cortejaba a las Musas con la bendición de Nuestro Señor. Pero las formas que reviste su compromiso se nos aparecen ante todo como el fruto de una decisión meditada, la de un hombre que trató de unir la fe y las obras en el crepúsculo de su vida.

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