Iba
una jirafa por la espesa selva,
alta,
elegante y bella, ella.
Acompañada
de un ciervecillo joven, que aún no tenía cuernos y se había
perdido de sus padres.
La
jirafa se encontró un cofre de madera,
junto
a una palmera.
-¿Qué
será esto? ¿Aquí que habrá? ¿Qué habrá?
-¡Abra
y lo sabrá!
La
jirafa, abrió el cofre-caja con una pata y...
-¡Ahí
va! ¡Es un tesoro! ¡El tesoro de oro del moro! ¡Cientos
de collares!
¡Collares
de piedras preciosas, diamantes, brillantes y perlas como
melones...
La
jirafa se puso todos los collares y, presumida y coqueta,
se miró en el espejo de las aguas del lago y le dijo:
-Lago
mágico, dime; ¿hay otro animal en la selva más bello que
yo?
El
lago, como es natural, no contestó.
¡Soy
bellísima! ¡Soy bellísima! -decía la jirafa excitadísima-,
y se inclinó para beber agua, y al terminar de beber...
¡Ay, hay que ver...
No
podía levantar el cuello por el peso de los collares y se
quedó paralizada como una estatua, sin poder andar, sin
poder levantar la cabeza...
-¡Ay
que me deslomo, me desmorro y ahora... ¿Cómo como?
(Las jirafas
tienen el cuello tan largo, porque sólo comen las altas
ramas de los árboles, estirando el cuello que Dios les dio.)
La
jirafa coqueta intentó andar y la pata derecha se le encogió
de un calambrazo y se quedó como un trípode sin fotógrafo.
Cojeando se apoyó en una palmera para no caerse.
La
jirafa coqueta y alhajada, empezó a llorar por primera vez.
-¡Ahí
está, muchachos!, -gritó el pirata Mofeta a sus compañeros.
-¿El
qué está?
-¡El
tesoro!
-¿Dónde?
-En
el cuello de esa jirafa.
-¡Uy,
qué cuello de oro! ¡Qué porta-anginas millonaria! ¡Hay que
matarla!
-No,
no seas bruto Sisebuto. No hay que matarla, además nos daría
mala suerte. Recordad que no hemos venido a matar, sino
a robar, que es otro verbo más humano.
-Entonces...
¿Disparamos los dardos para dormirla?
-Eso
sí. ¡Preparados! ¡Disparad a la cabeza! ¡Ya!
-Oiga,
jefe. ¿Por qué a la cabeza? La tiene tan pequeñita, que
es difícil no dejarla tuerta. ¿Disparamos al cuerpo?
-¡No,
he dicho que a la cabeza y aquí mando yo!
-¡Pum!
¡Pum! ¡Pum!
-Como
si nada. Esta Jirafa no se duerme ni con nanas...
-¡Pum!
¡Pum!
-No
queda más anestesia jefe. ¿La dormimos a garrotazos?
-No
seas bruto, Sisebuto -dijo el Mofeta.
El
grupo de los cuatro hombres compuesto por el Mofeta, Sisebuto,
el Peludo y el Lirio, que no eran ni cazadores, ni exploradores,
sino piratas modernos, se empezaron a poner nerviosos. Caía
la noche y no caía la jirafa.
* * *
-Hay
que hacer algo -dijo el Mofeta.
-Hay
que quitarle los collares como sea.
-¿Cómo?
-Trepando
rabo arriba hasta el lomo, y cabalgando lomo arriba hasta
el cuello.
-¿Y
quién la alcanza el rabo si casi no tiene, criatura, y además,
el rabo está a seis metros de altura?
-¡Pues...,
patas arriba!
-No
es posible, Mofeta, trepar patas arriba por esa piel sedosa,
se escurre uno, y además si se lía a dar coces, ¿qué?
-No
digo que trepéis patas arriba, digo que pongáis al bicho
patas arriba y unos la sujetamos y otros la desjoyan...
Dos
horas tardaron en derribar a la jirafa.
Les
costó más trabajo que volcar un autobús.
A
la pobre jirafa le dolían todos los huesos, pero ella sólo
sentía el largo dolor de sus cuatro metros de garganta hinchada,
y de sus cuatro metros de anginas, aprisionadas por los
collares.
Aunque
la jirafa, ya echada sobre el suelo, se estaba quieta, la
ataron el hocico y las patas para mayor seguridad y con
tenazas y alicates empezaron a arrancarle los collares.
-¡Cuidado!
¡A ver si nos da un cuellazo! -dijo Sisebuto.
-No
está para ello. ¿No ves que no puede mover el cuello? -contestó
Mofeta.
-¡Jolines
delfines! ¡Lo que hay que trabajar por no querer trabajar!
-suspiró el Lirio.
* * *
Toda
la noche trabajaron sudorosos a la luz de la luna, que hacía
brillar a los brillantes como pequeñas estrellas sobre la
hierba.
Terminada
la operación-robo, desataron a la jirafa,
guardaron los
collares preciosos,
en un saco
horroroso,
y
emprendieron el camino a través de la selva.
Llevaban
andando un par de horas, cuando de pronto Sisebuto se desmandó,
sacó su revólver oxidado y gritó enloquecido:
-¡Arriba
los monos! ¡Arriba los monos!
Mofeta
y los otros dos piratas, se pararon, con los brazos en alto,
asustados, temiendo ser traicionados por Sisebuto.
-¡He
dicho arriba los monos!
Todos
los monos que andaban jugando por el suelo, saltaron arriba
de los árboles.
-¡Vaya
susto, me tiembla el busto!
-Eres
un bruto, Sisebuto. Te habíamos entendido: ¡Arriba las manos!
-Perdonad
colegas, es que los monos me ponen los nervios nerviosos.
* * *
Los
cuatro piratas siguieron caminando, caminando...
Iban
muertos de sueño, sin dormir.
Iban
muertos de hambre, sin comer.
Iban
millonarios, sin botas. Iban millonarios, pero parecían
pobres pobres, hambrientos y no se podían hacer un bocadillo
de perlas y brillantes, porque ni siquiera tenían pan.
* * *
Así,
la banda de el Mofeta, ya dueños del gran tesoro, seguían
andando andando, descalzos, medio desnudos, sedientos, hambrientos,
camino del embarcadero del río Grande, que estaba aún a
cien kilómetros de distancia, a unos diez días sin dejar
de andar...
No
sé si llegaron al río, porque los perdí de vista. Regresé
a donde dejaron a la jirafa y..., allí estaba el animalito.
Se había puesto en pie, mordisqueaba las hojitas tiernas
de lo alto de la palmera.
Tenía
pequeñas heridas en el cuello. Y aunque es muy difícil notar
cuando una jirafa está alegre, yo lo noté: la jirafa estaba
feliz.
Y
también la oí que decía muy bajito:
-¡Qué
buena gente hay en el mundo!
Esos
hombres me han salvado.
¡Qué
bien se vive sin joyas! |