La obra literaria del poeta argentino Oliverio Girondo se desenvuelve en una nebulosa época
de transformaciones artísticas y sociales. Incentivado por una pronta e intensa juventud viajera, su
conocimiento de los distintos movimientos artísticos que conmocionan la Europa de posguerra le llevó
a abrazar el espíritu experimentador como único y supremo principio poético.
Primera aventura poética
Tratando de superar la efigie poética de Leopoldo Lugones y el perdurable aliento de Darío,
la literatura argentina había iniciado un giro hacia la renovación estética con la publicación en 1915 de
El Cencerro de Cristal de Ricardo Güiraldes y de Las iniciales del Misal de Baldomero Fernández
Moreno. La introducción en estos libros de poemas de los principales iconos de la modernidad,
sembrando en especial el germen de una más que notable poética urbana, prepara el camino al
florecimiento de las vanguardias con la llegada de Jorge Luis Borges a Buenos Aires en 1921.
Ese
mismo año, tras algunos comienzos dubitativos como autor
teatral y corresponsal de diversas publicaciones porteñas,
Girondo se encuentra en Europa dejando constancia de su decidida
pertenencia a la poética de vanguardia. En Buenos Aires,
Borges convence a su primo Guillermo Juan y a Eduardo González
Lanuza para difundir las teorías ultraístas, aprehendidas
en España al amparo
de
Guillermo de Torre y Rafael Cansinos-Asséns, a través
de la revista mural Prisma (1921) y Proa (1922).
A su regreso de Europa, Girondo, que ya cuenta entonces con sus
buenos 30 años, trae su personal programa estético
resumido en un breve pero intenso libro de poesía: Veinte
poemas para ser leídos en el tranvía.
La publicación del poemario de Girondo es, definitivamente, uno de los hitos que marcan el
nacimiento de la vanguardia literaria en Latinoamérica y, por descontado, en la Argentina. Los Veinte
poemas se gestan entre Europa y América en 1920 y 1921. En esa época, Oliverio había salido de
Argentina decidido à découvrir le nouveau monde, con el convencimiento, como dirá dos años
después, de que «nos hallamos en presencia de una NUEVA sensibilidad y de una NUEVA
comprensión que, al ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubre panoramas
insospechados y nuevos medios y formas de expresión». El personal acento poético de Girondo deja
traslucir, sin embargo, una coincidencia con determinadas posiciones de los diferentes movimientos de
vanguardia como el ultraísmo, el simultaneísmo y el surrealismo. Precisamente en la carta que sirve de
prólogo a la segunda edición de los Veinte poemas, Girondo se expresa ya en términos similares a los
que difundirán los manifiestos bretonianos a partir de 1924: «lo cotidiano, sin embargo, ¿no es una
manifestación admirable y modesta de lo absurdo? Y cortar las amarras lógicas, ¿no implica la única
y verdadera posibilidad de aventura?».
Tanto éste como su segundo libro de poemas, se insertan dentro de una extendida corriente
de poesía de viajes. Las ciudades se suceden en apuntes poéticos que el viajero anota en su particular
cuaderno de bitácora. La tradición del viaje en la vanguardia no se asume como un escape o una huida
de la realidad, sino como una búsqueda de la belleza de la vida moderna a través de un paisaje que la
mirada del poeta renueva. Desde esta perspectiva, la experiencia viajera de Girondo ejemplifica con
precisión el ideal del viajero cosmopolita de la modernidad cuyos referentes inmediatos son Rubén
Darío y Vicente Huidobro, y en el ámbito europeo Guillaume Apollinaire (Zone, 1912), Paul Morand
(Lampes à arc, 1919; Feuilles de temperature, 1920), Blaise Cendrars (Les pâques a New York,
1912; La prose du transsibérien et de la petit jehanne de France, 1913; Le Panama ou les
aventures de mes sept oncles, 1918) y Valery Larbaud (Les oeuvres françaises de A. O.
Barnabooth, 1908). Luis Góngora, en una reseña aparecida en Martín Fierro sobre Poêmes de Paul
Morand, considera que Veinte poemas de Girondo es un «digno hermano» del libro del francés, que
en ambos tenemos «el mismo cosmopolitismo, exacto punto de vista para enfocar el mundo de hoy»,
y, lo que más nos interesa en este punto, ve un Girondo «millonario en metáforas y hasta creo que
millonario auténtico (esta clase de literatura requiere más familiaridad con los libros de cheques que con
los libros clásicos)».
En
Veinte poemas, las ciudades que merecen un apunte poético
por parte de Girondo se reparten entre Europa, América y
África, lo cual deja patente el carácter cosmopolita,
sin límites geográficos, del libro. El itinerario
marcado es el siguiente: Douarnenez (julio de 1920), Brest (agosto
de 1920), Mar del Plata (octubre de 1920), Buenos Aires (noviembre
de 1921), Río de Janeiro (noviembre de 1920), Buenos Aires
(octubre de 1921), Venecia (julio de 1921), Buenos Aires (octubre
de 1920), Sevilla (marzo de 1920), Mar del Plata (febrero de 1921),
Biarritz (octubre de 1920), París (julio de 1921), Buenos
Aires (agosto de 1920), Venecia (julio de 1921), Buenos Aires (diciembre
de 1920), Pallanza (abril de 1922), Sevilla (abril de 1920) y Verona
(julio de 1921). La ruptura de la linealidad espacio-temporal, que
tiene precedentes en Mallarmé y Apollinarire, sin olvidar
el considerado Premier Livre Simultané, Prose
du transsibérien et de la petite Jeanne de France (1913)
de Blaise Cendrars, supone, en opinión del crítico
Jorge Schwartz, un procedimiento para, desde una perspectiva simultánea,
realizar un doble objetivo. Por un lado, plasmar el sentimiento
cosmopolita moderno: «crear el efecto de una arquitectura discontinua
y ubicua»; y al mismo tiempo, transgredir las normas establecidas
por la convencional sucesión cronológica del típico
cuaderno de viaje, utilizando los nombres de ciudades y el registro
de fechas como un sistema indicial para crear una tensión
continua, «en que la función poética se cruza con
la referencial».
El segundo aspecto determinante del libro es el estrictamente visual. La imagen poética cobra
para la vanguardia verdadera categoría de principio artístico. La virtud principal de este tipo de
imágenes, así lo entendió la vanguardia y, en especial, el surrealismo, es la de dotar de una potencial
«representación visual» a la frase en la que se inserta. La nueva mirada, sustentada en la imagen
arbitraria, tratará de no quedarse en la forma, sino de deslizarse hacia la médula de las cosas, de
acercarse a la verdad de las mismas a través de su espíritu. Es un hecho que la fascinación moderna por recorrer lugares inexplorados
-«denunciar nuevas canteras intactas» que decía Ortega y Gasset- se traduce en la escena poética en
la búsqueda de la imagen inusitada y la metáfora compleja, todavía más cuando la mirada del poeta se
dirige hacia la ciudad, fábrica extraordinaria de realidades nuevas y emociones imprevistas.
Lo
visual verbal viene en Girondo acompañado además por
las ilustraciones del propio autor que se insertan en el cuerpo
del libro como apoyo a lo expuesto en los poemas. En Veinte
poemas, aparecen diez ilustraciones, que completan los poemas:
"Paisaje bretón", "Croquis en la arena", "Río de Janeiro",
"Milonga", "Exvoto", "Croquis sevillano", "Biarritz", "Pedestre",
"Plaza" y "Sevillano". Unas veces, las acuarelas reproduce gráficamente
lo que el poema describe. Otras, no sólo iluminan los versos
a los que acompañan, sino que amplían la imagen versada
añadiendo un elemento puramente visual. Tomamos un ejemplo
del poema "Pedestre": el dibujo representa a ese farol apagado que
tiene una visión convexa de la ciudad. La imagen gráfica
contiene
un
elemento no mencionado en el poema, se trata de un letrero colocado
sobre la fachada de un edificio en el que se lee la palabra «HOTEL»
escrita al revés, como reflejada en un espejo. Esto refuerza
la idea de que lo que vemos y leemos se trata de una visión
particular de la ciudad, como si la ciudad se mirara en un espejo
para descubrirse los defectos y éste no le devolviese su
reflejo, sino acaso un espejismo.
Otra peculiaridad del estilo de Veinte poemas es la fragmentación de los elementos reales que
puede relacionarse con la técnica del collage o de papiers collés que venía practicando la pintura
cubista de la mano de Picasso, Braque o Juan Gris, mediante la que el poeta subraya lingüísticamente
la multiplicidad de los planos, generando un efecto visual que conecta también con la disección icónica
propia del cinematógrafo.
El libro tuvo una buena acogida por los poetas y críticos de la época. Jules Supervielle, escribe
en 1924 que «sus impresiones de viajero, revistas y disociadas por una inteligencia muy sensible,
forman con gran frecuencia síntesis hormigueantes como encrucijadas». Por su parte, Ramón Gómez
de la Serna había mostrado rotundamente su admiración hacia «este libro interesante y revelador, que,
sin necesidad de imitar como un tití o un salvaje a nadie, traza imágenes rotundas y greguerías que le
pertenecen; sin que tampoco tenga que llamarlas cursilonamente 'Hai-Kais', y sin tener que usar el
pantómetro o el papel carbón para copias. ¿Me oye el parvular Guillermín de Torre?».
Entre su primer y su segundo libro de poemas, Girondo perpetra, junto a Evar Méndez, la
creación de la revista Martín Fierro. El propio Girondo detalla en 1949 «la asfixiante atmósfera
espiritual» en la que nace la revista: «Mientras el desprevenido burgués de las grandes capitales
pernocta en un constante sobresalto; mientras las ascéticas experiencias del 'cubismo' amenazan
agotar, desde 1912, su inocente capacidad de indignación; mientras pululan y se suceden los 'ismos'
y nace en Zurich, en 1916, para explotar en París, la 'inanidad sonora' y destructiva de 'Dadá';
mientras en la misma España -con algún retardo y cierta timidez- surge el 'ultraísmo' y germina de
nuevo en París -de la mano de Apollinaire- el 'surrealismo', aunque no florezca hasta el 24, aquí no
sucede nada». La situación intelectual bonaerense de esos años se encuentra en trance de cambio, un
cambio que había iniciado Borges a su llegada en 1921 y que culmina en cierta medida con la
publicación de la revista en febrero de 1924. En su 4º número la revista exponía su programa
ideológico a través del célebre «Manifiesto» redactado por Oliverio Girondo, cuyo contenido era fiel
reflejo también del esquema conceptual del propio Oliverio:
MARTÍN FIERRO siente la necesidad imprescindible de definirse y de llamar a cuantos sean
capaces de percibir que nos hallamos en presencia de una NUEVA sensibilidad y de una
NUEVA comprensión que, al ponernos de acuerdo con nosotros mismos, nos descubre
panoramas insospechados y nuevos medios y formas de expresión
MARTÍN FIERRO acepta las consecuencias y responsabilidades de localizarse, porque sabe
que de ello depende su salud. Instruido de sus antecedentes, de su anatomía, del meridiano en
que camina: consulta el barómetro, el calendario, antes de salir a la calle a vivirla con sus
nervios y con su mentalidad de hoy.
MARTÍN FIERRO sabe que «todo es nuevo bajo el sol» si todo se mira con unas pupilas
actuales y se expresa con un acento contemporáneo.
Aparte del manifiesto, las colaboraciones del poeta en la revista se circunscriben a un par de
breves notas, algún artículo de añadidura y su célebre colección de «Membretes», especie de greguerías
artísticas que traslucen un profundo conocimiento del arte y la literatura.
En
1925 Girondo reincide en la poesía de viaje con su libro
Calcomanías, fruto de su peregrinaje por el paisaje
de la España de 1923. Pese a mantener algunos de los rasgos
de Veinte poemas, su tono y motivación parecen ser
otros, e incluso la mayoría de esos rasgos, si bien mantenidos,
quedan casi siempre mitigados por otras consideraciones. La estructura
del libro, si bien, es bastante similar. Jorge Luis Borges, al reseñar
el libro para Martín Fierro (núm. 18, 26
de junio de 1926), incide en cuestiones que lo vinculan directamente
con su primer poemario:
Es innegable que la eficacia de Girondo me asusta. Desde los arrabales de mi verso he llegado
a su obra, desde ese largo verso mío donde hay puestas de sol y vereditas y una vaga niña que
es clara junto a una balaustrada celeste. Lo he mirado tan hábil para desgajarse de un tranvía
en plena largada, y para renacer sano y salvo entre una amenaza de klaxon y un apartarse de
viandantes, que me he sentido provinciano junto a él...
Girondo es un violento. Mira largamente las cosas y de golpe les tira un manotón. Luego las
estruja, las guarda. No hay ventura en ellos, pues el golpe nunca se frustra...
Girondo impone a las pasiones del ánimo una manifestación visual e inmediata...
En la visión que ofrece Girondo de la España de ese tiempo no hay una descripción entusiasta del
paisaje, sino una mirada crítica que a través del humor y la ironía trata de ofrecer una imagen absurda
y real de lo que observa. La celebración visual del mundo moderno, los edificios públicos, los tranvías,
los automóviles, todos los elementos que caracterizaban la ciudad de Veinte poemas para ser leídos
en el tranvía, se han esfumado en este segundo libro. En opinión de Beatriz de Nóbile: «El mundo
moderno que Girondo no sólo conoce a través de sus contactos con otros países de Europa, sino que
amolda con fuerza a su personalidad proclive a los cambios y a la evolución permanente, desaparece
como por encanto en la tierra del Quijote. Los poemas se inspiran en los paisajes de tiempo lento que
de tan lento simulan estar en la Edad Media».
La España que observa Girondo en estos poemas se ve siempre condicionada por dos
aspectos que vinculan su imagen presente con un acabado pretérito histórico: su pasado épico y su
pasado artístico. La imagen espectral que ofrece, por ejemplo, el poema «Toledo», refiere con
insistencia al pasado épico de la ciudad y a la imagen persistente del espíritu pictórico de El Greco,
cuyos personajes se pasean por las calles de la ciudad para dar el perfecto semblante de una ciudad
muerta. En Granada, sin embargo, la imagen es más sensual, las imágenes destilan en este caso las
esencias de ese pasado oriental que se desprende de los muros de la «Alhambra». El final del poema
resume indudablemente una de las semblanzas más hermosas que sobre el castillo granadino se han
escrito:
Decididamente,
cada vez que salimos
del Alhambra
es como si volviéramos
de una cita de amor.
Mención aparte merece el último y más largo poema del libro, «Semana Santa». El tono
imperante del poema es el de un humorismo feroz que no se dirige contra la esencia religiosa de la
fiesta, sino contra su anacrónica parafernalia, sus complicados ritos, su teatralidad exacerbada. Sevilla,
ante los ojos de Oliverio, es un gran escenario donde las mujeres ensayan una mirada «Smith Wesson»,
los nazarenos «enjutos, enflaquecidos de insomnio y de impaciencia» y los sacerdotes que necesitan
un apuntador para recordar su prédica, dramatizan el penúltimo acto de un pasado que sigue siendo
eterno.
Vuelo hacia la nada
A partir de 1930, se produce un cambio profundo en la vida de la Argentina y algo cambia
también en la actitud de Oliverio frente al mundo y la literatura. Son los años de la desmembración
martinfierrista y la decadencia de los propósitos de la vanguardia. Comienza a desvanecerse el eco de
aquella que Carlos Mastronardi denominó «la generación de los últimos hombres felices».
Enrique Molina, en el texto que sirve de prólogo a la primera edición de la Obra completa de
Girondo, entendió acertadamente que cada uno de los libros de Girondo «constituye una etapa en un
largo periodo que se nos presenta como el balance cada vez más desolado de una exploración esencial
de la realidad exterior y de los límites últimos del ser. Aventura jugada en dos planos paralelos:
experiencia y lenguaje, vida y expresión. Comienza por la captación sensual y ávida del mundo
inmediato y la fiesta de las cosas. Termina por un descenso hasta los fondos de la conciencia en su
trágica inquisición ante la nada». Un poema inédito, fruto de su viaje a África y Europa en 1927, da
cuenta de ese cambio de rumbo que comienza a experimentar su poesía a partir de los años 30: «Lejos
/ de los cadáveres y de los automóviles descompuestos y de las grandes piscinas de los escaparates».
En
Espantapájaros (al alcance de todos) (1932), su
tercer libro, el espacio se vuelca decididamente hacia las alteraciones
surreales de la realidad, Girondo apunta al ritmo interior de los
seres. Gómez de la Serna llega a calificar el libro como
«el más transgresor de la vanguardia»: «En Espantapájaros
todas son fecundaciones del porvenir y lo inventado en ese libro
no tiene aún nombre ¿Quién ha podido superar sus imágenes?
¡Nadie!».
Evidentemente,
el tono irreverente y el formato poético elegido, el poema
en prosa, vinculan todavía a Girondo con las fórmulas
habituales de la vanguardia. El libro se abre, además, con
un estrambótico caligrama que reproduce con enunciados cacofónicos
y reiterativos la figura del «espantapájaros-académico»
dibujado por José Bonomi para la tapa del libro. No obstante,
la mirada que el poeta dirigía al mundo externo en sus dos
anteriores libros, comienza ahora a observar un mundo a medio camino
entre la realidad y el sueño, un universo poético
por el que circulan libremente mujeres etéreas, sombras en
fuga, ingleses que olfatean las flores de la alfombra, sublimadores,
transmigrantes, solidarios compulsivos.
Girondo ahonda también en Espantapájaros en las posibilidades expresivas del lenguaje,
sembrando su discurso en prosa de tropos, retazos poéticos y requiebros a la lógica. La introspección
poética que hace Girondo de la realidad tiene, por tanto, un paralelo en la indagación que realiza el
poeta hacia el mismo centro del idioma preludiando su posterior producción poética:
Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros
por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los
sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios («4»).
Si Veinte poemas y Calcomanías integran una salida al mundo exterior, desde lo más evidente
hasta lo más desapercibido, Espantapájaros sugiere una vuelta de tuerca a ese mundo, una rebelión
poética de los más recónditos sentimientos humanos: los sueños, los miedos, las dudas, las emociones.
Entra en primer plano, escribe Enrique Molina, el mundo «de los mecanismos psíquicos, los instintos,
las situaciones de omnipotencia, de agresividad, de sublimación, puestas en acción en textos de
lenguaje expresionista, fáustico, en un clima del más riguroso humor poético».
Hay también en estos poemas una sensualidad nueva, mucho más intensa que la que había
aparecido en sus textos anteriores y que da lugar a composiciones tan conocidas como el
célebre poema «1» («No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o
como pasas de higo...») o el no menos reproducido poema «12»:
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, desfallecen, se reintegran...
Cinco
años más tarde, en 1937, aparece su cuarto libro,
un relato titulado Interlunio que viene acompañado
de unas sobrecogedoras aguafuertes de Lino Eneas Spilimbergo. La
denominada «década infame» que sufrió Argentina tras
el golpe militar de 1930 y la mala salud que exhalaba Europa tras
la demoledora experiencia de la Segunda Guerra Mundial, habían
transformado la impasible prescindencia política del Girondo
de los primeros años, en una actitud de verdadera «militancia»:
Es inútil saber -escribe Oliverio en 1940 («Nuestra actitud ante el desastre»)- que las
exigencias del momento son tan apremiantes y angustiosas que nos imponen un tono muy
distinto al que nos agrada y nos es habitual. De nada vale reconocer que el plano especulativo,
en que siempre hemos pretendido situarnos, reclama un alejamiento y que resulta imposible
aproximarnos demasiado a lo contingente y a lo inmediato, sin traicionarnos, en cierta forma,
a nosotros mismos. Podemos haber denunciado alguna vez los riesgos que ofrece una
participación activa de los intelectuales en política y experimentar una repulsión congénita por
las anteojeras y los dogmatismos que ella exige. Llega la hora en que, a pesar de todos los
escrúpulos y todos los reparos, nos consideramos en la obligación ineludible de pronunciar,
humilde aunque perentoriamente nuestra palabra.
El
relato narra la llegada a Buenos Aires de un desalentado y decrépito
escritor europeo que huye del derrumbe del Viejo Continente, de
esa Europa que es, determina Oliverio, «algo podrido y exquisito;
un Camembert con ataxia locomotriz». El humor que siguen destilando
algunas de sus frases, ya no es esa celebración fruitiva
de los libros anteriores, ya no hay juego, no es tiempo para ello.
En opinión del crítico Gaspar Pío del Corro,
Interlunio es la «expresión literaria de una mentalidad
conflictiva que padece el espectro de la decadencia de Occidente
sobre esta tierra nueva. Un fenómeno estrictamente cuarentino,
anticipado por Girondo entre las angustias nacionales de nuestra
década
infame».
Las aguafuertes de Spilimbergo que ilustran el libro ayudan a
caracterizar ese «espectáculo pavoroso y desalentador» en que se ha convertido el mundo que el poeta
tiene ante los ojos. El mundo del hombre ya no ofrece ninguna posibilidad de salvación por lo que el
poeta se va refugiando paulatinamente en el mundo de la poesía.
Los
poemas que componen en 1942 Persuasión de los días,
representan el despertar de un personalísimo yo
poético, una angustiada primera persona que refleja las incertidumbres
planteadas en su anterior obra. Este es posiblemente el más
íntimo de sus libros de poemas, el más profundamente
personal. Persuasión evidencia el proceso ideológico
y poético que manifiesta la obra de Girondo al ser analizada
en su conjunto: «de la elástica y abigarrada corteza de Veinte
poemas -escribe Enrique Molina- se ha llegado a la visión
de un mundo degradado por la miseria social y la miseria del espíritu.
Persuasión de los días es el paso de la geografía
a la ética». El poeta emprende en esta obra un desesperado
viaje hacia el centro de la poesía, huyendo de ese acabado
mundo físico:
Ya no existía nada,
la nada estaba ausente;
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.
(«Vuelo sin orillas»)
Lo urbano deja su paso definitivamente a lo telúrico. El poeta abandona las ciudades, lo
inmóvil, los viejos motivos poéticos, entumecidos, exangües, trasnochados, inútiles, desolados. La
poesía de Girondo se ve invadida por el «clamor de lo verde». La Naturaleza, la tierra desnuda, se
transforma en dominante semántico en la última parte del poemario.
Por otro lado, es en el Girondo de estos versos en el que mejor se observa la relación del
poeta con las nuevas generaciones poéticas argentinas que él mismo en cierta forma apadrina y que
dará sus frutos en la década del 60 a través de las personales voces de Enrique Molina, Aldo Pellegrini,
Olga Orozco y Edgar Bayley.
En
1946, Girondo vuelve a sorprender, en un giro inesperado, con su
largo poema Campo nuestro. Se trata de una extensa composición
en la que, a modo de plegaria, el poeta canta al paisaje argentino
por antonomasia, la inmensidad pampeana: «Tú que estás
en los cielos, campo nuestro. / Ante ti se arrodilla mi silencio».
El texto puede remitirnos incluso a unos versos de Borges, escritos
en 1925 para su Luna de Enfrente: «Pampa sufrida y macha
que ya estás en los cielos, / no sé si eres la muerte.
Sé que estás en mi pecho».
En cualquier caso, la pampa que registra Girondo, como reverso de lo decrépito urbano, es
una «inmensa llanura de silencio». Simboliza esa «inmensidad íntima», acuñada por Gaston Bachelard,
que forma parte de uno mismo haciendo consonantes los dos espacios fundamentales, «el espacio de
la intimidad y el espacio del mundo»: «Al galoparte, campo, -clama el poeta- te he sentido / cada vez
menos campo y más latido».
Último viaje
La experiencia del mundo moderno ha dejado al Girondo poeta cansado y solo. Solo «como
un sapo en su cueva» pero «con la ventana abierta a las estrellas». El último viaje del poeta es
precisamente hacia el cosmos, pero un cosmos, como advierte Enrique Molina, que es también un mundo
interior, (mas)medular, un íntimo descenso a las simas del lenguaje y la existencia. La interiorización ha
ido instalándose paulatinamente en la obra de Girondo hasta cumplir su proceso final, su realización
absoluta, en este su último libro de poemas. En él los adentros del propio ser se inflaman en cada verso
hasta ver reducido a cenizas cualquier vestigio del mundo exterior.
El
espacio poético que caracteriza Girondo en su último
libro En la masmédula (1953-1956) transita entre
lo gravitatorio, lo orbital, lo incorpóreo, lo intradérmico,
lo soterráneo, lo suburbano:
son las cribadas voces
las suburbanas sangres de la ausencia de remansos omóplatos
las agrisomnes dragas hambrientas del ahora con su limo de nada
los idos pasos otros de la incorpórea ubicua también otra escarbando lo incierto
puede ser la muerte con su demente célibe muleta
y es la noche
Oliverio, como había reclamado Paul Valéry, se consagra en este libro a crear «un lenguaje
dentro del lenguaje», con el fin de revelar un discurso más puro, más intenso y más profundo. En
Girondo más que una respuesta a esa demanda, lo que encontramos es el remate lógico de un proceso
poético que culmina en esta su última producción. Dentro del ámbito poético latinoamericano resuenan
algunos antecedentes como los de Vicente Huidobro, César Vallejo o del cubano Mariano Brull. En
todos ellos hay un deliberado uso de las cualidades fónicas de los vocablos para dotar a las palabras
de una mayor expresividad, un deseo, como señala Cintio Vitier, respecto a Brull, «de entrar en el
antes, en la nebulosa, en el umbral del idioma». Límite, frontera, umbral de las palabras que Girondo
atraviesa definitivamente en este último y definitivo arrebato creador, resuelto a reanimar su voz a través
de esa «pura impura mezcla» en que se ha convertido el lenguaje de su poesía. «Je subordonne [...]
le contenu à la forme toujours disposé à sacrifier cela à ceci», había proclamado Paul Valéry. Girondo
en cambio no establece jerarquías, la forma y el contenido se amalgaman, se reintegran, forman parte
de un todo sublevante que se erige en el centro de su renovado sistema poético.
En 1951 aparecía en el diario La Nación un poema con el título de «Instancias a un poeta -encallado en las costa del Pacífico-», que preludia el profundo cambio que sufrirá la poesía de Girondo
en su último poemario. En dicho poema, exhibía ya el poeta un lenguaje en plena ebullición: «hipomar»,
«fofopulpoduende», «dogoarcángel», «averritmo». En opinión de Enrique Molina, cada frase de En
la masmédula es «una galaxia verbal», una verdadera alquimia de la palabra donde «el lenguaje se
precipita en estado de erupción, los vocablos se funden entre sí, se copulan, se yuxtaponen». Las
propiedades combinatorias del lenguaje parecen no tener aquí límites: «almamasa», «fosanoche»,
«sombracanes», «poslodocosmos», «egogorgo», «aridandantemente», etc. En el poema titulado «La mezcla» esa expresividad se
funda en la insistente repetición del sonido «f»: «No sólo / el fofo fondo / los ebrios lechos légamos
telúricos entre fanales senos»; ocurre algo similar con la «s» en «Noche tótem»: «Son los trasfondos
otros de la in extremis médium / ... / aliardidas presencias semimorfas / sotopausas sotosoplos»; y con
la «n» en «El puro no»: «EL NO / el no inóvulo / el no nonato / el noo / el no poslodocosmos de
impuros ceros noes que noan noan noan / y noan»; o con la «ll» en «Yolleo»: «soy yo sin vos / sin voz
/ aquí yollando / con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla». Y acabamos con un poema, «Mi lumía»,
donde prácticamente todo es lenguaje inventado o re-creado:
MI LU
mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus erpsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía
Con esta última aventura poética Girondo mantiene su constante camino de experimentación
y evolución poética marcada por un trayecto sin límites hacia el interior del ser y la poesía, a través de
un proceso de desmembración vital que culmina con una indagación angustiada de la realidad que es a la vez finitud de una nada
existencial y plenitud de un todo poético.