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Catálogo: Literatura infantil Literatura para adultos


El dragón tragón. Selección

El Dragón estaba hablando con el Koala.

DRAGÓN  En todos los periódicos del mundo me llaman monstruo. ¿Sabe usted lo que es un monstruo?

 

EL KOALA  Sí.

 

DRAGÓN  ¿Soy yo un monstruo?

 

EL KOALA  No.

 

DRAGÓN  ¿Lo ve? ¡Estoy harto, cansado de que me saquen fotos, no me dejan ni sacar la gaita para respirar!

 

EL KOALA  ¡Qué gaita!... ¿Qué gaita?

 

DRAGÓN  Mi gaita, mi cabezota de piñón, mi cuello de cisne, jovencito. Van a conseguir -seguía hablando el Dragón- que me vuelva cardo, que me encierre en mi cuarto del lago y no salga. Allí tengo un retrato, ya amarillo, de mi abuelo el armadillo. Sí, van a conseguir que me vuelva a donde nací. Este lago comunica bajo tierra con el mar; como sigan metiéndose conmigo, desaparezco, me evaporo, me escondo en mi «Castillo Sumergible» y acabo con la atracción turística de estos pueblos. ¡Qué tipos! ¡A mí con teletipos!

 

EL KOALA  ¿Quieren hacerte daño?

 

DRAGÓN  No. ¡Quieren hacerme fotos!... Algunas me hicieron, pero debí salir movido, poco favorecido, desfigurado, entrado en siglos; aseguraban que tengo doscientos dientes y doscientos mil años, y la verdad es que estoy desdentado y nací el año de la guerra.

 

EL KOALA  ¿De qué guerra?

 

DRAGÓN  ¡Ah, no sé... de una...!

 

EL KOALA  Bueno, Dragón, te dejo, tengo que trabajar.

El Koala era Koalo, porque era niño, era un

Koalo

peludo

orejudo

pelicorto

rubicundo

y rabinada;

parecía un oso

pecoso

mini-oso

y gordinflas.

Era joven,

casi cachorro,

limpio y brillante

como los chorros del oro.

El Koala Koalo era el mejor trepador del bosque. El Koalo se escapó del Hospicio del Zoo, que no era Colegio ni nada, ni le enseñaban nada de nada, ni se podía mover nada, y como se empezaba a aburrir se dijo: «Todo menos ponerme triste», y se escapó.

Ahora el Koala Koalo se gana la infancia recogiendo frutos para la Firma «Analfabeta de Exe y Compañía». Sus orejas, desparramadas como soplillos, le permiten oír hasta el más bajito sonido del silencio.

Este día el Koalo trabajó sin trabajo, feliz y contento, porque por fin tenía un amigo, el Dragón:

El Dragón era precioso.

Entre iguana y armadillo

largartija o lagartillo

ojos de pichón

y panza de botijo.

El Dragón: era como un camaleón

sólo que aumentado un millón

-de veces-.

El Dragón: cambia de color

según el dolor.

Si le dolía la tripa,

se ponía verde;

si le dolía la espalda,

verde esmeralda;

si le dolía el rabo,

se ponía blanco como un nabo;

si tenía miedo,

el Dragón echaba fuego.

Tenía escamas por todo el cuerpo.

Era grande y alto alto

como un gigante lagarto;

alto y delgado como su abuelo,

parecía un rascacielos,

-de catorce pisos.

Era alto y delgado como su padre (pero fumaba puros como su madre). Su corazón era como un piano, y su potente cola como un tren; lo único que tenía pequeño era la cabeza, afilada y diminuta, con pelo de viruta y flequillo tieso y cano. A pesar de su cuerpo acorazado, el Dragón no era agresivo como su antepasado el armadillo.

El lago se había quedado sin una alga, y el Dragón necesitaba algo para comer. Para evitar fotógrafos, el Dragón tragón sólo salía de noche, cuando la noche era muy oscura, precisamente para no asustar. Los murciélagos, sabios en noches como los serenos, le avisaban cuando no había peligro.

Con movimiento primario, el Dragón, de repente, se asomaba lentamente de entre las aguas del lago, y aunque surgía despacito armaba un maremoto.

El Dragón tragón no se alejaba mucho del lago; cerca de la orilla descubrió hierbas finas, verdes praderas llenas de finas hierbas, tales como lechugas, repollos, coliflores y aceitunas.

En unos dias acabó con las huertas de la comarca.

Hasta que una noche se comió, sin querer, ¡a un Guarda Forestal, con moto y todo! Se puso muy malito. A las dos horas empezó a devolver la gasolina con arcadas de nardo.

Poco después, como el Dragón no tenía dientes y sólo se le había tragado, devolvió al Guarda a los pies de su caseta. Cuando el Guarda volvió en Guarda llamó a la policia y vinieron muchos coches con mucha gente con escopetas.

Al Dragón aún no le había dado tiempo, o no tenía fuerzas, para esconderse en el lago. El Dragón estaba muy malito. El Dragón lucia un bello color verde, como siempre que tenía empacho. Los chillidos, gritos y disparos de la gente le asustaron. Los Dragones cuando se asustan echan más fuego que de costumbre, y el Dragón empezó a echar llamas por la boca, orejas y lomo.

Le dio la tos. Al ver a un coro de reporteros -o sea, periodistas- le dio más tos, y los fotógrafos se cayeron con todo el equipo pasto de las llamas. De nervioso que estaba, al rugir le salían gallos -¡rayos y centellas, relámpagos y truenos!

El Dragón tragón, como no quería hacer daño, se ponía más nervioso.

Empezó a chisporrotear por las escamas y ya echaba humo hasta por el rabo.

-¡Mirad! ¡Parece una Falla de Valencia!

Al dragón no le hizo gracia la comparación, pero no estaba para darse muy por aludido.

-¡Socorro! ¡El Dragón está que arde!

-¡Se ha incendiado el Dragón!

-¡Que vengan los bomberos!

-¡Llama a la llama!... ¡Llama a la capital! -gritaba la Alcaldesa, de nervios presa.

Vinieron los bomberos, los pocos bomberos que había por los alrededores -siete en total-. Instalaron sus raquíticas escaleras, que no llegaban ni a la suela de los zapatos del inocente, y empezaron a enchufarle las mangas de riego en plena coronilla.

-¡A mí con chorritos!, exclamó el Dragón ya medio mareado; pero al abrir un ojo y ver a tanta gente y sobre todo a tanto fotógrafo cerca se volvió a asustar, y sin poder controlar su fuego se puso como un volcán ambulante y todos tuvieron que huir, porque se achicharraban a su lado.

Al día siguiente daba pena verle. ¡Pobre Dragón! Parecía las ruinas de siete castillos juntos.

Hecho un ovillo, acurrucado, maltrecho, escamado y chamuscado, semejaba una colina pelada y humeante.

En lo alto de su corpachón estaba su amigo el Koala arrodillado, con las patas delanteras levantadas y juntas como pidiendo algo, como mirando al cielo.

Se armó un revuelo. A los pies del Dragón todo el mundo lloraba. Casi le hicieron un lago de lágrimas para que se encontrara a gusto.

En esto, un señor muy sabio que vino de la ciudad y que era amigo de los animales se acercó al Dragón, gateó, trepó, escaló la mole por la ladera izquierda y... el Koala sobre el Dragón parecía un ángel peludo en oración.

Y... el señor que vino de la ciudad, se echó sobre el Dragón y oyó una música, notó que sonaba el piano del corazón del Dragón.

-¡El Dragón está vivo! ¡Hay que hacer algo más que llorar!

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