Los mecanismos que rigen el comportamiento humano
muestran una evolución tan extremadamente lenta que apenas
pueden notarse sus diferencias entre el conjunto de obras que configuran
la historia del teatro. Ello lo demuestra la validez de tantos dramas
construidos hace mas de dos milenios y medio, los cuales siguen
figurando entre los grandes mitos de la humanidad.
Bajo este prisma, la distancia que nos separa de Cervantes es ínfima,
y así, las situaciones presentadas en su entremés
"El Retablo de las Maravillas" siguen hoy produciéndose e
incluso multiplicándose bajo el poder de los medios de comunicación.
Por consiguiente, y a fin de no incurrir en el mismo defecto de
lo que denunciamos en estas variaciones del retablo, contaremos
con absoluta franqueza el proceso que nos ha llevado a ello.
El primer motivo y quizá el más esencial es la necesidad
de hacer algo para conseguir que veinte personas continúen
subsistiendo del teatro. Después nos encontramos con ocho
magníficos actores que deben multiplicarse en numerosos papeles,
pues tampoco contamos con los medios de los teatros públicos.
Luego tenemos que emplear una costosa pantalla electrónica
que todavía no hemos amortizado, y finalmente, disponemos
de los taquillajes conseguidos con la producción anterior
que nos permiten una cierta libertad, o sea, no depender de que
ninguna institución, por el hecho de pagarnos el invento,
condicione el producto.
Una vez asumidos estos ineludibles ingredientes (tampoco lo consideramos
limitaciones) podemos dedicarnos a toda clase de disquisiciones,
que en esta ocasión, se sintetizaron sobre la paradoja clásica
de como los cretinos pueden vendernos la nada a costa del temor
de sus semejantes a pasar por cretinos. No obstante, a pesar de
ello, la humanidad ha seguido evolucionando porque siempre han aparecido
en última instancia niños denunciando la desnudez
del rey. Sin embargo hoy los niños están domesticados,
los artistas comprados con dinero público y los filósofos
ejerciendo de funcionarios. Así, los retablos campan a sus
anchas promocionados por las más altas instituciones y vendidos
por los media aprovechando que "cada día que amanece..."
Albert Boadella
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