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Larra: esperanza y melancolía
No tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía;
era de aquellas melancolías de que sólo un liberal español
en estas circunstancias puede formar una idea aproximada.
Cuando Mariano José de Larra nace el 24 de marzo de 1809, en un Madrid ocupado por el
ejército de Napoleón, hacía ya casi un año que había empezado la Guerra de la Independencia. Vemos
cómo las circunstancias históricas marcan los acontecimientos personales de su infancia: hijo de notorio
afrancesado, a los cinco años tiene que salir al exilio con sus padres, a Francia. Don Mariano de Larra
y Langelot, el padre de Mariano José, casado en segundas nupcias con doña María Dolores Sánchez
de Castro, era un médico conocido, bien relacionado en los medios profesionales, que había ampliado
sus estudios en París. Durante la ocupación francesa se incorporó a la sanidad militar del ejército
invasor, por lo que en 1813 tuvo que seguir a los franceses en su retirada. El españolito asistió a
colegios de Burdeos y de París, de los cinco a los nueve años, hasta que volvió a España con sus
padres en 1818, en el séquito del infante don Francisco de Paula, a quien su padre había acompañado
como médico de cabecera en un viaje por Europa. Es decir, que recibió su enseñanza primaria en
lengua francesa, aunque parece que antes de salir de España ya sabía leer. En todo caso el francés se
sobrepone al español infantil aprendido en su patria. Al volver a Madrid, sus padres lo pusieron interno
en las Escuelas Pías de la calle de Hortaleza donde continuó la enseñanza, ahora en español. Tuvo, por
lo tanto, que habituarse en su instrucción al cambio de lengua. Esto es lo que quiso decir cuando en
1835, desde París, en una carta a su editor explicándole la "gran dificultad" que representaba para él
tener que escribir en francés, le indicaba que "el francés fue mi primera lengua y estaba rouillé, como
los goznes de una puerta". Creo que esta frase señala bien, ni más ni menos, los límites de su educación
en aquella lengua, si bien los de su conocimiento de la cultura francesa fueran más amplios que los
lingüísticos, como ocurría por entonces con muchos de los jóvenes españoles aficionados a las letras.
A partir de los nueve años, Mariano José sigue lo que Mesonero Romanos, en sus Memorias,
considera "pasos contados" en la educación de un muchacho madrileño de su clase en aquella época.
Son los años que van del Trienio Liberal a la Ominosa Década. Asiste al colegio de los Escolapios
(1818-1822), mientras su padre sigue de médico de Francisco José. En 1822 obtiene el puesto de
médico de Corella y allí pasa el muchacho el "frío invierno de 1822 a 1823" (Cayetano Cortés). 1823
es el año de la invasión de los Cien mil hijos de San Luis, en nombre de la Santa Alianza, para
restablecer en España el Absolutismo. Empieza la represión política de la Ominosa Década. Su padre
se traslada a Cáceres y el hijo, de nuevo en Madrid, asiste a clases de taquigrafía y de economía
política en la Sociedad Económica de Amigos del País y de matemáticas en el Colegio Imperial de los
Jesuitas (1823-1824). Durante el curso de 1824-1825 estudia en la Universidad de Valladolid,
mientras su padre pasa de Cáceres a Aranda de Duero. No se presentó a los exámenes de junio, pero
después del verano, en octubre aprobó todas las asignaturas. El no presentarse en junio quizás se deba
a aquel "acontecimiento misterioso" que alteró su carácter completamente, según refiere Cayetano
Cortés, uno de los primeros biógrafos del escritor, seis años después de su muerte. Luego se ha dicho
que lo que ocurrió fue que descubrió que una mujer mucho mayor que él de la que estaba enamorado
era la amante de su propio padre. Deja los estudios de Valladolid y vuelve a Madrid. En 1825-1826
se matricula en los Estudios de San Isidro donde estudia física y griego y se pone a trabajar de
escribiente en la Junta Reservada de Estado y en las oficinas de la Inspección de Voluntarios Realistas,
por lo que tuvo que ingresar en el cuerpo, con todo lo que ello significaba como contradicción política.
Lo solicitó en noviembre de 1826, pero quizás por no haber cumplido aún los 18 años reglamentarios
no fue aceptado. Al año siguiente, a punto de cumplir la edad requerida, presentó una segunda
instancia, siendo admitido en marzo de 1827, mes de su cumpleaños. Los Voluntarios eran fervientes
militantes del Absolutismo y elementos significados de la opresión realista que dominaba en aquellas
fechas. Si hubiera que darle una interpretación ideológica a la afiliación a este cuerpo paramilitar no
podría ser precisamente la de una manifestación de la ideología propia del realismo moderado.
Absolutistas obstinados, los Voluntarios Realistas eran contrarios a cualquier inclinación moderada del
realismo fernandista. Luego, en 1835, en una carta desde Londres, le señala a su padre precisamente
aquel año de 1826, a sus diecisiete años, como inicio de su inseguridad vital: "y como estoy viviendo
de milagro desde el año 26, me he acostumbrado a mirar el día de hoy como el último". Y añade:
"usted dirá que vuelvo a mis ideas juveniles; yo no sé si algún día pensaré de un modo más alegre; pero
aunque esto empezara a suceder mañana, siempre resultaría que había pasado rabiando una tercera
parte lo menos de la vida; todavía quedaría por averiguar cuál de las tres es la más importante".
¿Cuáles serían estas "ideas juveniles" tan sombrías que le recuerda a su padre? En la misma carta
relaciona la angustia vital iniciada en aquellos años de su adolescencia con las circunstancias políticas
actuales de la guerra carlista: "hasta ahora no he visto nunca delante de mí un horizonte bueno, y ahora
empiezo a verlo malo si triunfa D. Carlos". Es sobrecogedor este desahogo referido retrospectivamente
al muchacho de 1826, abriendo una continuidad vital iniciada en la adolescencia, con desavenencias
familiares, cuando domina el ambiente represor del Absolutismo en "medio de esta oscura noche
intelectual", al decir de Mesonero Romanos. Se anuncia ya la desesperanza y la melancolía de su visión
de Madrid como un cementerio, pocos meses antes de su suicidio. A lo largo de su obra la desazón
existencial se manifiesta siempre en función de la desesperanza política.
Con estos sentimientos juveniles, se pone a tomar apuntes. El tema de la patria en el Génie du
Christianisme, la obra de Chateaubriand de la que traduce algunos fragmentos, le sugiere estos versos
sueltos:
¿Por qué pudiendo ser madre querida
quisiste ser madrastra aborrecida?
Escribe versos en la tradición dieciochesca, lo que entonces se consideraba poesía útil: la oda
y la sátira. Tomás de Iriarte, Moratín y Quintana son sus modelos. Pero por muy obligado que esté el
aprendiz de poeta a lo consabido de los poemas satíricos y a sus temas tópicos, no podemos menos
de ver una expresión personal e imaginarnos al joven escribiente metido en su covachuela, recién
abandonados sus estudios, cuando encontramos expresada, en su sátira a Delio, una insatisfacción que
se repite a lo largo de toda su obra ("escribir en Madrid es llorar"):
¿Cuándo, Delio, insensato he de mirarte
libro y pluma arrojar y en el tintero
dejar metido entre algodón el arte?
¿Estudias en España majadero?
¿No tienes experiencia? ¿Estás demente?
¿Tan poco aprecias, bárbaro, el dinero?
También de entonces es su oda a la libertad con motivo de la intervención europea en Grecia
que el joven Larra aprovecha para exaltar la libertad contra el fanatismo, el despotismo y la tiranía, no
muy de acuerdo con los principios de los Voluntarios Realistas a que está afiliado.
Todos estos escritos permanecieron inéditos. Su primera publicación fue un folleto de dieciséis
páginas con una Oda a la exposición de la industria española del año 1827 en la que los industriales
Fernández y Martínez se codean con los dioses mitológicos Júpiter, Minerva y Vulcano, como indicio
de la presencia de la clase burguesa sobre la que se asienta el Liberalismo político, en un género ya
anacrónico. Recordemos que la Revolución francesa se había vestido de ropajes helénicos. Su poética
neoclásica queda inadecuada para las necesidades expresivas requeridas por las circunstancias sociales
a las que se refiere. La burguesía industrial rompe el molde de la oda aristocrática. La poesía moderna
apunta a otros derroteros inaccesibles al joven literato que encuentra en la prosa del ensayo
periodístico el medio expresivo adecuado a las exigencias históricas de su tiempo. Este nuevo camino
lo entronca también con la tradición dieciochesca ilustrada, pero en una dirección que desde el siglo
anterior apunta a la modernidad. La publicación que Larra saca a lo largo del año 1828, El duende
satírico del día, es una serie de cinco cuadernos en la línea de las revistas de ensayos inauguradas en
Inglaterra a comienzos del XVIII con The Spectator, de Addison y Steeles, y que en España
representan El duende especulativo de la vida civil, El Pensador y El Censor, dedicados a la crítica
de la sociedad de su tiempo, a "lo que ocurre entre nosotros", según El Pensador. Un crítico
contemporáneo de Larra (González Carvajal, 1834), cree que en este "opúsculo casi periódico... ya
se entreveía el genio satírico que ha desplegado con posterioridad". Aquí nos interesa destacar que,
aunque el joven literato no se empeña en una abierta actividad de oposición al régimen (¿cómo iba a
hacerlo si pertenecía al cuerpo de Voluntarios Realistas?), no era un conspirador, ni había participado
en reuniones subversivas, siquiera como sus compañeros Numantinos, El duende satírico constituye
una acusación a la situación social y política del momento y no es una empresa solitaria de su autor,
sino que representa a un grupo de jóvenes inquietos, disconformes, agrupados a su alrededor, que se
juntan ahora en el Café de Venecia y de allí se pasan luego al del Príncipe para fundar "El Parnasillo".
En el mismo café se reúne otra tertulia de signo contrario, de gente mayor, la de José María Carnerero,
director del Correo literario y mercantil, único periódico estable no oficial permitido en Madrid,
privilegiado por el Gobierno. El núcleo del grupo juvenil lo forman antiguos alumnos de Alberto Lista
en el Colegio de San Mateo, procedentes de la Academia del Mirto y de los Numantinos. Ventura de
la Vega, Juan de la Pezuela, Miguel Ortiz, Juan Bautista Alonso, Bretón de los Herreros son de los que
corean a Larra apoyándolo en los improperios que lanza en el café a José María Carnerero, con el cual
había polemizado el Duende en sus dos últimos números, de septiembre y diciembre de 1828.
Carnerero recurrió a las autoridades y los alborotadores tuvieron que pasar por el juzgado, con lo que
el Duende terminó malamente. Larra tuvo que retractarse y el maestro Alberto Lista, entonces al
servicio del régimen fernandino, acriminó a los alborotadores, reprobando severamente en la Gaceta
de Bayona la algarada del autor del Duende y de sus antiguos alumnos, como un acto subversivo.
Larra no tuvo más remedio que dejar la prosa de crítica social y volver a los versos, poesía
ligera -todavía poemillas anacreónticos- que dejó sin publicar. Se casa en agosto de 1829 contra la
voluntad de sus padres con Pepita Wetoret y pronto empiezan las desavenencias de un matrimonio del
que nacieron un hijo, en 1830, y dos hijas, en 1832 y 1834. Lo único que publica al año siguiente del
Duende, en contraste con la poesía ligera inédita, es una oda elegiaca A los terremotos ocurridos en
España en 1829 que en marzo habían asolado Orihuela y sus alrededores. Aquí, como si fuera un
homenaje, alude al poeta Anfriso, a Lista -ahora al servicio del régimen y que, como tal, había
condenado al Duende-, recordándole sus poemas masónicos de su época de afrancesado en Sevilla
en los que exaltaba los ideales revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad clamando contra el
fanatismo fomentado por el Altar y el Trono. Lista volvió a condenar a Larra después de su muerte.
Larra vive en Madrid durante aquellos últimos años de Absolutismo en el ambiente de
reuniones y tertulias, entre salones y cafés. Es la época del "Parnasillo" y de las tertulias en casas
particulares de que nos habla Mesonero. Alguno de sus contertulios termina en la cárcel, como
Olózaga e Iznardi, o en el patíbulo, como el librero Millar. Con Larra se cuenta para escribir versos
de circunstancias en homenaje a María Cristina, la nueva esposa de Fernando VII en la que los
liberales habían puesto sus esperanzas. En aquel ambiente, hacia 1830, conoce a Dolores Armijo,
casada con un hijo del famoso abogado Manuel María Cambronero. El amor por Dolores ya se
trasluce en algunos versos íntimos que escribe por entonces y que no publica. La poesía ya no es su
principal dedicación literaria, ahora parece que se dedica sobre todo al teatro con una actividad
fomentada por su relación con Juan Grimaldi, personaje llegado de Francia en 1823 con el ejército
invasor, que se hace con el control de los teatros madrileños. Larra le suministró adaptaciones y
traducciones del francés. Como autor teatral, el joven escritor se presenta en 1831 con la comedia de
costumbres No más mostrador, inspirada en un vodevil de Scribe, con críticas a la clase media por
su falta de conciencia en asumir su función social, la que le corresponde históricamente. El éxito de esta
comedia le abre la carrera profesional del teatro que lo lleva al estreno del drama romántico Macías.
Había intentado estrenarlo en 1833, pero la censura se lo prohibió, aunque Grimaldi consiguió que al
año siguiente, en otras circunstancias políticas, se autorizara, inaugurando el nuevo camino del drama
romántico en España.
Entretanto, en 1832, después de cuatro años de concluir el Duende, vuelve a la prosa
periodística de crítica social con El Pobrecito Hablador. En este modo de escribir encuentra
definitivamente la trayectoria de su genio de escritor. Sus artículos contribuyen fundamentalmente a
asentar la literatura de costumbres como corriente principal de la prosa española de su tiempo. En El
Pobrecito Hablador, Larra infunde en este género literario una intensidad subjetiva y una
preocupación social renovadora que trasciende lo circunstancial de la mirada costumbrista,
profundizando la observación benevolente y conservadora con que Mesonero Romanos había iniciado
la serie del Panorama matritense en las Cartas españolas (1831-32), de José María Carnerero. Un
ejemplo de cómo logra adaptar su formación clasicista a las necesidades expresivas modernas y a la
temática social de su tiempo es el antológico artículo de costumbres "El castellano viejo", basado en
una sátira en verso de Boileau. El Pobrecito Hablador, aquí y a lo largo de toda la serie, nos ofrece
una visión esperpéntica de la España casticista, representada por el título proverbial del artículo, y un
anhelo de europeización, aspiración constante de la tradición ilustrada y liberal frente a los peligros del
nacionalismo fomentado por ciertas direcciones reaccionarias de procedencia romántica tradicionalista.
En la sátira de El Pobrecito Hablador se percibe la ilusión ilustrada y progresista de que es posible
superar, con la esperanza en el mañana, el castellanismo viejo de un patriotismo anquilosado en el
pasado. Todavía quiere creer que es posible progresar, traspasar la pared que parece infranqueable,
"que los españoles son capaces de hacer lo que hacen los demás hombres". Lo cree como buen
ilustrado, todavía no abrumado por la desesperanza romántica.
El Pobrecito Hablador muere de tanto hablar, en marzo de 1833, cuando ya hacía varios
meses que Larra escribía en La Revista Española, el periódico de José María Carnerero, que había
sucedido a las Cartas españolas en noviembre de 1832 (el primer número es del día 7), aprovechando
la circunstancia de que la reina María Cristina había tomado la gobernación del país por la enfermedad
de su marido, abriendo las esperanzas de los liberales. El nuevo periódico representaba estos cambios
en la política del país, a la expectativa de la anunciada muerte de Fernando VII que por fin llegó un año
después. Larra empieza a escribir artículos de teatro, generalmente, sin firmar, hasta que el 15 de
enero, con el artículo "Mi nombre y mis propósitos", adopta el pseudónimo de Fígaro, firma de sus
artículos de costumbres después de que, en marzo de 1833, Mesonero Romanos dejara el periódico
en que había continuado la serie del Panorama matritense. El artículo "Ya soy redactor" (19 de
marzo) anuncia la entrada en la redacción del periódico, pocos días antes de que del último número
de El Pobrecito Hablador (26 de marzo). En el nuevo espacio que se le asigna en el periódico, con
el artículo "En este país" (30 de abril) Fígaro continúa la vena de El Pobrecito Hablador, todavía con
la esperanza en el progreso, cuando el país se halla "en aquel crítico momento en que se acerca a una
transición, y en que, saliendo de las tinieblas, comienza a brillar en sus ojos un ligero resplandor" y
contrapone "la esperanza de mañana" con el "recuerdo de ayer". Desde sus publicaciones primerizas,
Larra vive esperanzado en una transformación social.
Mientras sigue en la redacción de La Revista, a mediados de aquel año se encarga durante
seis meses de redactar El correo de las damas, semanario dedicado, como indica el título, al público
femenino. El gran cambio que significa la muerte de Fernando VII, el 29 de septiembre, y el comienzo
de la guerra carlista le abre la posibilidad de intensificar su actividad profesional escribiendo artículos
de política comprometidos con la causa liberal en contra de la facción carlista. Del primero de estos,
que apareció sin firma, "Nadie pase sin hablar al portero, o los viajeros en Vitoria" (18 de octubre),
ante la demanda, el periódico tuvo que hacer una tirada aparte, a pesar de haber aumentado con
previsión la tirada normal del número. En la serie de artículos de sátira política que se suceden en el
otoño de 1833, Larra, con su visión grotesca, ataca la España del Antiguo Régimen representada tanto
por los carlistas como por los castellanos viejos. Con su genio satírico, alcanza reconocimiento de
periodista liberal. Fígaro es ya una firma prestigiosa que se manifiesta en la Revista Española como
testigo comprometido con la transformación política que significa la transición del Absolutismo al
Liberalismo: la guerra carlista y el gobierno de Martínez de La Rosa y el Estatuto Real. La transición
política le parece insuficiente sin un cambio de las estructuras sociales. Larra concibe los cambios
políticos como expresión de la revolución social, según los principios de la Revolución Francesa.
Al comenzar el año 1834, Larra ha logrado ya con los artículos de Fígaro el pleno
reconocimiento de su labor periodística y muestra una gran actividad literaria en el teatro y en la novela.
Ahora, entre enero y marzo, aparecen los cuatro tomos de su novela histórica El doncel de don
Enrique el doliente, cuyo protagonista lo es también del drama histórico Macías que había sido
prohibido por la censura el año anterior y que se estrena el 24 de septiembre, cuando ya, el 23 de abril,
se había estrenado, del mismo género innovador, La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa,
que suscitó el entusiasmo de Larra en un artículo de crítica teatral en que los elogios se dirigen al
dramaturgo y al político. Estos dos estrenos de aquel año abren el camino del drama romántico en
España, antes de Don Álvaro (1835), El trovador y Los amantes de Teruel (1836).
Si la proclamación del Estatuto Real, especie de carta otorgada, había abierto algunas
esperanzas de cambio ("primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de España",
según Larra), pronto los pasos políticos del moderantismo le van a parecer a Fígaro tímidos e
insuficientes: "tan menudos que ni los recuerdo", dirá en su "Revista del año 1834". Con el desencanto
se acentúa su radicalización política.
Abril de 1834, el mes en que se estrena el drama de Martínez de la Rosa, es cuando empieza
la temporada teatral con una nueva empresa renovadora en la que Juan Grimaldi lleva la dirección
artística. Larra y Bretón de los Herreros son sus más estrechos colaboradores. El compromiso del
crítico con la empresa suscita animosidad entre los partidarios de la anterior, especialmente del actor
Agustín Azcona a quien la nueva Administración había dejado en la calle. Azcona lanza una revista, el
Semanario Teatral, para atacarla. En este periódico, el actor insulta desaforadamente al crítico
acusándole de rastrero y venal, echándole en cara que se había dado a conocer en tiempos en que él
era uno de los pocos que tenían el privilegio de publicar, sin mencionar que había sido Voluntario
Realista. De acuerdo con las exigencias sociales de la época, Larra fue a demandar al ofensor la
reparación de los insultos personales en el campo del honor. Al negarse el actor a aceptar el desafío,
Larra no tuvo más remedio que acudir a los tribunales. No fue la única acometida que por entonces
sufrió el crítico. Parece que las cosas se le pusieron mal aquel sombrío verano de 1834 en que el
ambiente se enrarece con la epidemia del cólera, la matanza de frailes, los triunfos carlistas en el Norte
y la debilidad del Gobierno en Madrid que detiene la revolución política apenas iniciada. La esperanza
se desvanece y las críticas desilusionadas a la política de Martínez de la Rosa impregnan lo que escribe
sobre teatro, literatura y costumbres.
En los artículos que escribe por entonces en La Revista Española se manifiesta patentemente
que lo que inspira su costumbrismo no es el mero deseo de describir con nostalgia los usos y
costumbres locales, sino de desentrañar su sentido con vistas al futuro en un momento histórico de
transformación de la sociedad, pues para él las costumbres tienen una profunda significación moral y
social reveladora de la idiosincrasia colectiva, en un proyecto de transformación social y cultural en que
los hábitos y el espacio de la vida cotidiana, los modos de vivir, de sentir y de pensar propios del
Antiguo Régimen se sustituyan por formas discursivas y de convivencias propias de la sociedad
burguesa moderna. Es lo que en los últimos años, en la crítica literaria con preocupación social se ha
llamado "revolución cultural burguesa". Dice en su artículo de costumbres "Jardines públicos", del 20
de julio de 1834, que "un pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no está arraigada
en sus costumbres e identificada con ella". El carácter sombrío de los españoles es el resultado de la
dominación inquisitorial: "Solamente el tiempo, las instituciones, el olvido completo de nuestras
costumbres antiguas, pueden variar nuestro oscuro carácter". La concepción de la vida en que sustenta
la sociedad de la España antigua significa la negación de la libertad reflejada en la gravedad castellana
y el ensimismamiento. Por eso les advierte a sus lectores que desean ser libres: "lo seremos de derecho
mucho tiempo antes de que reine en nuestras costumbres, en nuestras ideas, en nuestro modo de ver
y de vivir la verdadera libertad". Larra preconiza una socialización de la Libertad, expresando la
necesidad de participar vitalmente en ella como experiencia, interiorizándola.
Es todo un proyecto de revolución cultural. En un artículo de modas, unas semanas antes que
el citado sobre jardines públicos, el periodista de La Revista Española (11 de mayo de 1834) escribe:
A los que no ven solamente la corteza de las cosas, excusado es decirles que hasta en los
trajes se trasluce el espíritu dominante del siglo: la moda reguladora de los gustos y opiniones
es la misma en punto a trajes que en punto a política y literatura: su carácter particular es la
libertad: apenas puede decirse que hay principios políticos ni literarios. Lo mismo puede
asegurarse en punto al vestido, y sea dicho de paso, este es uno de los síntomas que descubres
las ideas dominantes de la época. Gobierno, mezcla de usos antiguos e ideas modernas,
dramas, novelas en que se hallan refundidas la independencia de los Shakespeare y Lope con
las atrevidas necesidades del día y con la franca despreocupación de la época: trajes, en fin,
en que se dan la mano el gusto anticuado de los siglos pasados y la noble comodidad y
elegante sencillez de un siglo de realidad y desilusión.
En otro artículo de modas (8 de septiembre) leemos:
El Prado comienza a presentar el aspecto de un pueblo libre. ¿No hay cierta relación entre la
Inquisición y aquella monotonía de la basquiña y la mantilla, traje oscuro, negro, opresor y
pobre de nuestras madres? La mantilla y la basquiña estrecha de las señoras, y la capa
encubridora y sucia de los hombres ¿no presentaba el aspecto de un pueblo enlutado, oscuro
y desconfiado? Véanse, por el contrario, esos elegantes sombreros que hacen ondear sus
plumas al aire con noble desembarazo y libertad; esas ropas amplias e independientes, sin traba
ni sujeción, imagen de las ideas y marcha de un pueblo en la posesión de sus derechos: esa
variedad infinita de hechuras y colores, espejo de la tolerancia de los usos y opiniones. Esos
gayos y contrapuestos matices ¿no parecen un intérprete de la general alegría? El Prado de
ahora y de veinte años atrás son dos pueblos distintos, y parecen, separadamente
considerados, dos naciones distintas entre sí.
En su vida profesional hay que señalar el paso de La Revista a El Observador, periódico de
Alcalá Galiano, durante los últimos meses de aquel año. Al cambiar de periódico, resume así sus dos
años en La Revista: "En ese tiempo he hablado osadamente, acaso con peligro mío, de actos del
Gobierno, de hechos, de cosas, de costumbres, de teatros, de obras literarias, partidos y opiniones
políticas, de cuanto entra en la jurisdicción de la crítica". Este es el plan que piensa mantener en el
nuevo periódico, en el que escribe sobre todo artículos de política durante tres meses hasta que en
enero de 1835 vuelve a La Revista. Larra prepara la publicación de sus artículos en volumen aparte
con el título de Fígaro. El primer tomo aparece en marzo de 1835, a punto de emprender su viaje al
extranjero, mientras que el segundo y el tercero se publican en abril, ya ausente el autor, y en agosto,
antes de su vuelta.
En su vida privada, la crisis se manifiesta en el verano de 1834 con los escándalos con Dolores
que se va de Madrid y la separación de su mujer embarazada que dará a luz una niña después de la
ruptura. Larra enferma en el otoño, cuando escribe para El Observador. Así de sombría le parece la
vida al narrador del artículo "La vida de Madrid", en dicho periódico: "un amasijo de contradicciones,
de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimientos". Es una crisis que se continúa
durante el invierno y motiva a Larra a emprender el viaje de la primavera siguiente, como escapada.
Parece que alejándose varios meses pretendía poner fin a una etapa de su vida y respirar nuevos aires
que lo distrajeran de las tribulaciones y contratiempos que la ensombrecían en Madrid desde el verano
anterior: "yo creía que el viajar me distraería de mis disgustos", les dice a sus padres con profunda
melancolía, en una carta desde Londres. Con su amigo José Negrete, conde de Campo Alange, había
salido a primeros de abril hacia Extremadura. El viaje de Madrid a Extremadura le proporciona a su
mirada urbana propia de la observación costumbrista la posibilidad de contemplar el campo,
alejándose de la ciudad. Ante el paisaje desolado siente sobrecogido la miseria desesperada: "Castilla
en tanto desarrollaba a mi vista el árido mapa de su desierto arenal, como una infeliz mendiga despliega
a los ojos del pasajero su falda raída y agujereada en ademán de pedirle con qué cubrir sus macilentas
y desnudas carnes" y "en la inmensa extensión del más desnudo horizonte" se pregunta: "¿Dónde está
España?". Cuando, por fin, vislumbra una población, son sólo ruinas, las ruinas de Mérida.
De Badajoz, donde parece que vio a Dolores que vivía allí y la felicitó el día de su santo, fue
a Lisboa para embarcar rumbo a Londres y luego a París, pasando antes por Bélgica donde tenía que
cobrar una vieja deuda a favor de su padre. En París se quedó varios meses, de junio a diciembre en
que regresó a Madrid. El embajador de España era su antiguo amigo el Duque de Frías, que con su
familia lo recibe "con los brazos abiertos" y allí se puso en relación con "las notabilidades literarias del
país", por lo que cuenta en sus cartas. Trabajó con el barón Taylor que estaba preparando por
entregas un Voyage pittoresque en Espagne, pero tenía dificultades para escribir en francés y se puso
enfermo. Mientras está en París, a Martínez de la Rosa le sucede el Conde de Toreno con Mendizábal
de ministro de Hacienda, que en septiembre se hace cargo de la Presidencia del Consejo. Estos
cambios le animan a volver a España: "Vistas las cosas de España, después de haber calculado que
hacer fortuna aquí es casi imposible, porque me falta la fe, es decir, la voluntad de amarrarme a la
cadena en París para lograr o no lograr lo que en España ya tengo conseguido, visto que ha llegado
el momento de que mi partido triunfe completamente, no quiero verme detenido aquí... Quiero ser
libre", les escribe a sus padres en una carta del 24 de septiembre. Parece que durante el viaje de
regreso, a primeros de diciembre, mejora su salud; por eso, desde Burdeos, les dice: "he de morir
todavía de exceso de vida". A Larra le parece que han llegado los suyos y se anima con la perspectiva
de escribir, con el buen sueldo ganado por su prestigio, en el nuevo periódico que, con la subida de
Mendizábal, ha lanzado Andrés Borrego con todos los adelantos técnicos de la época. A su vuelta,
Larra, bien conocido en los medios madrileños, percibe el reconocimiento que echaba de menos en
el extranjero.
De su primer artículo en El Español, "Fígaro de vuelta. Carta a un amigo residente en París"
(5 de enero) se tuvo que hacer tirada aparte. Fígaro aparece para anunciar que está de nuevo en la
brecha después de su ausencia y que piensa revivir su reconocida figura de crítico de todos los
aspectos de la vida social y cultural: teatro, literatura, política, costumbres; en fin, todo lo que entra en
la jurisdicción de la crítica con una perspectiva moral. Advierte que vuelve a sus "antiguas mañas", y
como antes, con un carácter "maligno un tanto y siempre independiente", en un tono jocoso y mordaz,
según lo que esperaban de él sus lectores. Con ese tono sarcástico, a su vuelta del extranjero, dice
irónicamente eso de que "inventen ellos": "¿Qué a mí tanta ciencia y tanta industria, tanto progreso,
tanto teatro y tanto camino de hierro?", apuntando los logros materiales de los países modernos.
Si este primer artículo quiere ser una "profesión de fe" en que reivindica el carácter ingenioso
y maligno de sus "antiguas mañas", en el segundo se pone serio para exponer los principios que van
a inspirar su función de crítico literario. Es el artículo titulado "Literatura. Rápida ojeada sobre la
historia e índole de la nuestra. Su estado actual. Su porvenir. Profesión de fe" (18 de enero), toda una
declaración ideológica cuyo principio fundamental es la profunda relación entre literatura y sociedad.
Empieza recordando "que la literatura es la expresión, el termómetro verdadero del estado de la
civilización de un pueblo". Aquí declara, con respecto a la Literatura, los principios ideológicos que
había propuesto en La Revista Española con respecto a las costumbres como expresión de la libertad
de un pueblo: "Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio,
como en la conciencia. He aquí la divisa de nuestra época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con
que mediremos". Es toda una declaración de principios de un proyecto de revolución cultural burguesa,
en favor de la cual propone la necesidad de una literatura "apostólica y de propaganda". Como vemos,
Larra expone aquí su conocido ideario en que se articulan la literatura, las costumbres y la política
como aspectos de una misma realidad social, pero ahora considerado en un marco más vasto, por
encima de los límites nacionales, en todas partes, en el mundo, como él ha podido percibir en su viaje
europeo: "En momentos en que el progreso intelectual, rompiendo en todas partes antiguas cadenas,
desgastando tradiciones caducas y derribando ídolos, proclama en el mundo la libertad moral a la par
que la física, porque la una no puede existir sin la otra". Esta interdependencia la ve ahora en el
horizonte del concepto moderno de civilización, de la "civilización extremada", como él dice en el
artículo "Conventos españoles" que había mandado a la Revista desde París. Es lo que por entonces
empieza a llamarse "modernidad" en el vocabulario internacional, en Heine, en Chateaubriand, y luego
en Baudelaire, palabra nueva que nace con el mismo matiz de insatisfacción que siente Larra. En aquel
año de 1836, como crítico de El Español, tuvo ocasión de aplicar estos principios a las obras del
teatro romántico francés y español que se representaron en Madrid. Las obras de la literatura francesa
moderna, como las novelas de Balzac y el drama Antony de Alejandro Dumas, son expresión de la
sociedad francesa que se halla en un grado de civilización muy avanzado con respecto al mundo social
español, pero que es el mismo a donde este se dirige. La literatura moderna de Balzac y Dumas es
expresión del fin moral a que nos lleva la revolución que Larra propone: "en el momento de entrar en
la senda que ellos recorren de libertad y de igualdad, nuestra civilización... en lo sucesivo ha der ser
probablemente como la suya, estéril y nada creadora". Larra se debate en la contradicción entre
civilización y cultura. La sociedad moderna es el progreso, la industria y la ciencia, los "caminos de
hierro", pero también el abismo que descubrimos leyendo al novelista francés: "Balzac ha recorrido el
mundo social con planta firme... y ha llegado a su confín, para ver asomado allí ¿qué?, un abismo
insondable, un mar salobre, amargo y sin playas, la realidad, el caos, la nada". Y de acuerdo con esta
valoración de Balzac hay que considerar lo que dice del Antony, de Alejandro Dumas: "Antony, como
la mayor parte de las obras de la literatura moderna francesa, es el grito que lanza la humanidad que
nos lleva delantera, grito de desesperación al encontrar el caos y la nada al fin del viaje". El pesimismo
de Larra es la desesperación que resulta de criticar su propio proyecto revolucionario sin poder ofrecer
una alternativa satisfactoria. Por un lado el lamento por el atraso en que se encuentra el país en el
proceso de la civilización moderna (industria, ciencia, ferrocarriles) y por el otro el vértigo que siente
ante el abismo que contempla al final de dicho proceso en las obras de la literatura francesa como
expresión de una sociedad que ha alcanzado ya la "civilización extremada".
El Romanticismo, como autocrítica de la modernidad, es un callejón sin salida. Esta es la gran
contradicción en que Larra coincide con otros jóvenes de su generación en Europa que se sitúan entre
la rebeldía y la melancolía. Es el vértigo que produce la pérdida de la esperanza en la emancipación
moral, en un mundo mecanizado en que el hombre, "un ser espiritual... se vuelve máquina él mismo a
fuerza de hacer máquinas". En la crítica de Antony alude contradictoriamente, con gran pesimismo
desilusionado, al grito de optimismo revolucionario que había expresado en su artículo "Literatura":
"Libertad en política, sí, libertad en literatura, libertad en todas partes... libertad para recorrer ese
camino que no conduce a ninguna parte...". El criado borracho de Fígaro ("La Nochebuena de 1836")
le advierte: "el desengaño no me espera a la vuelta de la esperanza" y le reprocha: "Te llamas liberal
y despreocupado, y el día que te apoderes del látigo azotarás como te han azotado". Lo dijo Georg
Lukács: "la autocrítica satírica, que pone de manifiesto los vicios más profundos de su propia clase,
pero que no puede ofrecer salida alguna, se vuelve desesperación".
Con respecto a la política, también el año 1836 marca un proceso de desencanto e
insatisfacción. Si en principio se muestra favorable a Mendizábal ("Así que todos hemos abandonado
la oposición. Por mi parte, confieso que si en mi organización cupiera ser alguna vez ministerial, se me
había presentado una buena ocasión" dice en "Fígaro de vuelta"), como promotor de la revolución
burguesa, pronto va a criticar su actuación. El 6 de mayo, en su artículo sobre el folleto de Espronceda
El ministerio de Mendizábal, presenta este escrito como "uno de los pocos quejidos que la censura
tiránica que nos abruma ha dejado escapar a la opinión pública, ya en gran parte desengañada del
ministerio Programista". A Larra le decepciona la trayectoria del proceso revolucionario emprendida
por Mendizábal. A la vuelta de la esperanza lo espera el desengaño: "lejos de realizar las esperanzas
fundadas en sus grandílocuas promesas, ha complicado el laberinto inextricable en que se halla cogida
la mezquina revolución, destinada, según parece a no dar jamás un paso franco y desembarazado, a
no poner un nombre claro y terminante a sus inhábiles operaciones". Larra destaca la idea de
Espronceda sobre "lo poco o nada que se ha tratado de interesar al pueblo en la causa de la libertad".
Esta falta de interés en querer involucrar al pueblo en el proceso revolucionario explican la participación
popular en la guerra carlista y el procedimiento desastroso con que se está llevando a cabo la
desamortización de los bienes eclesiásticos. Espronceda y Larra siguen al economista Álvaro Flores
Estrada en la crítica de esta política desamortizadora en beneficio de los ricos contra los intereses de
los proletarios, sin mirar "por la emancipación de esta clase". No hay que pensar, sin embargo, que
él pretendiera promover la revolución de esos proletarios a los que quisiera ver interesados en su
propia revolución burguesa. Nunca fue populista, ni mucho menos igualitario, como vemos en uno de
sus últimos artículos, la crítica de la comedia El pilluelo de París donde dice que "si el prestigio
hereditario puede ser un absurdo, las diferencias de clases no lo son". Frente a la aristocracia
hereditaria contrapone la aristocracia del talento, manteniendo las diferencias con la mayoría. Larra en
su apoyo a Espronceda, termina haciendo un llamamiento a la juventud: "La revolución ha desgastado
y desgasta rápidamente los nombres viejos y conocidos: la juventud está llamada a manifestarse". Ha
llegado la hora de desempeñar "la alta misión a que somos llamados".
La oposición a Mendizábal concertada desde varios frentes provocó su caída. Fue sustituido
por un Gobierno moderado presidido por Istúriz con la participación de Alcalá Galiano y del Duque
de Rivas. Aunque en un primer momento Larra se opone al nuevo ministerio, en contra de lo que ahora
defiende su propio periódico, consiente a lo que le propone el director, Andrés Borrego,
comprometiéndose con la línea política ministerial de El Español, incluso redactando editoriales. En
esto difiere completamente de la postura de Espronceda con quien había colaborado en la campaña
contra Mendizábal. Últimamente había expresado en sus escritos, como hemos visto, la urgencia de
que los jóvenes participaran en la misión a que eran llamados y quizás sus relaciones con Alcalá
Galiano y el Duque de Rivas le hicieran pensar con impaciencia que debería aprovechar la oportunidad
que se le ofrecía, pactando con ellos. Sean las que fueren las razones que llevaron a Larra a aliarse con
Istúriz, el hecho es que la tal alianza resultó un fracaso total, fue todo un descalabro personal y político.
No es de extrañar que el pacto del crítico periodista con el Gobierno lo juzgaran algunos como una
componenda de oportunismo político. Larra se presentó a las elecciones como candidato ministerial
en la provincia de Ávila, en cuya capital vivía Dolores. Con los manejos de la Secretaría del Gobierno
Civil, llegó a ser elegido, pero el Motín de la Granja del 12 de agosto le impidió disfrutar de la victoria
y se le vino todo abajo. A la rebelión le sucede la transigencia y la melancolía. La melancolía lleva al
retraimiento. Escribe poco, pero entre los últimos artículos de su producción periodística se hallan quizá
los más extraordinarios, los más desesperados: "El día de difuntos de 1836. Fígaro en el cementerio",
"La Noche buena de 1836. Yo y mi criado. Delirio filosófico", "Necrología. Exequias del conde de
Campo Alange", las críticas de la antología Horas de invierno y del drama de Juan Ignacio de
Hartzenbusch, Los amantes de Teruel. En el primero explica así su melancolía: El día de los Santos
"encomendábame a todos ellos con tanta esperanza, que no tardó en cubrir mi frente una nube de
melancolía; pero de aquella melancolía en que sólo un liberal español en estas circunstancias puede
formar una idea aproximada". Claro que aplicado a las circunstancias particulares de un liberal español,
Larra alude al desencanto de la realidad moderna. Lo alumbra el "soleil noir de la mélancolie"
(Nerval). Es la contraposición absoluta entre la realidad física exterior y la realidad moral interior.
Lukács considera la desilusión romántica como el desamparo trascendental de un "alma más grande
y más vasta que todos los destinos que la vida le puede ofrecer". La revolución había abierto grandes
esperanzas que dejaba sin satisfacer. La melancolía romántica tiene explicaciones históricas y sociales.
El Romanticismo, para Larra, "no es otra cosa que el resultado de ese desasosiego mortal que fatiga
al mundo antiguo" en momentos de transición violenta.
En cuanto a su vida particular, sabemos que al poco de volver de Francia, trató de reanudar
las relaciones con Dolores Armijo que entonces vivía en Ávila. Allí acudió Larra en febrero de 1836.
Dolores, de vuelta en Madrid, le anuncia a Mariano José, el 13 de febrero de 1837, que irá a visitarlo
a su casa acompañada de una amiga. Parece que Larra ve la posibilidad de reanudar las relaciones.
Aquel día visita a Mesonero Romanos, a su mujer y pasea por el Prado en compañía de Mariano Roca
de Togores, con quien piensa escribir en colaboración un drama sobre Quevedo. Era lunes de
Carnaval, ya anochecido, recibe a Dolores que viene acompañada de su cuñada. Ha venido a rechazar
cualquier posibilidad de arreglo. Cuando salen las dos mujeres de la casa y todavía no van lejos, Larra
se pega un tiro.
Antonio Machado piensa que fue "un acto maduro de voluntad y de conciencia. Anécdotas
aparte, Larra se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda
esperanza de encontrarla". Esto lo escribe Machado cien años después, pero inmediatamente se le dio
al suicidio de Larra esa significación llena del simbolismo de la esperanza perdida a que se refiere
Machado. Recordemos los versos de Zorrilla ante la tumba del suicida: "Miró en el tiempo el porvenir
vacío,/ vacío ya de ensueños y de gloria". A la manifestación cívica del entierro ("primera protesta a
las viejas preocupaciones que venía a derrocar la revolución", según recuerda Zorrilla en sus memorias)
sigue la canonización en los artículos necrológicos de los periódicos en los días siguientes. Larra es el
mártir de la sociedad, dijeron entonces. A Larra "le mató la sociedad de su tiempo", dice Eduardo
Haro Tecglen, comentando La detonación, de Buero Vallejo. Recién muerto, unos hablan de "una
sociedad corrompida y estúpida", otros de "un mundo corrompido". Su amigo Roca de Togores se
lamenta en El Español (15 de febrero): "cada uno de esos artículos que el público lee con carcajadas
eran otros tantos gemidos de desesperación que lanzaba a una sociedad corrompida y estúpida que
no sabía comprenderle" y piensa que se suicida por "un ser ideal que no ha sabido encontrar". El poeta
Jacinto Salas y Quiroga lo glorifica hasta lo sublime diciendo que la existencia del suicida "ha forjado
el tejido de un drama sublime cuyo desenlace... está encerrado en la tumba: esa flor no pudo arraigarse
en un mundo corrompido" (Revista Nacional, 16 de febrero). Estamos viendo cómo de Larra se está
creando la figura del héroe romántico:
Que el poeta, en su misión
sobre la tierra que habita,
es una planta maldita
con frutos de bendición.
(Zorrilla)
Esta exaltación romántica del suicida, como víctima sublime del mal del siglo, es lo que produce
una reacción contraria, como vemos en la necrología de unos días después, el 19 de febrero, firmada
con las iniciales P. S. en el Eco del Comercio: "Notable es el abuso que se ha llegado a hacer del
romanticismo, alterando los principios de la sana moral, presentando a la imitación del pueblo horrores
de cuya posibilidad casi debía dudar, trastornando la cabeza o exaltando las pasiones en términos de
originar desgracias o catástrofes". En definitiva, unos y otros lo consideran mártir o víctima de la
sociedad. Para bien o para mal parece como si todos estuvieran recordando la conclusión del artículo
sobre el Día de Difuntos:
“Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas.
Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón,
lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.
¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro, ¿Qué
dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero!¡Aquí yace la esperanza!
¡Silencio, silencio!”
José Escobar
Glendon College, York University
Toronto, Canadá
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